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domingo, 29 de junio de 2014

Estética playera


Acabo de volver de una pequeña escapada, unos días en la playa con la familia para hacer un paréntesis entre el final del curso escolar y el comienzo  del largo verano, que este año promete venir cargado de cosas buenas: novedades, ilusiones, viajes…

A estas alturas del año y de “mis años” no ando con la autoestima física para tirar cohetes. Nunca es que la tenga por las nubes, pero el momento de ponerse el bañador sobre la piel blanquecina del invierno siempre es demoledor. ¡Madre mía, cómo voy a tapar tanto efecto de la ley de la gravedad…! Por mucho que las anuncien como la panacea, aún no se ha inventado ninguna crema anticelulítica que dé los mismos resultados que una buena liposucción. O sea, que aunque me haya pasado dos meses dándome masajes en la tripa, ella sigue ahí, pertinaz y redonda como al principio. Por no  hablar del diámetro de mis muslos, a los que parece haber ido a parar toda la materia que antes rellenaba, tan mona,  todo lo que debería ser rechoncho y ya no lo es. ¡En fín!...me consuelo mirando los modelitos que acabo de adquirir en las incipientes rebajas y que voy colocando en la maleta con la esperanza de verme fantástica vestida con ellos una vez pasado el trago de salir medio desnuda a la palestra…

Nada; no hay para qué preocuparse. Todos los años sucede lo mismo. Sale una envuelta en una camisa vaporosa y bajo las enormes alas de la glamurosa pamela, con las gafas de sol bien ajustadas y un bolsito playero colgando del hombro, (vamos, monísima), pero aterrada ante la proximidad del momento en el que habrá que desembarazarse de toda esa parafernalia y dejar al descubierto la penosa imagen que acabamos de encontrarnos en el espejo de la habitación. ¡Un momento! ¿Penosa? Debajo de la sombrilla, con los pies hundiéndose en la arena mientras tomamos posesión de nuestro lugar  frente a la orilla, los ojos nos muestran un panorama que hace crecer la fe en los que nos aseguran a diario que estamos estupendas (hijos, amigas y demás personas que nos miran con buenos ojos) a pesar de que les contestamos siempre con una mueca de escepticismo. Es la “estética playera”, el mejor remedio que conozco para sentirse miss mundo (o miss playa familiar) en dos segundos.

Reconozco que este año no había mucha jovencita veinteañera maravillosa, salvo mi hija, por los alrededores. La playa estaba llena de familias compuestas de bebés, niños, padres y abuelos. De los señores no tengo nada que decir; sinceramente, no me he fijado mucho en ellos, salvo para comparar la tripilla de mi marido con los barrigones colgantes que lucían algunos. Pero, ¡ay!, las señoras…

Las de mi edad han decidido todas que hay que enseñar el máximo posible, antes de que sea demasiado tarde. Así que el bañador brilla por su ausencia. Es una prenda fuera de uso (salvo para mí…) Lo que pita es el bikini. De todos los tipos, pero siempre lo bastante pequeños para que por encima de la parte inferior rebose la tripa celulítica, más o menos abultada. Y a esas damas no se las ve preocupadas en modo alguno por ir encogiendo su anatomía para disimular un poco el desastre…¡en absoluto! Van tan campantes, entrando y saliendo del agua con los michelines al viento. Incluso hay alguna a la que se la ve esgrimir con orgullo un buen “par de razones” para pavonearse entre el personal: ¿qué importancia tiene la tripita ante la rotundidad de una buena delantera? Y se luce tan orgullosa como si fuera Venus emergiendo de las olas.

Pero, ¿qué decir de las señoras mayores? Por supuesto siguen el ejemplo de las más jóvenes y muestran sus vientres orondos entre las dos partes de sus trajes de baño. Si están flacas, lo cual sucede también a menudo (pues ya dice el refrán que la que no se ajamona se amojama), lucen un perfecto acordeón repartido por todo su cuerpo. Pero lo que me parece más atrevido es que esas mismas mujeres se expongan en top-less sin ningún sonrojo, cuando lo que tienen que enseñar sinceramente ya no tiene ninguna gracia. Una jovencita en top-less es una alegría para la vista y para el ambiente playero; una anciana en top-less es una imagen ciertamente penosa, aunque muy de agradecer por aquello de salir ganando en la comparación. 

(Ya sé que habrá muchas personas que no estén en absoluto de acuerdo con lo que escribo, y para las que es maravilloso que todos los cuerpos se muestren tal como son en su sincera desnudez, viejos, jóvenes, maduros…pero para eso están las playas nudistas, cuya filosofía yo respeto y alabo, y que es muy distinta de la de una playa familiar en la que quien más quien menos se distrae contemplando a los de la sombrilla de al lado).

Yo me pregunto ante este panorama cómo se hubiera vestido Katherine Hepburn en un momento así, ya mayor, cuando ocultaba su antes maravilloso cuello bajo pañuelos de seda o camisas vaporosas. Esa mujer, sinónimo de elegancia, no consentía  enseñar una parte de su anatomía que en tiempos fue divina y ahora delataba su avanzada edad. Me parece un signo de discreción y de respeto por ella misma y por los demás. Una forma de llevar con grandísima dignidad las señales de la vejez. De seguir siendo un icono de estilo y de clase.

No es que yo esté defendiendo aquí que nos bañemos ahora como en el siglo XIX, con vestido largo de lana y gorros con puntilla. En absoluto. Existen muchos estilos y modelos en ropa de baño. Creo que no estaría de más que cada uno escogiera el que mejor le siente, el que más le favorezca. Realmente sería un recreo para la vista.

Eso sí, ya no me serviría a mí como piedra de toque para sentirme fantásticamente bien conmigo misma, y considerar que he exagerado,  como todos los años,  y que realmente no estoy tan mal con mis trajes de baño que me ajustan como un guante y que no dejan ver más de lo debido. Pero creo sinceramente que todos saldríamos ganando si nos miráramos de forma más objetiva (siempre existe un término medio entre el derrotismo infundado y el entusiasmo excesivo) e intentáramos ser parte de un conjunto armonioso, que no ofendiera la vista de los que nos rodean sino que ofreciera una imagen agradable y adecuada al lugar y el momento en el que nos encontramos.

 
Y es que un poquito de glamour nunca viene mal, ¿a que sí?


 

domingo, 4 de mayo de 2014

Persiguiendo sueños

Ayer vi la última película de Elvira Lindo, "La vida inesperada". Es absolutamente MARAVILLOSA. El guión es fantástico; se mueve entre la ternura, la sonrisa y la melancolía. Está filmada con un inmenso cariño por NYC, se ve en cada fotograma. Pero lo mejor de todo es su mensaje. Personas que viven sus vidas y a veces no eligen la correcta, empeñados en perseguir sueños que al final no coinciden con lo que de verdad va a traerles la felicidad. Pero cómo saber cuál es el camino correcto...
 
Quizá me llegó tanto esta historia, además de porque me encanta Elvira Lindo y Nueva York, porque me estoy planteando en los últimos tiempos esta cuestión de los sueños, los logros y los objetivos vitales. Nos empeñamos muchas veces en conseguir metas que nunca llegan,  y en ese afán gastamos muchas horas de nuestra vida y mucha energía que tal vez enfocada a otro fin diera mejores resultados. Unas veces nos va llevando el destino, o mejor dicho las elecciones que vamos haciendo a lo largo de los años sin que nos demos cuenta. Otras veces somos muy conscientes de lo que queremos, y lo perseguimos sin pensar que quizá estemos equivocados, y por eso nunca llegamos a conseguirlo.
 
¿Cuál es la prueba de que estamos en lo cierto al correr tras de aquello que siempre hemos buscado? Quizá la única sea el que al final lleguemos a obtenerlo: que nuestro sueño se convierta en realidad. Pero ¿cuánto tiempo hay que esperar para saber si debemos perseverar o cambiar de tren?
 
Cuando somos pequeños nos hacemos una idea de lo que va a ser nuestra vida. Sobre todo, como en el caso del protagonista de la película, de lo que no queremos que sea. Pero cuántas veces acaba resultando todo al revés. Yo siempre abominé del trabajo en una oficina, y llevo muchos años atada a una mesa de la que rebosan expedientes. Dejé un camino y tomé otro. ¿Era este el mío, y no el que yo anhelaba en mi adolescencia? No lo sé. Gracias a esa mesa tengo una familia maravillosa que es lo mejor que me ha podido pasar, aunque no fuera lo que yo había soñado. Pero siempre van surgiendo nuevas oportunidades a lo largo de los años, y nos volvemos a ilusionar con ellas, sin saber si estamos eligiendo bien. En ocasiones les damos la espalda, y las oportunidades se muestran ante nosotros perseverantes y tozudas. Es el momento de darse cuenta de que si tantas veces están al alcance de nuestra mano es para que las tomemos a tiempo antes de que no vuelvan. Y nos abren ventanas donde se habían cerrado puertas. Pero hay que saber verlas. A veces estamos ciegos, con los ojos puestos en ese sueño que nunca llega, y no somos capaces de comprender que nuestro camino es otro.
 
En la película se dice una frase que está cargada de sabiduría: "todo lo que tienes de tonto lo tienes de listo". Parece una perogrullada, pero es muy cierta. Muchas veces las personas que nos parecen más simples, más lejos del éxito, de la brillantez, son las que han sabido jugar mejor sus cartas, manejar mejor sus vidas, para conseguir ser felices, que es en el fondo lo que todos buscamos.  Y que a menudo no logramos porque nos empeñamos en un sueño equivocado.
 
Ojalá seamos siempre capaces de elegir el sueño correcto, y de poner todas nuestras fuerzas en juego para hacerlo realidad.

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