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domingo, 19 de enero de 2014

La Buena Vida

Siempre apetece en vacaciones hacer algo especial, que no sea lo de todos los días; algo que puede ser tan simple sin embargo como visitar una exposición.
Estas Navidades hemos ido al Museo Sorolla, con la excusa de ver una muestra temporal de sus trabajos para la Hispanic Society de Nueva York, que incluía objetos que el artista fue recogiendo en sus viajes por España y que luego le sirvieron de modelo o inspiración para realizar las monumentales pinturas que constituyen la obra más importante del final de su vida, y un esfuerzo supremo que lo dejó agotado y con ganas de pintar cosas sencillas: retazos decorativos del jardín de su casa y retratos de amigos.
(Nunca había estado dentro de ese palacete, aunque he pasado multitud de veces delante de él. Es el inconveniente de vivir en una gran ciudad: como está todo ahí, en medio, parece que no lo ves; forma parte de tu vida cotidiana. En cambio, cuando visitamos ciudades en vacaciones, de viaje, nos resulta un sacrilegio perdernos un solo museo...)
El caso es que en una mañana lluviosa y con las calles bullendo de tráfico recalamos en un edificio antiguo, con un jardín tranquilo, como un remanso de paz entre el lío de afuera. Siempre me ha gustado Sorolla, pero conocer su hogar me resulta muy interesante y me hace reflexionar sobre su pintura y su biografía, ayudada también por un programa que emitió hace tiempo Radio Nacional en que contaban su vida y algunas anécdotas de sus relaciones familiares, y que ahora rescato gracias a las nuevas tecnologías, que para algo están.
Parece, por todo lo que veo y oigo, que Sorolla fue un hombre feliz que hizo felices a los que le rodeaban: su mujer, a la que siempre estuvo unido; sus hijos, sus amigos. Hizo numerosos viajes, conoció mundo y personalidades importantes, tuvo fama y dinero. Vivió holgadamente en su fabulosa residencia madrileña y se rodeó de objetos bellos y caros. Retrató a personas de la alta sociedad, pero también a niños desnudos sobre la arena de la playa. Sus cuadros reflejan esa felicidad, esa alegría de vivir, esa luz que desde sus orígenes valencianos nunca le abandonó, por fuera y por dentro. Y es que el que conozca la luz de Valencia  y tenga un mínimo sentido estético no puede dejar de asombrarse por el modo magistral con que con dos pinceladas se ilumina un lienzo entero, como si el sol y el cielo viviesen dentro de él.
Sorolla tuvo, en definitiva, una buena vida. Y eso es lo que hace que muchos lo consideren menor que a otros pintores contemporáneos, que aunque también alcanzaron reconocimiento, fama y fortuna, se rodearon de un aura de pesimismo y degradación que vertieron en sus cuadros: los intelectuales del 98 los estimaban más porque veían solo lo negativo, la miseria, la tristeza...Solana y Zuloaga, ambos del Norte de España, ven a su país vestido de gris, deforme, histriónico, a veces incluso repulsivo, amenazador. No entro aquí a valorar la grandeza del arte de los tres, que no necesita comentarios. Lo que me llama la atención es que se afee a Sorolla, por parte de contemporáneos y estudiosos, su ansia de vida y de felicidad, la radiante sencillez del agua sobre la arena, de los vestidos blancos y vaporosos. De todo aquello que nos produce una sensación de plenitud y sosiego.
No sé si es cosa de este país nuestro o si en otros será semejante, pero me parece que lo simple no tiene muy buena prensa. No me refiero a lo vulgar, que tan de moda está ahora. Me refiero a lo que nos hace fácil vivir. Por ejemplo: una novela con final feliz siempre será menos importante que otra que nos demuestre que estamos abocados al abismo sin solución. ¿Es que los finales felices hacen que la historia pierda valor? ¿Por qué una sonrisa gana menos premios que el llanto? Sí, desde luego es muy importante que el artista denuncie las injusticias y horrores de nuestro mundo para que nos pongamos en marcha e intentemos paliarlos, pero ¿por qué premiar sólo fotos de niños que lloran y sufren y no otras en que jueguen felices? Es más simple, es más cotidiano. Pero ¿es menos importante? ¿Es menos bello?
Nos castigamos a nosotros mismos con la necesidad de la amargura. No niego que exista el dolor, y mucho menos en la época en que vivió Sorolla, en que la sociedad española era en su mayoría rural, con lo que ello implica de privaciones, penalidades, padecimientos. Pero, ¿es que en aquella época y lugares todo el mundo era desgraciado? ¿No hubo en esas vidas algún momento de alegría? ¿Eran sus fiestas esas caravanas fúnebres que retrata Solana, o por el contrario encontraban en ellas distracción, solaz, incluso hasta el amor? ¿No se reía, no se cantaba, no se olvidaba la dureza del día a día, de los inviernos crudos, del sol ardiente sobre la trilla? 
La vida de un hombre como Sorolla no vende. Es la vida de una persona que se esfuerza por conseguir su sueño, trabaja duro y ama lo que le rodea: personas y ambientes. Es una vida sencilla, en la que su protagonista alcanza el triunfo y el reconocimiento social. Una buena vida. Una vida que todos (yo por lo menos) querríamos vivir.
Así que desde ahora, Sorolla es mi pintor español preferido. No sólo por su maravillosa obra, que uno puede contemplar extasiado durante horas, sino por su forma de pasar por el mundo, disfrutando de él y haciendo que los que le rodeaban disfrutaran también, y sobre todo, sin avergonzarse de ello.
 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Dios iba de blanco (y no hablo de fútbol)

Otra vez Navidades. Parece mentira, pero ya hace más de un año que llevo escribiendo en este blog. Procuro hacerlo todos los meses, más que nada por no defraudar a los pocos seguidores que sé que estarán esperando una entrada nueva. Y también porque aquí puedo hacer los comentarios que normalmente haría en la cena con mi familia cuando hay algo que me preocupa o me llama la atención, pero de modo más pausado y reflexivo.
 
El caso es que un año más estamos pensando en la carta de los Reyes, esa que cuesta tanto escribir cuando se hace en nombre de los demás y hay que adivinar sus deseos; preparando la cena de Nochebuena, la que se cocina con más ilusión y ganas porque es la primera (luego ya va estando uno cansado de tanto cacharreo); sacando los discos de villancicos del maletero, y sobre todo esa cinta de casette en la que están todos las canciones de nuestra infancia con "monstruos" como Rafael antes de que le convirtieran en zombi en el anuncio de la lotería, Manolo Escobar, Victor Manuel...En fín, que ya estamos al lío.
Este año me pillan un poco a contrapié las Fiestas. En la familia ha habido una pérdida muy triste, faltará la presencia y el calor de una madre y su ausencia se hará notar entre mis seres queridos. Pero ello no impedirá (más bien al contrario) que el resto nos demostremos nuestro cariño y la voluntad tan fuerte de estar siempre unidos, felices o tristes.
 
Y precisamente ha sido estos días, volviendo del Tanatorio y aún no comenzadas las Fiestas oficialmente, cuando me encontré con Dios viajando en un coche blanco.
 
No era muy tarde, pero sí muy de noche. Iba conduciendo sola camino a casa, con Luis Miguel desgañitándose a cantar villancicos en la radio, que siempre acompaña mucho cuando no sabe una si va a encontrar el camino fácilmente. Pero en esta ocasión no me ayudó mucho...porque me perdí. Absolutamente. El caso es que sabía por dónde andaba, pero era incapaz de encontrar un desvío para coger el camino correcto. Y me asusté, porque no sabía muy bien qué hacer (cosa rara en mí, pero en ese momento estaba afectada por los sucesos vividos y bastante compungida, y no podía pensar con mucha claridad). El caso es que aparecí en una calle grande, adornada de Navidad, y al lado de lo que parecía un principio de línea de autobuses. Le hice gestos a un conductor que estaba allí parado dentro de su vehículo, pero en lugar de ayudarme se puso a insultarme. Por lo que se ve, me había metido en un carril de "sólo bus". Salí de allí como pude al centro de la vía, y ya con lágrimas en los ojos miré a mi izquierda y allí estaba: en un coche blanco, conduciendo, una mujer de mi edad, sola como yo. Bajé la ventanilla, la llamé y le pedí ayuda por favor. Y en ese momento, de verdad que sentí el Amor de Dios enjugar mis lágrimas y guiar mis pasos. Esta mujer que nunca (o nunca se sabe) llegará a leer lo que hoy escribo me indicó el camino, bajó del coche, volvió a subir porque se abría el semáforo y con su mano me fue señalando las desviaciones y las glorietas que tenía que atravesar. Le di las gracias mil veces con gestos y con palabras, y llorando pero ahora de gratitud, enfilé la calle abajo ya por terreno conocido, hasta desembocar en mi carretera de todos los días, la que conozco a ciegas, pero que en ese anochecer tan triste me parecía diferente, amenazadora, como si hasta llegar a casa no estuviera realmente a salvo.
Pero todo el camino fui pensando: tantas veces nos preguntamos dónde estará Dios, no encontramos su huella, todo nos parece sumido en la pena y la miseria...y de repente, en cualquier lugar y sin esperarlo, allí está; dentro del corazón de una persona desconocida, que nos compadece y nos ayuda sin preguntarnos nada y sin esperar nada. De alguien generoso que nos entrega su amor. Y en ese corazón, en ese amor del prójimo, es donde podemos ver a Dios; es donde esta Navidad ha nacido para recordarnos que hacer felices a los demás es muy fácil, que basta con que rompamos esa coraza negra que se nos va pegando al cuerpo día tras día a base de pequeños contratiempos, enfados, disgustos, desengaños...Está dura, durísima esa coraza, pero basta un gesto amable de una mujer conduciendo un coche blanco para que se resquebraje y nos inunde de nuevo el Amor con su luz limpia y cálida.
 
 
 
También dentro de mi casa el niño Jesús está este año "de blanco". Estamos de obras y no hay sitio para las figuritas. Me parecía muy triste no poder adornar la casa, pero a los chicos se les ocurrió que podíamos aprovechar que hay que pintar todo para dibujar el Belén en la pared. ¡Qué gusto da...! Ninguno lo habíamos hecho nunca (mis hijos y yo somos muy formales) y ha sido una experiencia estupenda, aunque muy laboriosa...eso sí, como todos los años ha habido "peleas" a la hora de "poner" las figuras; este año consistían en "quita, que yo pinto el cerdo", "no, tú vete haciendo los pastores", "retoca la cara de San José que parece japonés", "esa oveja parece la borregona del chiste", "vaya lavandera diminuta que has hecho, que ni se vé"...Solo faltó que apareciera mi marido y dijera como todos los años: "A ver, a ver, que lo primero que hay que poner son las luces..."
 
Lo que es seguro es que el lugar donde siempre nace el Niño en Navidad es en el corazón y la sonrisa tan blancos de mis hijos.

 

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