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sábado, 7 de diciembre de 2013

El club de la lucha

Vamos  caminando por  la calle, tomamos el metro o el autobús, entramos en un comercio o en un edificio oficial...cruzándonos constantemente con personas que suponemos sanas, felices y sin problemas, simplemente por el hecho de que no las conocemos. Salvo raras ocasiones en que alguien nos llama poderosamente la atención por su gesto o su apariencia, no nos fijamos en la expresión de sus caras ni en sus movimientos, y aunque lo hiciéramos, la mayor parte de las veces no nos dirían nada. (He de reconocer que alguna vez que me aburría en un viaje o que escuchaba claramente una conversación de móvil sí me he metido un poco en el mundo de algún extraño, pero mis manías o mis rarezas no tienen porqué ser las de la mayoría).
Y sin embargo, todas esas personas anónimas para nosotros tienen su propia vida, con sus alegrías y sus penas, con su sufrimiento y su felicidad. Pero no llevan un cartel colgado en el que ponga "tengo jaqueca", "el hígado me mata" o "me he roto el coxis". Por eso damos por sentado que todo para ellas es normal, o sea, que no tiene alteraciones para bien ni para mal.
Y sin embargo, qué lejos esto de la realidad.
Hay en mi mundo un par de lugares en los que se reúne gente de esa que aparentemente tiene una vida plácida y sin vaivenes y que en realidad sufre y padece.
Uno de ellos es la clínica de rehabilitación. Si miras alrededor en la sala de espera, nada te parece fuera de lo normal, nadie lleva los huesos por fuera de la carne ni un brazo colgando. Y sin embargo, cuando estás en la cabina y escuchas a través de los cristales las conversaciones de otros, te das cuenta de cómo la gente lleva sus dolores en silencio y convive con ellos sin darles mayor importancia, aunque a veces sea difícil y penoso. Hay gente mayor y chavales de instituto, cada cual con su patología y su tratamiento. Y en vez de estar todos quejándose de lo mal que se encuentran, y ser esta consulta un lugar triste y deprimente, por el contrario hay un ambiente risueño, alegre, y cada uno procura contar anécdotas chuscas, y las terapeutas ríen las gracias de los pacientes y cuentan a su vez chistes y hacen chascarrillos, y se habla de todo menos de penas. Así que cuando sales de allí no lo haces cabizbajo, sino con una sonrisa en los labios.
Otro es la clase de gimnasia. En ella estoy rodeada de personas bastante mayores que yo. Se supone que son ejercicios que ayudan a mantener el cuerpo saludable, nada violento ni demasiado aeróbico, sólo estiramientos y movimientos controlados para que los músculos se distiendan. Pues bien, yo que voy un poco "tullida" con mi lumbago y mis dolores de piernas, compruebo que todas estas personas que se mueven junto a mí tienen muchos más achaques que yo, y sin embargo allí están, doblándose como pueden y retorciendo sus cinturas hasta donde llegan. Hay algunas que, por sus conversaciones, averiguo que han pasado o están padeciendo aún enfermedades muy duras, y si no fuera porque las escucho comentarlo, nadie diría lo que llevan por dentro.
Por eso cuando pienso en esos dos lugares me acuerdo de una peli que no he visto, y que nada tiene que ver con ellos salvo su título: "El club de la lucha". Sí, ambos son clubs de lucha. De la lucha por vivir, por estar mejor, por salir adelante a pesar de todo lo que nos oprime y nos aplasta, del dolor, de la tristeza, del sufrimiento. Y de hacerlo con una sonrisa, con normalidad, con esperanza, poniendo buena cara al mal tiempo. A través de las ventanas de la clase de gimnasia casi se tocan las ramas de un plátano, esos árboles tan corrientes en las ciudades y que van marcando las estaciones. Cuando comenzamos el curso las hojas amarilleaban, y ahora han comenzado a caerse y la desnudez del árbol muestra a lo lejos el cielo púrpura del atardecer. Esa imagen, unida a la música suave que pone la profesora, me ayuda a relajarme y olvidar todo lo que me ha ido ensuciando el alma a lo largo del día. A encontrarme conmigo misma concentrándome en mis movimientos y en estirar mis músculos entumecidos. Y a pensar que todavía estoy viva, muy viva, y a desear con todas mis fuerzas pertenecer a ese club de la lucha en que se mueve tanta gente, personas que no conocemos y que se cruzan con nosotros a diario y que llevan en silencio sus penas y sus dolores sin irlos pregonando, porque así son más capaces de hacerlos pequeños y olvidarse de ellos.
Y porque la vida es lucha constante, y sentirnos inmersos en esa contienda nos hace también sentirnos  día a día vivos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Deseo fugaz

A finales de octubre, unos días antes de que cambiaran la hora, salí de casa a las siete y media, como todos los días, muerta de sueño y con los reflejos a cero. (Menos mal que mi coche se sabe el camino y va el solito hasta el trabajo, porque yo a esas horas soy incapaz.) Era de noche, el cielo estaba negro y a mi alrededor brillaban las luces de los coches que iban conmigo en caravana por el puente que da acceso a la autovía. Yo tenía la radio puesta, como siempre, no sé si con música o con noticias; a esas horas da todo un poco igual, lo importante es que haya voces que le espabilen a uno. Y mientras circulaba despacio por la parte más alta de la carretera, que luego desciende a la principal, vi un fulgor en el cielo, una línea brillante que acababa en un punto más brillante aún y luego se desvanecía.
¡Qué bien! Una estrella fugaz...no había visto ninguna hasta ahora. Me pareció rarísimo que a esas horas las estrellas estuvieran dándose una vuelta por el espacio, a una hora tan poco mágica y romántica como es el momento de ir a trabajar. Un momento totalmente prosaico. Por eso el contraste fue mayor, y me hizo muchísima ilusión.
Fui todo el camino pensando en ese acontecimiento inesperado que había inaugurado mi día de forma tan especial. De hecho, en una de las curvas vi que un objeto se abalanzaba sobre mi vehículo y yo pensé: "Dios mío! Ahora me va a caer encima un meteorito o un fragmento de la estrella que se acaba de morir..." Desde luego, no era nada de esto y ni siquiera hizo ruido al chocar contra el guardabarros delantero. Lo más probable es que fuera un papel en forma de bola que alguien cochinamente tiró desde la ventanilla. Pero el caso es que yo pensaba que algo extraordinario había sucedido en mi día a día tan poco original.
Y así estuve un tiempo hasta que la otra mañana, yendo en el coche con mi marido por el mismo camino, y ya con el cielo azul de la nueva hora otoñal, caí en la cuenta de que mi estrella no fue tal, sino una de esas estelas finitas que dejan los aviones en el cielo. La ciudad en que vivimos es una ruta aérea muy concurrida, y a esas horas de la mañana hay cantidad de ellos surcando las nubes. Con la luz del día pude darme cuenta de que una de esas líneas curvas blancas y centelleantes se había convertido por arte de la oscuridad en mi preciosa estrella fugaz. 
De repente me quedé muy triste, porque después de vivir ese instante único yo había pensado que podían suceder cosas maravillosas, no porque la estrella fuese a concederme un deseo (que yo no pedí), sino porque cuando algo fantástico sucede es que puede suceder cualquier otra cosa inesperada e igualmente fabulosa. Ahora, ese círculo mágico se rompía. Las estelas de los aviones son absolutamente vulgares y cotidianas, y no traen consigo, es seguro, nada excepcional.
Así que me quedé bastante chafada. Eso tan importante que llevo un tiempo esperando no venía atado a la cola de la estrella.
Pero luego cambié de opinión. Y pensé que si para mí esa luz había sido una estrella, ¿por qué no iba a serlo? Y si mi ilusión hace que espere lo mejor, ¿por qué no ha de llegar? Si somos nosotros los que con nuestra esperanza llamamos a la puerta del destino que esconde el premio gordo, ¿por qué no vamos a seguir llamando con un alegre anhelo de que se abra por fin y nos lo muestre en todo su esplendor? ¿Por qué no mantener la fantasía de que una estela es una estrella? Mi buena estrella es la que yo todos los días me construyo con mi trabajo y mi alegría, con el amor de los que me rodean, y esa seguro, seguro, que traerá consigo lo mejor para mí.

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