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domingo, 9 de junio de 2013

"Hasta el cuarenta de mayo..."

Estamos a cuarenta de mayo. Durante ese mes no he podido escribir nada nuevo; circunstancias contrariadas que requerían toda mi atención y mis energías me han ido absorbiendo y no he tenido un momento tranquilo para sentarme delante del ordenador. Pero, como licencia, consideraré que esta entrada pertenece al mes de las flores, ya que como digo hoy es cuarenta de mayo.
Pero seguimos sin quitarnos el sayo...
Este invierno ha sido para mí uno de los más fríos que recuerdo. Probablemente no haya sido así; seguramente las temperaturas han estado dentro de la normalidad. Pero yo he pasado frío y tristeza de cielos grises. Frío en el trabajo, arropada por chaquetas gordas de punto que nunca creí que me pondría para ir a la oficina, envuelta en chales de lana que igual sirven para proteger el cuello que para echarse por los hombros con un ademán de abuela, dando una imagen a los ciudadanos de oficina de posguerra, de carencia, de cutrez. Y cielos grises, pesados y tristes que no nos quieren abandonar aún, desesperanzados e insustanciales. Por eso  he deseado más que nunca que llegara la primavera, y ahora el verano; pero parece que no quieren venir del todo. Sale el sol un día e ilumina el cielo vistiéndolo de ese azul vibrante, tenso, que nos llena de energía, y todos corremos a por las sandalias y las blusas de manga corta. Pero al día siguiente otra vez tenemos sobre nuestras cabezas ese toldo plomizo que nos entristece.
Y así llevamos un par de meses: con un vaivén incierto. Yo, que necesito el calor para funcionar, me he puesto con afán a guardar la ropa de abrigo, a ver si así atraigo al buen tiempo. Me he cansado de los colores oscuros, de los tejidos densos, de las camisas puestas una y otra vez durante todo este tiempo y que ya aburren de tan vistas. Así que aunque parece que no ha llegado aún el momento de hacer el "cambio de armarios", como decía un presentador del tiempo de hace muchos años, yo me he puesto afanosa a la tarea.
Me encanta arreglar la ropa para guardarla en condiciones y dejarla "veraneando" en su armario oscuro y oloroso hasta que llegue de nuevo el momento de sacarla. Así que para mí este ejercicio de renovación es largo y pesado. Primero reviso todas las prendas para desechar las que están ajadas o no me he puesto en todo el año y ya no me quedan bien; esto siempre es un buen augurio de otras nuevas que habrá que comprar. Luego quito paciente y concienzudamente las bolitas a los jerseys, bufandas, abrigos y prendas de punto; separo los que se pueden lavar de los que hay que llevar a la tintorería. Cuando ya está todo arreglado, limpio a fondo los armarios, los refresco y pongo antipolillas de olor. Entonces cubro las prendas con bolsas para que no cojan polvo y las voy colgando lo más huecas que puedo para que no se deformen ni arruguen. Limpio a fondo los zapatos, los nutro y coloco hormas para que pierdan las arrugas formadas durante toda una temporada de caminatas. Los guardo en sus cajas tapados con papel de seda. Y los coloco en el fondo del armario, donde no estorben a los bajos de los vestidos.
Toda esta labor me lleva mucho tiempo, y a veces me da el mes de julio. Pero me encanta, cuando empieza de nuevo a hacer frío, rescatar las prendas de su exilio y que luzcan como nuevas, y que apetezca vestirlas, como si fueran recién compradas, olvidadas ya durante los meses de verano.
Me gusta mucho este trabajo, pero a veces también me pone nerviosa, me produce ansiedad, cuando veo que la tarea es larga, que el tiempo no ayuda a secar las prendas gruesas, que quiero ir deprisa y no tengo un momento de tranquilidad para ponerme a ello. Me saca de quicio abrir el armario y ver toda la ropa mezclada, la que se va sacando los días de buen tiempo y la que aún no ha podido guardarse pero ya no se utiliza. Seguramente será mi manía perfeccionista del orden la que me impulsa a hacer todo esto y hace que me sienta mal hasta que todo está acabado. No tengo mucho remedio.
Mientras limpio los zapatos o plancho con sumo cuidado las prendas delicadas me gusta que me hagan compañía. Mi hija aprovecha la coyuntura y se viene conmigo para relatarme los temas que está estudiando y de los que se examinará próximamente. Yo a veces la escucho con interés y otras desconecto y me pongo a pensar en mis cosas. Pero la mayoría del tiempo presto atención, porque casi siempre me gusta lo que me cuenta. El último día, mientras daba betún a los zapatos, y como colofón a sus lecciones, le dije: "igual que el viento es el aire en movimiento, el pensamiento es la idea en movimiento". A ella le encantó, aunque en realidad es una greguería un poco pueril.
 
También este blog querría ser la idea en movimiento, pero no lo conseguirá nunca si no es de ida y vuelta, es decir, si no hay respuesta o comentario a lo que en él voy contando. Veo en las estadísticas que sí tiene visitas (desde luego es minoritario), pero me causa mucha tristeza ver que nadie tiene nada que comentar a lo que pienso y a lo que siento. Simplemente una palabra me haría ilusión, ya sea para animarme o para disentir de lo que escribo. Pero por lo menos así sabría que mis palabras tienen eco, que no caen en saco roto, que gustan o que parecen cursis o ñoñas o pasadas de moda.
 
Por favor, seas quien seas y hayas encontrado este blog por casualidad o por recomendación, ponme un comentario. Si no, mis palabras, mis ideas, se quedarán congeladas en la pantalla, y cada vez me dará más pena ponerme a escribir, porque su sentido es compartir lo que pienso, y el pensamiento, ya lo he dicho antes, es "la idea en movimiento".
 

domingo, 28 de abril de 2013

El derecho a la Felicidad




La semana pasada vi una película en la tele que se me había quedado en la lista de las pendientes: "Feliz Navidad". Podría parecer que la habían programado fuera de temporada, pero no es así, a pesar del título. Recrea un hecho real: en la Nochebuena de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, los soldados alemanes, británicos, franceses, que estaban en el frente, en las trincheras, muy cerca unos de otros, decidieron hacer un alto el fuego y celebrar juntos la fecha.  Pero la película no se queda en la anécdota: relata sin sentimentalismos el absurdo de que unos hombres que no tienen nada en contra de otros se vean en la obligación de matarlos porque así lo han decidido algunos que no están allí ni estarán, sino en habitaciones confortables desde las que dirigen los destinos de miles de personas que tienen sus propias vidas, preocupaciones y anhelos, y que los ven todos rotos por la contingencia de la guerra. En la película se contraponen los sentimientos de un militar que está comprobando la crueldad innecesaria de la batalla, la miseria del hambre, la suciedad y el frío, el absurdo de verse arrancado de la realidad cotidiana y arrojado a la turbulencia de un lugar en el que puede ocurrir cualquier cosa, y de otro militar (su padre), oficial de los que habitan los despachos y deciden las maniobras. Ambos ven la situación desde lugares muy distintos. Sería interesante analizar cuál de los dos obra de modo más conveniente o es más consecuente consigo mismo; pero ahora prefiero centrarme en el que se arrastra por el barro en la trinchera, en sus compañeros de la misma nacionalidad y en los que hasta aquel momento eran sus enemigos.
Cuando el soldado alemán empieza a cantar Noche de Paz, y sin miedo alguno sale fuera de la trinchera portando un árbol adornado, y lo coloca allí en medio, entre el cementerio desnudo que todos habían contribuido a  crear, los demás lo escuchan y lo siguen con su música de gaitas o con sus gargantas. Y de repente, todos a una, precedidos por sus mandos, deciden salir y encontrarse cara a cara. Como hermanos. Como seres humanos, seres sufrientes arrastrados a la muerte por algo que no comprenden ni comparten.
Y es en ese momento, en el que han recuperado su identidad de personas, cuando la felicidad ilumina sus rostros. Son inmensamente felices en ese instante, (que se prolongaría un día, o varios), aunque están rodeados por sus amigos muertos en el suelo con los fusiles abandonados junto a ellos; aunque saben que ese horror no se va a parar aunque ellos se paren. Pero en ese momento pueden ser los hombres más felices, porque han decidido borrarlo de sus vidas y disfrutar de la alegría de estar junto a sus semejantes, de compartir sus pocas pertenencias, de disfrutar de una Noche de Paz. Todos estos soldados estaban ejerciendo un derecho primordial para el ser humano: el Derecho a la Felicidad.
 
No sé qué filósofo dijo en algún momento que la primera obligación del hombre era buscar la Felicidad, ser feliz. (Ni siquiera sé si fue un filósofo o un anuncio de la CocaCola, soy así de inculta). Pero en cualquier caso, creo que es cierto. Leo que Bután, un pequeño país asiático, ha promovido en Naciones Unidas una moción que fue aprobada en julio de 2011 según la cual se reconoce la búsqueda de la felicidad como un objetivo humano fundamental. Sin embargo, parece que la realidad que nos rodea se empeña en obligarnos a estar tristes, preocupados, ansiosos...y en hacernos sentir culpables si por un momento, como los soldados de la película, somos terriblemente felices.
Me rebelo desde aquí contra esa corriente de negatividad que quiere arrebatarnos la esperanza y la alegría. Porque no es cierto que debamos ser continuamente seres desgraciados, porque no lo llevamos en nuestra naturaleza.
 
Comprendo que hay muchas personas en situaciones límite. Que estamos en un momento de caída libre. Que el vértigo se instala en nuestras casas. Y no sólo en estos tiempos oscuros puede uno estar inmerso en la pena: siempre al acecho nos acosan la enfermedad, el desaliento, la derrota... Pero estoy segura de que hasta en los peores momentos, en las más tremendas situaciones, todos y cada uno de nosotros puede sentir ese torbellino de alegría que de repente, sin darnos cuenta, nos atrapa y borra todo lo demás.  Por lo más nimio, por lo menos esperado: una sonrisa de nuestros hijos, un beso, un amanecer, las hojas de los árboles que van brotando en esta primavera loca, una nube graciosa, el ruido de las olas, una flor perfecta entre la hierba, una canción que nos trae un recuerdo alegre, una declaración de amor. Cuando nos rodea el hastío, la desazón, la desilusión, puede ocurrir que nos asalte una tremenda ansiedad por ser felices, por salir de ese pozo de amargura y disfrutar de las calles soleadas, de sentirnos vivos, al fin y al cabo. Es entonces cuando tenemos que dejarnos llevar por ese impulso y disfrutar  sin vergüenza, sin culpa, con la alegría de haber encontrado el camino para alcanzar el objetivo fundamental de nuestra vida: la Felicidad.
Como dice Benedetti en su canción: "...mi paraíso, es decir, que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso..."
Por favor, seamos felices, tengamos o no permiso para ello.



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