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viernes, 29 de marzo de 2013

Los Pasos de la Primavera

Tiempo inestable de primavera. Así definía mi profesor de Geografía de Segundo los modelos meteorológicos que indicaban borrascas y lluvias en esta época en la que el jet stream está cambiando de posición respecto a la del invierno. Siempre nos decía que no existía mal tiempo ni buen tiempo, pues para cada persona lo bueno o lo malo podía ser distinto. Simplemente había tiempo inestable y tiempo estable.
La verdad es que en nuestro clima la normalidad en esta época son las lluvias, seguidas a menudo por un sol picante que se asoma entre las nubes con una fuerza que presagia el verano. En esos episodios de tranquilidad tras el aguacero surge un cielo azul, brillante y vibrante, que lo invita a uno al paseo y a la alegría. Buscamos atentamente si en las ramas desnudas de los arbustos surgen yemas de las que saldrán nuevas hojas y flores. Y aspiramos con deleite el aroma de la tierra mojada y la hierba fresca. Es un privilegio estar tan cerca de la Naturaleza, pues así se vive de primera mano el paso de las estaciones, que en la ciudad sólo se notan porque de repente hace más calor o más frío. Aquí se sienten de cerca los primeros pasos de la primavera, que todos esperamos anhelantes para disfrutar de una época de renovación.

Pero estos no son los únicos pasos que surgen como la hierba nueva en estos días. Hay otros, con mayúscula, que inundan nuestras calles en las fechas de la Semana Santa. Los Pasos procesionales en los que se turnan Vírgenes Dolorosas, Verónicas y Magdalenas, Cristos en la Cruz, orando bajo los olivos, atados a la columna o repartiendo la Sagrada Cena, Cruces desnudas y solemnes nazarenos que se esconden bajo unos imponentes capirotes componiendo una sinfonía de color, ayudados por los sobrecogedores acordes de las Bandas formadas por niños y viejos, todos unidos y emocionados desfilando cada año con la misma o mayor ilusión que la primera vez.

A lo largo de mi vida he conocido muy diferentes Semanas Santas. Cuando era pequeña, en plena Dictadura, eran unos días tristes y lúgubres en los que no se escuchaba en la radio más que música sacra, y en los cines los estrenos y reestrenos eran todos de romanos. (Aún me gusta ver esas películas clásicas estos días, como una tradición: Ben-Hur, Espartaco, Quo Vadis...) A los niños nos compraban huevos de Pascua, que estaban forrados de papel brillante de colores y dentro traían un bombón: eran los precursores de los archiconocidos y disfrutados por nuestros hijos huevos Kinder. También nos regalaban carracas, un aparato un tanto rústico compuesto por una lengüeta que iba deslizándose por una rueda dentada al impulso del mango que teníamos que mover con energía. Al pasar por los dientes de la rueda, la lengüeta hacía un sonido característico: cracracracracrarrrrrrrrrr, que era el sonido de esos días. Estos aparatos, pero mucho más grandes, sustituían a las campanas en este tiempo de luto en las iglesias, que se recorrían haciendo estación y viendo los monumentos que se levantaban al Santísimo Sacramento. Y así vivíamos nuestra Semana Santa.
A mis padres les encantan las procesiones, así que durante mi infancia hice un auténtico periplo por toda la geografía española acompañándoles, cada año a una localidad famosa por sus desfiles. Visitamos Sevilla con mala suerte, pues diluvió todo el tiempo, tuvimos que ver los Pasos dentro de sus iglesias y casi sólo recuerdo de aquella vez mucho frío y humedad, y la subida a la Giralda. También fuimos a Murcia, donde los nazarenos reparten comida con alegria y la cara descubierta  a los amigos y a los forasteros. A Valladolid, donde las procesiones castellanas alcanzan su máximo nivel de seriedad, orden, colorido y belleza escultórica. Y a Cuenca, donde ví por primera vez la Procesión de Paz y Caridad del Jueves por la tarde, sin saber entonces que la vería tantas veces años después y se convertiría en mi preferida.

Hoy en día la Semana Santa es para casi todo el mundo una época de vacaciones que se aprovechan para descansar, cada uno como mejor puede o le parece: yendo a la playa, al pueblo de la familia, haciendo un viaje relámpago...pero aún hay gente a la que le gusta ir a su lugar de referencia, revivir las emociones que sintió siendo niño al paso de los desfiles, de los tambores, de los clarines, de los hachones que chorrean cera en los inmaculados guantes de los Hermanos Mayores que dirigen la Procesión con su alto estandarte, que pican en los adoquines haciendo un ruido sordo y penetrante para que el desfile se pare o prosiga.

Para mí, desde que comencé mi juventud y mi noviazgo, y después con mi ya marido y mis niños pequeños, la Semana Santa siempre ha significado Cuenca: una Cuenca primaveral en la que a veces nos recibía un sol radiante y otras (como aquella tarde de jueves en la Taberna de Pepe en que decidimos la fecha de nuestra boda ), la lluvia y el frío. Pero siempre, invariablemente, el amor de mi querida Carmen hecho torrijas, potaje, bacalao con tomate, ensaladilla rusa y chuletas de cordero, y de mi querido Bernardo, acompañándonos por las calles empinadas para alcanzar los mejores sitios desde los que ver las Procesiones. Mis hijos han vivido muchos años con sus abuelos rodeados de estas piedras altas e imponentes en cuyo tajo se yergue la ciudad, abrazada por dos ríos, el Júcar y el Huécar, más doméstico, que riega las calles adoquinadas y desde cuyo pretil se cayeron al agua los zapatitos de mi hija, que los vió alejarse confundida.

Desde mi casa, lejos hoy de allí, y después de varios años sin visitar esa ciudad en estas fechas, siento una tremenda emoción cuando me acuerdo de todas esas mañanas y tardes parada en la acera, esperando la llegada de una marea de colores vivos y puros: turquesas, morados, blancos, verdes, granates, negros, en mil combinaciones a cada cual más bella. Bernardo nos explica el significado de los Pasos, nos introduce y da el título de los himnos que va desgranando la Banda, que resonarán luego en nuestra cabeza. En la casa que huele a canela, desde debajo de las mantas, cuando la luz se filtra por la ventana cerrada, se oye claramente el reloj de Mangana dando las horas, y de fondo el rumor cada vez más fuerte de los tambores que llevan toda la madrugada sonando por las calles de piedra, y que nos dicen: levántate, corre, ven a nuestro encuentro! He visto mil veces los Pasos castellanos combinados con los tambores de la vecina Teruel en la Procesión más significativa de esa ciudad: Las Turbas, o Camino del Calvario, en la madrugada del viernes y también en la mañana: he visto el estruendo de los turbos morados hacerse silencio profundo al llegar a los Oblatos, escuchar el Miserere, y al final romper de nuevo en un trueno frenético que baja rodando Alfonso VIII. He visto bailar a San Juan con su capa verde al compas de los tambores y los clarines. He visto entrar en El Salvador a la Soledad con su palio acompañada del Himno Nacional y de los tambores que se rompen en el último furor de su emoción.

Cuánto siento hoy que este año las Turbas no hayan salido por la lluvia y mi hijo no haya podido ir con su abuelo y sus primos a ver ese desfile emocionante; cuánto siento no estar allí, escuchando los tambores al otro lado de la ventana.
Pero desde aquí lo recuerdo y lo revivo, y me prometo a mí misma mientras frío las torrijas que mi marido va rebozando en azúcar y canela, visitar mi querida Cuenca el próximo año, o el siguiente, y disimular las lágrimas cuando vea esas imágenes talladas por el amor de un fervoroso creyente bajar por las calles estrechas y repletas de almas enardecidas por la emoción. 

martes, 26 de febrero de 2013

Los funcionarios geniales

Soy funcionaria de un gran Ayuntamiento español. Decir esto hoy en día tiene muchas connotaciones negativas para los demás y para nosotros mismos. Para los demás, porque nos ven como unos privilegiados que en épocas de vacas flacas seguimos teniendo horarios y sueldos de otros tiempos (a pesar de los inmensos bocados que nos están pegando). Para nosotros, a causa de esos mismos bocados que trastocan nuestra arcádica monotonía laboral y hacen tambalearse las patas del enorme mastodonte que es la Administración.
Lo soy, y nunca quise haberlo sido. Desde muy pequeña me horrorizaba el trabajo de oficina: me parecía gris y vulgar. En un principio mi intención era ser "escritora y periodista", y así se lo recitaba cursi a quien me preguntaba qué iba a ser de mayor. No sé si se lo creían...yo sí. Cuando llegó el momento de elegir, mi camino se truncó. No estudié periodismo, sino Historia Contemporánea. Me hubiera encantado dedicarme a la investigación, ser un ratón de biblioteca y archivo que fisga en los documentos que nos han dejado otros y buscar explicaciones inéditas para los grandes interrogantes de nuestro tiempo y el pasado. No pudo ser. Así que algo había que hacer para ganarse las lentejas y poder casarse y salir por fin del nido. (Sí, esto suena arcaico pero lo hemos vivido muchos...otra generación). Yo hubiera querido ser dependienta de una tienda de moda, o recepcionista en una clínica...nadie me quiso. Así que no tuve más remedio que enfrentarme a la que Ortega llamó "segunda Fiesta Nacional": las oposiciones.
Me parece tan injusto, tan sinsentido, tan fuera de la realidad este sistema anticuado y absurdo...un modo de encontrar trabajo en el que ni el esfuerzo ni la valía personal garantiza el conseguirlo; en el que no triúnfa el mejor para el puesto, sino el que aguanta más la presión y aprende a aprobar el examen. Hay que competir con miles de personas, todos metidos como borregos en unas naves inmensas en las que se pasa frío, calor, nervios y miedo, sentados en unas estúpidas sillas plegables a unas mesas ridículas que casi siempre cojean. Hay que esperar luego la benevolencia del Tribunal, (palabra que suena a todo lo más temible, como la Inquisición o la Justicia implacable que cae ciega sobre el inocente),  y sobre todo hay que esperar con paciencia las pocas noticias, siempre hurtadas y escondidas, que van llegando sobre cuándo habrá un resultado. Y si al final este es negativo, hay que reparar luego la autoestima destrozada y decidir si seguimos en el empeño o no. En este proceso se van años. He visto personas desencantadas después de dejarse la juventud en una mesa de estudio y no lograr su objetivo, ir probando de Juez a Técnico, a Administrativo, hasta llegar a conseguir un puesto de Auxiliar. La injusticia de no poder encontrar directamente un trabajo sabiendo que se es perfectamente válido para ello sin pasar por este calvario, sólo por haber estudiado una carrera de letras, y no Económicas, o Derecho, es algo que nunca he digerido.
Este sufrimiento es el que enarbolan todos los que dicen a aquellos que nos critican por nuestros privilegios: "que hubiera hecho una oposición..." Como si la injusticia de la selección pudiera justificar nuestras muy especiales (hasta ahora) condiciones laborales. Ni lo uno ni lo otro: no creo en el modo de ingresar en la función pública ni creo que todo ese horror justifique que nos creamos superiores al resto de la población activa española. Tampoco creo en el modo en que funciona la Administración, en su anquilosamiento, en su falta de agilidad, en su excesiva burocracia, en la nula motivación de sus trabajadores, que no pretende en la mayor parte de los casos dar un servicio público, sino cumplir el horario con justeza y salir pitando a casa.
No voy a ponerme estupenda y decir que no me alegro de tener un horario cómodo, un montón de días libres (ahora ya no), vacaciones para repartir a lo largo del año, un trabajo "relativamente" relajado...y la seguridad (al menos por ahora) de no perderlo, y además estar bien pagada por todo ello. Pues claro que me parece muy bien. Ya que he llegado hasta aquí asumo el modelo, porque cambiarlo es muy difícil salvo en el propio trabajo de cada día, intentando hacerlo lo mejor posible, eso siempre, y siendo honesta conmigo misma y con los demás, jefes y compañeros. No está en mi mano reformar la estructura de la Administración, eliminar cargos políticos para que la imparcialidad que da sentido y origen a la función pública se mantenga intacto y repartir los medios para optimizar los resultados. Eso depende de otras personas con mucho más poder e influencia que yo.
La especial idiosincrasia del trabajo de los funcionarios, sin embargo, es muy positiva en otros aspectos. Y a esto me quiero referir. Porque precisamente la flexibilidad de horarios y las tardes libres nos permiten, a quienes no nos dedicarmos a este oficio de forma vocacional, aunque lo hagamos dignamente (de todo hay en la viña del señor, y conozco algunos funcionarios que disfrutan con su trabajo y se sienten muy realizados con él; tienen mi respeto) tener otra vida, la real, la que de verdad nos ocupa, nos llena y nos interesa. Es ahí donde a veces surge la genialidad.
Estos últimos días he sido testigo de ello. Una compañera nos ha mostrado su trabajo, un precioso trabajo artesano,  hecho a mano y con todo el amor posible. Unos objetos maravillosos, perfectos, únicos... primorosos, como los que añoraba en otra entrada de este blog ("Lo bien hecho bien parece") Me pregunto, y pregunto a mi compañera, pero ¿tú qué haces aquí, cuando tu sitio está al lado del costurero? Deberías dedicarte sólo a esto...Y luego reflexiono y me doy cuenta de que detrás de muchos de nosotros late otra persona diferente a la que vemos cada mañana: creativa, llena de intereses y de posibilidades...En alguna ocasión, esta vis cobra potencia y rompe el molde rígido de la función pública, y así han surgido portentos como Almodóvar o Muñoz Molina, que seguían ocupando su puesto administrativo mientras desarrollaban esa otra faceta que  al final y definitivamente ha ocupado el lugar que merecía. En estos ejemplos gigantescos pienso mientras robo minutos a mi otra tarea, la de madre, que me ocupa casi toda la tarde y parte de la noche, para escribir en este blog que leen cuatro gatos y mandar correos a todas las editoriales que se me van ocurriendo ofreciéndoles mis trabajos.
Me encantaría que mi amiga pudiera hacer sólo lo que le gusta, que pudiera expresar su fantástico sentido estético, su sensibilidad, todo lo que siente, a través de sus pequeños animalitos decorados. Como me parecería estupendo que otra de nuestras compañeras pudiera dedicarse a grabar discos y dejar que todo el mundo conozca su preciosa y  afinadísima voz. Como me gustaría poderme dedicar yo misma  a lo que toda la vida he querido hacer, abandoné durante un tiempo y ahora he retomado con brío y con ilusión: escribir. Me gustaría que hubiera cada vez más casos de "funcionarios geniales": aquellos que se atreven a romper el molde, que salen del armario de la Administración y se reconocen a ellos mismos como seres especiales, paso previo para que todo el mundo les reconozca también su valía, y por fín puedan mostrar lo que llevan dentro.
Pero aún me gustaría mucho más otra cosa: que no hubiera que dar un paso atrás para luego adelantarse; que no fuera necesario encerrarse con expedientes para luego salir a la vida real; que cada uno pudiera dedicarse a lo que de verdad le importa, y convertir su "afán (con el sentido que Landero da a la palabra en su primera novela y que le persigue en todas) en su profesión, en su medio de vida; ganarse la vida con lo que de verdad es "lo nuestro", lo propio e intrínseco de cada uno.

(Va por tí, Raquel).
 

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