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martes, 2 de mayo de 2017

Quererse

El mes pasado fui a un concierto de polifonía programado con motivo de la Semana Santa. La hora era la más bonita posible, el atardecer: esa hora mágica en la que todo parece levitar y buscar lo sublime. El lugar, apropiado: una iglesia sencilla pero recogida y arreglada para el caso. La luz iba atenuándose y el sol poniente doraba las vidrieras del ábside. El lugar donde los cantantes construían su homenaje místico estaba remarcado por una fila de velas. Allí, sentada en el banco de madera, la música de Tomás Luis de Victoria me llevaba a otro lugar, más alto, más libre y puro. Y en esos momentos de exaltación me dejé arrastrar por la emoción total de las voces que se cruzaban como los hilos de un encaje y pensé, qué suerte tener la consciencia y la suerte de poder amar. De poder entregar y recibir amor.
Unos días antes había estado reflexionando sobre las personas que continuamente hablan con desprecio de aquellos que, se supone, forman parte de su vida porque en un momento determinado así lo decidieron. Pero ha pasado tiempo y ahora son una molestia, una piedra en el zapato, un estorbo. O así lo hacen ver a quienes les escuchan. Es posible que sea una pose, cierta manía de despreciar lo que se tiene. En algunos casos será realmente así; el amor se habrá acabado, ya no quedará nada de lo primero. Pero muchas veces es simplemente una forma de quejarse, sin reflexionar sinceramente sobre lo que se siente en realidad por la persona a la que se está minusvalorando, maltratando, con esa forma de referirse a ella. Seguramente, si el que se conduce así se viera de repente privado de la compañía de ese otro a quien critica no sabría qué hacer y se daría cuenta de cuánta parte de su vida está llenando esa persona a la que trata como un guiñapo.
Pero el problema es que desgraciadamente vivimos en un mundo en el que la gente no sabe quererse. Me refiero a querer a la persona que tiene al lado. Y aunque pueda resultar repetitiva, me apetece comentar este tema; porque ya hablé del amor como fuerza para vivir, pero ahora quiero hablar de la necesidad de saber amar.
Cuando una persona determina aceptar a otra como su pareja lo hace convencida de que le conviene, en el sentido más amplio de la palabra. Sus cualidades se ajustan a lo que espera de alguien con quien compartir la vida, y sus defectos (que siempre los hay) no son tan terribles como para que no merezca la pena soportarlos. (No estoy hablando de la pasión o el enamoramiento, eso es algo que se da por añadidura). Y así se comienza a construir un lazo, una complicidad que hace felices a las dos partes, porque uno encuentra en el otro su hogar, el sitio en que sentirse seguro, protegido, comprendido, apreciado, valorado, apoyado, acompañado. Pero el devenir de la pequeña historia personal es árido a menudo, complicado, ingrato. Hay muchas circunstancias que rodean esa unión que ha comenzado con todas las garantías posibles. Y la mayoría no son precisamente propicias para que dure y se haga sólida y fuerte. Hay muchos estímulos que distraen, muchas obligaciones que agotan, muchas preocupaciones que entristecen o enojan, mil temas en que dispersarse y que nos van alejando de aquel sentimiento inicial que nos movió hacia el otro. Y también intereses individuales, no compartidos, que tiran de cada uno hacia lados distintos. Probablemente al principio no nos demos cuenta; un día detrás de otro se posponen los encuentros, las conversaciones, las risas. Pensamos, ya llegará mañana y entonces podrá ser. Pero mañana se convierte en pasado, y pasado en casi nunca. Y de repente, ambos miembros de la pareja se dan cuenta de que el otro es un extraño, que lo que se compartía ha desaparecido. Ya no importa tanto como antes la otra persona. Ahora es un elemento indeseado que se ha colado en nuestra vida y que resulta molesto. Primero se le critica, a veces con crueldad; al final se le detesta. Y acaba la relación. Y llega la soledad. Porque el lugar donde encajaba nuestra vida ya no está.
Por eso pienso que aunque a veces sea difícil y duro hay que saber quererse. Recordar cada día lo bueno e intentar mejorar lo que no resulta del todo bien. Reflexionar sobre lo que nos ofrece el otro. A todos a veces nos gustaría revivir momentos pasados, una pasión ahora algo doméstica, la emoción de encontrarse en un andén. ¿Pero porqué no plantearse hacerlo con aquel que sabe qué necesitamos de verdad? Mirar a la otra persona a los ojos y buscar allí todo lo que vimos entonces. Probablemente haya cambiado, habrá cosas nuevas y otras ya no estarán. Pero antes de tirar ese amor a la basura, mejor comprobar si sigue siendo necesario, si nos sigue dando calor. Si podemos refugiarnos en ese hogar o si las paredes han volado y no queda nada.

Esta perorata, que más bien parece un sermón de misa, es el resultado de observar a mi alrededor a tantas personas que están solas, simplemente porque no supieron hacer el esfuerzo de seguir... qué triste me parece...y aunque muchas veces pienso egoístamente que me tiene que dar igual, que si yo tengo la suerte de vivir en compañía, los demás que vivan como quieran, no me resisto a convertir este blog (cuyo eco, por poco visitado, es por lo demás mínimo) en un altavoz de mis pensamientos y en un grano de arena minúsculo para que alguien en algún lugar se pare a pensar sobre sus sentimientos antes de darse por vencido.
Porque no hay nada más maravilloso en el mundo que sentirse querido y tener a alguien a quien querer.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Querer ser Demelza

Últimamente estoy abducida por las series que me ofrece el canal de televisión que pago junto con el teléfono e internet. Reconozco que me resulta muy reconfortante sentarme una horita después de comer o de cenar (depende de las obligaciones) con mi infusión o mi café y dejar que me cuenten una historia entretenida. Preferiblemente bonita de ver, bien ambientada, con protagonistas guapos y a los que les ocurran un montón de peripecias con final feliz. Vamos, el estereotipo de la "peli de chicas". Sin embargo, mi adicción comenzó con la compra en DVD de la primera temporada de Mad men, serie unisex donde las haya, de la que había oído hablar muchísimo y por la que sentía curiosidad. Afortunadamente no sólo yo me enganché, y pude compartir con los míos el placer de contemplar esos personajes tan bien construidos, tan interesantes e irresistibles...y ver pasar ante mis ojos la historia de esos años convulsos del siglo XX que tanto me interesa. La verdad es que de la lista de todas las que llevo tragadas es sin duda la mejor, y su final insuperable. Aun así, me han encantado otras muchas, como Downton Abbey, Crematorio, Guerra y Paz...y por supuesto, Poldark.
 
Cuando vi la carátula de esta última en el catálogo de series disponibles me surgieron mil reticencias. No me decidía a probar. Uff, esos actores modernos...no tendrían comparación posible con los que yo amaba en mi infancia, cuando se estrenó en España la primera adaptación de las novelas de Winston Graham. Y seguro que ni la historia ni los paisajes le llegaban a la altura de la zapatilla...pero hete aquí que me acabé la última serie apetecible (de esas de café y modorra); y un día le di al play y comencé a verla. Y me encontré de nuevo con ellos: Poldark y Demelza.
He de decir que en contra de lo que yo temía, ambos actores son mucho más guapos que los antiguos (sobre todo Ross, el protagonista; en este caso el que se quita la camisa es el chico...para deleite de las espectadoras!), los paisajes son auténticos y maravillosos (aunque hay que reconocer que la Inglaterra que sale en las pelis es mucho menos lluviosa que la real) y la historia apasionante.  Así que de repente me he reencontrado con un mito de mi infancia que por casualidad ha resurgido y que ahora, con la distancia de los años, puedo comprender y reconocer. Ese mito no es otro que el personaje de Demelza.

En los años setenta yo era muy pequeña, pero no me perdía las series que ponían en la "normal" (la única otra cadena era el "guache-efe"), aunque fuera por la noche, mientras se cenaba o incluso después. Siempre me ha dado pereza irme a dormir y mis padres, aburridos ya de mandarme a la cama sin resultado, me dejaban quedarme viendo la tele. Así pude ser partícipe del gran éxito de Poldark. No sé muy bien si la historia era igual que la de la versión moderna, posiblemente si; después de tanto tiempo casi no la recordaba en absoluto. Solo esas costas abruptas y verdes y el maravilloso carácter de una mujer que se convirtió en mi modelo inmediatamente. Porque para mí, Demelza era el ejemplo a seguir: yo quería ser como ella, y todas las noches rogaba que cuando fuera mayor pudiera convertirme en una persona así. La palabra con que yo la definía era "encantadora". Una mujer agreste, pero con la sabiduría innata de cómo tratar a los demás, de cómo dar a cada uno lo que necesita. Todo el mundo quería a Demelza, que podía recoger en su casa a aristócratas y a mendigos tratándolos por igual y siempre con una sonrisa. No viene al caso ahora pensar si logré cumplir mi deseo; en un día como hoy, en el que se nos dedica públicamente a las mujeres algo de tiempo para reparar en nuestras carencias y nuestra situación todavía de desigualdad, lo que quiero es señalar cómo este personaje encarna todo lo que a mí me gusta de ser mujer.

En primer lugar, y como ya he dicho, es una persona libre que no se sujeta a las convenciones sociales. Aunque nace en una familia miserable, víctima de malos tratos y sin otras ropas que las que le quita a sus hermanos, protege al más débil (su perro) y le defiende ante personas "de más categoría" o poder que ella, sin importarle qué puedan decir.
Es una persona resuelta. Sabe lo que quiere y lo va a defender ante los demás. No se deja llevar por lo que los otros puedan decidir o preferir. Da el paso y no espera a que llegue lo que desea: lucha por ello y lo consigue.
Es una persona trabajadora. Su buena disposición y ganas de aprender ante las tareas más duras le hará ganar la confianza y el respeto de los que van a ser en adelante sus criados y tendrán que considerarla su señora, aunque sea igual de humilde que ellos.
Es una persona amable y agradecida. Llega a un lugar en el que no se la quiere ni espera, pero con su forma de actuar se hace un hueco incluso entre los que la desprecian.
Es una persona sincera y honesta, que busca siempre la verdad y no esconde sus sentimientos ni sus opiniones. Los hace valer y brillar por su verdad y su integridad.
Tiene muchísima capacidad de amar. A su pareja, a sus hijos, a todos los que la rodean.
Es realista. No se engaña a sí misma para vivir más tranquila. Ante los reveses que le plantea la vida no se pone una venda en los ojos: afronta la verdad, la asume y toma sus decisiones en consecuencia.
Es leal. No cambia sus afectos en función de intereses materiales sino que se mantiene firme apoyando la causa del más débil.
No es rencorosa, sino que sabe perdonar y fomentar la reconciliación entre los agraviados.
En fín, es buena. Por encima de su propia conveniencia, y anteponiendo el bien de los demás, llevará a cabo acciones que ayuden a otros a ser felices aunque a ella puedan traerle consecuencias negativas.

Todos estos adjetivos hacen de Demelza una persona tremendamente humana, imperfecta pero auténtica. Ahora soy capaz  de analizarlos y enumerarlos; cuando la conocí por primera vez sólo era capaz de intuirlos. Aún así, me cautivó hasta el punto de ser para mi un referente.
Creo que debería serlo para todas nosotras. Es muy difícil de conseguir, pero yo persisto en mi afán de acercarme aunque sea en parte a ese modelo. (El primer paso está dado: cada día soy más pelirroja...)

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