Buscar este blog

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Usar y Tirar

¡Ya noviembre, y sin haber escrito nada desde hace un montón de tiempo...! Los pocos lectores que tengo pensarán que me he aburrido de mi blog y lo he arrumbado a un lado como a un trasto viejo y sin interés, abandonando a mis "fieles seguidoras" porque ya no tengo nada que contarles.
Pues no, tengo mucho de que hablar; lo que me falta es un ratito de tranquilidad y una buena infusión  al lado que me inspire y me relaje para que las palabras salgan como yo quiero y pueda expresar todo lo que continuamente me va rondando por la cabeza. Porque estos artículos son el resultado de muchas horas de pensamiento, de interioridad, de reflexión y de exploración del mundo y de mi propia visión de las cosas: parcial, parcialísima. Pero que me gusta compartir con todo el que quiera leerlos.
Hay varios asuntos que me tienen dándole al magín todo este tiempo que no he aparecido por el "aire" cibernético. Pero vayamos por partes, como decía Jack el Destripador. Aquí y ahora me ocupa uno de ellos.
Cuando cambian las estaciones (las del tiempo) yo sigo manteniendo la costumbre, anticuada y nostálgica, de las "grandes limpiezas generales". De repente me entra un furor de tornado y me gustaría llevarme en un giro, como el rabo de nube de Silvio Rodríguez, todo lo feo. Así que me pongo en acción. Este otoño tocaba limpiar unos cojines de colores que me costó mucho trabajo encontrar (ya se sabe: cuando buscas algo naranja, se llevará el verde; si buscas marrón, se llevará el morado. Y de vez en cuando, se da la feliz casualidad de que justamente el color que quieres es el que llena las tiendas. Por eso hay que andar ojo avizor...para pescar la ocasión!) No es que sean gran cosa, no son de seda salvaje ni de otomán ni de moaré ni de damasco... son sintéticos y vulgares, pero son perfectos para el lugar que ocupan. Y como no caben en la lavadora, los bajé a la tintorería.
Allí la dependienta, muy amable, me comentó que con lo caro que me iba a salir limpiarlos, bien podía comprar unos nuevos. "No, es que no quiero otros; quiero estos, que tanto trabajo me ha costado encontrar". Ella insistía: "A lo mejor no quedan bien..." Pero ante mi resistencia, accedió a admitírmelos y hacer lo que pudiera. Finalmente, pues, conseguí que los cojines quedaran limpios, preparados para luchar contra los odiosos ácaros y eso sí, un poquito (sólo un poquito) más pálidos que antes. Me salí con la mía: no tiré lo que estaba empeñada en conservar.
Algo similar me ocurre con la ropa. No sé si ya lo he comentado en otra entrada del blog, quizá de pasada; me encanta esa sensación tan agradable de preparar con mimo y cuidado las prendas para guardarlas en el fondo del armario, donde esperarán a que dentro de unos meses llegue de nuevo su turno de lucirse pletóricas y radiantes, como si las estrenáramos de nuevo. Esta labor hace unos años era menos complicada. Ahora se vuelve un trabajo de chinos: todos los instrumentos son pocos para luchar contra la obsolescencia programada del textil. La máquina de quitar bolitas; el cepillo rodante que atrapa en su goma las pelusas; el detergente para los "delicados"; los programas de lana o lencería; la plancha de súper vapor... hay jerseys preciosos que se resisten a quedarse con nosotros y muestran una tendencia suicida e irrefrenable a introducirse en los contenedores de ropa usada (ilegales, por supuesto) que están por todas partes. Hay camisas que inexplicablemente amarillean o se deshacen poco a poco ante nuestros incrédulos ojos. Tengo que reconocer que no compro en las tiendas de alta costura, pero vamos, tampoco lo hago en "los chinos"...y aún así, da igual. (De hecho, a veces alguna prenda muy barata me ha durado eternidades, mientras que otras mucho más caras se estropeaban desde el mismo día de su primera puesta).
Y es que, por mucho que me empeñe y que quiera conservar las cosas que de verdad me gustan, que he comprado convencida y que al llegar a casa aún me parecen más bonitas, tengo que afrontar la realidad: vivimos en un mundo de usar y tirar. (Tampoco es que yo esté al borde del síndrome de Diógenes; al contrario, soy poco dada a acumular trastos inútiles, pero hay ciertos objetos que me gustaría tener para siempre. Recuerdo una camiseta de algodón que me compraron con catorce años y que he tirado hace poco por recomendación de toda mi familia; tenía algún agujerito, pero los colores estaban intactos). Es el mundo del capitalismo feroz, que nos empuja a comprar sin freno y casi inmediatamente tirar lo adquirido, porque se ha estropeado o porque ya no está de moda. Las fábricas asiáticas echan humo produciendo objetos sin reparar en su buena o mala terminación: importa la cantidad, no la calidad. Sobre todo, en las franquicias de ropa juvenil, que cambian continuamente sus colecciones para que los chavales (que además no suelen tener ni un duro) gasten dinero durante todo el año en prendas que les durarán un suspiro, pero qué más da, si las pueden sustituir por otras más actuales. Pensemos en el gran monstruo: Ikea. Todo el mundo hace chistes sobre estos almacenes, pero en la mayoría de las casas que se instalan hoy en día el mobiliario se ha comprado allí. Y los enseres de cocina, y los detalles de decoración... Comprar calidad hoy en día se ha vuelto tremendamente caro. Y poco práctico. Si todo en nuestro mundo es provisional, ¿para qué pensar en objetos duraderos?
Sí, provisional. Todo parece serlo. Algunas cosas, a nuestro pesar, como los trabajos. Otras, parece que por elección voluntaria: las relaciones humanas. Y esto es lo verdaderamente preocupante; lo anterior es una mera anécdota.

Leo en el periódico un artículo sobre una nueva aplicación para móvil, Tinder. Exponen sus pros y sus contras. Afirman que en el futuro las personas buscarán sus relaciones sentimentales no mirando a su alrededor, sino la pantalla del móvil, en la que aparecen las fotos de todo aquel que se postule como "elegible", y ya está: sólo tenemos que seleccionar la que más nos guste. Evidentemente, esta aplicación se usa sobre todo para ligar. Los comentarios de las personas que la habían probado eran ilustrativos: las primeras semanas "no paraban". Tenían citas todos los días. Estaban "usando y tirando" personas. Las relaciones humanas, que aunque se centren solamente en puro sexo no dejan de serlo, se convierten así en un mero acto consumista más. Y como tal, cuanto más cambiemos, mejor. Cuantas más citas, mejor. Cuanto menos duraderas, mejor. (Y además, combinado con el rey del siglo XXI: el dispositivo electrónico. Qué más se puede pedir...)
Esta aplicación es la exacerbación de una realidad más discreta pero que ha calado ya muy profundamente en la sociedad. Los hombres y mujeres de nuestros días no consideran sus relaciones como algo "perdurable", y por lo tanto tampoco "invierten" mucho en ellas. En este caso no hablo de un gasto pecuniario, sino en esfuerzo, en generosidad y en compromiso. Los sentimientos de largo recorrido no tienen cabida; son muy "caros". Y además ocupan un hueco que "apetece" más llenar con esas otras emociones baratas que no nos van a requerir el esfuerzo de cuidarlas. ¿Qué pasa entonces con las personas que no están dispuestas a someterse a esta dictadura consumista de sentimientos? Supongo que en algún momento coincidirán con otras que no hayan querido entrar en la rueda... confío en el ser humano, y estoy segura de que el amor, en toda la extensión de la palabra, no pasará nunca de moda.

Por mi parte, tengo la suerte de poder ir conservando cosas y personas. Para conseguirlo me esfuerzo todo lo que puedo. Las cosas me importan menos, aunque algunas tienen un gran contenido afectivo y por eso pongo gran empeño en mantenerlas conmigo. Las personas son lo que más me importa. Y con ellas me vuelco. Seguramente podría hacer más; sin duda cometo errores y provoco heridas. Pero todavía hay algunas que siguen a mi lado. Las imprescindibles. Las que nunca, nunca, tiraría, por muy usadas que estén.
 
 
 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Ciclogénesis sensacionalista.

Estamos a las puertas del otoño. Como todos los años, dentro de unos días nos sorprenderá de pronto una tarde en la que el sol se habrá ido mucho antes de lo previsto, dejándonos en esa conocida semioscuridad nostálgica y de algún modo acogedora que anuncia el inminente encendido de las calefacciones. Las estaciones se suceden, en esta zona nuestra templada del globo: tenemos esa suerte. Y más en este clima mediterráneo, en que cada equinoccio y cada solsticio son tan distintos: lluvia, sol, frío, viento; el año meteorológico es cualquier cosa menos monótono. Lleva siendo así unos cuantos cientos, incluso miles de años. No me remonto a cientos de miles o millones, porque ya estaríamos hablando de glaciaciones, y la Prehistoria siempre se me dio fatal.
No voy a repetir en esta ocasión lo que ya comenté en la entrada "Quedarse o partir". Hoy me quiero centrar en los meteorólogos y la forma de comentar el tiempo y el clima que han adoptado, sobre todo, las cadenas de televisión.
Desde tiempo inmemorial (o sea, desde que tenemos datos históricos), los hombres hemos estado mirando el cielo. La economía mayoritariamente rural dependía de la lluvia: de su cantidad y su oportunidad. Debía llover lo justo y a su justo tiempo. De ahí los numerosísimos refranes que aluden al tiempo, que relacionan la actitud de los animales o el santoral con los fenómenos meteorológicos. El ir y venir de las aves marcaba el calendario agrícola, que a su vez condicionaba el de las fiestas populares e incluso las religiosas, que se adaptaron a aquellas. Los solsticios y equinoccios coincidían también con labores del campo y se realizaban homenajes a los astros para que fueran propicios a las cosechas. Las mareas, el sol, la luna, el viento, las nubes, el rayo, han acompañado a la Humanidad y a sus trajines a lo largo de la historia.
Hoy en día, además de que en zonas de secano se siga dependiendo del pedrisco o la sequía, seguimos interesados en el tiempo que va a hacer mañana. ¿Por qué? No sé, quizá es una rémora de viejos tiempos. O si somos más prosaicos, por la necesidad de sacar o no el coche o ponerse gabardina o sandalias, o ir a la playa o quedarse en casa en el puente de mayo o en Semana Santa. El caso es que de un modo u otro, las noticias sobre el tiempo nos apasionan.
Yo tengo que reconocer que en mi caso, y gracias a un profesor (Pilar, ¿te acuerdas de su nombre? ¡Cómo me ayudaste con esto!) insoportable y rigurosísimo que nos hizo dibujar miles de modelos de posibles acontecimientos atmosféricos de las diversas estaciones (tiempo estable de primavera, tiempo inestable de verano), pero que también nos enseñó a fondo las causas y los efectos del movimiento terrestre en las corrientes atmosféricas y oceánicas, cada vez que veo en la tele las isobaras reflejadas sobre el mapa, me quedo hipnotizada, tratando de proyectar lo poco que recuerdo para inmediatamente pontificar: mañana va a llover. Va a hacer viento. Va a hacer sol.
Pero este es mi caso, y no el de la inmensa mayoría de la población (sobre todo la de más edad) que se tragan el programa del tiempo como si fuera un culebrón. Y como las cadenas de televisión lo saben, compiten unas con otras en quién da el programa más largo, más didáctico, más divertido, más desenfadado, con la presentadora más mona, mejor vestida, o el presentador más cachas, o más formalito y aseado; en fin, todo un espectáculo.
Y después de tanto rodeo, a eso voy precisamente: el tiempo se ha convertido en un espectáculo, y además y lo que es peor, en una noticia sensacionalista de primera plana; y lo que es aún más terrible: en una noticia catastrofista.
No hay semana o mes en que no vaya a ocurrir algo tremendo: o tenemos una gigantesca ola de calor, o una ciclogénesis explosiva, o van a dispararse todas las alarmas por unos vientos huracanados, o la ola de frío va a paralizar nuestras vidas. Y la gente hace, más aún de lo normal (como si todos fuéramos británicos), del tiempo su tema principal de conversación, pero no como algo intrascendente, sino como algo que va a condicionar de forma radical su vida diaria.
Parto de la base de que soy muy friolera. Parto de la base de que soy un poco escéptica con la estadística. Pero a pesar de estas dos premisas y teniéndolas en cuenta, quiero analizar con un poco de sosiego todo este maremágnum informativo en que nos están envolviendo.
Según han dicho los "medios", este verano ha sido el más caluroso desde el momento en que se comenzaron a tomar datos científicos sobre las temperaturas. Bien; no tengo por qué no creérmelo. Objetivamente, en el mes de julio (ojo, de julio), ha hecho mucho calor. Ahora, pensemos. ¿Cuál es el mes más caluroso tradicionalmente de nuestro verano? Julio. Luego el calor sería lo normal; lo noticiable sería que hubiera hecho un frío polar. Recuerdo, hace muchos años,  un termómetro de esos que antes daban la hora y la temperatura por la calle marcando 43º C a las cuatro de la tarde en Madrid, y no estaba al sol. Recuerdo un verano en el que salía todas las noches a pasear porque hasta que se había ido el sol era imposible hacer ejercicio. (De esto hace poco). Recuerdo veraneos de mi infancia en que mi madre llevaba un paraguas de flores (qué bochorno, pero en este caso de vergüenza infantil) abierto por la calle, para que no nos achicharráramos camino de la piscina donde yo aprendí a nadar. No niego el calentamiento global; no niego que la tierra se resienta y el tiempo también. Pero, ¿de verdad hay que alarmar así a la población, o es simplemente que la gente se engancha a la tele para ver si vamos a sucumbir ya o nos van a dar una tregua y eso hace que las audiencias suban, con la consiguiente ganancia de los dueños de las emisoras?
Bien; ya estamos en septiembre. Como no podemos hablar de tremendas olas de calor, hay que inventar otro fenómeno; o mejor dicho, cambiarle el nombre por uno que suene más apocalíptico. Y así hemos pasado de nuestra vieja conocida la gota fría (cuya génesis tiene una lógica aplastante en una zona como la nuestra, precisamente por el mucho calor del verano que hace que se evapore gran cantidad de agua en nuestras costas, que al contacto con un aire frío y bajas presiones forma una ondulación en la circulación del aire que se cierra formando una "gota" y que deja caer torrencialmente todo ese vapor convertido en nuestras tremendas tormentas mediterráneas - que por previsibles, no comprendo aún cómo algún ingeniero ocurrente no ha inventado algún sistema para que todo ese caudal no sea dañino y además no se pierda, con la escasez que luego tenemos...-) al más sonoro y tremendista nombre de "ciclogénesis explosiva". Vamos, algo así como la bomba atómica de las tormentas de otoño. Y claro, todo el mundo ya asustadísimo, los ancianos sin atreverse a salir de casa, todo el mundo comprando botas de agua (mira, eso le viene bien a mi amiga la zapatera)...en fín, un despropósito.
Ahora me acaba de comentar una persona que ha oído que el otoño va a ser muy lluvioso y caluroso. Lo de la lluvia me parece lo normal. Que sea caluroso, pues supongo que significará que en vez de ponernos el abrigo gordo en noviembre nos lo pondremos en Navidades. Otoño, como primavera, son estaciones "de tránsito", en las que lo normal es "lo anormal", o sea, la inestabilidad. Tan pronto puede hacer frío, como calor, llover (más en otoño que en primavera) o hacer sol. Vamos, a ver quién ha tenido una boda en otoño y no se ha quebrado la cabeza pensando si se iba a poner abrigo o americana, y al final casi ha tenido bastante con un echarpe...

Por favor, normalidad. No tengo ganas de vivir asustada por el tiempo. Me iré adaptando a él como buenamente pueda. Si hace calor, disfrutaré de él (porque me gusta) y llevaré menos ropa. Si hace frío, intentaré disfrutarlo también (la verdad es que con el comienzo del curso casi apetece ya esa sensación de ir arrebujadito) debajo de una buena bufanda. Y sobre todo, disfrutaré de esos cambios que hacen que nuestro paisaje cotidiano sea cada día diferente: ver cómo las hojas se van poniendo amarillas, pisar la mullida alfombra que forman en el suelo de los parques, observar el color plomizo del cielo antes de la tormenta, oler el aroma de la tierra mojada, tomarme un café para entrar en calor cuando vengo de la calle. En definitiva, vivir mi tiempo. No el de los telediarios.

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...