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sábado, 20 de abril de 2013

Las edades del Hombre (y de la Mujer...)

Ver fotos es muy entretenido, pero también algo arriesgado.
Si son modernas, la mayor parte de las veces no nos encontramos bien: el pelo, los ojos, el gesto, el tipo, siempre hay algo en ellas que no nos gusta. Nos decimos, "yo no soy esa, yo no soy así". Si son antiguas, y más si las vemos acompañados de alguien que no nos conoció en ese tiempo, corremos el riesgo de que no nos reconozcan: "Uy, pero si no pareces tú, qué jovencita". Es realmente difícil que nos hagan una foto con la que estemos agusto, conformes. Normalmente, porque la imagen que tenemos de nosotros es la nuestra, no la que da la cámara, ni siquiera la que se han construido los demás.
Pero no es esto lo que quiero comentar hoy: el tema de la imagen propia es tan complicado que prefiero dejarlo para otro momento. No, hoy voy a hablar sobre la edad. La que tenemos en el presente, la que tuvimos en esas fotos que repasamos con cariño y a veces con sorpresa. Sobre todo, la que sentimos por dentro.
Soy una mujer de mediana edad. (Muy muy mediana: casi la mitad, vamos). Hace algunos años, cuando era más joven y veía a señoras que tenían los años que tengo yo ahora, me parecían viejísimas. Sin embargo, ahora que yo las he alcanzado, no me siento vieja. La verdad es que a veces hasta me parece que soy algo infantil. En cada situación, en cada momento, la persona que soy yo por dentro puede ser una anciana, una niña, una adolescente, una mujer joven...según los sentimientos o los recuerdos que me despierte el hecho en concreto que estoy viviendo.
Si miro fotos de hace muchos años en las que estoy con mis hijos, contemplo el cambio físico que yo he sufrido, y si fuera una obsesa de la estética diría ¡qué horror, como estoy de cambiada, me he estropeado un montón! Pero no tengo más que mirar a esas dos preciosidades de la foto para darme cuenta de que no soy la única que ha experimentado cambios. De hecho, en ellos es aún más evidente: han pasado de ser bebés, niños, a convertirse en adolescentes y jóvenes. Y eso no significa que estén "estropeados": estaban maravillosos entonces y hoy lo son aún más. ¿Por qué en mi caso utilizo el adjetivo "estropeada" y en el suyo no? ¿Es que vivir es estropearse?
Si damos por hecho que el final de la vida es la culminación de un proceso degenerativo a nivel orgánico, fisiológico, es lógico que nos asuste ver que la mitad de ese proceso se ha cumplido ya. Pero no podemos tomarnos la vida como si fuéramos verduras metidas en la nevera que se van poniendo pochas día a día. Las personas somos algo más. Y la vida, muchas veces, y de una forma brusca y dolorosa, interrumpe el proceso a medias: no da lugar a que se llegue a término arrugadito y desgastado por dentro y por fuera.
Entonces, ¿por qué ese afán de estar siempre "joven", lozano y rozagante como una lechuga, con la piel tersa, los músculos en su sitio, ni un solo michelín colgando sobre el borde del pantalón? Se supone que el ideal de belleza es el de alguien en la veintena, recién salido de la turbulenta pubertad y convertido en un ser perfecto en la plenitud de su funcionamiento celular. No voy yo a negar que me parezca maravilloso un cuerpo elástico y grávido. Pero el impulso, la emoción que habita ese cuerpo, no se arruga. Se conserva: si queremos que se conserve, claro. Si no nos dejamos llevar por la cuenta de los años o el aspecto de nuestras ojeras. Ahí está el secreto: primero, en no olvidar cómo fuimos, y segundo, en mantener las ilusiones y las ideas de entonces igual de vivas.
Estos últimos días han repuesto en la tele una serie muy "vieja": Anillos de Oro. Yo la veía en su momento; me gustaba mucho, y ahora la he estado viendo a trompicones y a retazos. En ella salía Imanol Arias, jovencísimo (Era mayor que yo cuando la veía entonces, aunque en la actualidad yo soy mayor de lo que era él cuando la rodó: otra carambola del tiempo y la edad). Comparo su físico con el del Imanol Arias de las noches de los jueves en "Cuéntame..." y también me viene a la cabeza la expresión "cómo ha cambiado, qué viejo está, parece otro". Pero si miro atentamente sus ojos, su expresión, su forma de hablar, sus gestos, me doy cuenta de que son los mismos: los de ayer están en el Imanol de ahora. ¿Es menos bello este que aquel? Yo diría que no; es una opinión personal. A mi me gusta más el presente que el pasado. Pero no por sus canas o porque su edad se acerque más a la mía. Me gusta más porque lo veo más lleno de vida, de lo que la vida le ha ido aportando.
Si contemplo una foto mía actual y la comparo a alguna de mi adolescencia, me ocurre lo mismo. En un principio diría: no es la misma persona. Pero luego me doy cuenta de que mi sonrisa sí es la misma, de que mi mirada tiene el mismo alcance y el mismo calibre; aunque quizá no la misma profundidad.
¿Dónde está aquella chica? ¿Dónde están mis bebés? Ya no existen, ni la una ni los otros, aunque puedan convivir todos a la vez en las imágenes congeladas, y ser los tres de la misma edad por arte de la magia fotográfica. No; se fueron, pasaron a la vez que el tiempo que los ha ido modificando. Pero, ¿no queda nada de ellos?
Pues claro que sí. La realidad de hoy es la suma de todas las realidades anteriores. Yo soy la persona que vive en abril de 2013 porque viví en los años 80, y en los 70...y fui todas y cada una de las chicas y mujeres sucesivas que vivieron esos días.
Esa es la cuestión. Dentro de mí vive una muchacha de diecisiete años y una mujer de treinta y cinco. En cada momento me puedo sentir como cada una de ellas. Por eso no me siento vieja por dentro, porque no llevo en mí alguien derrotado, cansado, agotado. Llevo una niña que juega a la comba, que sufre por las injusticias que la vida tiene con los niños; llevo una adolescente que no se entiende, que quiere cosas que le parecen lejanas, que se cree en posesión de la verdad, que quiere cambiar lo que la rodea; llevo una joven que se encuentra a sí misma, que halla su lugar en el mundo, que tiene la plenitud de las manzanas; llevo una mujer que fructifica y produce la belleza de dos nuevas vidas. Pero en cada persona sucesiva permanece la anterior. Así la madre se recuerda cuando jugaba en el parque, cuando tenía miedo; cuando era adolescente y pretendía burlar todas las normas y las prohibiciones.
Si ahora mismo me preguntaran, "¿cuántos años tienes?", podría contestar una cifra concreta; pero si me dijeran, "¿Cuál es tu edad?", ya no sabría qué decir. Me siento atemporal, porque estoy en todos los tiempos a la vez. Y desde luego, mi alma o mi pensamiento no tiene X años. Quizá la vida nos va lastrando con muletillas, con pequeños tics, con absurdas manías. Pero nuestro espíritu vuela libre y sin edad por encima de las arrugas, los michelines o la piel descolgada.
 
 
 
 

viernes, 29 de marzo de 2013

Los Pasos de la Primavera

Tiempo inestable de primavera. Así definía mi profesor de Geografía de Segundo los modelos meteorológicos que indicaban borrascas y lluvias en esta época en la que el jet stream está cambiando de posición respecto a la del invierno. Siempre nos decía que no existía mal tiempo ni buen tiempo, pues para cada persona lo bueno o lo malo podía ser distinto. Simplemente había tiempo inestable y tiempo estable.
La verdad es que en nuestro clima la normalidad en esta época son las lluvias, seguidas a menudo por un sol picante que se asoma entre las nubes con una fuerza que presagia el verano. En esos episodios de tranquilidad tras el aguacero surge un cielo azul, brillante y vibrante, que lo invita a uno al paseo y a la alegría. Buscamos atentamente si en las ramas desnudas de los arbustos surgen yemas de las que saldrán nuevas hojas y flores. Y aspiramos con deleite el aroma de la tierra mojada y la hierba fresca. Es un privilegio estar tan cerca de la Naturaleza, pues así se vive de primera mano el paso de las estaciones, que en la ciudad sólo se notan porque de repente hace más calor o más frío. Aquí se sienten de cerca los primeros pasos de la primavera, que todos esperamos anhelantes para disfrutar de una época de renovación.

Pero estos no son los únicos pasos que surgen como la hierba nueva en estos días. Hay otros, con mayúscula, que inundan nuestras calles en las fechas de la Semana Santa. Los Pasos procesionales en los que se turnan Vírgenes Dolorosas, Verónicas y Magdalenas, Cristos en la Cruz, orando bajo los olivos, atados a la columna o repartiendo la Sagrada Cena, Cruces desnudas y solemnes nazarenos que se esconden bajo unos imponentes capirotes componiendo una sinfonía de color, ayudados por los sobrecogedores acordes de las Bandas formadas por niños y viejos, todos unidos y emocionados desfilando cada año con la misma o mayor ilusión que la primera vez.

A lo largo de mi vida he conocido muy diferentes Semanas Santas. Cuando era pequeña, en plena Dictadura, eran unos días tristes y lúgubres en los que no se escuchaba en la radio más que música sacra, y en los cines los estrenos y reestrenos eran todos de romanos. (Aún me gusta ver esas películas clásicas estos días, como una tradición: Ben-Hur, Espartaco, Quo Vadis...) A los niños nos compraban huevos de Pascua, que estaban forrados de papel brillante de colores y dentro traían un bombón: eran los precursores de los archiconocidos y disfrutados por nuestros hijos huevos Kinder. También nos regalaban carracas, un aparato un tanto rústico compuesto por una lengüeta que iba deslizándose por una rueda dentada al impulso del mango que teníamos que mover con energía. Al pasar por los dientes de la rueda, la lengüeta hacía un sonido característico: cracracracracrarrrrrrrrrr, que era el sonido de esos días. Estos aparatos, pero mucho más grandes, sustituían a las campanas en este tiempo de luto en las iglesias, que se recorrían haciendo estación y viendo los monumentos que se levantaban al Santísimo Sacramento. Y así vivíamos nuestra Semana Santa.
A mis padres les encantan las procesiones, así que durante mi infancia hice un auténtico periplo por toda la geografía española acompañándoles, cada año a una localidad famosa por sus desfiles. Visitamos Sevilla con mala suerte, pues diluvió todo el tiempo, tuvimos que ver los Pasos dentro de sus iglesias y casi sólo recuerdo de aquella vez mucho frío y humedad, y la subida a la Giralda. También fuimos a Murcia, donde los nazarenos reparten comida con alegria y la cara descubierta  a los amigos y a los forasteros. A Valladolid, donde las procesiones castellanas alcanzan su máximo nivel de seriedad, orden, colorido y belleza escultórica. Y a Cuenca, donde ví por primera vez la Procesión de Paz y Caridad del Jueves por la tarde, sin saber entonces que la vería tantas veces años después y se convertiría en mi preferida.

Hoy en día la Semana Santa es para casi todo el mundo una época de vacaciones que se aprovechan para descansar, cada uno como mejor puede o le parece: yendo a la playa, al pueblo de la familia, haciendo un viaje relámpago...pero aún hay gente a la que le gusta ir a su lugar de referencia, revivir las emociones que sintió siendo niño al paso de los desfiles, de los tambores, de los clarines, de los hachones que chorrean cera en los inmaculados guantes de los Hermanos Mayores que dirigen la Procesión con su alto estandarte, que pican en los adoquines haciendo un ruido sordo y penetrante para que el desfile se pare o prosiga.

Para mí, desde que comencé mi juventud y mi noviazgo, y después con mi ya marido y mis niños pequeños, la Semana Santa siempre ha significado Cuenca: una Cuenca primaveral en la que a veces nos recibía un sol radiante y otras (como aquella tarde de jueves en la Taberna de Pepe en que decidimos la fecha de nuestra boda ), la lluvia y el frío. Pero siempre, invariablemente, el amor de mi querida Carmen hecho torrijas, potaje, bacalao con tomate, ensaladilla rusa y chuletas de cordero, y de mi querido Bernardo, acompañándonos por las calles empinadas para alcanzar los mejores sitios desde los que ver las Procesiones. Mis hijos han vivido muchos años con sus abuelos rodeados de estas piedras altas e imponentes en cuyo tajo se yergue la ciudad, abrazada por dos ríos, el Júcar y el Huécar, más doméstico, que riega las calles adoquinadas y desde cuyo pretil se cayeron al agua los zapatitos de mi hija, que los vió alejarse confundida.

Desde mi casa, lejos hoy de allí, y después de varios años sin visitar esa ciudad en estas fechas, siento una tremenda emoción cuando me acuerdo de todas esas mañanas y tardes parada en la acera, esperando la llegada de una marea de colores vivos y puros: turquesas, morados, blancos, verdes, granates, negros, en mil combinaciones a cada cual más bella. Bernardo nos explica el significado de los Pasos, nos introduce y da el título de los himnos que va desgranando la Banda, que resonarán luego en nuestra cabeza. En la casa que huele a canela, desde debajo de las mantas, cuando la luz se filtra por la ventana cerrada, se oye claramente el reloj de Mangana dando las horas, y de fondo el rumor cada vez más fuerte de los tambores que llevan toda la madrugada sonando por las calles de piedra, y que nos dicen: levántate, corre, ven a nuestro encuentro! He visto mil veces los Pasos castellanos combinados con los tambores de la vecina Teruel en la Procesión más significativa de esa ciudad: Las Turbas, o Camino del Calvario, en la madrugada del viernes y también en la mañana: he visto el estruendo de los turbos morados hacerse silencio profundo al llegar a los Oblatos, escuchar el Miserere, y al final romper de nuevo en un trueno frenético que baja rodando Alfonso VIII. He visto bailar a San Juan con su capa verde al compas de los tambores y los clarines. He visto entrar en El Salvador a la Soledad con su palio acompañada del Himno Nacional y de los tambores que se rompen en el último furor de su emoción.

Cuánto siento hoy que este año las Turbas no hayan salido por la lluvia y mi hijo no haya podido ir con su abuelo y sus primos a ver ese desfile emocionante; cuánto siento no estar allí, escuchando los tambores al otro lado de la ventana.
Pero desde aquí lo recuerdo y lo revivo, y me prometo a mí misma mientras frío las torrijas que mi marido va rebozando en azúcar y canela, visitar mi querida Cuenca el próximo año, o el siguiente, y disimular las lágrimas cuando vea esas imágenes talladas por el amor de un fervoroso creyente bajar por las calles estrechas y repletas de almas enardecidas por la emoción. 

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