Buscar este blog

sábado, 12 de marzo de 2016

Cuéntame...si eran así.

Veo poquísima televisión. Las series de las cadenas comerciales me suelen parecer zafias y sin contenido. Los programas de actualidad, un griterío insoportable. Los documentales, repetitivos y aburridos. Al final queda poco: alguna película que pillo por casualidad en esas cadenas minoritarias que casi nadie sintoniza o alguna serie de las cadenas públicas, hechas con un poco más de rigor y de cuidado. En estas últimas, además, existe la ventaja de que no molestan los anuncios...(Aún así, por mi obsesión de estar al día, procuro enterarme de todo lo que se puede ver; de lo que está en el candelero y la gente comenta en el trabajo; y a veces lo pesco de refilón para darme una idea y no parecer extraterrestre cuando surja la conversación.)
 
Sin embargo, soy fiel a algunas series, lo que no significa necesariamente que sean buenas; simplemente, me da pereza dejar de verlas. Un ejemplo es "Cuéntame".
Cuando comenzó me hacía mucha ilusión ver mi vida reflejada en la pantalla. Objetos, moda, costumbres, todo me recordaba mi infancia. Hasta el tipo de familia: tres hijos de los cuales el protagonista es el pequeño, que además se lleva muchos años con los otros dos, como es mi caso. La cosa es que me enganché  y nunca he dejado de verla. Pero tengo que reconocer que cada temporada que pasa me gusta menos. Me parece menos real, más exagerada; los temas, cogidos por los pelos, forzados. Y los personajes, llevados al límite. Creo que esto es lo que más me rechina.
 
En un principio, el padre trabajaba como un negro para sacar a su familia adelante, y la madre también lo hacía, primero en casa y luego como empresaria, con iniciativa y decisión, marcando el cambio de los tiempos. Ahora, después de montones de vicisitudes, de altos y bajos y de sucesivas ruinas y éxitos, se han convertido en unos sujetos sin verdad que no cuadrarían en la época que representan. Porque en vez de evolucionar con los tiempos han involucionado y aparecen como figuras de cartón piedra.
 
La madre es la eterna ausente. Lo único que hace esta mujer en la historia es sufrir. Se nos dijo que había estudiado una carrera, fue dueña de varias empresas...pero ahora, ¿en qué ocupa su tiempo? Se pasa el día angustiada; cuando no por el marido, por los hijos. En vez de hacerles realmente caso y ocuparse de ellos, de sus problemas e intereses, está continuamente suspirando y yendo de acá para allá como un alma en pena que no encuentra sosiego en nada ni en nadie. No es feliz, y parece que le preocupa que lo sean los que la rodean, pero está como paralizada detrás de un muro invisible que le impide interactuar con el resto de miembros de la familia.
El padre no tiene desperdicio como sujeto a analizar. Inestable, ambicioso, rígido, egoísta, prepotente. Piensa que la familia debe girar a su alrededor, y por supuesto, darle la razón y comportarse según sus gustos. Si no es así, monta en cólera y se muestra herido y ofendido.
 
Toda esta reflexión viene a cuento de un comentario que surgió hace poco en mi trabajo, precisamente hablando sobre series de televisión. Yo decía que me molesta muchísimo que en las de temática adolescente los protagonistas, los "héroes", sean los peores: los más bandarras, los que menos estudian, los que están al borde del precipicio. A los chavales les dan un ejemplo pésimo: sé malo, así triunfarás. Y cuando al siguiente jueves vi de nuevo un capítulo de Cuéntame, comprendí que también esta historia nos da un ejemplo horroroso. Queriendo reflejar una época nos da un modelo de educación nefasto, seguramente peor que el que en realidad existía entonces.
 
Me baso para explicar esto en el personaje de la hija pequeña, que llegó sin querer y a la que nadie parece hacer ningún caso. Esta cría ha crecido sola y a su aire, sin que los hermanos la apoyen y le cuenten sus experiencias, y sin que los padres sepan más sobre su vida que lo poco que puede decir en la mesa, donde continuamente le mandan callar a gritos, desprecian su opinión y ponen los ojos en blanco echándose las manos a la cabeza ("Ay Señor, Señor") al ver que es una persona con criterio propio. Me ofende muchísimo ver a ese padre, que se relaciona chillando con sus hijos y que nunca les pregunta por sus cosas, por sus intereses. No se sienta a escuchar lo que puedan querer decirle. El contacto más cercano que tiene con ellos se limita a la bofetada o el zarandeo. A la pobre niña nadie le echa una mano con los deberes, nadie le toma la lección ni le pregunta si está de exámenes o le prepara la merienda. Va por libre. ¡Cuántos abrazos faltan en esta serie, cuántos besos de madre necesitaría esta niña en plena pubertad! No hemos visto una conversación "de chicas" entre madre e hija comentando las faenas que le hacen las amigas o lo guapo que es tal o cual chico; la hija no le pide prestado a la  madre alguna prenda... a la pobre le han puesto gafas (por cierto, no deberían ser de pasta, sino metálicas) y nadie parece entender en qué mal momento ha sucedido...¿de verdad eran así nuestros padres, ese era el modelo educativo y de relación que existía en los años 80?
 
Desde luego, no nos educaron como nosotros hemos educado a nuestros hijos (me refiero a los padres de mi generación). No estaban tan pendientes de cada aspecto de nuestras vidas, de cada sentimiento. No nos facilitaban tanto las cosas como hacemos ahora, nos dejaban más sueltos, nos teníamos que valer por nosotros mismos, buscarnos las vueltas. Eramos más independientes y más autosuficientes.
Pero yo he tenido dos hermanos que me han ayudado muchísimo con los estudios, con los que he compartido aficiones y charlas, con los que he bromeado y discutido, que se han preocupado por mis cosas y han estado pendientes de mis amistades. Y he tenido unos padres que siempre me han demostrado que me querían por encima de todo. Que no me han chillado ni me han pegado (nunca jamás), aunque no me dieran demasiada "vela en el entierro".  En los que siempre ha triunfado el respeto y el amor.
El modelo era distinto al nuestro, pero eso no quiere decir que cada miembro de la familia fuera a su bola sin preocuparse de los demás, ni que los padres solo estuvieran ahí para regañar, castigar o recriminar. Los jóvenes de los ochenta no teníamos confianza con nuestros padres como tienen ahora nuestros hijos con nosotros, pero nos sabíamos queridos. La familia era un lugar en el que se encontraba apoyo. En el que todos se preocupaban por los problemas de los demás.
 
No me cuentes cómo lo imaginas. Yo te cuento cómo fue.

domingo, 14 de febrero de 2016

Belleza, Orden y Revolución.

Aquí de nuevo, otra vez tras un montón de tiempo sin hablar de nada. Como siga así, los pocos "fieles" que tiene este blog van a desaparecer, creyendo que ya no quiero compartir con nadie mis pensamientos...a los que persisten, mi agradecimiento; a los que están a punto de marcharse, les ruego que permanezcan, que sean pacientes, porque no me olvido de ninguno. ¡Aquí está la prueba!
 
Ya he comentado en otras ocasiones que no me gusta hablar de actualidad, sino de cosas que permanecen, al margen de modas o circunstancias. Una vez contravine mi regla, y hoy lo voy a hacer de nuevo en parte, aunque para reflexionar más allá de lo momentáneo.
 
Estamos viendo desde hace un tiempo que ciertas personas con determinada responsabilidad pública insisten en aparecer ante los medios con una estética muy distinta de la que hasta ahora era la "normal" en determinadas situaciones muy marcadas por unas normas protocolarias o de etiqueta. Lo hacen al desgaire, intentando aparentar naturalidad; como si no fuera una actitud intencionada.  Aparentan normalidad, pero claramente esa normalidad es impostada. Pretendo aquí reflexionar sobre esto, sobre porqué se conducen así estas personas y qué trascendencia tiene el aspecto externo, la apariencia, en las relaciones sociales e incluso en la evolución de la propia sociedad. 
 
Me pregunto si la belleza y el orden son conceptos relacionados. Y acudo a la Naturaleza. Prácticamente todas las manifestaciones del planeta que habitamos siguen una sistemática según la cual se desarrollan, y ésta suele guardar unas proporciones matemáticas, geométricas, proporcionales. Pensemos en los pétalos de las flores, las alas de los insectos, los cristales de nieve, la piel de los felinos, las escamas de los peces...todos los elementos guardan una relación armónica entre sí, de modo que si falta uno nos parecerá imperfecto, extraño. El hombre en sí, como cualquier otra parte de la Tierra, está compuesto por células que si se reproducen de forma ordenada dan lugar a la maravilla de la vida humana, mientras que si por cualquier causa se apartan de esa norma, dan lugar a la enfermedad y la muerte. Hasta las expresiones más terribles del planeta tienen un orden intrínseco: las ondas concéntricas de los terremotos, las gotas de agua de las inundaciones, las moléculas de oxígeno que se agotan en la combustión de la llama. Tenemos aquí pues la explicación de porqué lo "ordenado" nos parece bello: porque sigue la manera en la que todo lo que nos rodea se manifiesta. Porque no nos supone un esfuerzo comprenderlo: simplemente con mirarlo lo entendemos, lo aprehendemos. Lo asumimos como algo natural.
Si cualquier elemento de la Tierra se aparta de las reglas comunes a su especie aparece como algo extraño, raro, fuera de la norma, inexplicable, indeseable para sus congéneres, que si son seres vivos lo desprecian y lo condenan al ostracismo y a la muerte.
Por lo tanto, lo "distinto" implica sorpresa, desagrado, y en la mayoría de las ocasiones es detestado y apartado.
 
Sin embargo, esta diferencia ha sido utilizada muchas veces a lo largo de la Historia por el hombre como modo de protesta y de revulsión. En la antigüedad clásica Diógenes escandalizaba a sus conciudadanos con su austeridad extrema y su conducta antisocial para hacerles reflexionar sobre sus errores; los eremitas de la primera cristiandad abandonaban la norma de los claustros y se perdían en los montes junto a los animales para llevar una vida fuera de la civilización que les ahogaba el espíritu; las brujas de los aquelarres se desaliñaban y desgreñaban mientras las cortesanas se pintaban como cuadros y se prendían lazos y flores para atraer a sus clientes; los piratas  vestían con ropas exageradas y vivían como proscritos al margen de sus coetáneos;  los bandoleros de Sierra Morena se envolvían en mantas de lana y se ataban pañuelos a la cabeza. "Beau" Brummel y Lord Byron pusieron de moda una forma de vestir masculina que sus antepasados habrían tachado de irrespetuosa, como poco.
En tiempos más cercanos, Mary Quant acortó la falda femenina de un modo hoy totalmente habitual pero entonces escandaloso. Las chicas reivindicaban así su presencia, la importancia de su voz entre la opresora sociedad británica de los años 60. Más tarde, el fenómeno punk supuso también un modo de contestar la norma establecida, agresivo, incomodo y cercano a lo marginal. Estas manifestaciones se fueron luego domesticando, hasta el punto de que la moda las ha asumido, incorporando muchas de sus imágenes (calaveras, cadenas...) y dándoles un cariz de normalidad.
¿Y qué podemos decir del Arte? Es la manifestación humana en la que más claramente vemos que la diferencia ha sido utilizada como forma de cambio de lo establecido. Los motivos que hoy nos parecen más amables o cordiales fueron en su tiempo revolucionarios: cada nuevo movimiento respondía al anterior, renegaba de él y lo subvertía. No digamos ya el arte contemporáneo, cuya principal razón de ser es la de remover las conciencias. Para ello precisamente lo que utiliza es la sorpresa, el desorden, la repulsión, la náusea.
 
Por tanto, hemos de admitir que ninguna apariencia externa es inocente; todos nos expresamos de alguna manera en la forma en la que aparecemos ante los demás. Y como vemos, muchas veces nos sirve para cambiar aspectos del mundo que no nos gustan, para hacer que las normas sociales avancen y mejoren.
 
¿Por qué entonces estos nuevos personajes públicos nos intentan "vender la moto" de que ellos simplemente se visten como la gente "normal", la clase más popular de nuestra sociedad? Quieren hacer ver que así se acercan a las personas menos favorecidas, que les dan visibilidad en círculos a los que nunca antes se habían asomado. Pero ¿quién se cree que una de esas personas a los que ellos dicen representar acudiría a un evento de importancia vestido como va por su casa o a trabajar? Me rodeo a diario de personas "normales", y cualquiera de ellas escoge su aspecto con mucho cuidado si tiene que asistir a un acontecimiento especial. Es más; al final hemos podido ver cómo en una situación en la que se exige etiqueta, uno de estos paladines de lo popular ha aceptado la norma y se ha calzado el smoking como todo hijo de vecino.
 
¿Cuál es, pues, la verdadera intención de esa falta de "formalidad" en el modo de vestir? La de llamar la atención hacia las personas que la encarnan; recabar los elogios de aquellos que se suponen representados por ellos y separarse de aquellos a los que intentan escandalizar. Es algo totalmente premeditado y con un objetivo claro. No es casual, no es que sean "así de naturales". No hay nada de naturalidad en esta actitud.
Pero, lamentablemente, tampoco hay nada nuevo, creativo, que aporte algo positivo a nuestra civilización. No va a cambiar formas sustanciales de comportamiento. No va a traer mejoras sociales. No creo en absoluto que vaya a hacer Historia.
Me parece mucho más revolucionaria la minifalda que las mangas remangadas de Pablo Iglesias...
 
 

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...