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domingo, 27 de noviembre de 2016

Un café en el ascensor

Las personas somos animales de costumbres; y si no lo somos, nos lo hacen ser los trabajos o las obligaciones, con sus horarios fijos y sistemáticos. Así que no es nada extraño que casi todas las mañanas me encuentre en el ascensor de casa con la misma gente. Claro, todos tenemos la hora ya cogida...(yo, la verdad, soy muy anárquica hasta en eso, y siempre varío minutos arriba o abajo; desde luego, conmigo no podrían poner los relojes en hora, como hacían con Kant cuando salía a pasear...se volverían locos!) El caso es que desde hace unas semanas coincido con una mujer joven con aspecto agradable y risueño, que aunque no me dice nada más que "hola" me cae bien.
El viernes pasado entramos en el ascensor mi hijo y yo, y como otras veces allí estaba ella. Pero tras el saludo de rigor, me fijé en que llevaba un vaso en la mano, con café con leche; un vaso grande de cristal, no de esos neoyorkinos tan modernos, sino el vaso de su menaje que había llenado con su café con leche casero. Así que le comenté, "vaya rollo madrugar, ¿eh?, no da tiempo ni a desayunar siquiera..." y ella me respondió: "no, a desayunar no; pero a poner una colada, tenderla, preparar la comida y organizar, sí...es lo que tiene tener niños..." y mirando a mi hijo, continúa, "pero claro, qué te voy a contar..." Yo le contesté sonriendo, "si, bueno, es otra etapa..." Y ella terminó diciendo: "Yo no sé quién nos ha engañado, y porqué nos hemos dejado engañar; mucho mejor estábamos cuando no teníamos que hacer doble trabajo". En esto, el ascensor llegó al portal y ella salió corriendo con su café en la mano. Yo me quedé pensando que esa frase (la última) ya la había escuchado de boca de alguna otra mujer...
Por la tarde toca compra. Entro en mi panadería favorita, donde lo que hago fundamentalmente, además de abastecer a los míos de dulces un poco menos insanos y a mí misma de panes integrales que me hago la ilusión de que no engordan, es charlar con la dependienta, con lo cual me tiro media hora para comprar unas rosquillas y una barra de pan. Hablamos de mil cosas, casi siempre de los hijos. La pobre Patricia me cuenta sus penas y la cantidad de cosas por hacer que le esperan cuando llega a casa, cansada de todo el día de pie detrás del mostrador. Y curiosamente, me vuelve a repetir lo mismo que mi vecina del café me dijo por la mañana: "no sé quién nos ha engañado. Mi madre vivía mucho mejor que yo; ella me lo dice continuamente".
Así que como este tema ya me venía rondando desde hace mucho tiempo la cabeza y lo tenía pendiente para comentarlo aquí, me pongo de deberes para el fin de semana reflexionar sobre ello. ¿Hemos salido perdiendo las mujeres al dejar atrás la división tradicional -neolítica- del trabajo y luchar por una distribución equitativa del mismo entre los hombres y nosotras?
Pensemos en cómo eran antes las cosas. Pero antes, hasta "hoy por la mañana"; es decir, hasta hace casi nada de tiempo, unos años escasos. Y desde tiempo inmemorial. Ya sabemos: los hombres iban a cazar en grupo y dejaban a las mujeres en la casa cuidando de los vástagos, recogiendo la mies y moliendo el grano para hacer tortas. Esto evolucionó y vinieron las batidoras, las lavadoras y los frigoríficos, y los hombres ya no salían de casa con una lanza sino con cartera o con el mono y las herramientas, o lo que en cada caso tocara. Esas mujeres de lavadora y nevera fueron nuestras madres, las mismas que nos acompañaban al cole (andando en la mayoría de los casos; vivíamos al lado), se iban luego al mercado, preparaban la comida, nos recogían del cole, volvían a llevarnos a la tarde, arreglaban la casa, nos buscaban de nuevo, se ponían a planchar o a coser, nos ayudaban en lo que podían con nuestras cosas, hacían la cena, saludaban al marido que volvía del trabajo, nos mandaban a la cama bien pronto, y luego seguían preparando cosas para el día siguiente. No parece muy entretenido...más bien parece bastante pesado! Y así todos los días...
Yo tuve ocasión de experimentar este tipo de vida cuando nació mi hijo pequeño. Me concedieron una excedencia de un año en el trabajo para cuidarlo personalmente durante ese tiempo. Al principio lo tomé con mucho entusiasmo, pero tengo que confesar que a los pocos meses estaba harta de que todos los días comenzaran igual: desayuno, lavadora, lavaplatos, paseo, comida...cuando llegaba mi marido tenía la sensación de que nada de lo que le contara podía interesarle. Sí, del niño por supuesto; pero el resto...así que no disfruté el año completo. Volví dos meses antes al rutinario trabajo de mi oficina, que cuando llegué me pareció el más apasionante del mundo, nunca lo hubiera creído!
¿Cuál es el problema, entonces, y por qué las mujeres nos sentimos tan agobiadas que miramos con nostalgia hacia atrás y añoramos la vida de nuestras madres? Porque el trabajo no se ha repartido, se ha doblado! Porque aunque parezca mentira, aún hoy, la mayoría de los hombres (no os creáis lo que os cuentan las demás; todos hacen lo mismo -salvo alguna honrosa excepción-) "ayudan" un poco, cada uno a su manera; pero no han asimilado que el trabajo de la casa, los niños, la organización, es tan suyo como nuestro. No comprenden que ya no existe esa "división del trabajo" neolítica: ahora todos hacemos de todo. O mejor dicho, nosotras hacemos de todo. Ellos hacen lo suyo y un poco de lo común. Sí, aún hoy.
Así que las mujeres llegamos a casa agotadas y tenemos que volver a fichar como en el anuncio de la tele, y cuando ellos llegan hacen alguna cosa...a su manera...pero si queda algo al final del día, si se ha olvidado lavar el uniforme, firmar la autorización en la agenda, recoger un abrigo tirado en el sofá, limpiar la cafetera...lo hacemos nosotras. Porque tenemos -deformación de siglos- el cuidado de los demás en los genes, y no podemos arrancárnoslo de repente, por más que nos repitamos: "pues el polvo se va a quedar ahí hasta que salgan champiñones encima del mueble...pues mañana va a ir el niño con el jersey resudado...pues los papeles del banco van a criar porque yo no pienso archivarlos...pues..." pues nada. Al final, vamos y lo hacemos.
Yo pensaba que esto era cosa de mujeres antiguas, vamos, de las de mi edad; pero compruebo con lástima que no, que a las jóvenes les sigue ocurriendo. Y por eso añoran los tiempos en que las mujeres sólo hacían un trabajo: el de casa.
Pero no nos engañemos, chicas. ¿Realmente os cambiaríais por ellas? Estoy segura de que no. Nosotras estamos mucho más aperreadas, eso es cierto; pero es necesario modificar las costumbres de nuestros compañeros para que no suceda y el reparto sea real. Y a cambio, y mientras logramos que les entre en la costumbre y en el pensamiento que tienen que darse cuenta cuando se acaba la leche o no les quedan calzoncillos en el cajón, ¿qué hemos conseguido nosotras? LIBERTAD.
Sí, libertad. Aunque tengamos un trabajo que no nos realiza nada; aunque vayamos todos los días renegando y deseando que ocurra un milagro y la oficina esté cerrada; aunque estemos hasta el gorro de los jefes/as; aunque un día sí y otro también tengamos que lidiar con los que se empeñan en hacernos la puñeta y los graciosillos de turno; aunque estemos mirando el reloj y contando los minutos que faltan para salir; aunque cuando llegan las vacaciones salgamos dando saltos y bailando la lambada. Porque a finales de mes a todas nos llega Santa Nómina, y con ella podemos ser independientes. No necesitamos que nadie nos mantenga. No necesitamos que nadie nos lleve a ningún sitio. Podemos hacer y deshacer porque somos partícipes del mantenimiento de la familia. Ya no tenemos que escuchar a nadie decirnos que no tenemos nada, que vivimos del sueldo del marido. Hemos alcanzado la mayoría de edad y no necesitamos tutela; somos mujeres por nosotras mismas, personas únicas, tenemos identidad propia. Salimos al mundo, damos nuestra opinión, participamos en todo lo que ocurre; formamos parte del devenir de los acontecimientos. Ya no estamos esperando en casa: salimos afuera, tomamos la iniciativa, somos activas y se nos tiene en cuenta.
(Quizá sean ellos los que de verdad están peor...como también he oído decir a alguno...ya no viven como el padre de los niños de Mary Poppins, al que le traían "las zapatillas y el jerez" cuando llegaba del Banco...)
¿Vamos pues a renunciar a todo eso por cansancio? Ni hablar. Lo que hay que hacer es seguir en la brecha, dale que te pego, hasta que consigamos cambiar la tendencia y equilibrar la balanza. Y todas esas cosas que cargamos en la espalda como una mochila pesadísima se repartan de verdad y podamos andar más ligeras, con una enorme sonrisa en la cara, de la mano de nuestros compañeros, libres e iguales frente al mundo. 
 
 
 
 

lunes, 17 de octubre de 2016

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura han decidido que se celebre siempre, a partir de este año, el primer lunes después del quince de octubre, día dedicado a Santa Teresa de Jesús. Qué bien escogida está la fecha, y qué grandísimo ejemplo en el que mirarse. Una mujer completa; escritora además de muchas otras cosas. Una mujer que escribió.
Y para sumarme a la idea quiero yo homenajear aquí también, no a las escritoras más o menos famosas, antiguas y modernas, que desde luego merecen más visibilidad y reconocimiento universal, y tantos premios de categoría como sus colegas masculinos; sino a todas las mujeres que simplemente escriben. Que han sido y son, a lo largo de los tiempos, la mayoría.
Creo sinceramente que las mujeres hemos estado siempre muy cerca del lápiz y el papel, de las letras, posiblemente porque no se nos daba una forma mejor o más pública de expresarnos, y escribir siempre ha sido una vía de escape para hacer fluir los sentimientos, las ideas, las reflexiones. Además, es una actividad pausada, de introspección y recogimiento, características que siempre se han atribuido al mundo femenino, supuestamente más hogareño y menos dinámico que el masculino, más expansivo y extrovertido. Así, la mayoría de las mujeres de todos los tiempos han plasmado en el papel lo que pensaban, lo que fabricaban o lo que sentían; mientras que los hombres en general se dedicaban a hacer la guerra, conquistar países, cazar...(me refiero, claro, a siglos pasados, en los que la mujer aún tenía reservado un papel doméstico). Por supuesto que había escritores maravillosos, pero eran unos pocos entre una enorme población masculina. En cambio, casi todas las mujeres que sabían hacerlo escribían, aunque prácticamente ninguna era conocida por su actividad literaria.
Nos encontramos así con una paradoja como la de los cocineros y cocineras, sastres y modistas, profesiones en las que los que brillan son unos cuantos hombres, mientras que casi todas las mujeres realizan esas tareas en sus casas pero muy pocas son reconocidas por ello.
¿Y qué escriben las mujeres?
Cartas. Escriben a sus hijos y maridos en la guerra, a sus amantes, a sus amigas, a sus madres o hermanas. En ellas reflejan su miedo, su añoranza, su pasión, o comentan la vida diaria, los cotilleos de su entorno, sus problemas familiares.
Recetas. Desde los libros de conjuros de las brujas, pasando por los consejos de belleza o de organización doméstica, hasta las maravillosas recetas de la Marquesa de Parabere (un auténtico tratado de sociología del siglo XX),
Diarios. ¿A qué niña pequeña no le han regalado uno? Es algo que siempre se hizo y siempre se hará. Es la versión casera de la consulta del psicólogo.
Listas. Hace poco leí en la revista Jot Down un artículo sobre el irresistible deseo de hacer listas, y cómo se pueden convertir en auténtica literatura. ¿Qué mujer no hace listas? La de la compra, la de las tareas pendientes, listas de invitados, listas de artículos domésticos que hay que reponer, listas de libros de las estanterías, listas de deseos inconfesables...!
Cuadernos de viaje. En el momento en que las mujeres comienzan a salir de su casa, aparecen los libros de viajes escritos por ellas. Cómo nos gusta detallar en el papel todo lo que vamos viendo, nuestras impresiones, nuestras anécdotas...!
Canciones. Con humor y alegría, con sentimiento, las mujeres inventan letras para una música pegadiza de fiesta, o para una tonada triste de despedida...
Cuentos. Estos muchas veces son transmitidos por la tradición oral, pero seguro que muchas mujeres los han escrito para sus hijos, para que no se perdieran con los años en el olvido...y se han inventado otras historias, o han cambiado las antiguas, escribiendo en el aire con su voz y sus gestos. 
Oraciones. Plegarias a los Santos, a la Virgen, pequeñas poesías surgidas del corazón y entregadas con la fe del que espera consuelo u ofrece su agradecimiento.
No es cualquier cosa la suma literaria de todos estos ejemplos. ¿Las autoras que los han creado son simplemente mujeres que escriben? Yo las llamaría con toda propiedad escritoras.
Incluso me atrevo a decir que muchas de ellas, si hubieran tenido apoyo, promoción, publicidad, se habrían convertido en famosas literatas, como los hombres de su época. E incluso más, estoy segura de que muchas mujeres desconocidas que hoy en día escriben para ellas o para su entorno son tan buenas escritoras como otras cuyas obras se venden como churros en las estanterías de los grandes almacenes.
Por eso, yo quiero hacer un homenaje hoy a las mujeres que escriben. Porque si aún las escritoras conocidas tienen menos oportunidades que los hombres, qué será de aquellas que lo hacen sin que nadie lo sepa.
Y por supuesto, aunque resulte vanidosa, también estoy hablando de mí. Siempre quise ser escritora, y a estas alturas de la vida me considero como tal, porque la escritura forma parte de mi vida. Aunque no haya publicado nunca nada. Sólo este blog, pero ya es mucho.

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