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sábado, 14 de febrero de 2015

Ser otro, ser uno, ser...¿quién?

Carnaval. Llegan días de disfrazarse y salir a la calle (en los lugares cálidos, semidesnudos; en los más elegantes, con máscaras de metales ricos adornadas con esmaltes y pedrerías; en los fríos, tapados con ropajes superpuestos, pelucas y sayones, hace unos años; y ahora, con disfraces de tres al cuarto comprados en los chinos). Se organizan desfiles, bailes, charangas, se permite criticar al gobierno, al vecino, burlarse de todo...¿hasta de uno mismo? Pero, ¿Cual es la causa de que queramos escondernos o transformarnos?
Supongo que la primera razón de ocultarse es ganar una libertad que a cara descubierta no se tiene. Este no es el tema del que quiero hablar hoy, pero no puedo dejar de mencionarlo, ya que me parece fundamental si analizamos el porqué de la máscara. El delincuente se esconde para hacer sus fechorías, el amante para hacer el amor, y el que quiere cambiar su identidad sexual para verse por fin como desea, todos ellos libres de quienes los puedan perseguir: las fuerzas del orden o las de la moral.
Pero lo que más me interesa hoy es cómo nos disfrazamos, por qué nos gusta. Me da por pensar en estos días si realmente todos tenemos el deseo de ser lo que no somos, y por eso el disfraz es algo tan arraigado en todas las culturas, pasado por el tamiz de cada una de ellas. (No es lo mismo el lúgubre entierro de la sardina -ay, nuestras viejas costumbres carpetovetónicas...- que la escuela de samba de Río o las plumas y plataformas de las drags canarias). Aquí radica la fuerza del "ser otro", que en realidad es "ser uno".
 
Cuando yo era adolescente, como ahora y en todas las épocas por más que los psicólogos lo intenten evitar, todos teníamos "etiquetas". La mía me la había ganado a pulso, desde luego. Era la lista de la clase, la responsable, la seria. La persona a la que siempre se podía acudir en busca de consejo o de ayuda académica y personal. No es que no me guste, ni que no me cuadre; pero en esa época me reventaba y hubiera dado cualquier cosa por salir a la calle vestida con unas mallas de leopardo y un escote de vértigo, la melena al viento y pintada como una puerta. Los que me conocéis de entre los que leáis esto os echaréis a reír, porque realmente nunca he ido vestida así ni creo que lo haga, a no ser que sea "disfrazándome". Lo que yo quería cuando pensaba en ponerme esa indumentaria más propia de Alaska que de mí era cambiar mi etiqueta, "ser otra", pero otra que en realidad habitaba dentro de la "una" que yo era.  Otra que yo quería sacar a la luz. Una chica sexy, atrevida, superficial, un pibón de los que la gente mira por la calle. Adjetivos que nunca nadie hubiese utilizado para definirme. Una etiqueta nueva. "Otra yo", para poder descansar de ese estereotipo tan duro y difícil de llevar, y que me englobaba en un sector que yo pensaba entonces que tendría menos éxito con los chicos...(craso error, por cierto y por suerte). Pero realmente me hubiera encantado salir un día así vestida y demostrar al mundo entero (o sea, a la gente que me rodeaba a diario) que no sólo me interesaban los libros.
Sin embargo, cuando años después en una fiesta de Carnaval llegó la oportunidad de disfrazarme de verdad, lo hice de otra cosa. Me vestí de chica charlestón, porque es una época que me encanta y porque el traje era precioso y me quedaba como un guante. Y quizá, porque aquella "máscara" que yo quería ponerme años atrás no tenía absolutamente nada que ver conmigo, y en cambio sí esa imagen divertida y desenfadada, un tanto decadente, de la nueva mujer del siglo XX que dejaba sus hombros al aire, se pintaba los labios, se cortaba el pelo y bailaba descoyuntándose con los ritmos "enloquecidos" de la época. Al final, algo tenían ambos estereotipos en común: un aroma a libertad, a alegría, a desinhibición. Una estética atrevida. Un culto al hedonismo. Al final, las dos "otras" nuevas etiquetas eran el reverso de la "una": la seria, la formal, que en realidad estaba tapando ese irresistible torbellino de alegría y ganas de vivir que bullía y bulle dentro de mí.
Por eso pienso que el disfraz es el modo de ser ese "otro" que como Jekyll y Hyde todos llevamos dentro: las niñas se quieren vestir de princesa Disney; los niños, de Superhéroes; los chavales, de figuras míticas, subversivas o escatológicas; los adultos, de lo que no podemos ser en nuestro día a día y por una vez querríamos ser. Incluso, como en el cuento de Stevenson, hay veces en la vida, cuando uno está muy harto o muy cansado de aguantar el chaparrón, que uno querría ser malo, pero malo de verdad, y matar o cometer tropelías, ser corrupto, ladrón, vividor, aprovechado, egoísta,  pero sin ningún tipo de cargo de conciencia; la conciencia se quedaría escondida tras una puerta deformando nuestro retrato, como el de Dorian Grey, (otro bipolar ilustre); escondida tras el disfraz.
 
Pero, ¿quiénes somos de verdad, el disfrazado o el de la cara lavada? Posiblemente, ninguno de los dos. Si afirmáramos que el disfraz nos da la oportunidad de ser nosotros mismos estaríamos equivocados, porque esa es sólo una parte del todo. Quizá la más deseada por ser la menos vivida, la menos mostrada e incluso la más prohibida. También por ello, quizá la más atractiva. Pero sólo una parte.
¿Quiénes somos, entonces? Qué fácil lo estoy poniendo, ¿no?, para llegar a la conclusión de que la suma del otro y del uno. Pues no. Ni siquiera eso somos. Realmente, creo que lo más difícil de averiguar a lo largo de nuestra vida es quiénes somos nosotros mismos. Porque somos muchos: el que nos apetece sacar en Carnaval, pero también el que sale cada día a la calle a realizar sus tareas; el que se relaciona con la familia; el que alterna con los amigos; el que se ve a solas y desnudo en el baño y se asusta de sus cambios y piensa en la enfermedad y en la muerte; el que vive con una ilusión que le mueve y le hace llevadero el día a día; y sobre todo, el que ven los demás, que muchas veces ni se parece al que llevamos viendo cada uno una pila de años.
Por eso, aunque nos disfracemos, seguiremos siendo "quién": ni el uno, ni el otro, sino todos juntos. Nos gusten o no.
 
"Mascarita, ¿me conoces?...."

domingo, 4 de enero de 2015

Luces y villancicos

Las Fiestas tocan a su fin. "Ya vienen los Reyes por los arenales", y yo este año aún no he hecho ningún comentario navideño. Pero no por falta de cosas que contar...he disfrutado tanto de estos días que no veía momento de ponerme al ordenador.
Una de esas actividades que me han tenido ocupada ha sido hacer un recorrido en coche por el centro de la ciudad para que mis padres pudieran ver la iluminación especial de estas fechas.
Es una tradición familiar. Mi padre llevaba a mi abuelo cuando éste no podía caminar. Luego, cuando nacieron mis hijos y eran bebés, yo lo hice también con ellos. Y ahora desde hace unos años lo hago con mis padres, que se han convertido en unos niños grandes a los que de vez en cuando sacamos de paseo. En otras ocasiones la visita turística ha acabado con merendola, pero la salud de mi padre ya no permite esas expansiones. Así que este año la excursión acabó pronto, sobre todo teniendo en cuenta que (será por la dichosa crisis) cada vez hay menos calles iluminadas y las bombillas son las mismas todos los años, solo que cambiadas de lugar. También se nota que cada año hay que hacer más hincapié en mostrarles los adornos y las guirnaldas, porque se van distrayendo y ya no se fijan tanto...aún así merece la pena, sobre todo al comprobar la gratitud con que me despiden cuando volvemos a casa. Para ellos es una pequeña fiesta, y para mi una satisfacción poderles hacer este regalo tan sencillo.
Para ambientar la tarde, suelo poner música de villancicos en el coche mientras vamos circulando entre los atascos. Es otra costumbre. Desde que empieza la Navidad me llevo al coche unos cuantos CD'S y los escucho hasta que me invaden la cabeza...me gusta cantar mientras conduzco. Pero lo que más me gusta es poner en casa una antigua cassette grabada de antiguos vinilos de Raphael, Víctor Manuel, Manolo Escobar y otros coros antiguos y tradicionales que interpretan nuestra música más genuina. Me encanta Bing Crosby y Michael Buble, pero sin mi cassette sonando en la cocina la mañana de Nochebuena es como si estuviera en otra fecha. La cena no va a salir igual de bien si no la cocino al ritmo del tamborilero y los peces en el río. Por eso este año estaba un poco triste, ya que los aparatos de música que hay en casa no tienen reproductor de cassette. Y mira por donde, resulta que Papá Noel decide madrugar y de repente comienzan a sonar mis canciones navideñas de la infancia. Sí, me había traído un regalo especial: un aparato reproductor para que el día de Nochebuena no me faltara la banda sonora. Así que el roastbeef salió en su punto.
Esas canciones las he cantado millones de veces cuando era niña, incluso daba vueltas como en el corro alrededor de los muebles al ritmo de "arre borriquito". A mi madre le sigue gustando cantar. Y no hay nada más bonito que estar a su lado y comprobar que sigue teniendo ganas de pasarlo bien, de disfrutar y de celebrar la Fiesta. El día de Navidad mi cassette vino conmigo de visita a casa de mis padres, y mientras comíamos nos pusimos a cantar en la mesa (pésima educación) esos villancicos que forman parte de nuestras vidas y también de las de mis hijos. Porque yo he cantado con ellos desde bebés esas mismas melodías que se saben de memoria.
Pero, ¿y los niños de hoy en día? ¿Cantan también? En los grandes almacenes repiten una y otra vez versiones de los grandes crooners americanos. En los colegios se preparan funciones y (supongo que aún es así) se canta alguna canción navideña. Pero ¿qué pasa con nuestros villancicos de siempre? Hace años la gente dejó de quererlos; parecía que eran algo anticuado, hortera, hasta un poco grosero. Y se pasaron al Jingle Bells. Me gustaría pensar que en la intimidad de las casas las familias siguen tocando la pandereta (sobre la zambomba me caben ya muchas dudas), y desgañitándose con el borriquito y la lavandera. No sé si esto es así, pero me daría una tremenda pena que esta tradición se perdiera. No quiero desterrar temas maravillosos que vienen de fuera, soy la primera en emocionarse con las modernas canciones americanas que nos hablan del muérdago y los besos. Pero lo más bonito de la Navidad es cantar con mi cassette a todo volumen con mis hijos y mi madre. Y tocar una vieja pandereta roja de plástico de la que ya no queda más que el aro y las sonajas. Por cierto, este año no he podido, no la encuentro...mi vieja pandereta roja que yo hacía sonar con fruición, ¿dónde la habremos metido? Qué pena no tenerla conmigo. Pero al menos en mi cocina ha vuelto a sonar el "portalín de piedra"...la esencia de mi Navidad.

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