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sábado, 16 de noviembre de 2013

Deseo fugaz

A finales de octubre, unos días antes de que cambiaran la hora, salí de casa a las siete y media, como todos los días, muerta de sueño y con los reflejos a cero. (Menos mal que mi coche se sabe el camino y va el solito hasta el trabajo, porque yo a esas horas soy incapaz.) Era de noche, el cielo estaba negro y a mi alrededor brillaban las luces de los coches que iban conmigo en caravana por el puente que da acceso a la autovía. Yo tenía la radio puesta, como siempre, no sé si con música o con noticias; a esas horas da todo un poco igual, lo importante es que haya voces que le espabilen a uno. Y mientras circulaba despacio por la parte más alta de la carretera, que luego desciende a la principal, vi un fulgor en el cielo, una línea brillante que acababa en un punto más brillante aún y luego se desvanecía.
¡Qué bien! Una estrella fugaz...no había visto ninguna hasta ahora. Me pareció rarísimo que a esas horas las estrellas estuvieran dándose una vuelta por el espacio, a una hora tan poco mágica y romántica como es el momento de ir a trabajar. Un momento totalmente prosaico. Por eso el contraste fue mayor, y me hizo muchísima ilusión.
Fui todo el camino pensando en ese acontecimiento inesperado que había inaugurado mi día de forma tan especial. De hecho, en una de las curvas vi que un objeto se abalanzaba sobre mi vehículo y yo pensé: "Dios mío! Ahora me va a caer encima un meteorito o un fragmento de la estrella que se acaba de morir..." Desde luego, no era nada de esto y ni siquiera hizo ruido al chocar contra el guardabarros delantero. Lo más probable es que fuera un papel en forma de bola que alguien cochinamente tiró desde la ventanilla. Pero el caso es que yo pensaba que algo extraordinario había sucedido en mi día a día tan poco original.
Y así estuve un tiempo hasta que la otra mañana, yendo en el coche con mi marido por el mismo camino, y ya con el cielo azul de la nueva hora otoñal, caí en la cuenta de que mi estrella no fue tal, sino una de esas estelas finitas que dejan los aviones en el cielo. La ciudad en que vivimos es una ruta aérea muy concurrida, y a esas horas de la mañana hay cantidad de ellos surcando las nubes. Con la luz del día pude darme cuenta de que una de esas líneas curvas blancas y centelleantes se había convertido por arte de la oscuridad en mi preciosa estrella fugaz. 
De repente me quedé muy triste, porque después de vivir ese instante único yo había pensado que podían suceder cosas maravillosas, no porque la estrella fuese a concederme un deseo (que yo no pedí), sino porque cuando algo fantástico sucede es que puede suceder cualquier otra cosa inesperada e igualmente fabulosa. Ahora, ese círculo mágico se rompía. Las estelas de los aviones son absolutamente vulgares y cotidianas, y no traen consigo, es seguro, nada excepcional.
Así que me quedé bastante chafada. Eso tan importante que llevo un tiempo esperando no venía atado a la cola de la estrella.
Pero luego cambié de opinión. Y pensé que si para mí esa luz había sido una estrella, ¿por qué no iba a serlo? Y si mi ilusión hace que espere lo mejor, ¿por qué no ha de llegar? Si somos nosotros los que con nuestra esperanza llamamos a la puerta del destino que esconde el premio gordo, ¿por qué no vamos a seguir llamando con un alegre anhelo de que se abra por fin y nos lo muestre en todo su esplendor? ¿Por qué no mantener la fantasía de que una estela es una estrella? Mi buena estrella es la que yo todos los días me construyo con mi trabajo y mi alegría, con el amor de los que me rodean, y esa seguro, seguro, que traerá consigo lo mejor para mí.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Rellenos de ternura

La otra tarde iba andando por una calle muy pija de la ciudad en que vivo. La más pija, podríamos decir. Me gusta pasear por ella, porque sus escaparates están abarrotados de objetos preciosos que me llenan la vista y me hacen sentir bien, aunque no los compre; la mayoría están fuera de mi alcance...esa tarde en concreto sí había comprado algo, de una forma un tanto impulsiva, pero con mucha base de sentido práctico...(era algo que necesito y que me cautivó nada más verlo. Además, me lo podía permitir, así que la decisión fue rápida).
El caso es que iba yo tan contenta con mi paquete, fijándome en todo lo que ocurría alrededor, como siempre: es algo que asombra mucho a mi hija, el que pueda pasar por un lugar y percatarme de todo: carteles, tiendas, indicadores, señales, gente...(eso me ayuda luego a orientarme y a localizar sitios de los que me hablan...) Y de repente, delante de mí aparecieron dos mujeres jóvenes (muy jóvenes), una de ellas empujando un carrito de bebé. Tenían todo el aspecto de ser de ese barrio (no como yo, que iba "de turismo"). El carrito también. Y el bebé...
El bebé, pobre, se desgañitaba a llorar. No tendría más de cinco meses. Iba monísimo, desde luego, con sus pelillos repeinados, digno hijo de su madre (supongo que la que iba empuñando el asa del cochecito). Pero eso, sinceramente, no le servía de mucho en ese momento. No sé si tendría sed, calor (la capota estaba plegada y le iba dando el sol), hambre, o estaría harto de entrar y salir de tiendas donde hacía frío y la muchedumbre se agolpaba a su alrededor, y el olor no era el de su casa ni el de su madre (o el de la nanny). El caso es que lloraba y lloraba. Cada vez más. A grito pelado.
¿Qué hacía su -supuesta- madre? Mirar la Tablet y enseñar lo que veía en ella a su amiga. Las dos muy animadas, muy contentas, muy "ideales". Y muy sordas, por lo que parecía, ya que no oían (o les daba igual) al pobre niñito en su cuco.
Ante esa escena cotidiana, sin importancia, en la que probablemente nadie más había reparado, se mezclaron en mi interior dos emociones contrapuestas pero igual de intensas:
Una, un sentimiento sordo de aversión hacia esas dos personas, esas dos gansas que habían sacado a pasear a su niño como se puede sacar a un perro, qué digo, mucho peor, porque a los perros sus amos les hacen caso y cucamonas, y al pobrecito ni le miraban. Para ellas parecía ser un elemento más de lujo, una posesión más, un simple objeto decorativo. Se podía uno imaginar que la madre había llamado a su amiga para lucir el bebé ante ella y luego atreverse a llevar a cabo, por compromiso,  la incómoda tarea de dar un paseo con él por la calle.
La segunda, mucho más apremiante, una inmensa ternura hacia esa criaturita que reclamaba atención. Me hubiera lanzado sobre el cuco y rebuscado entre las sabanitas un chupete, un juguetito, un biberón con agua...o simplemente le hubiera tomado en los brazos y le hubiera salmodiado un "ea, ea, ea..." de esos que se dicen con la voz hueca, meciéndose atrás y adelante, y que consuelan tanto.

Esta anécdota me impactó bastante, y la retomo ahora al hilo de otra más reciente.

De vez en cuando acudo a un centro de fisioterapia para reparar mis músculos maltrechos y entumecidos. Allí me cuida una muchacha dulce como un arcoíris. Es todo lo contrario a las dos chicas del otro día: una persona amable, delicada,  receptiva, que escucha lo que le cuentas sin perder detalle, y que vuelca también sus sentimientos con la persona que nota que la escucha. Muchas veces me ha relatado historias que demuestran que en ella la ternura rebosa. No hay más que oir cómo habla de los ancianos a los que trata y visita, de las personas mayores de su familia, con un cariño infinito, de los que perdonan las pequeñas faltas en los demás. No la he visto nunca triste, siempre con la sonrisa en los labios y en los ojos. Todo ese amor lo traslada a sus manos, calientes y firmes pero suaves, reparadoras.
Mientras me arregla los desperfectos hablamos de todo un poco, y la otra tarde comentábamos lo vacía que está mucha gente, y cómo para reparar esos huecos abarrotan su vida de cosas absurdas. Lo ideal sería rellenarlas con montones de cosas interesantes, de las que ensanchan el alma y nos hacen mejores. Pero reflexionando sobre el contraste entre la dedicación a los demás de mi fisio y la banalidad de las dos petardas del bebé, pienso que por lo menos todos deberíamos rellenarnos de ternura. Quien posee esa cualidad, ese sentimiento, debe a la fuerza ser bueno, y por ende tener sensibilidad para captar la emoción de la belleza, la grandeza de lo sencillo, la eternidad de lo efímero. No hay que hacer grandes estudios ni acudir al Ateneo para que nos mueva por dentro un ser indefenso, una flor, una mariposa.
Es muy fácil. Dejémonos llevar, rellenémonos de ternura, porque así viviremos más cerca de la bondad, que a fuerza de su dócil carga de razón deshace imperios y conmueve montañas; de la que debería ser el auténtico motor de la Humanidad.

(Gracias, Laura, porque tú ya la tienes en tus dedos y la repartes a manos llenas).

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