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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Cambio de tendencia

De nuevo aquí, escribiendo una entrada más en este blog que lleva publicándose casi seis años, madre mía quién lo diría...y que de vez en cuando echo en el olvido pero no me resisto a mantener, animada sobre todo por vuestros comentarios (aunque esporádicos, alentadores y entusiastas) y también porque es una forma de reflexionar sobre lo que nos rodea, que para eso fue concebido. Reflexionar, algo siempre tan necesario y a veces tan difícil de conseguir en este mundo de locos que vivimos todos...
En este mundo complicado y caleidoscópico en el que nos tenemos que mover a diario, como peces llevados por distintas corrientes que nos arrastran y nos desorientan. Y en este frenesí de idas y venidas nos cruzamos continuamente con otros seres, atribulados como nosotros, que también llevan los ojos abiertos por el asombro o la duda o el miedo, y quizá desgarros en la piel y pérdidas en el alma. Y en el torrente del acontecer cotidiano vamos recibiendo a unos y despidiendo a otros, coincidiendo con algunos quizá un tiempo breve, en el que apenas nos de lugar a reconocernos; y compartiendo viaje con otros durante largos lapsos de nuestra vida, en los que contemplamos mutuamente cómo sufrimos, gozamos, caemos y nos levantamos.
Así, aunque nos parezca que los pensamientos y las emociones son permanentes, que nos mantenemos firmes en nuestros pareceres, la verdad es que ese devenir nos convierte en seres cambiantes, e introduce en nuestro entorno continuamente aspectos nuevos que nos mueven a ver la realidad de otro modo. Pero el filtro de colores, claros u oscuros, brillantes o apagados, está puesto en nuestra forma de mirar.
Hace muchos años me cruzaba prácticamente a diario con una mujer de mi edad, atractiva, elegante y bajo mi punto de vista displicente y soberbia. Prácticamente no nos saludábamos, aunque compartíamos motivos para hacerlo y nos conocíamos de sobra. Yo la consideraba francamente antipática. Hasta que cambió el filtro y la vi de otro modo. Por una de esas circunstancias de las que hablaba tuve que visitar su casa, y la vuelta a la mía se iba a producir en unas condiciones para mí bastante penosas. Pues bien; tanto ella como su marido me ayudaron de un modo desinteresado y sincero que no olvidaré, y a partir de ese momento se creó entre nuestras familias una relación de amistad sincera y jubilosa. Nada de antipatía ni de soberbia. Más bien prisa, o timidez, o cualquier otro motivo era el que hacía que esa persona no me saludara hasta aquel momento. Pero afortunadamente sucedió algo que cambió la tendencia.
Como este caso he vivido infinidad; muchas veces en nuestras relaciones con la gente que nos rodea surgen malentendidos, resquemores, desconfianzas...aun entre las personas a las que apreciamos sinceramente. Y al contrario, de vez en cuando algo hace que aquellos a los que no miramos con agrado nos presenten una cara distinta, más amable, más cercana, incluso afectuosa...Pero lo más importante es que casi siempre todo está condicionado por la predisposición a favor o en contra que sentimos hacia el interlocutor al que nos dirigimos.
Me explico: si en vez de considerar una estirada a esa mujer con la que me cruzaba a diario yo hubiera hecho la intención de saludarla con una sonrisa, probablemente ella hubiera reaccionado de un modo tan amigable como lo hizo después. Era mi propia actitud la que hacía que esta persona se comportara siguiendo el patrón que yo le había marcado. 
Me ha ocurrido a menudo que cuando pienso que alguien está enfadado conmigo o que he herido a alguien con mi forma de actuar, al dirigirme a esa persona voy a la defensiva; me pongo en modo agrio y agresivo y eso provoca el disgusto o el malentendido entre ambos, cuando es posible que no existiera tal enojo ni herida. Y en cambio, si frente a alguien huraño o esquivo he sido capaz de esbozar una sonrisa y decir una palabra amable, muchas veces se ha vuelto la torna y de repente he descubierto un lado risueño y cálido en quien creía lejano y displicente.
No estoy descubriendo nada nuevo, desde luego; cualquiera que haya hecho una mínima incursión en los temas de gestión emocional sabe que esto es así. Pero me quiero parar a reflexionar sobre ello aquí porque aunque la teoría nos suena a todos, lo difícil es ponerla en práctica. Pero a poco que lo intentemos, nos daremos cuenta de que es automático: lo bueno puede volverse malo con un simple gesto torcido, y lo malo puede esfumarse con una simple sonrisa. (Que por otro lado, parece que se venden muy caras; hay que ver qué poco sonreímos con lo fácil y agradable que es).
Últimamente yo misma he experimentado varios "cambios de tendencia".
Uno se ha producido en mi entorno. He dejado de encastillarme en el resquemor y la ira; he procurado ser amable, comprensiva, afectuosa incluso. He cedido y negociado. He sido sincera y reconocido mis errores. Y he recibido, de vuelta, actitudes muy positivas que ya no esperaba encontrar nunca en algunas personas. Un auténtico cambio que espero que se mantenga si de mi actitud depende...!
El otro se ha dado dentro de mí misma. Después de sufrir uno de esos terremotos emocionales (náuseas en el alma, los llamo yo) que provocan en el ánimo las malditas hormonas de la madurez, y estar varios días rumiando mi malestar, de repente, harta ya, decidí que se acabó; a partir de ese momento en que tomé conciencia de que nada iba tan mal como para sentirse así, decidí comenzar a disfrutar de lo que se me estaba brindando y reírme y gozar con la vida y con las pequeñas cosas que  tanto me alegran y me satisfacen.
Procuro hacerlo cada vez que me ocurre. Quizá no siempre lo consiga del todo, pero me siento mucho mejor si lo intento.
Así que lanzo un propósito, ahora que se acerca la época de las buenas intenciones: "¡Cambiemos la tendencia!"

jueves, 31 de agosto de 2017

Trajes Regionales

Hace ya un montón de años, (quién lo diría), en una de las primeras entradas que publiqué en este blog, describía un paseo que, más años atrás aún, había dado por la Laguna Negra, y hacía referencia a la indumentaria que yo vestía en aquella ocasión, comparándola con la de los senderistas-deportistas que andaban por allí. Y aprovechaba para criticar la invasión del atuendo Decathlon, que tanto me molestaba.
Durante mucho tiempo me he negado a entrar en esa dinámica consumista que supone el que una empresa se aproveche del tirón del deporte (hoy en día, la panacea de la salud; quien no se mueve está muerto) para forrarse a vender, y de paso uniformarnos a todos con los mismos diseños, colores y tejidos, para que vayamos iguales y el que no lo haga se considere un bicho raro. Es decir, que el bicho raro he venido siendo yo. Y he utilizado para mi tiempo libre o mis paseos por la sierra camisetas viejas, pantalones vaqueros viejos y zapatillas cómodas en las que mis pies se sintieran agusto. Tengo que reconocer, no obstante, que en alguna ocasión he tenido que quedarme en paños menores en medio de un prado para quitarme una camiseta sudada y cambiarla por otra, lo cual tampoco es que a estas alturas me haya supuesto ningún problema. Es cuestión de llevar recambios y ya está.
Pero las circunstancias nos van llevando por caminos que no pensábamos recorrer, y poco a poco nos hacen cambiar de manera de actuar. El consejo repetitivo y machacón de todos los médicos: "sal a andar, haz algo de ejercicio", acaba haciendo mella en uno y terminamos todos los "matrimonios jóvenes" saliendo a las mismas horas y por los mismos lugares con la intención de seguir el consejo facultativo y poner algo de nuestra parte para que la forma física no se deteriore a trompicones y la salud se vaya manteniendo, mal que bien, en un estado aceptable.
Y en esta tesitura estamos, cuando surgen nuevos aderezos: esos sudores copiosos que nos hacen volver a casa como si nos hubiera caído encima un tremendo chaparrón...esos dolores de cadera que nos provocan los zapatos que antes eran "de siete leguas..."Total; que al final, caemos. Caigo, vamos. Y voy a por unas camisetas "técnicas" (no sé qué nueva técnica es esa de hacer camisetas de fibra, cuando toda la vida han existido y nunca nos gustaban porque olían fatal); y me compro deportivas de colores chillones y material extraño que sí, son cómodas para caminar, pero como llueva, se empapan; y me pongo unos pantalones "de campo" que la única diferencia que tienen con los que llevaba antes es que la cinturilla me llega por mitad de la tripa (con lo que me sale una morcilla tremenda por encima), se les quita la parte de abajo de la pernera (al final siempre los llevo largos) y (eso sí es práctico) tienen multitud de bolsillos. Y si no son esos pantalones, son otros aún peores: para andar por la ciudad se llevan pegados, en versión larga tipo malla de gimnasio, o corta de la que se va subiendo cada vez más y vuelves a casa prácticamente en bañador. Vamos, que cuando me encuentro a algún vecino en el ascensor y voy de esa guisa, me dan ganas de taparme la cabeza con las manos y decir "no estoy, no estoy" como los niños pequeños. Me da la impresión de que pierdo toda la dignidad que pueda tener cuando salgo por la mañana a trabajar si me ven luego con esa facha.  
Tanto es así, y de tal manera nos han lavado el cerebro entre los medios de comunicación, los profesionales de la salud y las tiendas de material deportivo, que de repente por las calles no se ven más que personas corriendo o caminando (no entraré en el tema de los bastones porque eso ya es el colmo) todas vestidas igual. Y yo, que siempre he sido contraria a esto, ahora (¡ver para creer!) me siento rara si me voy a dar un paseo por el parque vestida de calle...El padre de una amiga mía tiene la definición perfecta para este caso: el traje regional de nuestro pueblo es el conjunto de deporte!
Esta reflexión, que llevo ya mucho tiempo haciendo, se ha reafirmado los últimos días de vacaciones. Uno de ellos aprovechamos para hacer una ruta por el bosque. Por supuesto, pertrechados convenientemente con nuestros "trajes regionales". (Aunque yo siempre procuro salirme un poco del guión, y me pongo un pañuelo de colorines en la cabeza y llevo una mochila quizá más apropiada para ir a cualquier otra parte...) La subida es dura, por lo menos para mí, y al llegar al final voy echando el bofe, sudando y con la cara desencajada. Estoy deseando sentarme en una piedra, relajarme, secarme y ponerme mi consabida camiseta técnica para hacer el camino de vuelta en unas condiciones aceptables. Y allí están de nuevo: un grupo de horteras que van en chándal de la Selección, las mujeres criticando a alguien de la familia como si estuvieran tomando cañas en un bar, y los demás por allí dando saltos. Yo con la lengua fuera, y esta gente como si anduvieran por la Gran Vía. Y que no se marchan... En ese momento, y lo reconozco aunque esté muy feo, deseé con toda mi alma que en una de esas cabriolas se rompiesen una pierna! Bueno; al final nadie se cayó, hicimos el camino de vuelta bastante mejor de lo esperado, y aquí paz y después Gloria. Pero...
Pero a la tarde, mientras íbamos en el coche por una carreterita de esas locales que parece que no quieren que llegues a tu destino, vimos a un señor mayor, un lugareño, caminando por el arcén con unas zapatillas de fieltro, de esas de cuadros que les gusta tanto a los señores mayores (y a algunos adolescentes) ponerse en casa cuando llega el frío. Mírale. Y con sus pantalones de tergal, su chaqueta de lana y su palo de madera, dándose un buen paseo antes de cenar. ¿Le hace falta ponerse el traje regional de Decathlon? No. Sale a andar por su medio natural con su atuendo natural. Porque para él el campo, adonde nosotros hemos ido "de pega", de turismo, es el lugar en el que se mueve y se ha movido toda su vida, vestido como ha podido en cada momento, y con lo que le ha venido más a mano. Y si con sus zapatillas está cómodo, pues con ellas va. Y me acuerdo de otros mayores con los que he coincidido en otros caminos y en otros lugares, yo yendo disfrazada de deportista, y ellos vestidos de persona. Y anda, échales un galgo...cómo iban de deprisa con sus alpargatas con suela de goma...realmente, a sus ojos debía parecer algo así como una extraterrestre...desde luego, una extraña. Ajena totalmente al paisaje, al paisanaje...qué ridiculez!
Abundando en la idea, nos topamos con la fiesta mayor de un pueblo de la zona. Allí sí que todos vestían el auténtico traje regional del lugar. Le llamo la atención a los míos sobre los zapatos de los hombres: unas abarcas de piel cosidas a los lados, como si fuera una simple bolsa que se cierra sobre los pies. Ese es el calzado con el que durante siglos las personas que vivían por estos lares subían los caminos intrincados de los bosques, llevaban al ganado a los pastos, cruzaban riachuelos y bajaban corriendo las cuestas. Y no les hacía ninguna falta llevar zapatillas ergonómicas, ni pantalones cargo, ni camisetas de fibra. Y aguantaban el frío, la lluvia y las piedras del sendero. Y para ellos, era lo más normal. No se lo tomaban como una excursión de dominguero, ni como un ejercicio saludable. Era su vida y punto.
Y ese sí que es un verdadero traje regional... 


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