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domingo, 10 de mayo de 2015

Aurea Mediocritas

Pues no, no he abandonado mi blog. Aquí estoy de nuevo, con un tema que lleva un tiempo rondándome la cabeza. Pero es que he estado muy ocupada "produciendo música"...algunas de mis seguidoras habituales seguro que sabrán porqué. ;)
 
Hace poco tuve noticias de una persona a la que conocí hace tiempo y de la que no había vuelto a saber. Pertenece, más o menos, al mundo de la farándula. Y por lo que me dijeron, su vida no está siendo ni ha sido fácil, a pesar de que sigue adelante con fuerza. En ese momento pensé: hay que ver, creemos que la mayoría de la gente tiene una vida normal, como la nuestra, y en realidad hay mucha gente que vive de otro modo, de susto en susto, de apuro en apuro...un poco a salto de mata. No es tan corriente lo que tengo yo.
Porque,  ¿qué es una vida normal? Cuando yo era jovencita me parecía muy atractiva la vida de los grandes genios, de los bohemios y de todos esos seres fabulosos que conocía por sus obras, literarias, pictóricas, grandes creaciones nacidas en grandes mentes, sentados en mesas de antiguos cafés entre humo de opio y vasos de absenta, o pintando al aire libre rodeados de amigos y cestas de mimbre con botellas de vino y fiambre francés. Me fascinaba también pensar en esos artistas maravillosos, cantantes, bailarines, que tenían por hogar el mundo. Quería ser periodista, reportera de guerra, y recorrer el mundo entre peligros como los aventureros de pega que salen hoy en los programas de televisión. Tenía una idea de la vida que quería vivir muy distinta a la que en realidad he vivido después. Y durante mucho tiempo me he estado compadeciendo a mí misma por no haber conseguido algo de aquello, una chispa de genialidad, algo genuino, único. Simplemente tengo una vida normal. He alcanzado lo que Horacio llamaba "aurea mediocritas". Y ahora comienzo a valorar el primer término del tópico: no me quedo en el segundo, que por otro lado habla de equilibrio, de término medio, donde como todos sabemos está la virtud. Pero ese "aurea" está aportando a la expresión algo muy importante: está dándole un valor absoluto a conseguir ese estado de tranquilidad que a mí me pareció durante tanto tiempo corriente y vulgar, carente de mérito.
Y ahora que me pongo a reflexionar sobre esta cuestión me doy cuenta de lo distinta que es la realidad de lo que yo pensaba.
Llego a la conclusión de que alcanzar este "estado de normalidad" cuesta un tremendo esfuerzo. No tengo más que mirar hacia atrás para comprobar lo que he tenido que trabajar hasta llegar aquí. Todo lo he conseguido a pulso; nadie me ha regalado nada. Ni el amor, ni el trabajo, ni unos hijos maravillosos. Todo lo que tengo lo he ido construyendo con mi actitud, con mi constancia, con mi determinación. Con una entrega constante y con mucho sacrificio, (que aún mantengo vivos). Esa es mi gran obra. Mi aportación al mundo. No es visible, o por lo menos no como lo pueda ser una escultura o una catedral, o una maravillosa novela. Pero creo que sí contribuyo a que lo que me rodea sea un poco mejor. Y esto es realmente muy importante. No he creado belleza que se pueda contemplar en un museo, ni una maravillosa obra literaria que contenga el universo de la sabiduría. Pero con mi propia vida estoy contribuyendo a que la de los demás sea algo mejor, algo más bella. Porque me esfuerzo en hacer las cosas bien. Y entre esas cosas está mi propia actitud, lo que yo doy de mí misma, pero también lo que he ido construyendo granito a granito y poniendo en los que me rodean: intentando educar buenas personas, creando a mi alrededor una zona de bienestar que alcance a los que entran en ella. ¿Una mediocre vida burguesa, palabra que me horrorizaba de joven? Pues sí, qué le vamos a hacer. Pero con otro adjetivo. Una esforzada vida normal. Una trabajada vida normal. Que por otro lado, como ya he dicho, no es tan corriente ni tan habitual como puede parecer.
 
Porque resulta que en el fondo es mucho más sencillo dejarse llevar. Uf, qué vida difícil tienen los aventureros...esos que recorren el mundo en una moto o una bici, con una mochila y nada más. ¿Difícil? Quizá incómoda. Pero es más difícil levantarse cuando suena el despertador, todos los días, todos los días. Aunque no nos apetezca. Esfuerzo, trabajo, tesón. ¿Le cuesta al aventurero recorrer kilómetros en su transporte y dormir al raso? No es nada confortable, pero está haciendo en ese momento lo que le da la gana. Nadie le manda, y simplemente se deja llevar. Vive de lo que encuentra, sea poco o mucho. Se deja llevar. Eso es lo que hace mucha gente que tiene una vida "complicada". Simplemente va como la cigarra viviendo el día a día, sin preocuparse demasiado, esperando que alguien le eche una solución como si fuera una migaja o una limosna. Sin implicarse. Sin poner toda la carne en el asador. ¿Qué algo va mal? Ya se arreglará, ya vendrá otro a echarme una mano, a sacarme del fango. ¿Que tengo problemas? Será por culpa de otros; de los que me persiguen, de los que me agobian...la cuestión es no tomar la iniciativa, no ponerse manos a la obra. Es una actitud pasiva ante el mundo. Ante lo que quisieran alcanzar, pero es demasiado costoso conseguir. Porque hay que levantarse, caminar, arrancar el fruto que se ofrece allí a lo lejos...mejor seguir tumbados, esperando... 
También muchos de los grandes genios que tanto admiro se dejaban llevar, de un modo u otro. Su obra era el resultado de su gran fuerza creativa, era la energía que les salía por los poros. Pero muchos de ellos eran seres atormentados, infelices, con grandes dramas interiores o arrastrados por su propia pasión creadora: se dejaban llevar por su inercia genial. Afortunadamente para los que hemos recibido su legado, desde luego. Pero no para ellos. Su vida en la cima de lo absoluto les hacía sufrir. La intensidad engancha, emociona, arrebata, pero no se puede mantener porque nos abrasa.
 
Pues sí, mi vida es muy "normal". Pero hoy por hoy, estoy muy orgullosa de ella. De mi "aurea mediocritas". Porque me la he construido yo, ladrillo a ladrillo. No ardo en el ara de los dioses del Olimpo, pero disfruto de todos los pequeños placeres "dorados" que me voy encontrando en el camino: un cielo rabiosamente azul en una mañana de primavera, un objeto bello, un poquito de libertad en el día a día. Escribir en mi blog y salir a pasear. Ver a mis hijos felices. Saber que estoy centrada, de acuerdo conmigo misma. Mi aventura diaria puede consistir en no llegar a tiempo a una cita importante o luchar por sacar tiempo para lo que me gusta, o combinar mi horario laboral con los quehaceres domésticos. Parece una tontería, pero a veces me siento en la jungla...Y una vez inmersa en ella, lucho con uñas y dientes por conseguir lo que quiero. Trabajo, me afano. Y acabo con la tranquilidad (la "mediocritas") de lo bien hecho.
 
 

sábado, 14 de febrero de 2015

Ser otro, ser uno, ser...¿quién?

Carnaval. Llegan días de disfrazarse y salir a la calle (en los lugares cálidos, semidesnudos; en los más elegantes, con máscaras de metales ricos adornadas con esmaltes y pedrerías; en los fríos, tapados con ropajes superpuestos, pelucas y sayones, hace unos años; y ahora, con disfraces de tres al cuarto comprados en los chinos). Se organizan desfiles, bailes, charangas, se permite criticar al gobierno, al vecino, burlarse de todo...¿hasta de uno mismo? Pero, ¿Cual es la causa de que queramos escondernos o transformarnos?
Supongo que la primera razón de ocultarse es ganar una libertad que a cara descubierta no se tiene. Este no es el tema del que quiero hablar hoy, pero no puedo dejar de mencionarlo, ya que me parece fundamental si analizamos el porqué de la máscara. El delincuente se esconde para hacer sus fechorías, el amante para hacer el amor, y el que quiere cambiar su identidad sexual para verse por fin como desea, todos ellos libres de quienes los puedan perseguir: las fuerzas del orden o las de la moral.
Pero lo que más me interesa hoy es cómo nos disfrazamos, por qué nos gusta. Me da por pensar en estos días si realmente todos tenemos el deseo de ser lo que no somos, y por eso el disfraz es algo tan arraigado en todas las culturas, pasado por el tamiz de cada una de ellas. (No es lo mismo el lúgubre entierro de la sardina -ay, nuestras viejas costumbres carpetovetónicas...- que la escuela de samba de Río o las plumas y plataformas de las drags canarias). Aquí radica la fuerza del "ser otro", que en realidad es "ser uno".
 
Cuando yo era adolescente, como ahora y en todas las épocas por más que los psicólogos lo intenten evitar, todos teníamos "etiquetas". La mía me la había ganado a pulso, desde luego. Era la lista de la clase, la responsable, la seria. La persona a la que siempre se podía acudir en busca de consejo o de ayuda académica y personal. No es que no me guste, ni que no me cuadre; pero en esa época me reventaba y hubiera dado cualquier cosa por salir a la calle vestida con unas mallas de leopardo y un escote de vértigo, la melena al viento y pintada como una puerta. Los que me conocéis de entre los que leáis esto os echaréis a reír, porque realmente nunca he ido vestida así ni creo que lo haga, a no ser que sea "disfrazándome". Lo que yo quería cuando pensaba en ponerme esa indumentaria más propia de Alaska que de mí era cambiar mi etiqueta, "ser otra", pero otra que en realidad habitaba dentro de la "una" que yo era.  Otra que yo quería sacar a la luz. Una chica sexy, atrevida, superficial, un pibón de los que la gente mira por la calle. Adjetivos que nunca nadie hubiese utilizado para definirme. Una etiqueta nueva. "Otra yo", para poder descansar de ese estereotipo tan duro y difícil de llevar, y que me englobaba en un sector que yo pensaba entonces que tendría menos éxito con los chicos...(craso error, por cierto y por suerte). Pero realmente me hubiera encantado salir un día así vestida y demostrar al mundo entero (o sea, a la gente que me rodeaba a diario) que no sólo me interesaban los libros.
Sin embargo, cuando años después en una fiesta de Carnaval llegó la oportunidad de disfrazarme de verdad, lo hice de otra cosa. Me vestí de chica charlestón, porque es una época que me encanta y porque el traje era precioso y me quedaba como un guante. Y quizá, porque aquella "máscara" que yo quería ponerme años atrás no tenía absolutamente nada que ver conmigo, y en cambio sí esa imagen divertida y desenfadada, un tanto decadente, de la nueva mujer del siglo XX que dejaba sus hombros al aire, se pintaba los labios, se cortaba el pelo y bailaba descoyuntándose con los ritmos "enloquecidos" de la época. Al final, algo tenían ambos estereotipos en común: un aroma a libertad, a alegría, a desinhibición. Una estética atrevida. Un culto al hedonismo. Al final, las dos "otras" nuevas etiquetas eran el reverso de la "una": la seria, la formal, que en realidad estaba tapando ese irresistible torbellino de alegría y ganas de vivir que bullía y bulle dentro de mí.
Por eso pienso que el disfraz es el modo de ser ese "otro" que como Jekyll y Hyde todos llevamos dentro: las niñas se quieren vestir de princesa Disney; los niños, de Superhéroes; los chavales, de figuras míticas, subversivas o escatológicas; los adultos, de lo que no podemos ser en nuestro día a día y por una vez querríamos ser. Incluso, como en el cuento de Stevenson, hay veces en la vida, cuando uno está muy harto o muy cansado de aguantar el chaparrón, que uno querría ser malo, pero malo de verdad, y matar o cometer tropelías, ser corrupto, ladrón, vividor, aprovechado, egoísta,  pero sin ningún tipo de cargo de conciencia; la conciencia se quedaría escondida tras una puerta deformando nuestro retrato, como el de Dorian Grey, (otro bipolar ilustre); escondida tras el disfraz.
 
Pero, ¿quiénes somos de verdad, el disfrazado o el de la cara lavada? Posiblemente, ninguno de los dos. Si afirmáramos que el disfraz nos da la oportunidad de ser nosotros mismos estaríamos equivocados, porque esa es sólo una parte del todo. Quizá la más deseada por ser la menos vivida, la menos mostrada e incluso la más prohibida. También por ello, quizá la más atractiva. Pero sólo una parte.
¿Quiénes somos, entonces? Qué fácil lo estoy poniendo, ¿no?, para llegar a la conclusión de que la suma del otro y del uno. Pues no. Ni siquiera eso somos. Realmente, creo que lo más difícil de averiguar a lo largo de nuestra vida es quiénes somos nosotros mismos. Porque somos muchos: el que nos apetece sacar en Carnaval, pero también el que sale cada día a la calle a realizar sus tareas; el que se relaciona con la familia; el que alterna con los amigos; el que se ve a solas y desnudo en el baño y se asusta de sus cambios y piensa en la enfermedad y en la muerte; el que vive con una ilusión que le mueve y le hace llevadero el día a día; y sobre todo, el que ven los demás, que muchas veces ni se parece al que llevamos viendo cada uno una pila de años.
Por eso, aunque nos disfracemos, seguiremos siendo "quién": ni el uno, ni el otro, sino todos juntos. Nos gusten o no.
 
"Mascarita, ¿me conoces?...."

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