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miércoles, 8 de marzo de 2017

Querer ser Demelza

Últimamente estoy abducida por las series que me ofrece el canal de televisión que pago junto con el teléfono e internet. Reconozco que me resulta muy reconfortante sentarme una horita después de comer o de cenar (depende de las obligaciones) con mi infusión o mi café y dejar que me cuenten una historia entretenida. Preferiblemente bonita de ver, bien ambientada, con protagonistas guapos y a los que les ocurran un montón de peripecias con final feliz. Vamos, el estereotipo de la "peli de chicas". Sin embargo, mi adicción comenzó con la compra en DVD de la primera temporada de Mad men, serie unisex donde las haya, de la que había oído hablar muchísimo y por la que sentía curiosidad. Afortunadamente no sólo yo me enganché, y pude compartir con los míos el placer de contemplar esos personajes tan bien construidos, tan interesantes e irresistibles...y ver pasar ante mis ojos la historia de esos años convulsos del siglo XX que tanto me interesa. La verdad es que de la lista de todas las que llevo tragadas es sin duda la mejor, y su final insuperable. Aun así, me han encantado otras muchas, como Downton Abbey, Crematorio, Guerra y Paz...y por supuesto, Poldark.
 
Cuando vi la carátula de esta última en el catálogo de series disponibles me surgieron mil reticencias. No me decidía a probar. Uff, esos actores modernos...no tendrían comparación posible con los que yo amaba en mi infancia, cuando se estrenó en España la primera adaptación de las novelas de Winston Graham. Y seguro que ni la historia ni los paisajes le llegaban a la altura de la zapatilla...pero hete aquí que me acabé la última serie apetecible (de esas de café y modorra); y un día le di al play y comencé a verla. Y me encontré de nuevo con ellos: Poldark y Demelza.
He de decir que en contra de lo que yo temía, ambos actores son mucho más guapos que los antiguos (sobre todo Ross, el protagonista; en este caso el que se quita la camisa es el chico...para deleite de las espectadoras!), los paisajes son auténticos y maravillosos (aunque hay que reconocer que la Inglaterra que sale en las pelis es mucho menos lluviosa que la real) y la historia apasionante.  Así que de repente me he reencontrado con un mito de mi infancia que por casualidad ha resurgido y que ahora, con la distancia de los años, puedo comprender y reconocer. Ese mito no es otro que el personaje de Demelza.

En los años setenta yo era muy pequeña, pero no me perdía las series que ponían en la "normal" (la única otra cadena era el "guache-efe"), aunque fuera por la noche, mientras se cenaba o incluso después. Siempre me ha dado pereza irme a dormir y mis padres, aburridos ya de mandarme a la cama sin resultado, me dejaban quedarme viendo la tele. Así pude ser partícipe del gran éxito de Poldark. No sé muy bien si la historia era igual que la de la versión moderna, posiblemente si; después de tanto tiempo casi no la recordaba en absoluto. Solo esas costas abruptas y verdes y el maravilloso carácter de una mujer que se convirtió en mi modelo inmediatamente. Porque para mí, Demelza era el ejemplo a seguir: yo quería ser como ella, y todas las noches rogaba que cuando fuera mayor pudiera convertirme en una persona así. La palabra con que yo la definía era "encantadora". Una mujer agreste, pero con la sabiduría innata de cómo tratar a los demás, de cómo dar a cada uno lo que necesita. Todo el mundo quería a Demelza, que podía recoger en su casa a aristócratas y a mendigos tratándolos por igual y siempre con una sonrisa. No viene al caso ahora pensar si logré cumplir mi deseo; en un día como hoy, en el que se nos dedica públicamente a las mujeres algo de tiempo para reparar en nuestras carencias y nuestra situación todavía de desigualdad, lo que quiero es señalar cómo este personaje encarna todo lo que a mí me gusta de ser mujer.

En primer lugar, y como ya he dicho, es una persona libre que no se sujeta a las convenciones sociales. Aunque nace en una familia miserable, víctima de malos tratos y sin otras ropas que las que le quita a sus hermanos, protege al más débil (su perro) y le defiende ante personas "de más categoría" o poder que ella, sin importarle qué puedan decir.
Es una persona resuelta. Sabe lo que quiere y lo va a defender ante los demás. No se deja llevar por lo que los otros puedan decidir o preferir. Da el paso y no espera a que llegue lo que desea: lucha por ello y lo consigue.
Es una persona trabajadora. Su buena disposición y ganas de aprender ante las tareas más duras le hará ganar la confianza y el respeto de los que van a ser en adelante sus criados y tendrán que considerarla su señora, aunque sea igual de humilde que ellos.
Es una persona amable y agradecida. Llega a un lugar en el que no se la quiere ni espera, pero con su forma de actuar se hace un hueco incluso entre los que la desprecian.
Es una persona sincera y honesta, que busca siempre la verdad y no esconde sus sentimientos ni sus opiniones. Los hace valer y brillar por su verdad y su integridad.
Tiene muchísima capacidad de amar. A su pareja, a sus hijos, a todos los que la rodean.
Es realista. No se engaña a sí misma para vivir más tranquila. Ante los reveses que le plantea la vida no se pone una venda en los ojos: afronta la verdad, la asume y toma sus decisiones en consecuencia.
Es leal. No cambia sus afectos en función de intereses materiales sino que se mantiene firme apoyando la causa del más débil.
No es rencorosa, sino que sabe perdonar y fomentar la reconciliación entre los agraviados.
En fín, es buena. Por encima de su propia conveniencia, y anteponiendo el bien de los demás, llevará a cabo acciones que ayuden a otros a ser felices aunque a ella puedan traerle consecuencias negativas.

Todos estos adjetivos hacen de Demelza una persona tremendamente humana, imperfecta pero auténtica. Ahora soy capaz  de analizarlos y enumerarlos; cuando la conocí por primera vez sólo era capaz de intuirlos. Aún así, me cautivó hasta el punto de ser para mi un referente.
Creo que debería serlo para todas nosotras. Es muy difícil de conseguir, pero yo persisto en mi afán de acercarme aunque sea en parte a ese modelo. (El primer paso está dado: cada día soy más pelirroja...)

viernes, 3 de febrero de 2017

Inventario

Seguramente hay en todas las casas objetos, enseres, que no se utilizan con frecuencia. Suelen estar guardados en cajones poco accesibles o en armarios que casi nunca se abren. Cuando yo era pequeña, pero no tanto como para no poder quedarme sola unos minutos mientras mi madre salía a algún recado, me encantaba descubrir esos tesoros ocultos. Recuerdo cómo abría con cuidado el último cajón del mueble del salón donde ella guardaba manteles y paños de cocina sin estrenar, llenos de dibujos de colores, que a mí me encantaban. Los "reservaba" allí un tanto escondidos mientras los de diario estaban aún en buen uso. Y a mí me gustaba llenarme la vista con esos diseños alegres que parecían para un día de fiesta y deleitarme con el olor de la tela nueva. También disfrutaba revisando los cacharritos que se recogían tras los cristales translúcidos de color miel que cerraban las vitrinas de ese mismo mueble: copas, bandejas, tacitas, vasitos minúsculos y delicados, bomboneras de cristal que nunca se habían utilizado para su verdadero propósito...y que estaban allí encerraditos, ocultos, y parecía que se alegraran de que yo abriera su escondite y les diera por fin la luz. Era como si cada vez que se abría la puerta de cristal fuera la primera vez que contemplaba esos objetos preciosos.
En el salón de mi casa actual también hay un mueble con vitrina en el que guardo copas, tazas,  menaje que no utilizo a diario: el más bonito, el más valioso, el que más me gusta. Solía limpiarlo con cierta asiduidad, pero últimamente se me había ido pasando el tiempo y el polvo se acumulaba en los estantes de cristal. Aprovechando que había que recoger lo que se había utilizado en la última reunión familiar, decidí vaciar todo, limpiarlo y hacer inventario. Repasar esos objetos de uso infrecuente me resulta casi tan delicioso como contemplar los que había en mi casa familiar. Me gusta recordar que están ahí colocados, ordenados y esperando que los rescate y los luzca una vez más. Me gusta ser consciente de que a mi alrededor hay cosas bellas que puedo utilizar en cualquier momento que desee y que me harán disfrutar observando cómo hacen cambiar la mesa en la que he escrito, estudiado...y convertirla en algo especial y bello.
Sin embargo, a veces pienso con cierto remordimiento si el deleite que me produce realizar ese repaso de mis objetos preciados podría compararse a la felicidad de los avaros que salían en los cuentos repasando una y otra vez las monedas que sacaban de una bolsa sobada y mugrienta...Pero no; de ninguna manera el sentimiento es el mismo. A aquellos tipos ruines les movía el egoísmo, y a mí me mueve el afán de rodearme de belleza.
Ya comenté en este blog, creo que en la entrada "lo auténtico", cómo disfruto cuidando las cosas. Y que al hacer el cambio de armarios cada temporada, las prendas que de repente salen de nuevo a la luz adquieren el viso de lo nuevo, lo sorprendente, porque antes de guardarlas las he repasado, arreglado, y están relucientes y hermosas. Cada vez que tengo que guardar lo que no me voy a poner durante los próximos meses  desecho lo ajado, lo deslucido, lo mustio. Es algo un poco "zen", creo yo, ahora que se lleva tanto el interiorismo japonés. Pero es cierto que el desterrar de mi lado las cosas gastadas me hace sentir tranquila y en paz. Y esa sensación aumenta al contemplar lo que guardo: lo bello. (Vamos, dentro de un orden; a ver si va a parecer que me visto de Carolina Herrera...)
Pero hay muchas más cosas a nuestro alrededor, y más importantes y valiosas que los objetos,  que pueden llenar de dicha nuestro espíritu y ensanchar nuestro corazón. Esas son las que debemos buscar a diario para tener un tesoro que nos acompañe y nos haga más fácil el camino. Y podemos encontrarlo en cualquier lugar y momento, cuando menos lo esperemos, siempre que seamos atentos y receptivos. La mayoría nos las proporciona la Naturaleza, que aunque nos empeñemos en alejarla de nosotros siempre insiste en ofrecernos regalos, para la vista, para el oído, para el olfato, para todos los sentidos: también en las ciudades amanece, y las hojas del otoño vuelan, y se forman arcoíris en los charcos de las aceras como piedras brillantes. Y se escucha a los pájaros al borde del alba, y la lluvia martilleando insistente sobre el asfalto. Y se percibe el aroma de flores de manzanilla y anís entre los setos que rodean los edificios de viviendas. Y el viento frío del invierno nos despeja el rostro y borra la tristeza. Pequeñas delicias que decoran nuestra vida y que podemos recordar haciendo inventario, repasando cada momento en que nos han sorprendido por su pureza, su maravilla y lo inesperado de su presencia. 

 
 

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