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viernes, 3 de febrero de 2017

Inventario

Seguramente hay en todas las casas objetos, enseres, que no se utilizan con frecuencia. Suelen estar guardados en cajones poco accesibles o en armarios que casi nunca se abren. Cuando yo era pequeña, pero no tanto como para no poder quedarme sola unos minutos mientras mi madre salía a algún recado, me encantaba descubrir esos tesoros ocultos. Recuerdo cómo abría con cuidado el último cajón del mueble del salón donde ella guardaba manteles y paños de cocina sin estrenar, llenos de dibujos de colores, que a mí me encantaban. Los "reservaba" allí un tanto escondidos mientras los de diario estaban aún en buen uso. Y a mí me gustaba llenarme la vista con esos diseños alegres que parecían para un día de fiesta y deleitarme con el olor de la tela nueva. También disfrutaba revisando los cacharritos que se recogían tras los cristales translúcidos de color miel que cerraban las vitrinas de ese mismo mueble: copas, bandejas, tacitas, vasitos minúsculos y delicados, bomboneras de cristal que nunca se habían utilizado para su verdadero propósito...y que estaban allí encerraditos, ocultos, y parecía que se alegraran de que yo abriera su escondite y les diera por fin la luz. Era como si cada vez que se abría la puerta de cristal fuera la primera vez que contemplaba esos objetos preciosos.
En el salón de mi casa actual también hay un mueble con vitrina en el que guardo copas, tazas,  menaje que no utilizo a diario: el más bonito, el más valioso, el que más me gusta. Solía limpiarlo con cierta asiduidad, pero últimamente se me había ido pasando el tiempo y el polvo se acumulaba en los estantes de cristal. Aprovechando que había que recoger lo que se había utilizado en la última reunión familiar, decidí vaciar todo, limpiarlo y hacer inventario. Repasar esos objetos de uso infrecuente me resulta casi tan delicioso como contemplar los que había en mi casa familiar. Me gusta recordar que están ahí colocados, ordenados y esperando que los rescate y los luzca una vez más. Me gusta ser consciente de que a mi alrededor hay cosas bellas que puedo utilizar en cualquier momento que desee y que me harán disfrutar observando cómo hacen cambiar la mesa en la que he escrito, estudiado...y convertirla en algo especial y bello.
Sin embargo, a veces pienso con cierto remordimiento si el deleite que me produce realizar ese repaso de mis objetos preciados podría compararse a la felicidad de los avaros que salían en los cuentos repasando una y otra vez las monedas que sacaban de una bolsa sobada y mugrienta...Pero no; de ninguna manera el sentimiento es el mismo. A aquellos tipos ruines les movía el egoísmo, y a mí me mueve el afán de rodearme de belleza.
Ya comenté en este blog, creo que en la entrada "lo auténtico", cómo disfruto cuidando las cosas. Y que al hacer el cambio de armarios cada temporada, las prendas que de repente salen de nuevo a la luz adquieren el viso de lo nuevo, lo sorprendente, porque antes de guardarlas las he repasado, arreglado, y están relucientes y hermosas. Cada vez que tengo que guardar lo que no me voy a poner durante los próximos meses  desecho lo ajado, lo deslucido, lo mustio. Es algo un poco "zen", creo yo, ahora que se lleva tanto el interiorismo japonés. Pero es cierto que el desterrar de mi lado las cosas gastadas me hace sentir tranquila y en paz. Y esa sensación aumenta al contemplar lo que guardo: lo bello. (Vamos, dentro de un orden; a ver si va a parecer que me visto de Carolina Herrera...)
Pero hay muchas más cosas a nuestro alrededor, y más importantes y valiosas que los objetos,  que pueden llenar de dicha nuestro espíritu y ensanchar nuestro corazón. Esas son las que debemos buscar a diario para tener un tesoro que nos acompañe y nos haga más fácil el camino. Y podemos encontrarlo en cualquier lugar y momento, cuando menos lo esperemos, siempre que seamos atentos y receptivos. La mayoría nos las proporciona la Naturaleza, que aunque nos empeñemos en alejarla de nosotros siempre insiste en ofrecernos regalos, para la vista, para el oído, para el olfato, para todos los sentidos: también en las ciudades amanece, y las hojas del otoño vuelan, y se forman arcoíris en los charcos de las aceras como piedras brillantes. Y se escucha a los pájaros al borde del alba, y la lluvia martilleando insistente sobre el asfalto. Y se percibe el aroma de flores de manzanilla y anís entre los setos que rodean los edificios de viviendas. Y el viento frío del invierno nos despeja el rostro y borra la tristeza. Pequeñas delicias que decoran nuestra vida y que podemos recordar haciendo inventario, repasando cada momento en que nos han sorprendido por su pureza, su maravilla y lo inesperado de su presencia. 

 
 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Cemento armado

Es la víspera de Nochebuena. Como cada año, estoy dedicada a la cocina para que mañana y pasado, Navidad, podamos disfrutar en familia de algo especial y hecho con cariño. Y hoy estoy muy emocionada porque más allá de las palabras huecas y los estereotipos estoy viendo y sintiendo mucho amor, que me acompaña en mi tarea. Me han enviado un video por wasap que me ha parecido sincero, lo que ya es mucho en estas fechas de clichés; y otro con el que he empezado riendo y he terminado llorando. No me gusta felicitar de este modo las fiestas si puedo evitarlo, pero recibir estas imágenes me ha encantado, pues además llegaban de dos personas que quiero y que sé que lo han hecho de corazón.
Pensaba desde hace unos días escribir sobre algo que me llamó la atención, pero me daba un poco de miedo resultar cursi o que mis palabras fueran el típico tópico navideño. Como he comprobado que se puede hablar de cosas auténticas siendo auténtico, voy a intentarlo; os pido perdón si no lo consigo: podéis cerrar esta página y ver la de Zara, que es mucho más entretenida, aunque a la larga mucho más cara...
No recuerdo en qué carretera fue; supongo que viniendo de camino a casa desde el trabajo. El caso es que luego no lo he vuelto a ver, o no me he vuelto a fijar, o ha desaparecido misteriosamente. Lo que me llamó la atención fue una plantita verde, una simple hierba de campo, saliendo erguida y orgullosa de entre el cemento gris que cubría una de esas incómodas rotondas. E inmediatamente pensé: yo quiero ser esa planta. Qué valiente, qué fuerte, ha luchado contra toda esa capa pesadísima y asfixiante y se ha ido colando por algún resquicio, para salir al exterior y recibir el sol en sus hojitas humildes y ponerse verde y lozana. A saber de qué se alimenta la pobre; seguramente bajo el hormigón quedó un sustrato de tierra, aunque no sea muy rica, suficiente para tomar de ella lo necesario. Y ahí está, desafiando a la tristeza de una rotonda sin adornos, sin espacio para la vida, aguantando el peso que le han puesto encima adrede para que no surja, para que no exista.
¡Qué lección! Yo quiero ser esa planta. Aguantar lo que me va arrojando el devenir de los días: las penas, los disgustos, la tristeza, la amargura, el desaliento, el dolor. Porque quiero resistir, quiero sonreír, quiero seguir estando alegre, disfrutando de las cosas buenas que me ocurren, de los pequeños momentos en que puedo ser feliz. No quiero que la vida me convierta en una persona huraña, ni dolida, ni rencorosa, ni agresiva...quiero conservar esa cierta inocencia que aún me hace sentirme una niña en muchos momentos, quiero conservar la capacidad de hacer bromas malas, de atreverme a estrenar unos pendientes en forma de bola de Navidad que una amiga me ha regalado, de meter bulla, de hacer el vago, de reivindicar la fiesta y la diversión. Y atravesar cada día esa capa espesa, pesada y gris que se nos va depositando encima y que si la dejamos puede llegar a paralizarnos, como si actuáramos en un video de esos que ahora se llevan tanto y que son más viejos que la tos (¿recordáis cómo se jugaba a las estatuas cuando éramos pequeños?). Mi arma para salir afuera, asomar la cabecita y decir "no puedes conmigo" es muy conocida, todos la tenemos al alcance de la mano: el Amor.
Y esto es lo que me asustaba al empezar a escribir, que se pueda pensar, "ah, sí, vaya novedad; pues no está trillado eso ni nada, lo que está diciendo..." Cierto, cierto, ya digo que es un arma conocidísima y muy reivindicada, sobre todo en estas fechas. Pero, ¿de verdad nos paramos a recogerla cuando nos la encontramos? Pasamos horas leyendo mensajes cargados de buenas intenciones, y decimos "qué bonito..." y le damos a cerrar y leemos el siguiente. Realmente no nos cala, no hacemos propio lo que nos están comunicando. Pero no por ser más sabido y estar más de moda es menos cierto. Hay que hacer un auténtico esfuerzo para seguir amando a los que te hacen daño, y contestarles con una sonrisa en vez de con una mueca. Pero puedo dar fe que es el único modo de tirar para adelante. Sólo el amor repara nuestras heridas, porque es el único escudo contra las flechas del odio y la insidia. Las debilita, las tira por tierra. Les arrebata fuerza y valor. No estoy hablando por hablar, hay que hacer de tripas corazón y ser valientes, como la planta. No dejarse llevar por la ira. Sí, de vez en cuando también viene bien desahogarse y decir cuatro tacos...para soltar adrenalina. Pero luego, nuestro corazón se va a quedar mucho más tranquilo y esponjado si somos capaces de desterrar de él el rencor y guardar en cambio dentro una pequeña llamita que caliente los malos pensamientos y los convierta en pensamientos serenos.
Mi deseo para estas Navidades es que seamos todos capaces de verdad de recoger el Amor que se esparce alrededor y guardarlo en nosotros como el más preciado tesoro, porque nos ayudará a vivir mejor todo lo que nos traiga el nuevo Año. Que esperemos que sea muy bueno...!

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