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domingo, 6 de abril de 2014

Estar en el mundo.

La otra mañana, una amiga me hizo un comentario que me encantó y le prometí que haría una entrada en mi blog sobre él. Surgió a cuenta de unos preciosos pendientes que llevaba otra amiga, y que no le habíamos visto puestos antes. Una tercera comentó cómo era posible que yo siempre me fijara en las cosas nuevas que llevan cada una de ellas, y Merce dijo: "es que Ana está en el mundo".
No se podía imaginar ella la alegría que me dio al confirmar que los demás me ven así, "en el mundo", precisamente porque para mí es importantísimo estarlo.
Y aunque también le prometí que no hablaría mucho de mí misma en esta entrada, creo que voy a incumplir mi promesa. Al fin y al cabo, aunque este blog está dedicado a mis lectores y procuro dar a quien me escucha ese soplo de aire que ofrezco en su título, es fruto de mis propias vivencias, y hoy me apetece explicar qué supone para mí esta expresión que tan acertadamente profirió mi amiga.
Siempre he sentido una inmensa curiosidad y afán por conocer. (Afortunadamente, creo que es algo que han heredado mis hijos, abiertos como esponjas a la novedad y el aprendizaje). Recuerdo que cuando era pequeña y viajaba con mis padres, no podía dejar de leer un solo cartel de los que en las ciudades o en los monumentos explicaban lo que veíamos, de modo que ellos se ponían muy nerviosos porque me quedaba atrás y tenían que andar esperándome a cada paso. Pero yo no podía dejar de recibir esa información que se me brindaba; era como si de haberla soslayado no fuera a comprender bien lo que estaba a mi alrededor. Incluso recuerdo una vez que entré yo sola a un museo (cuando las entradas eran gratuitas) para ver una muestra de arte sacro, advirtiendo a mis padres "ahora mismo salgo", y de hecho salí pitando, porque lo recorrí en un vuelo, debido al miedo que me producían esas figuras tan tétricas, a solas allí conmigo. Hace mucho menos tiempo, en un recorrido por la sierra con mis hermanos y sobrinos, me hicieron ver que era la única del grupo que se paraba continuamente en los carteles que explicaban cada especie vegetal, cada paisaje, cada hecho cultural relacionado con aquellos lugares. (Bueno, era la única porque mi hija iba entreteniendo a los pequeños; ella es aún más exagerada que yo con estas cosas, y de hecho en los viajes en familia es ella la que actúa ahora del mismo modo que yo lo hacía, así que en lugar de enfadarme porque se retrasa, como hacen su padre y su hermano, procuro recordar que esa situación la viví yo múltiples veces, así que la respeto e intento esperarla, o sigo pero sin perderla de vista, sabiendo que nos alcanzará enseguida).
 
Esta actitud puede parecer engorrosa, poco práctica e incluso estúpida; un obstáculo para vivir de forma natural y disfrutar del discurrir de las cosas. Pero la cuestión es que yo no disfruto si no conozco cada detalle, cada relación que lo que estoy viviendo tiene con todo lo demás que me rodea.
Si estoy en el campo, necesito saber cómo se llama el arbusto que estoy viendo, el pájaro que canta en la rama, dónde están los puntos cardinales y los pueblos del valle. Si viajo a una ciudad, me interesa saber cuáles son los orígenes de sus calles, su trazado urbano, la historia de sus edificios, los personajes que allí vivieron y lucharon, quienes ganaron, quienes perdieron, dónde viven los ricos y los pobres, cómo se ha transformado a lo largo de los años, y por supuesto, cuáles son los sitios de moda, dónde se escucha buena música, se come y se bebe bien, lo de auténtico que pueda tener la ciudad, comprar lo que no podré encontrar en ningún otro sitio en el lugar en que lo compraría un ciudadano de allí. Me fijo en si hay cines, teatros, cómo va vestida la gente, por dónde pasea, dónde compra lo necesario, cómo circulan los coches y si estos son nuevos o más bien anticuados. Qué tipo de gente encuentro en el transporte público: emigrantes, ciudadanos autóctonos,  si hay niños, si las chicas van arregladas a trabajar, si parecen cansados. Cómo hablan: si gritan mucho, si gesticulan, si son amables, si son discretos. Y por supuesto, si se trata de ver un monumento, un edificio, recabo información antes y en el propio lugar, recojo folletos, me paro en los carteles y si hace falta, pregunto a los guías si los hay. Intento encontrar cada detalle, cada anécdota, como si estuviera leyendo un libro en vez de ver una vidriera o un conjunto escultórico.
Puede dar la sensación de que es algo muy cansado, pero es para mí tan gratificante...sí, porque me conecta con lo que tengo alrededor, me hace formar parte de ello, integrarme en el lugar en que estoy, sentirme parte de él.
Y esto no es sólo una diversión turística. En mi vida corriente hago lo mismo. Intento estar informada de lo que ocurre, de la última moda, de lo que se lleva y cómo se llama, de quién está en la cresta de la ola de la cultura: cine, teatro...me encanta escuchar programas en la radio en los que aprendo a distinguir distintos tipos de música y a encontrar sus raíces: folk, pop, indie, rap, incluso música electrónica...o programas en los que se habla de literatura, o de cómic, o de poesía...me encanta aprender cosas nuevas, porque me abre un campo inmenso para elegir; ante mí se despliegan mil opciones distintas  para disfrutar de aquello que más me apetezca en cada momento.  
 
Y sobre todo, me da sensación de control. Porque si estoy al día en las cosas que me rodean, iré por delante, sabiendo a qué me enfrento, qué me puedo encontrar, qué me pueden contar. No me van a pillar desprevenida, sino que podré responder, participar, integrarme. Es mi forma de sentirme viva, activa, dinámica, con todos mis sentidos abiertos a lo que se me ofrece. Al final, todo se reduce a esto;  no es que quiera "estar en el mundo",  es que quiero tener el mundo en mis manos.

domingo, 16 de marzo de 2014

Limpio mi casita....

Después de tres meses de locura en los que mi casa ha sido una nube de polvo y un revoltijo de muebles, cajas y ropa, todo se va colocando en su sitio, pero no gracias a un chasqueo de dedos, sino a un trabajo ímprobo consistente en limpiar todo lo que normalmente no se limpia y a lo que aprovechando la ocasión  le "damos un vuelta": rodapiés, jambas y bisagras de las puertas, espacios ocultos de los radiadores, fondos de las sillas, patas de las mesas; en fin, rincones en los que no nos fijamos normalmente y que en una situación de caos como esta rebuscamos con el afán de que todo quede como recién sacado de la tienda, como recién puesto. Y todo ello, para instalarse por fin la mayoría de los casos en un lugar que antes no era el suyo, y que ahora me parece más adecuado, más vistoso, diferente, como si lo estrenara.
Todas mis cosas, y en esto incluyo muebles, objetos, libros, menaje, han estado durante estos meses guardados en cajas de cartón, embalados con papel burbuja o envueltos en cortinas viejas, vapuleados yendo y viniendo de casa al almacén y viceversa. Entre tanto caos no los había echado de menos, puesto que cuantas menos cosas hubiera en casa, menos cosas se manchaban. (Nos íbamos apañando como podíamos en un espacio cada vez más reducido, cercados por el yeso, el olor de la pintura y el barniz y los cartones que cubrían el suelo y bajo los que se sospechaba una alfombra de ripio. Para ir de las dos habitaciones que compartíamos los cuatro a la cocina cada noche a cenar -a mediodía no había ni que pensar en comer en casa, hasta el tostador tenía restos de la pintura lijada, y cada tarde había que limpiar todo para poder poner los alimentos en los platos con alguna garantía de no estar tragando serrín o yeso- había que cambiarse de zapatillas, o limpiar varias veces la suela de las mismas...)
Pero aunque nos pareciera mentira, como todo en esta vida, la obra ha llegó a su final. Y entonces comienza el trabajo contrario: recibir todo lo que en su día había salido de casa, para como he dicho antes, ser limpiado, arreglado, ordenado, colocado y listo para recibir visitas...y ser disfrutado por los durante un largo tiempo sufridos habitantes de este espacio, ahora mucho más amplio.
De repente el salón se llena de cajas abolladas, reventadas, sucias. Buscamos afanosos en el listado que hicimos al rellenarlas cuál contiene lo que queremos rescatar, e inevitablemente está la última, bajo otras cuantas que pesan un quintal; hay que desriñonarse moviéndolas una y otra vez.
Cada día se abren unas pocas; su contenido se va instalando en su nuevo sitio, y parece que todo cuadra y se asienta como si fuera su lugar original.
El último día me tomo vacaciones para poder terminar de arreglar todo con tranquilidad. Madrugo tanto o más que si hubiera ido a la oficina, y es que aquí me espera un trabajo duro y largo, pero eso sí, muy gratificante. Y comienzo limpiando libros.
No sé si las personas que me lean realizan esta labor muy a menudo; yo tengo que reconocer que no lo hago casi nunca, solo cuando voy a rescatar uno de la librería para leerlo y me lo encuentro lleno de polvo. Así que mes a mes, año a año van acumulando una pátina entre sus hojas y sus pastas que ahora pretendo eliminar con la ayuda de un trapo blanco que acabará siendo negro y de mis manos que cimbrean cada libro como un abanico, para remover el polvo de entre sus páginas.
Cuando llevas cinco, diez, quince, no pasa nada. Pero cuando han pasado dos horas y ves que aún se amontonan pilas enteras en el suelo, comienzas a estar un poco harta de esta labor, sobre todo porque dentro de nada lo que salió de entre el papel habrá vuelto a posarse en él.
Y de repente, miro los tomos que esperan turno. Son mis libros de Historia, la mayoría forrados de plástico como si de textos de escolar se tratara, porque los he manejado con ánimo y traza de escolar. Y me detengo pensando que no recuerdo nada de lo que decían, de lo que estudié en ellos, ni siquiera de aquel tan pesado y que tanto me costó aprender de Lynch pero tampoco del que tanto me gustaba de Hobsbawm.
¡Madre mía! Y para eso, ¿tantas horas de estudio? ¿De qué me han servido todos ellos?
Pero me siento a reflexionar (y a dar descanso a mis riñones) y me doy cuenta de algo magnífico. Sí, es seguro que no recuerdo casi nada de lo que está escrito en estas páginas. Pero lo que yo soy, mejor o peor, mi mismidad como persona, está hecho trocito a trocito de todos ellos. Todos y cada uno han contribuido a formar un ser diferente, único: yo. Y entonces me apetece acariciarlos, como si en ellos latiera un trocito de mi corazón, de mi propio ser. Y siento que los quiero porque forman parte de mí.
Pero no sólo a los libros. Mis pobres muebles, que a simple vista y después de pasarles por una batería de productos de limpieza parecen nuevos, están llenos de mataduras, (como mis propias manos están quedando con el trabajo), golpecitos, arañazos, desconchones. Cada uno de estos pequeños desastres me duele en el alma como si los llevara yo en ella. Porque son parte de mi vida. Cada silla, cada mesa, cada objeto lleva en sí el recuerdo de lo que ha presenciado durante todos los años que ha compartido conmigo. Por eso en esta mudanza no he tirado prácticamente nada. Una vez que uno decide no almacenar simplemente por compromiso cosas que no le gustan, lo que queda es lo esencial, lo que uno elige, y lo esencial es lo que forma parte de nuestra vida.
 
 
Como esta lámpara. Probablemente cursi, de una calidad pésima, pero la quiero como a mi propia madre, cuyo dormitorio alumbró años y años. Los años de mi infancia, en los que cuando estaba mala, con fiebre, me metía en la cama grande y acogedora y miraba hacia el techo, y la imagen que de aquellos momentos se me quedó grabada es la de esta lámpara y sus flores colganderas, que entonces eran más y de más colores. Para mí este objeto viejo y destartalado está asociado a los cuidados de mi madre, a esas mañanas sin ir al cole porque estás con gripe, o con un cólico, y te arrebujas entre las ropas que normalmente cubren a tus padres. Y solo con eso parece que la fiebre cede, que la tristeza huye.
Así que al notar que uno de sus brazos estaba roto, me he afanado por arreglarla, yo que no entiendo ni soy buena para el bricolaje, ni menos para la electricidad; con la ayuda abnegada de mi marido, hemos desmontado sus mecanismos, cambiado los cables, pegado las partes quebradas...sin darnos por vencidos, sobre todo yo, porque sentía que si abandonaba era como estar abandonando a mi madre en una enfermedad grave, como dejarla a su suerte, sin luchar por salvarla.
Y ya me puede decir quien sea que no le gusta, o que no pega en este sitio, o que es demasiado grande...mi lámpara me acompañará siempre, aunque esté lisiada, aunque le falte un brazo, porque es como tener la compañía de mi madre que me arropa, me mima y me cuida cuando me hace falta.

 


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