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domingo, 4 de enero de 2015

Luces y villancicos

Las Fiestas tocan a su fin. "Ya vienen los Reyes por los arenales", y yo este año aún no he hecho ningún comentario navideño. Pero no por falta de cosas que contar...he disfrutado tanto de estos días que no veía momento de ponerme al ordenador.
Una de esas actividades que me han tenido ocupada ha sido hacer un recorrido en coche por el centro de la ciudad para que mis padres pudieran ver la iluminación especial de estas fechas.
Es una tradición familiar. Mi padre llevaba a mi abuelo cuando éste no podía caminar. Luego, cuando nacieron mis hijos y eran bebés, yo lo hice también con ellos. Y ahora desde hace unos años lo hago con mis padres, que se han convertido en unos niños grandes a los que de vez en cuando sacamos de paseo. En otras ocasiones la visita turística ha acabado con merendola, pero la salud de mi padre ya no permite esas expansiones. Así que este año la excursión acabó pronto, sobre todo teniendo en cuenta que (será por la dichosa crisis) cada vez hay menos calles iluminadas y las bombillas son las mismas todos los años, solo que cambiadas de lugar. También se nota que cada año hay que hacer más hincapié en mostrarles los adornos y las guirnaldas, porque se van distrayendo y ya no se fijan tanto...aún así merece la pena, sobre todo al comprobar la gratitud con que me despiden cuando volvemos a casa. Para ellos es una pequeña fiesta, y para mi una satisfacción poderles hacer este regalo tan sencillo.
Para ambientar la tarde, suelo poner música de villancicos en el coche mientras vamos circulando entre los atascos. Es otra costumbre. Desde que empieza la Navidad me llevo al coche unos cuantos CD'S y los escucho hasta que me invaden la cabeza...me gusta cantar mientras conduzco. Pero lo que más me gusta es poner en casa una antigua cassette grabada de antiguos vinilos de Raphael, Víctor Manuel, Manolo Escobar y otros coros antiguos y tradicionales que interpretan nuestra música más genuina. Me encanta Bing Crosby y Michael Buble, pero sin mi cassette sonando en la cocina la mañana de Nochebuena es como si estuviera en otra fecha. La cena no va a salir igual de bien si no la cocino al ritmo del tamborilero y los peces en el río. Por eso este año estaba un poco triste, ya que los aparatos de música que hay en casa no tienen reproductor de cassette. Y mira por donde, resulta que Papá Noel decide madrugar y de repente comienzan a sonar mis canciones navideñas de la infancia. Sí, me había traído un regalo especial: un aparato reproductor para que el día de Nochebuena no me faltara la banda sonora. Así que el roastbeef salió en su punto.
Esas canciones las he cantado millones de veces cuando era niña, incluso daba vueltas como en el corro alrededor de los muebles al ritmo de "arre borriquito". A mi madre le sigue gustando cantar. Y no hay nada más bonito que estar a su lado y comprobar que sigue teniendo ganas de pasarlo bien, de disfrutar y de celebrar la Fiesta. El día de Navidad mi cassette vino conmigo de visita a casa de mis padres, y mientras comíamos nos pusimos a cantar en la mesa (pésima educación) esos villancicos que forman parte de nuestras vidas y también de las de mis hijos. Porque yo he cantado con ellos desde bebés esas mismas melodías que se saben de memoria.
Pero, ¿y los niños de hoy en día? ¿Cantan también? En los grandes almacenes repiten una y otra vez versiones de los grandes crooners americanos. En los colegios se preparan funciones y (supongo que aún es así) se canta alguna canción navideña. Pero ¿qué pasa con nuestros villancicos de siempre? Hace años la gente dejó de quererlos; parecía que eran algo anticuado, hortera, hasta un poco grosero. Y se pasaron al Jingle Bells. Me gustaría pensar que en la intimidad de las casas las familias siguen tocando la pandereta (sobre la zambomba me caben ya muchas dudas), y desgañitándose con el borriquito y la lavandera. No sé si esto es así, pero me daría una tremenda pena que esta tradición se perdiera. No quiero desterrar temas maravillosos que vienen de fuera, soy la primera en emocionarse con las modernas canciones americanas que nos hablan del muérdago y los besos. Pero lo más bonito de la Navidad es cantar con mi cassette a todo volumen con mis hijos y mi madre. Y tocar una vieja pandereta roja de plástico de la que ya no queda más que el aro y las sonajas. Por cierto, este año no he podido, no la encuentro...mi vieja pandereta roja que yo hacía sonar con fruición, ¿dónde la habremos metido? Qué pena no tenerla conmigo. Pero al menos en mi cocina ha vuelto a sonar el "portalín de piedra"...la esencia de mi Navidad.

martes, 16 de diciembre de 2014

Leer

Hace unos días escuché en la radio que iban a celebrarse en Madrid unos conciertos en los que se mezclarían lecturas de varias obras de Thomas Mann con música que a él le gustaba especialmente, ya que por lo visto era un gran melómano. Como llevo desde el verano leyendo La Montaña Mágica, me interesó la noticia y presté atención. El primero de ellos consistía en una lectura dramatizada (la iba a interpretar José Luis Gómez, que me encanta) de la declaración de amor que hace Hans Castorp a Madame Chauchat, justamente en esta novela. Precisamente acababa de terminar ese pasaje, que en mi edición afortunadamente viene tal cual en el original, o sea en francés, por lo que tuve que leerlo varias veces: la primera, entendiendo el sentido y la intención del texto; las siguientes, arrebatada por su hermosura y su poética pasión, ayudada por el diccionario. Hubiera dado cualquier cosa por poder acudir y escucharlo en boca de uno de mis actores preferidos. Pero cuando estaba imaginando lo maravilloso que resultaría ese concierto, de repente el locutor del programa siguió hablando de la novela en cuestión y comentó que alguna de las músicas que se incluirían sería la canción que el protagonista va cantando camino del frente, ¡de la batalla en la que morirá! Ya me ha destrozado el final, pensé.
Pero inmediatamente, me di cuenta de que no. Precisamente por mi forma de leer.  
 
Me encanta leer desde que era muy pequeña. Recuerdo perfectamente el primer texto que fui capaz de leer yo sola: un comic de 101 Dálmatas de Disney, en esos libros gruesos de "Películas" que algunos recordarán. Cuando me di cuenta de que encontraba sentido en esas letras organizadas en grupos, salí corriendo tan contenta para contárselo a mi hermana. Después seguí con los siguientes tomos (aún los conservo), y con mi querido libro de párvulos, "Piñón", que años después leí yo a mis hijos. A partir de ahí siguió una carrera imparable con los clásicos de la época y con lo que me iban regalando o yo iba eligiendo entre los libros de mis hermanos. Era auténticamente voraz; caían uno tras otro a una velocidad de vértigo, siempre ansiosa por comenzar el siguiente.
Este modo de leer me ha durado muchos años, y he disfrutado enormemente de todas mis lecturas durante este tiempo. Generalmente leía durante la siesta, una costumbre que arrastro desde que tenía que sustituir el obligatorio sueño que me horrorizaba por algo igual de tranquilo pero más gratificante. En vacaciones, también durante la mañana, horas y horas, hasta que sentía que el dolor de cabeza estaba al acecho. Y en ese momento en que ya no podía más, pero me picaba enormemente la curiosidad por saber cómo seguía la historia, solía mirar páginas adelante, e incluso a veces el final. Todo el mundo me criticaba esta costumbre. Pero yo seguía haciéndolo. Y después de muchos años he comprendido por qué.
Para disfrutar de verdad de un buen libro es necesario invertir un tiempo, y saborearlo con tranquilidad. Si se navega a su través con la ansiedad de conocer el final, se pierde la magia, el sentido y el ritmo de la literatura, todas las horas de lucha que su autor ha invertido en ponerlo de pié. Nos quedaremos con una idea general, con el "retrogusto", pero no saborearemos cada línea como se merece. Muchas veces yo he sido una "alcohólica" de la lectura, tragando hojas y hojas como Gargantúa para avanzar más rápido. Ahora he aprendido a ser una gourmet y detenerme en cada detalle como en las notas de un buen vino.
Y en realidad, todo esto se debe a que los años...no perdonan! Cuando uno se hace mayor, el momento de la siesta es terrible, y muy probablemente la cabeza se caerá sobre las páginas si tratamos de leer a esa hora. Por la noche, más de lo mismo. Estamos tan cansados que la tranquilidad que aporta un buen libro hace que caigamos en el letargo...Así que yo leo una y otra vez, una y otra vez, cada capítulo, hasta extraer el último filón de magia, de poesía, de emoción...Por supuesto, ahora tardo mucho más que cuando era adolescente. Disfruto el doble, pero para eso necesito tener la "tranquilidad" que me aporta saber hacia dónde voy!
De todos modos, quien tuvo retuvo, y si se presenta uno de esos novelones llenos de interés y con una trama absorbente, tengo que hacer verdaderos esfuerzos para ir despacio...y a veces no lo consigo...¡y corro hacia el final! Pero luego vuelvo sobre mis pasos, a las páginas que me han parecido más llenas de carácter, y las releo para apreciar lo que de verdad ha querido regalarme el autor.

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