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domingo, 4 de mayo de 2014

Persiguiendo sueños

Ayer vi la última película de Elvira Lindo, "La vida inesperada". Es absolutamente MARAVILLOSA. El guión es fantástico; se mueve entre la ternura, la sonrisa y la melancolía. Está filmada con un inmenso cariño por NYC, se ve en cada fotograma. Pero lo mejor de todo es su mensaje. Personas que viven sus vidas y a veces no eligen la correcta, empeñados en perseguir sueños que al final no coinciden con lo que de verdad va a traerles la felicidad. Pero cómo saber cuál es el camino correcto...
 
Quizá me llegó tanto esta historia, además de porque me encanta Elvira Lindo y Nueva York, porque me estoy planteando en los últimos tiempos esta cuestión de los sueños, los logros y los objetivos vitales. Nos empeñamos muchas veces en conseguir metas que nunca llegan,  y en ese afán gastamos muchas horas de nuestra vida y mucha energía que tal vez enfocada a otro fin diera mejores resultados. Unas veces nos va llevando el destino, o mejor dicho las elecciones que vamos haciendo a lo largo de los años sin que nos demos cuenta. Otras veces somos muy conscientes de lo que queremos, y lo perseguimos sin pensar que quizá estemos equivocados, y por eso nunca llegamos a conseguirlo.
 
¿Cuál es la prueba de que estamos en lo cierto al correr tras de aquello que siempre hemos buscado? Quizá la única sea el que al final lleguemos a obtenerlo: que nuestro sueño se convierta en realidad. Pero ¿cuánto tiempo hay que esperar para saber si debemos perseverar o cambiar de tren?
 
Cuando somos pequeños nos hacemos una idea de lo que va a ser nuestra vida. Sobre todo, como en el caso del protagonista de la película, de lo que no queremos que sea. Pero cuántas veces acaba resultando todo al revés. Yo siempre abominé del trabajo en una oficina, y llevo muchos años atada a una mesa de la que rebosan expedientes. Dejé un camino y tomé otro. ¿Era este el mío, y no el que yo anhelaba en mi adolescencia? No lo sé. Gracias a esa mesa tengo una familia maravillosa que es lo mejor que me ha podido pasar, aunque no fuera lo que yo había soñado. Pero siempre van surgiendo nuevas oportunidades a lo largo de los años, y nos volvemos a ilusionar con ellas, sin saber si estamos eligiendo bien. En ocasiones les damos la espalda, y las oportunidades se muestran ante nosotros perseverantes y tozudas. Es el momento de darse cuenta de que si tantas veces están al alcance de nuestra mano es para que las tomemos a tiempo antes de que no vuelvan. Y nos abren ventanas donde se habían cerrado puertas. Pero hay que saber verlas. A veces estamos ciegos, con los ojos puestos en ese sueño que nunca llega, y no somos capaces de comprender que nuestro camino es otro.
 
En la película se dice una frase que está cargada de sabiduría: "todo lo que tienes de tonto lo tienes de listo". Parece una perogrullada, pero es muy cierta. Muchas veces las personas que nos parecen más simples, más lejos del éxito, de la brillantez, son las que han sabido jugar mejor sus cartas, manejar mejor sus vidas, para conseguir ser felices, que es en el fondo lo que todos buscamos.  Y que a menudo no logramos porque nos empeñamos en un sueño equivocado.
 
Ojalá seamos siempre capaces de elegir el sueño correcto, y de poner todas nuestras fuerzas en juego para hacerlo realidad.

domingo, 6 de abril de 2014

Estar en el mundo.

La otra mañana, una amiga me hizo un comentario que me encantó y le prometí que haría una entrada en mi blog sobre él. Surgió a cuenta de unos preciosos pendientes que llevaba otra amiga, y que no le habíamos visto puestos antes. Una tercera comentó cómo era posible que yo siempre me fijara en las cosas nuevas que llevan cada una de ellas, y Merce dijo: "es que Ana está en el mundo".
No se podía imaginar ella la alegría que me dio al confirmar que los demás me ven así, "en el mundo", precisamente porque para mí es importantísimo estarlo.
Y aunque también le prometí que no hablaría mucho de mí misma en esta entrada, creo que voy a incumplir mi promesa. Al fin y al cabo, aunque este blog está dedicado a mis lectores y procuro dar a quien me escucha ese soplo de aire que ofrezco en su título, es fruto de mis propias vivencias, y hoy me apetece explicar qué supone para mí esta expresión que tan acertadamente profirió mi amiga.
Siempre he sentido una inmensa curiosidad y afán por conocer. (Afortunadamente, creo que es algo que han heredado mis hijos, abiertos como esponjas a la novedad y el aprendizaje). Recuerdo que cuando era pequeña y viajaba con mis padres, no podía dejar de leer un solo cartel de los que en las ciudades o en los monumentos explicaban lo que veíamos, de modo que ellos se ponían muy nerviosos porque me quedaba atrás y tenían que andar esperándome a cada paso. Pero yo no podía dejar de recibir esa información que se me brindaba; era como si de haberla soslayado no fuera a comprender bien lo que estaba a mi alrededor. Incluso recuerdo una vez que entré yo sola a un museo (cuando las entradas eran gratuitas) para ver una muestra de arte sacro, advirtiendo a mis padres "ahora mismo salgo", y de hecho salí pitando, porque lo recorrí en un vuelo, debido al miedo que me producían esas figuras tan tétricas, a solas allí conmigo. Hace mucho menos tiempo, en un recorrido por la sierra con mis hermanos y sobrinos, me hicieron ver que era la única del grupo que se paraba continuamente en los carteles que explicaban cada especie vegetal, cada paisaje, cada hecho cultural relacionado con aquellos lugares. (Bueno, era la única porque mi hija iba entreteniendo a los pequeños; ella es aún más exagerada que yo con estas cosas, y de hecho en los viajes en familia es ella la que actúa ahora del mismo modo que yo lo hacía, así que en lugar de enfadarme porque se retrasa, como hacen su padre y su hermano, procuro recordar que esa situación la viví yo múltiples veces, así que la respeto e intento esperarla, o sigo pero sin perderla de vista, sabiendo que nos alcanzará enseguida).
 
Esta actitud puede parecer engorrosa, poco práctica e incluso estúpida; un obstáculo para vivir de forma natural y disfrutar del discurrir de las cosas. Pero la cuestión es que yo no disfruto si no conozco cada detalle, cada relación que lo que estoy viviendo tiene con todo lo demás que me rodea.
Si estoy en el campo, necesito saber cómo se llama el arbusto que estoy viendo, el pájaro que canta en la rama, dónde están los puntos cardinales y los pueblos del valle. Si viajo a una ciudad, me interesa saber cuáles son los orígenes de sus calles, su trazado urbano, la historia de sus edificios, los personajes que allí vivieron y lucharon, quienes ganaron, quienes perdieron, dónde viven los ricos y los pobres, cómo se ha transformado a lo largo de los años, y por supuesto, cuáles son los sitios de moda, dónde se escucha buena música, se come y se bebe bien, lo de auténtico que pueda tener la ciudad, comprar lo que no podré encontrar en ningún otro sitio en el lugar en que lo compraría un ciudadano de allí. Me fijo en si hay cines, teatros, cómo va vestida la gente, por dónde pasea, dónde compra lo necesario, cómo circulan los coches y si estos son nuevos o más bien anticuados. Qué tipo de gente encuentro en el transporte público: emigrantes, ciudadanos autóctonos,  si hay niños, si las chicas van arregladas a trabajar, si parecen cansados. Cómo hablan: si gritan mucho, si gesticulan, si son amables, si son discretos. Y por supuesto, si se trata de ver un monumento, un edificio, recabo información antes y en el propio lugar, recojo folletos, me paro en los carteles y si hace falta, pregunto a los guías si los hay. Intento encontrar cada detalle, cada anécdota, como si estuviera leyendo un libro en vez de ver una vidriera o un conjunto escultórico.
Puede dar la sensación de que es algo muy cansado, pero es para mí tan gratificante...sí, porque me conecta con lo que tengo alrededor, me hace formar parte de ello, integrarme en el lugar en que estoy, sentirme parte de él.
Y esto no es sólo una diversión turística. En mi vida corriente hago lo mismo. Intento estar informada de lo que ocurre, de la última moda, de lo que se lleva y cómo se llama, de quién está en la cresta de la ola de la cultura: cine, teatro...me encanta escuchar programas en la radio en los que aprendo a distinguir distintos tipos de música y a encontrar sus raíces: folk, pop, indie, rap, incluso música electrónica...o programas en los que se habla de literatura, o de cómic, o de poesía...me encanta aprender cosas nuevas, porque me abre un campo inmenso para elegir; ante mí se despliegan mil opciones distintas  para disfrutar de aquello que más me apetezca en cada momento.  
 
Y sobre todo, me da sensación de control. Porque si estoy al día en las cosas que me rodean, iré por delante, sabiendo a qué me enfrento, qué me puedo encontrar, qué me pueden contar. No me van a pillar desprevenida, sino que podré responder, participar, integrarme. Es mi forma de sentirme viva, activa, dinámica, con todos mis sentidos abiertos a lo que se me ofrece. Al final, todo se reduce a esto;  no es que quiera "estar en el mundo",  es que quiero tener el mundo en mis manos.

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