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viernes, 23 de diciembre de 2016

Cemento armado

Es la víspera de Nochebuena. Como cada año, estoy dedicada a la cocina para que mañana y pasado, Navidad, podamos disfrutar en familia de algo especial y hecho con cariño. Y hoy estoy muy emocionada porque más allá de las palabras huecas y los estereotipos estoy viendo y sintiendo mucho amor, que me acompaña en mi tarea. Me han enviado un video por wasap que me ha parecido sincero, lo que ya es mucho en estas fechas de clichés; y otro con el que he empezado riendo y he terminado llorando. No me gusta felicitar de este modo las fiestas si puedo evitarlo, pero recibir estas imágenes me ha encantado, pues además llegaban de dos personas que quiero y que sé que lo han hecho de corazón.
Pensaba desde hace unos días escribir sobre algo que me llamó la atención, pero me daba un poco de miedo resultar cursi o que mis palabras fueran el típico tópico navideño. Como he comprobado que se puede hablar de cosas auténticas siendo auténtico, voy a intentarlo; os pido perdón si no lo consigo: podéis cerrar esta página y ver la de Zara, que es mucho más entretenida, aunque a la larga mucho más cara...
No recuerdo en qué carretera fue; supongo que viniendo de camino a casa desde el trabajo. El caso es que luego no lo he vuelto a ver, o no me he vuelto a fijar, o ha desaparecido misteriosamente. Lo que me llamó la atención fue una plantita verde, una simple hierba de campo, saliendo erguida y orgullosa de entre el cemento gris que cubría una de esas incómodas rotondas. E inmediatamente pensé: yo quiero ser esa planta. Qué valiente, qué fuerte, ha luchado contra toda esa capa pesadísima y asfixiante y se ha ido colando por algún resquicio, para salir al exterior y recibir el sol en sus hojitas humildes y ponerse verde y lozana. A saber de qué se alimenta la pobre; seguramente bajo el hormigón quedó un sustrato de tierra, aunque no sea muy rica, suficiente para tomar de ella lo necesario. Y ahí está, desafiando a la tristeza de una rotonda sin adornos, sin espacio para la vida, aguantando el peso que le han puesto encima adrede para que no surja, para que no exista.
¡Qué lección! Yo quiero ser esa planta. Aguantar lo que me va arrojando el devenir de los días: las penas, los disgustos, la tristeza, la amargura, el desaliento, el dolor. Porque quiero resistir, quiero sonreír, quiero seguir estando alegre, disfrutando de las cosas buenas que me ocurren, de los pequeños momentos en que puedo ser feliz. No quiero que la vida me convierta en una persona huraña, ni dolida, ni rencorosa, ni agresiva...quiero conservar esa cierta inocencia que aún me hace sentirme una niña en muchos momentos, quiero conservar la capacidad de hacer bromas malas, de atreverme a estrenar unos pendientes en forma de bola de Navidad que una amiga me ha regalado, de meter bulla, de hacer el vago, de reivindicar la fiesta y la diversión. Y atravesar cada día esa capa espesa, pesada y gris que se nos va depositando encima y que si la dejamos puede llegar a paralizarnos, como si actuáramos en un video de esos que ahora se llevan tanto y que son más viejos que la tos (¿recordáis cómo se jugaba a las estatuas cuando éramos pequeños?). Mi arma para salir afuera, asomar la cabecita y decir "no puedes conmigo" es muy conocida, todos la tenemos al alcance de la mano: el Amor.
Y esto es lo que me asustaba al empezar a escribir, que se pueda pensar, "ah, sí, vaya novedad; pues no está trillado eso ni nada, lo que está diciendo..." Cierto, cierto, ya digo que es un arma conocidísima y muy reivindicada, sobre todo en estas fechas. Pero, ¿de verdad nos paramos a recogerla cuando nos la encontramos? Pasamos horas leyendo mensajes cargados de buenas intenciones, y decimos "qué bonito..." y le damos a cerrar y leemos el siguiente. Realmente no nos cala, no hacemos propio lo que nos están comunicando. Pero no por ser más sabido y estar más de moda es menos cierto. Hay que hacer un auténtico esfuerzo para seguir amando a los que te hacen daño, y contestarles con una sonrisa en vez de con una mueca. Pero puedo dar fe que es el único modo de tirar para adelante. Sólo el amor repara nuestras heridas, porque es el único escudo contra las flechas del odio y la insidia. Las debilita, las tira por tierra. Les arrebata fuerza y valor. No estoy hablando por hablar, hay que hacer de tripas corazón y ser valientes, como la planta. No dejarse llevar por la ira. Sí, de vez en cuando también viene bien desahogarse y decir cuatro tacos...para soltar adrenalina. Pero luego, nuestro corazón se va a quedar mucho más tranquilo y esponjado si somos capaces de desterrar de él el rencor y guardar en cambio dentro una pequeña llamita que caliente los malos pensamientos y los convierta en pensamientos serenos.
Mi deseo para estas Navidades es que seamos todos capaces de verdad de recoger el Amor que se esparce alrededor y guardarlo en nosotros como el más preciado tesoro, porque nos ayudará a vivir mejor todo lo que nos traiga el nuevo Año. Que esperemos que sea muy bueno...!

domingo, 27 de noviembre de 2016

Un café en el ascensor

Las personas somos animales de costumbres; y si no lo somos, nos lo hacen ser los trabajos o las obligaciones, con sus horarios fijos y sistemáticos. Así que no es nada extraño que casi todas las mañanas me encuentre en el ascensor de casa con la misma gente. Claro, todos tenemos la hora ya cogida...(yo, la verdad, soy muy anárquica hasta en eso, y siempre varío minutos arriba o abajo; desde luego, conmigo no podrían poner los relojes en hora, como hacían con Kant cuando salía a pasear...se volverían locos!) El caso es que desde hace unas semanas coincido con una mujer joven con aspecto agradable y risueño, que aunque no me dice nada más que "hola" me cae bien.
El viernes pasado entramos en el ascensor mi hijo y yo, y como otras veces allí estaba ella. Pero tras el saludo de rigor, me fijé en que llevaba un vaso en la mano, con café con leche; un vaso grande de cristal, no de esos neoyorkinos tan modernos, sino el vaso de su menaje que había llenado con su café con leche casero. Así que le comenté, "vaya rollo madrugar, ¿eh?, no da tiempo ni a desayunar siquiera..." y ella me respondió: "no, a desayunar no; pero a poner una colada, tenderla, preparar la comida y organizar, sí...es lo que tiene tener niños..." y mirando a mi hijo, continúa, "pero claro, qué te voy a contar..." Yo le contesté sonriendo, "si, bueno, es otra etapa..." Y ella terminó diciendo: "Yo no sé quién nos ha engañado, y porqué nos hemos dejado engañar; mucho mejor estábamos cuando no teníamos que hacer doble trabajo". En esto, el ascensor llegó al portal y ella salió corriendo con su café en la mano. Yo me quedé pensando que esa frase (la última) ya la había escuchado de boca de alguna otra mujer...
Por la tarde toca compra. Entro en mi panadería favorita, donde lo que hago fundamentalmente, además de abastecer a los míos de dulces un poco menos insanos y a mí misma de panes integrales que me hago la ilusión de que no engordan, es charlar con la dependienta, con lo cual me tiro media hora para comprar unas rosquillas y una barra de pan. Hablamos de mil cosas, casi siempre de los hijos. La pobre Patricia me cuenta sus penas y la cantidad de cosas por hacer que le esperan cuando llega a casa, cansada de todo el día de pie detrás del mostrador. Y curiosamente, me vuelve a repetir lo mismo que mi vecina del café me dijo por la mañana: "no sé quién nos ha engañado. Mi madre vivía mucho mejor que yo; ella me lo dice continuamente".
Así que como este tema ya me venía rondando desde hace mucho tiempo la cabeza y lo tenía pendiente para comentarlo aquí, me pongo de deberes para el fin de semana reflexionar sobre ello. ¿Hemos salido perdiendo las mujeres al dejar atrás la división tradicional -neolítica- del trabajo y luchar por una distribución equitativa del mismo entre los hombres y nosotras?
Pensemos en cómo eran antes las cosas. Pero antes, hasta "hoy por la mañana"; es decir, hasta hace casi nada de tiempo, unos años escasos. Y desde tiempo inmemorial. Ya sabemos: los hombres iban a cazar en grupo y dejaban a las mujeres en la casa cuidando de los vástagos, recogiendo la mies y moliendo el grano para hacer tortas. Esto evolucionó y vinieron las batidoras, las lavadoras y los frigoríficos, y los hombres ya no salían de casa con una lanza sino con cartera o con el mono y las herramientas, o lo que en cada caso tocara. Esas mujeres de lavadora y nevera fueron nuestras madres, las mismas que nos acompañaban al cole (andando en la mayoría de los casos; vivíamos al lado), se iban luego al mercado, preparaban la comida, nos recogían del cole, volvían a llevarnos a la tarde, arreglaban la casa, nos buscaban de nuevo, se ponían a planchar o a coser, nos ayudaban en lo que podían con nuestras cosas, hacían la cena, saludaban al marido que volvía del trabajo, nos mandaban a la cama bien pronto, y luego seguían preparando cosas para el día siguiente. No parece muy entretenido...más bien parece bastante pesado! Y así todos los días...
Yo tuve ocasión de experimentar este tipo de vida cuando nació mi hijo pequeño. Me concedieron una excedencia de un año en el trabajo para cuidarlo personalmente durante ese tiempo. Al principio lo tomé con mucho entusiasmo, pero tengo que confesar que a los pocos meses estaba harta de que todos los días comenzaran igual: desayuno, lavadora, lavaplatos, paseo, comida...cuando llegaba mi marido tenía la sensación de que nada de lo que le contara podía interesarle. Sí, del niño por supuesto; pero el resto...así que no disfruté el año completo. Volví dos meses antes al rutinario trabajo de mi oficina, que cuando llegué me pareció el más apasionante del mundo, nunca lo hubiera creído!
¿Cuál es el problema, entonces, y por qué las mujeres nos sentimos tan agobiadas que miramos con nostalgia hacia atrás y añoramos la vida de nuestras madres? Porque el trabajo no se ha repartido, se ha doblado! Porque aunque parezca mentira, aún hoy, la mayoría de los hombres (no os creáis lo que os cuentan las demás; todos hacen lo mismo -salvo alguna honrosa excepción-) "ayudan" un poco, cada uno a su manera; pero no han asimilado que el trabajo de la casa, los niños, la organización, es tan suyo como nuestro. No comprenden que ya no existe esa "división del trabajo" neolítica: ahora todos hacemos de todo. O mejor dicho, nosotras hacemos de todo. Ellos hacen lo suyo y un poco de lo común. Sí, aún hoy.
Así que las mujeres llegamos a casa agotadas y tenemos que volver a fichar como en el anuncio de la tele, y cuando ellos llegan hacen alguna cosa...a su manera...pero si queda algo al final del día, si se ha olvidado lavar el uniforme, firmar la autorización en la agenda, recoger un abrigo tirado en el sofá, limpiar la cafetera...lo hacemos nosotras. Porque tenemos -deformación de siglos- el cuidado de los demás en los genes, y no podemos arrancárnoslo de repente, por más que nos repitamos: "pues el polvo se va a quedar ahí hasta que salgan champiñones encima del mueble...pues mañana va a ir el niño con el jersey resudado...pues los papeles del banco van a criar porque yo no pienso archivarlos...pues..." pues nada. Al final, vamos y lo hacemos.
Yo pensaba que esto era cosa de mujeres antiguas, vamos, de las de mi edad; pero compruebo con lástima que no, que a las jóvenes les sigue ocurriendo. Y por eso añoran los tiempos en que las mujeres sólo hacían un trabajo: el de casa.
Pero no nos engañemos, chicas. ¿Realmente os cambiaríais por ellas? Estoy segura de que no. Nosotras estamos mucho más aperreadas, eso es cierto; pero es necesario modificar las costumbres de nuestros compañeros para que no suceda y el reparto sea real. Y a cambio, y mientras logramos que les entre en la costumbre y en el pensamiento que tienen que darse cuenta cuando se acaba la leche o no les quedan calzoncillos en el cajón, ¿qué hemos conseguido nosotras? LIBERTAD.
Sí, libertad. Aunque tengamos un trabajo que no nos realiza nada; aunque vayamos todos los días renegando y deseando que ocurra un milagro y la oficina esté cerrada; aunque estemos hasta el gorro de los jefes/as; aunque un día sí y otro también tengamos que lidiar con los que se empeñan en hacernos la puñeta y los graciosillos de turno; aunque estemos mirando el reloj y contando los minutos que faltan para salir; aunque cuando llegan las vacaciones salgamos dando saltos y bailando la lambada. Porque a finales de mes a todas nos llega Santa Nómina, y con ella podemos ser independientes. No necesitamos que nadie nos mantenga. No necesitamos que nadie nos lleve a ningún sitio. Podemos hacer y deshacer porque somos partícipes del mantenimiento de la familia. Ya no tenemos que escuchar a nadie decirnos que no tenemos nada, que vivimos del sueldo del marido. Hemos alcanzado la mayoría de edad y no necesitamos tutela; somos mujeres por nosotras mismas, personas únicas, tenemos identidad propia. Salimos al mundo, damos nuestra opinión, participamos en todo lo que ocurre; formamos parte del devenir de los acontecimientos. Ya no estamos esperando en casa: salimos afuera, tomamos la iniciativa, somos activas y se nos tiene en cuenta.
(Quizá sean ellos los que de verdad están peor...como también he oído decir a alguno...ya no viven como el padre de los niños de Mary Poppins, al que le traían "las zapatillas y el jerez" cuando llegaba del Banco...)
¿Vamos pues a renunciar a todo eso por cansancio? Ni hablar. Lo que hay que hacer es seguir en la brecha, dale que te pego, hasta que consigamos cambiar la tendencia y equilibrar la balanza. Y todas esas cosas que cargamos en la espalda como una mochila pesadísima se repartan de verdad y podamos andar más ligeras, con una enorme sonrisa en la cara, de la mano de nuestros compañeros, libres e iguales frente al mundo. 
 
 
 
 

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