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jueves, 30 de agosto de 2018

Calor, en cuerpo y alma

Agosto. Ya llevamos dos meses de caluroso verano (tautología repetida hasta la saciedad); eso, porque el mes de junio fue lluvioso y más bien fresco... si no, hubieran sido tres. Pero a estas alturas seguimos instalados en los treinta y tantos grados, (que tampoco estamos a cuarenta), lo que me permite escribir esta entrada que debería haberse publicado en julio... no tengo remedio. (Perdón, fieles lectores). Como casi cada año, para hacer una loa al calor. Y es que no soy la única que considera que el calor es sinónimo de algunas emociones intensamente positivas.
El verano pasado (desde entonces vengo alargando este artículo; qué manera de procrastinar...) leí en el periódico la columna de una mujer cuyas opiniones normalmente comparto, y que además siempre utiliza un cierto deje humorístico que me encanta. Se llama Luz Sánchez Mellado. En ella asociaba la estación que ya empezaba a llegar a nuestras vidas (era junio) con la pasión sentimental, a cuento de que una escritora famosa se había declarado recién enamorada a una edad provecta: "algo, o alguien, te hace entrar en calor aunque hiele fuera (...) Ese calor, ese anhelo, ese abandono. Que nos exciten los sentidos, que nos llenen los huecos, que nos acaricien el lomo. (...) ¿Soy yo, o ya huele a verano?"  Cuando lo leí, pensé enseguida: una más de mi club. Para ella el verano (y por ende el calor) es sinónimo de bienestar, de plenitud sentimental, de exaltación de los sentidos. Asocia esa sensación térmica al confort emocional.
Fueron pasando los meses y por pereza o falta de tiempo no hice aquí la reflexión que me había sugerido ese artículo, aunque lo tenía bien guardado en mi recámara. Y de pronto me encuentro en Semana Santa, escuchando el sermón de la Misa de Jueves Santo. Un sacerdote joven comienza a pasearse arriba y abajo por el pasillo central de la iglesia (algo que yo no había visto antes; voy rara vez a Misa) y a explicarnos cuál es su visión del supuesto "infierno". Y nos dice que para él, como para muchos otros a lo largo de la Historia, ese espacio consagrado al padecimiento de todos los males no está hecho de fuego, sino todo lo contrario. Es un lugar helado, como el infierno de Dante (y añado yo, como el Polo de Mary Shelley en Frankenstein o de Poe en Arthur Gordon Pym). ¿Por qué? Porque la mayor desgracia es no albergar calor en el corazón. Que el corazón esté frío. Que no tenga el calor del amor hacia los demás y del amor recibido. Que sea insensible, rígido e inconmovible como un témpano. El infierno es la falta de amor, la falta de calor. El frío insoportable.
 
Dos profesiones distintas, dos maneras opuestas de ver el mundo: una apegada a los sentidos y otra apelando a la espiritualidad. Ambas, coincidiendo en asociar el calor al bienestar físico y emocional.
 
 
Me apunto a esta estela cálida y propongo encender una llama. Una llama de sensualidad y una llama de emocionado amor por lo que me rodea. Un rescoldo que mantenga mi espíritu en comunión con lo bueno que hay en los demás. El calor de los sentimientos más excelsos y generosos. La llama de la pasión por la vida.
 
¿Hace calor? ¡Disfrutémoslo!
 

lunes, 18 de junio de 2018

La Feria de las Vanidades

Otra vez primavera, otra vez lloviendo, otra vez llega la Feria del Libro de Madrid: tres acontecimientos que siempre suceden juntos. 
El año pasado por estas fechas acudí a la Feria con mi hijo, absoluto fan de Lorenzo Silva, en una mañana bastante calurosa. El quería que el autor le firmase los ejemplares de varias de sus novelas que ya tenía él releídos, y comprar la última para seguir los avatares del famoso Bevilacqua. Y nos presentamos en la caseta mucho antes de la hora fijada para la firma. Muy amables, los responsables nos ofrecieron un par de banquetas y nos colocaron detrás, a la sombra de los árboles, en la zona ajardinada que bordea el Paseo de Coches. Allí se fue formando una fila considerable de personas que esperaban igual que nosotros a que llegara el escritor. Por fin apareció puntual y se acomodó dentro de la caseta para ir recibiendo a sus lectores. Así que todos los que estábamos en la parte posterior dimos la vuelta y nos colocamos frente a él, ya esperando poder saludarle: mi hijo el primero. Y de repente aparece un energúmeno que a base de empujones lo retira a un lado y se dirige al autor. No pude remediarlo: monté un escándalo. (No soy yo de las que suelo protestar por estas cosas, pero me pareció tan mal educado y tan caradura el tipo...) Y al final para nada... Lorenzo Silva miraba el espectáculo con cara de resignación, mi hijo estaba abochornado y yo procuré apartarme y dejar que el pobre muchacho charlara tranquilamente con su ídolo mientras a mí se me pasaba el calentón. La consecuencia es que al final no compramos el libro allí, porque yo, que era la que manejaba el tema económico, no quería acercarme de nuevo. Lo conseguimos después en una librería del barrio.
Por fin mi hijo se despidió del escritor y vino hacia donde yo lo esperaba, un tanto mosqueado por lo sucedido pero contento con sus libros firmados. Y con la tarea cumplida, nos dimos una vuelta por el resto de la Feria, a ver qué nos encontrábamos.
Y nos encontramos con un panorama variopinto:
Muchísima gente haciendo cola para que les firmaran ejemplares de los títulos más peregrinos (por ejemplo, libros del programa "Master Chef" -si, ya sé, ya sé que le tengo mucha manía);  personas desconocidas para mi, pero presumiblemente famosas, alrededor de las que se arremolinaba una enorme afluencia de público; montones de adolescentes haciendo cola para ver a autores que escriben única y exclusivamente para consumo adolescente; casi los mismos libros en los expositores de casi todas las casetas...pocas "joyitas" de las que a mí me gusta encontrarme.
No recuerdo que compré ese día. Quizá nada. La verdad es que volví a casa con la sensación de que me habían estado tomando el pelo. Que esa Feria era un invento consumista más de los que nos rodean hoy en día. Que pocos de los que estábamos allí nos tomábamos la cultura en general, y la lectura en particular, en serio, y como algo inmanente a la persona, no como un producto de usar y tirar. Que todo aquello era un circo montado para vender lo más posible, y en consecuencia, para vender lo que se anuncia, lo que se promociona, lo que está de moda...no para sacar a la luz a los clásicos, esos libros que uno debería leer y no ha comprado aún, o de los que en algún momento ha tenido referencias y se han quedado ahí pendientes, dando vueltas en la memoria o apuntados en algún papelito amarillo dentro del bolso.
Cuando llegué a casa me propuse hacer una entrada en este blog sobre el tema. Estaba muy decepcionada y también enfadada. Pero como siempre, por falta de tiempo lo fui dejando y cuando quise retomarlo ya no venía al caso...lo hago ahora, un año después, y de nuevo indignada. Entro a ver la página web de la Feria para curiosear y me encuentro con un listado (poco intuitivo y nada manejable) de autores que van a firmar estos días. En él se indica claramente qué titulo firmará cada día el autor indicado. Además, habrá un sistema de espera por turnos (como en el supermercado)
¡Qué título! O sea, que si tu pasas por allí de casualidad y no compras o llevas ese ejemplar, mejor ni te acerques. Y si no tienes intención de que te firmen nada, solo de saludar, ya ni sueñes con esperar a que te toque tu numerito. Afortunadamente, en el listado de marras había algunos autores para los que se indicaba que firmarían tal título "y el resto de su obra", o bien "toda su obra". Menos mal. Aun queda algo de dignidad en los escritores serios. Supongo que la mayoría no tendrían inconveniente en que sus lectores se acercaran simplemente a saludarlos. Como no he ido por allí, no sé si las editoriales habrán puesto algún servicio de control para inspeccionar si la gente que se acerca lleva el ejemplar indicado o se va de rositas...
En fin, este año no iré a la Feria. Prefiero pensar qué me apetece leer y acercarme a la librería del barrio, encargar los ejemplares y llevármelos a la playa, en papel por supuesto, para comprobar cómo se abarquillan con la humedad del mar. Y luego traerlos de vuelta a casa con el recuerdo de haberlos estado leyendo tumbada en la arena.


 

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