Buscar este blog

viernes, 13 de septiembre de 2013

El peso de la vuelta

Como quien no quiere la cosa, ya estamos a mediados de septiembre. El verano ha pasado sin sentir, a pesar de que hemos intentado aprovecharlo al máximo,  y el otoño está llamando a la puerta en forma de chaparrones imprevistos, rebequita mañanera y noches de edredón. Es el momento de la vuelta: vuelta de vacaciones, vuelta al cole, vuelta al gimnasio, "Vuelta a España"... y esa vuelta nos pesa.
¡Sobre todo, por los kilos que nos hemos traído de "suvenir"! Hay que ver qué martirio, siempre luchando con los "tres (¡!) kilitos que me sobran". Y que siempre se instalan en el mismo sitio (le han cogido cariño a esa zona de nuestra anatomía y vuelven impenitentes una y otra vez...)
Pero este año he decidido ir zafándome de esos huéspedes de vaivén con filosofía. Sobre todo, porque representan lo mejor del verano: el placer de una cervecita o un delicioso vino blanco bien frío; el maravilloso tour gastronómico en que se han convertido mis vacaciones, en las que he probado desde las más humildes sardinas asadas hasta el más británico roast-beef, pasando por toda clase de postres ultracalóricamente deliciosos; la pereza de la siesta tumbada al sol en la playa; en fín, toda clase de sensaciones maravillosas de las que no estoy dispuesta a prescindir. ¿Hay que pagar luego por ello el peaje de unos meses estoicos bebiendo sólo agua hasta que podamos meternos en esa falda icónica que sólo nos entra cuando estamos en forma? Bueno. Pero la verdad, no estoy nada de acuerdo con un preparador personal, de esos tan de moda hoy día, que escuché el mes pasado en la radio, y que decía que en vacaciones hay que llevar una vida similar a la del resto del año: comida sana, ejercicio, nada de excesos...¡vamos, menudo aburrimiento! Para unos días que tiene una de soltarse la melena...hay que disfrutar de los placeres que podemos permitirnos, porque si los dejamos pasar quizá dentro de un tiempo sean muchos menos, y hayamos perdido la oportunidad de gozar de otros. 
La que no me pesa nada, sino todo lo contrario, es la vuelta al cole. Claro, que no soy yo la que tiene que enfrentarse a nuevos profesores, nuevas materias, el aburrimiento de las clases monótonas...Pero a mí me encanta ese olor de los libros recién comprados, de las virutas de los lapiceros afilados, de la goma de borrar que se quedó olvidada en el estuche...es un olor melancólico y dulce, como la niñez. Me hace una ilusión tremenda volver a pisar el patio, ver a los chavales salir en tropel, reírse y abrazarse el primer día como si no se hubieran visto en años...me da una sensación de familiaridad contemplar a los profesores afanarse en reunir las filas yendo de un lado a otro, chocar las palmas con sus alumnos mayores, besar a los chiquitines. Me trae recuerdos propios, pero sobre todo recuerdos de los años que llevo viendo esa misma escena con mis hijos como protagonistas. Luego vendrá el aluvión de cosas que contar: cómo han visto a sus amigos y compañeros, que el profesor preferido este año no va a darles clase, que "hay uno que es un estúpido y no puedo soportarlo y me va a ir fatal con él", que "este profesor es genial, me va a encantar su asignatura", mamá hay que llevar una foto, comprar material, forrar los libros...La más amable de todas las vueltas es sin duda para mí la vuelta al cole.
Pero no he dicho nada de la vuelta al trabajo...que me espera dentro de dos días...en fín, en esa hoy prefiero no pensar. Cuando llegue el lunes, me tiraré de cabeza a la piscina. Espero que haya agua... 

jueves, 22 de agosto de 2013

La prisa

Hoy es quince de agosto. La Virgen de agosto en casi todos los pueblos de España. También en Madrid: la Paloma. Verbena, churros, olor a fritanga, sangría de garrafón y charanga y chunta-chunta en las Vistillas. La poca gente que queda en la ciudad está de fiesta. Los que recorren las calles abrasadoras son visitantes, turistas de paso admirando las bellezas (¿cómo se verán la primera vez, con los ojos nuevos del que llega?) que los naturales nos sabemos de memoria (eso creemos, pero casi nunca es cierto...)
 
"Agosto, frío en el rostro"; ya no, eso era antes del cambio climático. Ahora por estas fechas vuelve la ola de calor, y uno aprovecha la fresca para salir a dar un paseo antes de tumbarse a sudar las sábanas. Sin embargo, los días comienzan a acortarse de nuevo y ya no nos despierta el amanecer, sino que vemos el sol saliendo por el horizonte con el café en la mano. Pero lo que parece no haber cambiado aún (no sé cuánto durará) es la sensación de que en agosto todo va mucho más despacio.

Hace muchos años, en Madrid no se encontraba en estas fechas ningún comercio abierto. Recuerdo un verano en que busqué infructuosamente un estanco para comprar sellos con que franquear las cartas que escribía a mi novio (sí; entonces no había móvil, ni ordenador ni nada). Tuve que irme fuera del barrio, andando por calles desiertas... (Ese mismo verano y esa misma tarde encontré por casualidad una tienda de regalos en la que compré unos pendientes de aro de pasta roja que estrené cuando él volvió de viaje y fui a buscarle al aeropuerto; hacían juego con mi vestido, rojo también). La sensación era de absoluta soledad en lugares que en otras fechas siempre estaban muy concurridos. Nadie llamaba al teléfono. No había nada que hacer. El mundo estaba cerrado por vacaciones.
En mi lugar de trabajo, recién estrenado, el calor se deslizaba por las paredes blancas y huía por la ventana, grande, hermosa, que daba a un patio fresco y destartalado. El cuartito donde me instalaron era umbrío y recoleto, y se estaba muy a gusto allí con los papeles que empezaba poco a poco a conocer. El tiempo fluía lentamente hasta la hora de salida. Nada ni nadie parecía querer alterar esa pereza de las horas pasando morosas una tras otra. Todo parecía fácil; no había prisa.
 
Parece como si por ser agosto, aún hoy en que ya cada uno coge las vacaciones cuando quiere y no hay necesidad de irse obligatoriamente este mes, de repente todo pudiera esperar.  Las cosas no son urgentes, ni siquiera la rutina es urgente. No pasa nada si cenamos fiambre tres días seguidos, si se come de lata o de precocinado de la pastelería. Es más, esa sensación de provisionalidad hace que nos sintamos un poco de vacaciones, que rompamos la normalidad del resto del año. El polvo se amontona en los rincones y habría que pasar la fregona, pero nada corre prisa, a los habitantes de la casa parece no importarles convivir unos días más con las pelusas. Es como si de repente nuestra casa no fuera la de siempre, sino un lugar de paso en el que disfrutar sin obligaciones de este mes caluroso. La galbana se apodera de nosotros, y hacemos cosas inverosímiles, como poner una peli después de comer mientras los cacharros nos esperan en la pila o sentarse en el sofá sin hacer nada a la hora en que normalmente estaríamos preparando la cena.

Es maravillosa esta sensación de estar fuera del tiempo y de la cotidianeidad, de permitirnos ser un poco vagos, un poco indolentes, de hacer "lo que nos da la gana"... incluso en el trabajo, donde los cuatro gatos que quedan en cada oficina buscan cualquier excusa para levantarse de la silla, acercarse al compañero y comentar cualquier nadería. Por las mañanas se madruga menos, los horarios se relajan, hay un ambiente como de víspera de fiesta...parece que las preocupaciones y el estrés se han metido debajo de las piedras.

En un curso de relajación al que acudí hace tiempo contó la profesora que un filósofo chino decía algo así como que los europeos siempre teníamos prisa por que sucedieran las cosas: prisa por que llegue el fin de semana, o una cita esperada, o mi cumpleaños, o una fiesta, o las vacaciones...siempre estamos corriendo hacia algo que pasa casi sin sentir para volver a correr hacia la próxima meta...y claro, tanto corremos que acabamos llegando mucho más pronto al final. ¡Qué reflexión tan acertada! Aunque tengamos muchas ganas de que llegue algo, es mejor no despreciar el tiempo que debe pasar hasta ese momento, porque si no lo perderemos por el camino. Así pasa con las vacaciones: aún no me he marchado este año, salvo unos pocos días, y estoy deseando que lleguen, pero sin prisa ninguna, sino intentando disfrutar de este tiempo de estío dorado y lento que sólo tenemos una vez al año. Y no me lo pienso perder.

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...