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domingo, 3 de febrero de 2013

A través de la ventana


Para nadie resulta agradable estar en un Hospital. Si es como enfermo, uno está deseando que le quiten los tubos y los botes y salir corriendo para casa donde poder comer algo razonable y dormir sin que una horda de enfermeras interrumpa su sueño cada dos por tres. Si lo que hacemos es acompañar y cuidar a un familiar, la tarea es agotadora, a veces (contradictoriamente) por lo inactiva. Cuando ya se han terminado todas las faenas matutinas y el paciente está tranquilo no hay mucho en qué entretenerse, salvo en darle conversación, pero quizá quiera dormir o esté desanimado o preocupado y no le apetezca hablar de nada. Entonces se generan enormes vacíos en los que el tiempo parece detenerse y uno espera la hora de la merienda como un gran acontecimiento.

En esos momentos siempre nos queda el recurso de las ventanas. (Tengo que reconocer que desde muy pequeña ejercen sobre mí una enorme fascinación, y podría estar las horas muertas mirando a través de ellas cómo el mundo transcurre y se agita). A lo largo de mi vida he mirado por numerosas ventanas de Hospital. Algunas daban a patios sin grandes movimientos, simples zonas de paso entre edificios contiguos, pero aún así interesantes, porque se puede indagar sobre lo que en ellos se almacena, contemplar los tejados, las chimeneas o los sótanos de la maquinaria, o ver cristales brillantes a lo lejos, lugares habitados por otras personas con vidas tan simples o complejas como las nuestras. En una ocasión tuve frente a mí la azotea de un Colegio Mayor, donde los estudiantes jugaban al baloncesto casi siempre a la misma hora, y eso me hacía pensar en las rutinas de unos jóvenes dedicados en cuerpo y alma a la creación de su propia  identidad.

Estas últimas semanas he tenido como compañera a una ventana muy grande, una puerta de balcón, más bien, que daba a una tranquila calle dentro de un barrio muy céntrico y lleno de vida. Por la noche, cuando ya las enfermeras habían hecho la última ronda y no volverían a interrumpir hasta la madrugada, el recuadro de luz que se filtraba de la calle me acompañaba en el duermevela. Me gustaba antes de ocupar mi provisional cama de centinela comprobar la quietud de las aceras, el cierre echado de las tiendas, la ausencia de tráfico, la luz artificial en las salas apenas veladas por visillos ligeros, adivinando una familia, un anciano, una tele encendida, niños jugando, alguien que remolonea antes de ir a dormir. Aunque la habitación no estaba en una planta muy alta, las casas de ese barrio antiguo y tradicional tienen una dimensión razonable, por lo que podía ver los tejados, las buhardillas parecidas a las mansardas que veíamos este verano por todo París. De noche, cuando el Hospital se disponía a dormir, me consolaba en mi angustia esa quietud transitoria, de tarea finalizada, que trascendía de la calle silenciosa. Luego, durante los frecuentes desvelos nocturnos, la luminosidad que remarcaba la ventana me acompañaba y hacía más llevaderas las largas horas de vigilancia.
Por el balcón, con su persiana levantada, me llegaba la primera luz del alba, y con ella el aviso de que pronto las enfermeras irrumpirían con sus aparatos en la habitación dormida, anunciando un nuevo día en que seguir luchando por recuperar la salud deteriorada. Entonces, mientras mi madre dormitaba más tranquila con su medicación recién puesta, me gustaba mirar hacia fuera, hacia la vida que se agitaba en la calle. (Tuvimos la gran suerte de que nos asignaran un cuarto que da al sur, así que el sol nacía por un extremo y se ponía por el otro, siempre acariciando las sábanas blancas y limpias como lienzos). No sé porqué desconocida razón me emocionaba la aurora, con los rayos del sol deshaciendo la bruma matutina tras los edificios de color pastel. Todo parecía recién puesto, como un regalo nuevo de la vida para los que estábamos en esa casa tan llena de melancolía y dolor. Y entonces surgía el bullicio de los portales: la cafetería abría sus puertas y pronto algunos madrugadores entraban a desayunar; la portera de la casa de enfrente barría una y otra vez la acera, tenazmente, como si su única misión en la vida fuera mantener esas cuantas baldosas libres de polvo y residuos. Se veía a niños de la mano de sus padres con la mochila colgada a la espalda dirigiéndose al colegio, y a otros mayores y solos, también con mochilas, quizá de camino al instituto o la Universidad. La tienda de juguetes aún no había abierto, y a esa hora temprana no había tráfico, ni ruido apenas; sólo el de las personas que se apresuraban a sus trabajos seguramente lejos de allí. Al fondo, calle abajo, se vislumbraba en una gran avenida el tráfago denso del latido de la ciudad.

En este breve espacio de calle que nos pertenecía por un tiempo limitado a los huéspedes de la habitación de Hospital había muchas cosas, como ya he enumerado; pero había algo más, algo inusual por lo escaso en estos tiempos: un campanario que a cada rato nos avisaba de la hora. Hay personas a las que les incomoda y pone nerviosas el oir los compases de un reloj. Pues aquí se habrían descompuesto, porque este campanario, que pertenece a una iglesia que forma parte del propio complejo hospitalario, da los cuartos, la media, los tres cuartos y la hora, y luego una por una las campanadas que correspondan. Pero además, al mediodía, celebra el ángelus con un repique jubiloso y lleno de orgullo. Para alguien podría haber sido molesto tanto tintineo; para mí era una delicia el alegre sonido de las horas transcurridas.

Afortunadamente no he podido disfrutar de la cotidianeidad de esa calle durante mucho tiempo; nos íbamos turnando para descansar (qué dulce es la rutina que de costumbre tanto nos pesa cuando podemos volver a ella haciendo un paréntesis dentro de la subversión que supone en nuestra vida un acontecimiento repentino y amargo como es la enfermedad), y además pronto volvimos a casa. Pero me llevo en el recuerdo algo hermoso, y quiero verlo así: hasta en las situaciones más tristes hay siempre algún detalle que nos toca el alma, que nos consuela el espíritu, como esos cristales relucientes bajo los recién nacidos rayos del sol.
 

sábado, 19 de enero de 2013

Recogiendo los bártulos

Se acabó la Navidad. Estoy saturada de roscón con nata y con cierto cargo de conciencia y bastante fastidio por haber recuperado casi todos los kilos que milagrosamente había ido perdiendo durante el otoño. Pero también contenta, pues las fiestas han sido tranquilas y familiares y los Reyes como siempre han acertado.
Y llega el día ocho, y hay que volver al trabajo. (El siete ha sido fiesta para todos, no solo para los niños; pero no he ido de rebajas como acostumbro...¿cuándo sacaré un rato para ir de compras, este año que no tenemos apenas días libres para emplear en nosotros mismos?) Parece que con los tiempos que corren fuera un delito o un agravio hacia aquellos que tienen la desgracia de estar en su casa a la fuerza; pero qué caramba, da una pereza tremenda volver a madrugar, llegar a la mesa y pensar "tengo que estar aquí sentada hasta las tres y media, organizando la documentación que entra, la que sale, revisando papeles e informes, colocando expedientes, pensando en cómo compaginar el trabajo que hay pendiente con el nuevo y si podrá estar todo a su tiempo según el calendario previsto". ¡Uf! Con lo agusto que he estado yo en mi casa, sin hacer nada especial, pero con el pequeño regocijo de estar a mi aire, entrando y saliendo cuando quiero, disfrutando de mi gente, viendo pelis, leyendo, escribiendo... y sin que suene la odiosa alarma del móvil a las seis y media de la mañana. Vagueando un poco después de comer o a primera hora, acostándome tarde, y también disfrutando de la ciudad como si fuera una turista más, mientras otros están atareados en sus quehaceres cotidianos, y las calles y los edificios aparecen a la vista como si fueran nuevos, recién descubiertos, fijándonos en los detalles que normalmente pasan desapercibidos por la prisa: una placa conmemorativa, un letrero con información interesante, o una tienda antigua de libros, o un bar con buena pinta...caminar mirando al cielo radiante o a la noche iluminada por las luces navideñas, mirar con susto la  multitud que nos aguarda cuesta abajo y perderse luego en ella y dejarse llevar por ella hacia donde todos vamos.
Pero pasa la primera mañana, y ya es la hora de irse; y así una y otra hasta que de repente ya es viernes, y al final no ha sido tan tremendo, tan gris y tan triste como parecía el primer día: esta rutina forma parte de mi vida, de la normalidad cotidiana.
Y así empieza también la temporada en la que el fin de semana se convierte en un auténtico acontecimiento, los únicos días de asueto en los largos meses del invierno sin ninguna fiesta que haga más llevaderas las jornadas de trabajo.
Cuando llego a casa el viernes, ¡no quiero ni pienso hacer nada! Qué maravillosa sensación la de poder sentarse en un sillón a leer, a dejar que la tarde transcurra lentamente mientras se va haciendo de noche (cada vez más tarde a partir de ahora) con una taza de café al lado, contemplando las idas y venidas de los chicos que andan atareados o distraídos con sus cosas, hasta que llega la hora de la cena y de reunirse todos para charlar, para contarnos nuestras anécdotas o los pésimos chistes de mi hijo, que de tan malos hay que reírse. Estrenamos la noche como si fuera la primera o la única, y miramos el despertador con una pícara sonrisa de venganza: ah, mañana tú no sonarás!
Y resulta que al día siguiente el cielo es azul, y la ciudad está limpia, y cuando sales a la calle para dar un paseo el aire te acaricia la cara y aunque hace frío es como si una gasa limpia y fresca borrara de nuestra mente los problemas y la pereza.
Y parece que un simple sábado es un día especial, un día como los primeros días en que no trabajaste cuado empezaste a trabajar, un día que duraba como tres y que sabía como cien.
No obstante, hay que ocuparse también de una tarea pendiente, que nunca debe retrasarse mucho tiempo o cada día que pase dará más pereza: guardar los trastos de Navidad. Desmontar el Belén envolviendo cada figurita de barro en el papel de periódico  que después de tantos años ya está suave y maleable, y en el que se leen noticias ya olvidadas como un libro de Historia; desprender las bolas doradas del árbol que al final va a acabar en la basura, pues cada temporada se desprende una de las ramas y ya no tiene remedio (habrá que acordarse el año que viene de comprar uno nuevo); descolgar el calcetín de Papá Noel y guardar las velas especiales rodeadas de adornos brillantes.
Y mientras envuelvo una de las figuras cuidadosamente, de pronto me asalta un pensamiento que me ronda ya todas las Navidades: cuando el diciembre próximo volvamos a sacar estos bártulos de sus cajas, ¿qué habrá sido de nosotros? ¿faltará alguien? ¿qué nos depara el destino en estos doce larguísimos meses? Los adornos siempre nos reciben igual, no han cambiado de un año a otro, permanecen intactos e imperturbables. Pero nosotros somos mudables, nos salen arrugas, engordamos, adelgazamos, cambiamos de peinado y de gafas, enfermamos, nos deslizamos por las pendientes del desastre o recibimos novedades sorprendentes y gratas que dan un giro a nuestra vida.
Pero no quiero saberlo, no quiero adelantarme a lo que tenga que vivir. Las próximas Navidades llegarán pase lo que pase, y nosotros las recibiremos tal como nos encontremos entonces.
Después de este pequeño ataque de melancolía, me atrapa un furor de renovación. Recoloco los adornos habituales del salón para darle otro aire, y encuentro que tengo más sitio del que pensaba; me meto a saco en el cuarto de mi hijo y entre los dos hacemos una tremenda batida ayudados por una enorme bolsa de basura y un clásico trapo del polvo: los libros que parecían no tener acomodo en la estantería han quedado perfectos, y la habitación está preciosa, acogedora, risueña, lista para que su dueño viva en ella y la disfrute.
Entonces miro mi casa de arriba abajo y me parece también que la estreno: aunque es la misma, aunque los objetos no han cambiado, es nueva, como el fín de semana; y me parece adecuada, suficiente, agradable; me reconcilio con sus paredes de goma que se adaptan a múltiples usos (escritorio, comedor, sala para recibir visitas, salón para recibir múltiples celebraciones familiares) sólo con mover un sillón y un par de trastos; y me dispongo así a comenzar un nuevo año, con la esperanza de que sea propicio, y en la alegría de disfrutar de lo cotidiano.

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