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domingo, 27 de diciembre de 2015

MASTER MIX o TERMO CHEF y las tradiciones familiares.



Estos días de Navidad en casi todos los programas de radio dan recetas para que las sufridas (o sufridos) anfitriones queden divinamente con sus invitados. Algunas son imposibles y otras en cambio aportan datos que siempre vienen bien: la temperatura correcta del horno, cuántas vueltas se le debe dar a un ave rellena para que se dore bien… me gusta escucharlas, porque me dan ideas para mejorar lo que vengo haciendo desde hace ya muchos años.

El fin de semana pasado, justo cuando comenzaba mis vacaciones, escuché uno de estos programas en los que daban varios de estos consejos. Pero lo que más me llamó la atención, aparte de la receta, fue que el cocinero puso de manifiesto algo que he pensado muchas veces y que parece ser cierto: casi nadie cocina ya. Lo dijo a propósito de una cena a la que fue invitado, en la que el amigo que recibía en casa ni sabía siquiera cómo se encendía el horno; lo utilizaba sólo para guardar sartenes (esta es una función muy común de ese electrodoméstico, sin duda, pero no la principal…) El cocinero de marras comentaba que  temiéndose lo peor, él había aportado al menú un maravilloso pescado; pero no desveló al final si llegaron a asarlo o no. Y le explicaba a la periodista que por supuesto, sabía que no era su caso, que era consciente de que ella sí cocinaba; pero que era seguramente de las poquísimas personas (él decía que un diez por ciento) que de verdad lo hacían. Y me sorprendió que este señor tan importante hubiera llegado a la misma conclusión que yo: hoy en día la gente ya no se mete en la cocina a elaborar alimentos, simplemente los descongela y los fríe o los calienta en el microondas. Cada vez se consumen más platos preparados. ¿Quién se pasa toda una tarde haciendo masa de croquetas y moldeándolas luego? ¿Quién empana filetes? ¿Quién prepara hamburguesas directamente con carne picada y algún ingrediente más? ¿Quién hornea macarrones? (Aparte de la locutora, alguna que otra persona y yo misma…) El paladar de los niños se está atrofiando: cuando prueban una de estas preparaciones hechas en casa no les gusta: no sabe igual que las que salen del paquete de cartón.

Como a mí me gusta cocinar (no sé si decir “me gustaba”; últimamente cada vez me cuesta más trabajo y me da más pereza, pero lo sigo haciendo), me fío bastante poco de las chicas que se intercambian recetas en los trabajos, recetas que cuando las escuchas te dan idea de lo que saben hacer en realidad: usar su termomix. No digo yo que ese aparato no vaya a ser la olla exprés del futuro; hay electrodomésticos que han facilitado muchísimo las cosas en la cocina, sobre todo a las personas que no tenemos todo el día para cocer garbanzos, y quién sabe si dentro de unos años habrá un aparato de esos en todas las casas. Pero de momento, recelo bastante de un cacharro en el que pones todos los ingredientes a la vez y ello solo se lo guisa (pero no se lo come, jeje…) Y luego hay que limpiarlo, qué pereza…es como la licuadora, que no creo que haya nadie que la use después de la primera vez que tuvo que limpiarla. Tardas más en recoger que en preparar la comida…Y lo que abultan…en fin, no quiero ponerme radical en este tema, porque vaya usted a saber si la termomix pasará dentro de un tiempo a ser un chisme imprescindible y hasta yo misma reconoceré su utilidad. De momento, permítanme que desconfíe. Con mi olla exprés, mis sartenes y mis cacerolas me apaño bastante bien.  Y no me paso todo el día en la cocina…sobre todo a diario…

Visto lo visto, hay algo que no me encaja: el tremendo éxito de los programas de cocina, esos realitys, de adultos o de niños, en los que la gente se quema las cejas en los fogones mientras unos cuantos cocineros marisabidillas los ponen a caldo. ¿Qué interés puede tener la gente en ver cómo se hacen platos complicadísimos si luego van a ir a la cocina a abrirse una lata? Quizá el mismo que si contemplaran cómo se construye un edificio, o se fabrica un automóvil o un avión. Miran absortos cómo alguien hace algo muy difícil, que ellos jamás serían capaces de igualar.  Es la maravilla de lo imposible, supongo. Eso sí, la publicidad de esos programas meten por los ojos hornos, maravillosos alimentos que se pueden encontrar en lujosos supermercados, y todo tipo de adminículos para que si el espectador se atreve a acometer la tan ardua empresa de emular a los que está viendo, pueda elegir los instrumentos adecuados para conseguirlo… En fin, un despropósito. Por la mañana, bombardeo de recetas para hacer ese mismo día la comida familiar (¿en qué casa se come ya a mediodía toda la familia junta, y sobre todo, tan contundente y complicado como lo que nos enseñan?), y por la noche, espectáculo culinario con intriga incluida: ¿quién será el que salga del programa hoy? Por todas partes se escucha a cocineros dando consejos (eso ya lo he dicho más arriba). ¿De qué sirven, si tan poca gente los va a poner en práctica? Habría que encontrar la manera de animar a la gente a meterse en la cocina para preparar cosas sencillas y arte-“sanas”. Sin ringo-rangos. La cocina de toda la vida. Un guiso, una crema, un caldo, una legumbre, una pasta rica…un asado. Como los de Navidad.

Otra tradición más que se está perdiendo. Cocinar en Navidad para la familia. Yo sigo en ella, aunque la verdad, cuando se termina el maratón navideño acabo hecha fosfatina y prometiéndome a mí misma que el año que viene no me van a pillar en estas. Pero al final siempre caigo de nuevo, porque tengo que reconocer que no hay nada más satisfactorio que poner en la mesa un plato y que la gente disfrute de él, y además te lo alabe. Cuando todo el mundo te dice lo riquísimo que está todo, se olvida las horas que has pasado de pie trinchando la dichosa pularda o amasando el roscón (por cierto, este año he creado una nueva variedad: el roscón sin agujero. Se me juntó toda la masa cuando lo vertí en la bandeja…qué desastre…eso sí, rico estaba!) Como tantas otras.

Ya he hablado en anteriores Navidades de las cosas que hacemos en mi familia: cantar villancicos, poner adornos, ir al centro a ver el mercadillo navideño, (vamos, como casi todo el mundo en estas fechas), o tomarse un chocolate en un café antiguo de los que ya casi no quedan, contemplando con nostalgia los ventanales pasados de moda, los mantelitos azules y el vasito de agua, y esos camareros a punto de jubilarse, preguntándonos si será este el próximo en cerrar y acabar así con otro capítulo de los recuerdos de nuestra vida…Y me planteo si las costumbres de mi infancia, y la de mis hijos, seguirán siendo las de mis nietos, si llegan en un futuro. Seguramente, no. Pero,  ¿es eso realmente importante? Porque mis tradiciones (hablo ahora de las navideñas, ya que estamos en estas fechas) son las que han surgido en mi familia, y algunas eran comunes a mucha gente, a un país entero, como las uvas de Nochevieja o la cabalgata de Reyes,  pero otras han arraigado entre mis seres queridos, costumbres que yo misma he ido forjando con el paso de los años. Costumbres que me hacen ser feliz.

Por eso, pienso que no debemos tener nostalgia por cosas que van pasando o se van perdiendo. Si permanecen será porque nos traen algo bueno. Si se marchan es que ya no nos aportan lo mismo que cuando surgieron. De lo que estoy segura es de que toda la gente, en cada grupo humano por pequeño que sea, creará nuevas formas de ser feliz, que repetirá año tras año, hasta que otras personas las cambien e inventen otras, y así siempre, porque lo mejor de las tradiciones es que cuando las seguimos nos sentimos bien, a gusto, como en casa. Si no, no valen de nada. Es mejor inventar una nueva. Nuestra, entrañable y compartida por los que queremos. Esa será la mejor de las tradiciones.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Usar y Tirar

¡Ya noviembre, y sin haber escrito nada desde hace un montón de tiempo...! Los pocos lectores que tengo pensarán que me he aburrido de mi blog y lo he arrumbado a un lado como a un trasto viejo y sin interés, abandonando a mis "fieles seguidoras" porque ya no tengo nada que contarles.
Pues no, tengo mucho de que hablar; lo que me falta es un ratito de tranquilidad y una buena infusión  al lado que me inspire y me relaje para que las palabras salgan como yo quiero y pueda expresar todo lo que continuamente me va rondando por la cabeza. Porque estos artículos son el resultado de muchas horas de pensamiento, de interioridad, de reflexión y de exploración del mundo y de mi propia visión de las cosas: parcial, parcialísima. Pero que me gusta compartir con todo el que quiera leerlos.
Hay varios asuntos que me tienen dándole al magín todo este tiempo que no he aparecido por el "aire" cibernético. Pero vayamos por partes, como decía Jack el Destripador. Aquí y ahora me ocupa uno de ellos.
Cuando cambian las estaciones (las del tiempo) yo sigo manteniendo la costumbre, anticuada y nostálgica, de las "grandes limpiezas generales". De repente me entra un furor de tornado y me gustaría llevarme en un giro, como el rabo de nube de Silvio Rodríguez, todo lo feo. Así que me pongo en acción. Este otoño tocaba limpiar unos cojines de colores que me costó mucho trabajo encontrar (ya se sabe: cuando buscas algo naranja, se llevará el verde; si buscas marrón, se llevará el morado. Y de vez en cuando, se da la feliz casualidad de que justamente el color que quieres es el que llena las tiendas. Por eso hay que andar ojo avizor...para pescar la ocasión!) No es que sean gran cosa, no son de seda salvaje ni de otomán ni de moaré ni de damasco... son sintéticos y vulgares, pero son perfectos para el lugar que ocupan. Y como no caben en la lavadora, los bajé a la tintorería.
Allí la dependienta, muy amable, me comentó que con lo caro que me iba a salir limpiarlos, bien podía comprar unos nuevos. "No, es que no quiero otros; quiero estos, que tanto trabajo me ha costado encontrar". Ella insistía: "A lo mejor no quedan bien..." Pero ante mi resistencia, accedió a admitírmelos y hacer lo que pudiera. Finalmente, pues, conseguí que los cojines quedaran limpios, preparados para luchar contra los odiosos ácaros y eso sí, un poquito (sólo un poquito) más pálidos que antes. Me salí con la mía: no tiré lo que estaba empeñada en conservar.
Algo similar me ocurre con la ropa. No sé si ya lo he comentado en otra entrada del blog, quizá de pasada; me encanta esa sensación tan agradable de preparar con mimo y cuidado las prendas para guardarlas en el fondo del armario, donde esperarán a que dentro de unos meses llegue de nuevo su turno de lucirse pletóricas y radiantes, como si las estrenáramos de nuevo. Esta labor hace unos años era menos complicada. Ahora se vuelve un trabajo de chinos: todos los instrumentos son pocos para luchar contra la obsolescencia programada del textil. La máquina de quitar bolitas; el cepillo rodante que atrapa en su goma las pelusas; el detergente para los "delicados"; los programas de lana o lencería; la plancha de súper vapor... hay jerseys preciosos que se resisten a quedarse con nosotros y muestran una tendencia suicida e irrefrenable a introducirse en los contenedores de ropa usada (ilegales, por supuesto) que están por todas partes. Hay camisas que inexplicablemente amarillean o se deshacen poco a poco ante nuestros incrédulos ojos. Tengo que reconocer que no compro en las tiendas de alta costura, pero vamos, tampoco lo hago en "los chinos"...y aún así, da igual. (De hecho, a veces alguna prenda muy barata me ha durado eternidades, mientras que otras mucho más caras se estropeaban desde el mismo día de su primera puesta).
Y es que, por mucho que me empeñe y que quiera conservar las cosas que de verdad me gustan, que he comprado convencida y que al llegar a casa aún me parecen más bonitas, tengo que afrontar la realidad: vivimos en un mundo de usar y tirar. (Tampoco es que yo esté al borde del síndrome de Diógenes; al contrario, soy poco dada a acumular trastos inútiles, pero hay ciertos objetos que me gustaría tener para siempre. Recuerdo una camiseta de algodón que me compraron con catorce años y que he tirado hace poco por recomendación de toda mi familia; tenía algún agujerito, pero los colores estaban intactos). Es el mundo del capitalismo feroz, que nos empuja a comprar sin freno y casi inmediatamente tirar lo adquirido, porque se ha estropeado o porque ya no está de moda. Las fábricas asiáticas echan humo produciendo objetos sin reparar en su buena o mala terminación: importa la cantidad, no la calidad. Sobre todo, en las franquicias de ropa juvenil, que cambian continuamente sus colecciones para que los chavales (que además no suelen tener ni un duro) gasten dinero durante todo el año en prendas que les durarán un suspiro, pero qué más da, si las pueden sustituir por otras más actuales. Pensemos en el gran monstruo: Ikea. Todo el mundo hace chistes sobre estos almacenes, pero en la mayoría de las casas que se instalan hoy en día el mobiliario se ha comprado allí. Y los enseres de cocina, y los detalles de decoración... Comprar calidad hoy en día se ha vuelto tremendamente caro. Y poco práctico. Si todo en nuestro mundo es provisional, ¿para qué pensar en objetos duraderos?
Sí, provisional. Todo parece serlo. Algunas cosas, a nuestro pesar, como los trabajos. Otras, parece que por elección voluntaria: las relaciones humanas. Y esto es lo verdaderamente preocupante; lo anterior es una mera anécdota.

Leo en el periódico un artículo sobre una nueva aplicación para móvil, Tinder. Exponen sus pros y sus contras. Afirman que en el futuro las personas buscarán sus relaciones sentimentales no mirando a su alrededor, sino la pantalla del móvil, en la que aparecen las fotos de todo aquel que se postule como "elegible", y ya está: sólo tenemos que seleccionar la que más nos guste. Evidentemente, esta aplicación se usa sobre todo para ligar. Los comentarios de las personas que la habían probado eran ilustrativos: las primeras semanas "no paraban". Tenían citas todos los días. Estaban "usando y tirando" personas. Las relaciones humanas, que aunque se centren solamente en puro sexo no dejan de serlo, se convierten así en un mero acto consumista más. Y como tal, cuanto más cambiemos, mejor. Cuantas más citas, mejor. Cuanto menos duraderas, mejor. (Y además, combinado con el rey del siglo XXI: el dispositivo electrónico. Qué más se puede pedir...)
Esta aplicación es la exacerbación de una realidad más discreta pero que ha calado ya muy profundamente en la sociedad. Los hombres y mujeres de nuestros días no consideran sus relaciones como algo "perdurable", y por lo tanto tampoco "invierten" mucho en ellas. En este caso no hablo de un gasto pecuniario, sino en esfuerzo, en generosidad y en compromiso. Los sentimientos de largo recorrido no tienen cabida; son muy "caros". Y además ocupan un hueco que "apetece" más llenar con esas otras emociones baratas que no nos van a requerir el esfuerzo de cuidarlas. ¿Qué pasa entonces con las personas que no están dispuestas a someterse a esta dictadura consumista de sentimientos? Supongo que en algún momento coincidirán con otras que no hayan querido entrar en la rueda... confío en el ser humano, y estoy segura de que el amor, en toda la extensión de la palabra, no pasará nunca de moda.

Por mi parte, tengo la suerte de poder ir conservando cosas y personas. Para conseguirlo me esfuerzo todo lo que puedo. Las cosas me importan menos, aunque algunas tienen un gran contenido afectivo y por eso pongo gran empeño en mantenerlas conmigo. Las personas son lo que más me importa. Y con ellas me vuelco. Seguramente podría hacer más; sin duda cometo errores y provoco heridas. Pero todavía hay algunas que siguen a mi lado. Las imprescindibles. Las que nunca, nunca, tiraría, por muy usadas que estén.
 
 
 

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