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lunes, 1 de junio de 2015

Defensa del papel

Ahora mismo, mientras escribo esto (en el ordenador) estoy rodeada de "cachivaches" electrónicos. Mi propio PC, otro PC, un pincho USB en el que guardo cosas importantes, mi MP3, el altavoz del MP3, la tele, (cómo no), dos mandos a distancia, la impresora, el móvil y un equipo de música un tanto desfasado. Hace tan sólo quince años esto hubiera sido impensable. Incluso hace diez. Pero estos aparatos se han ido introduciendo en nuestras vidas (no digo ya en nuestras casas) y lo vemos como algo que ya forma parte de ellas. No nos resulta extraño; es más, si nos faltara alguno de estos cacharros no sabríamos qué hacer sin ellos. Por eso muchas veces pienso: si mi vida es larga, lo que me quedará por ver. Si hace unos años los aparatos electrónicos eran grandes y simples y ahora son cada vez más pequeños y sofisticados, ¿qué manejarán mis nietos, si es que algún día los tengo? ¿Cómo escucharán música? Quizá lleven un implante dentro del propio oído. O no, a lo mejor volvemos a modas pasadas (como ha sucedido con los cascos) y reaparece el "comediscos" y el magnetofón gigante a lo rapero de los ochenta...¿Cómo se comunicarán conmigo (si es que lo hacen), quizá con impulsos cerebrales o con algún otro método sofisticado? ¿Llevarán el teléfono en la huella digital? Y a no ser que heredemos algún aparato reproductor de videos en formato cassette, o nos lo encontremos en un anticuario, ¿para qué estoy guardando en el trastero una caja llena de películas infantiles y de obras maestras del cine que ni yo ni nadie podrá disfrutar nunca más? Bueno, ni esas ni las que acumulo en DVD. A saber qué formato adopta el cine. Lo mismo lo vemos en una pantalla flexible que se guarde enrollada como el hule de la mesa en una esquina del salón...(Espero que como arte, eso sí, no desaparezca...pues bueno iría alguno que yo me sé si eso ocurre...)
El caso es que en los últimos días estoy dándole más vueltas que de costumbre a este tema, siempre presente, por una serie de circunstancias. Una de ellas es que compruebo que los formatos en los que guardamos testimonios de nuestra vida o de nuestros gustos y aficiones son efímeros y muchas veces incompatibles unos con otros, de modo que siempre existe algún inconveniente tecnológico que impide que podamos disfrutar de una película, una imagen o una canción en el modo que nos resulta más cómodo y apropiado en ese preciso momento. Es decir, que se invierte un montón de tiempo en la búsqueda del medio más oportuno, o en la conversión del que tenemos a otro "apto",  y siempre puede darse el caso de que nos falte un cable, una entrada o salida, espacio en la memoria o el ordenador casque porque la batería se ha quedado frita. Total, que lo que antes era sencillo y no nos llevaba nada de tiempo, ahora se convierte en un pequeño curso acelerado de electrónica que lo más probable es que ocupe el poco tiempo que  tenemos para el ocio, y cuando queramos tener todo preparado tendremos que marcharnos de nuevo a nuestros quehaceres.
Otra circunstancia es que acabo de escuchar en las últimas horas a una persona hablar sobre las famosas aplicaciones para móvil, y tengo que reconocer que hubo un momento en que me puse en "modo desconectado" porque no entendía absolutamente nada del lenguaje que estaba hablando. Todo eran siglas. Cuando me incorporé de nuevo a la charla conseguí darme cuenta de lo que preconizaba: la obsolescencia de todo aparato electrónico distinto al móvil. Con el móvil podremos hacer cualquier cosa, y el resto de elementos desaparecerá. Eso sí, no explicó qué pasará con los "formatos" que ahora leen esos chismes en extinción. ¿Serán compatibles con la nueva edición de teléfono que sustituya a todos ellos? Porque si no, tendremos que convertirlos, y nos pasará seguro como con las pobres cintas de VHS, que al pasarlas a DVD se ven fatal y como venidas de otro mundo (desde luego; del mundo antiguo de hace veinte años). ¿Qué será de toda la información que guardamos en los discos duros, de las tropecientas fotos tomadas con ansia pantagruélica -da igual hacer mil, ya no hace falta llevarlas a revelar- y que no están en ningún otro sitio? Nuestra vida se pierde si se estropea ese aparato. Si deja de funcionar nuestra memoria -la de verdad-, no tendremos ya otra "externa" que nos recuerde quiénes fuimos.
Pero tengo que abandonar estas disquisiciones para centrarme en el tema que me importa más. Este chico de las APPS reconoció ante el auditorio que no usaba mucho el "kindle", según él próximamente llamado al destierro por el megapráctico móvil que vendrá, porque el caso es que no leía mucho, vamos, que no leía. A ninguno de los presentes se nos ocurrió preguntarle si alguna vez leía un libro de verdad, un libro de papel. Nos habría mirado como a seres llegados en una máquina del tiempo.
Así que siguiendo con el hipotético asunto de los nietos, me los imagino entrando en mi casa como quien se introduce en las pirámides de Egipto, y comentando "fíjate los abuelos, las cosas tan curiosas que usaban...¡papel! y lapiceros, bolígrafos, rotuladores, para escribir, para leer..." (Y no me quiero meter en el mundo de la filatelia, -sí, sí, los sellos, esos pequeños trocitos de papel de colores- porque entonces tendría para todo un año de blog y además ese no es mi tema).
Aprovecho pues q pue estamos en plena Feria del Libro para defenderlo. No hay quien me quite la idea de que la gente que disfruta leyendo de verdad prefiere mil veces acariciar las páginas olorosas de un libro nuevo, recontar las que le quedan por leer, hacer ese gesto de pasar rápidamente con el pulgar el canto delantero y ver cómo se desliza por nuestra mano todo lo que ya hemos leído o nos espera más tarde. Escuchar el sonido de las páginas. Subrayar, doblar una esquina. Poniéndonos cursis, guardar una flor. O una foto o una tarjeta. Comprobar cómo se humedecen las hojas si lo leemos cerca del mar, y traernos así de vuelta a casa un poquito de brisa entre las páginas abarquilladas. Buscar el final de la historia en las últimas. Escribir la fecha en que entró en nuestra vida, o una dedicatoria. ¿Pero de verdad alguien que lea con auténtico sentido y placer puede sustituir todas estas delicias por otro aparato más...? No me lo creo. Hasta sentir el peso del libro en el regazo es agradable...no me vengáis con que el libro electrónico no pesa nada.
Por eso reivindico el papel. Defiendo el libro editado, últimamente cada vez con más primor, con ilustraciones de grandes dibujantes, con tapas duras y decoradas...joyas en nuestras manos. No pienso prescindir de mi biblioteca, aunque acumule polvo y amarillee. Precisamente por eso, quizá. Los libros siempre están ahí. Sólo necesitas extender la mano y asirlos, abrirlos y disfrutarlos. No hace falta cable, ni conversor, ni disco duro; sólo los ojos, el mejor y más sofisticado "lector" multimedia que existe. Anún a riesgo de parecer una carca y de que el día de mañana mi casa parezca un museo de antiguallas, seguiré comprando libros de papel. Siempre estarán ahí cuando los necesite.

domingo, 10 de mayo de 2015

Aurea Mediocritas

Pues no, no he abandonado mi blog. Aquí estoy de nuevo, con un tema que lleva un tiempo rondándome la cabeza. Pero es que he estado muy ocupada "produciendo música"...algunas de mis seguidoras habituales seguro que sabrán porqué. ;)
 
Hace poco tuve noticias de una persona a la que conocí hace tiempo y de la que no había vuelto a saber. Pertenece, más o menos, al mundo de la farándula. Y por lo que me dijeron, su vida no está siendo ni ha sido fácil, a pesar de que sigue adelante con fuerza. En ese momento pensé: hay que ver, creemos que la mayoría de la gente tiene una vida normal, como la nuestra, y en realidad hay mucha gente que vive de otro modo, de susto en susto, de apuro en apuro...un poco a salto de mata. No es tan corriente lo que tengo yo.
Porque,  ¿qué es una vida normal? Cuando yo era jovencita me parecía muy atractiva la vida de los grandes genios, de los bohemios y de todos esos seres fabulosos que conocía por sus obras, literarias, pictóricas, grandes creaciones nacidas en grandes mentes, sentados en mesas de antiguos cafés entre humo de opio y vasos de absenta, o pintando al aire libre rodeados de amigos y cestas de mimbre con botellas de vino y fiambre francés. Me fascinaba también pensar en esos artistas maravillosos, cantantes, bailarines, que tenían por hogar el mundo. Quería ser periodista, reportera de guerra, y recorrer el mundo entre peligros como los aventureros de pega que salen hoy en los programas de televisión. Tenía una idea de la vida que quería vivir muy distinta a la que en realidad he vivido después. Y durante mucho tiempo me he estado compadeciendo a mí misma por no haber conseguido algo de aquello, una chispa de genialidad, algo genuino, único. Simplemente tengo una vida normal. He alcanzado lo que Horacio llamaba "aurea mediocritas". Y ahora comienzo a valorar el primer término del tópico: no me quedo en el segundo, que por otro lado habla de equilibrio, de término medio, donde como todos sabemos está la virtud. Pero ese "aurea" está aportando a la expresión algo muy importante: está dándole un valor absoluto a conseguir ese estado de tranquilidad que a mí me pareció durante tanto tiempo corriente y vulgar, carente de mérito.
Y ahora que me pongo a reflexionar sobre esta cuestión me doy cuenta de lo distinta que es la realidad de lo que yo pensaba.
Llego a la conclusión de que alcanzar este "estado de normalidad" cuesta un tremendo esfuerzo. No tengo más que mirar hacia atrás para comprobar lo que he tenido que trabajar hasta llegar aquí. Todo lo he conseguido a pulso; nadie me ha regalado nada. Ni el amor, ni el trabajo, ni unos hijos maravillosos. Todo lo que tengo lo he ido construyendo con mi actitud, con mi constancia, con mi determinación. Con una entrega constante y con mucho sacrificio, (que aún mantengo vivos). Esa es mi gran obra. Mi aportación al mundo. No es visible, o por lo menos no como lo pueda ser una escultura o una catedral, o una maravillosa novela. Pero creo que sí contribuyo a que lo que me rodea sea un poco mejor. Y esto es realmente muy importante. No he creado belleza que se pueda contemplar en un museo, ni una maravillosa obra literaria que contenga el universo de la sabiduría. Pero con mi propia vida estoy contribuyendo a que la de los demás sea algo mejor, algo más bella. Porque me esfuerzo en hacer las cosas bien. Y entre esas cosas está mi propia actitud, lo que yo doy de mí misma, pero también lo que he ido construyendo granito a granito y poniendo en los que me rodean: intentando educar buenas personas, creando a mi alrededor una zona de bienestar que alcance a los que entran en ella. ¿Una mediocre vida burguesa, palabra que me horrorizaba de joven? Pues sí, qué le vamos a hacer. Pero con otro adjetivo. Una esforzada vida normal. Una trabajada vida normal. Que por otro lado, como ya he dicho, no es tan corriente ni tan habitual como puede parecer.
 
Porque resulta que en el fondo es mucho más sencillo dejarse llevar. Uf, qué vida difícil tienen los aventureros...esos que recorren el mundo en una moto o una bici, con una mochila y nada más. ¿Difícil? Quizá incómoda. Pero es más difícil levantarse cuando suena el despertador, todos los días, todos los días. Aunque no nos apetezca. Esfuerzo, trabajo, tesón. ¿Le cuesta al aventurero recorrer kilómetros en su transporte y dormir al raso? No es nada confortable, pero está haciendo en ese momento lo que le da la gana. Nadie le manda, y simplemente se deja llevar. Vive de lo que encuentra, sea poco o mucho. Se deja llevar. Eso es lo que hace mucha gente que tiene una vida "complicada". Simplemente va como la cigarra viviendo el día a día, sin preocuparse demasiado, esperando que alguien le eche una solución como si fuera una migaja o una limosna. Sin implicarse. Sin poner toda la carne en el asador. ¿Qué algo va mal? Ya se arreglará, ya vendrá otro a echarme una mano, a sacarme del fango. ¿Que tengo problemas? Será por culpa de otros; de los que me persiguen, de los que me agobian...la cuestión es no tomar la iniciativa, no ponerse manos a la obra. Es una actitud pasiva ante el mundo. Ante lo que quisieran alcanzar, pero es demasiado costoso conseguir. Porque hay que levantarse, caminar, arrancar el fruto que se ofrece allí a lo lejos...mejor seguir tumbados, esperando... 
También muchos de los grandes genios que tanto admiro se dejaban llevar, de un modo u otro. Su obra era el resultado de su gran fuerza creativa, era la energía que les salía por los poros. Pero muchos de ellos eran seres atormentados, infelices, con grandes dramas interiores o arrastrados por su propia pasión creadora: se dejaban llevar por su inercia genial. Afortunadamente para los que hemos recibido su legado, desde luego. Pero no para ellos. Su vida en la cima de lo absoluto les hacía sufrir. La intensidad engancha, emociona, arrebata, pero no se puede mantener porque nos abrasa.
 
Pues sí, mi vida es muy "normal". Pero hoy por hoy, estoy muy orgullosa de ella. De mi "aurea mediocritas". Porque me la he construido yo, ladrillo a ladrillo. No ardo en el ara de los dioses del Olimpo, pero disfruto de todos los pequeños placeres "dorados" que me voy encontrando en el camino: un cielo rabiosamente azul en una mañana de primavera, un objeto bello, un poquito de libertad en el día a día. Escribir en mi blog y salir a pasear. Ver a mis hijos felices. Saber que estoy centrada, de acuerdo conmigo misma. Mi aventura diaria puede consistir en no llegar a tiempo a una cita importante o luchar por sacar tiempo para lo que me gusta, o combinar mi horario laboral con los quehaceres domésticos. Parece una tontería, pero a veces me siento en la jungla...Y una vez inmersa en ella, lucho con uñas y dientes por conseguir lo que quiero. Trabajo, me afano. Y acabo con la tranquilidad (la "mediocritas") de lo bien hecho.
 
 

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