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jueves, 24 de septiembre de 2015

Ciclogénesis sensacionalista.

Estamos a las puertas del otoño. Como todos los años, dentro de unos días nos sorprenderá de pronto una tarde en la que el sol se habrá ido mucho antes de lo previsto, dejándonos en esa conocida semioscuridad nostálgica y de algún modo acogedora que anuncia el inminente encendido de las calefacciones. Las estaciones se suceden, en esta zona nuestra templada del globo: tenemos esa suerte. Y más en este clima mediterráneo, en que cada equinoccio y cada solsticio son tan distintos: lluvia, sol, frío, viento; el año meteorológico es cualquier cosa menos monótono. Lleva siendo así unos cuantos cientos, incluso miles de años. No me remonto a cientos de miles o millones, porque ya estaríamos hablando de glaciaciones, y la Prehistoria siempre se me dio fatal.
No voy a repetir en esta ocasión lo que ya comenté en la entrada "Quedarse o partir". Hoy me quiero centrar en los meteorólogos y la forma de comentar el tiempo y el clima que han adoptado, sobre todo, las cadenas de televisión.
Desde tiempo inmemorial (o sea, desde que tenemos datos históricos), los hombres hemos estado mirando el cielo. La economía mayoritariamente rural dependía de la lluvia: de su cantidad y su oportunidad. Debía llover lo justo y a su justo tiempo. De ahí los numerosísimos refranes que aluden al tiempo, que relacionan la actitud de los animales o el santoral con los fenómenos meteorológicos. El ir y venir de las aves marcaba el calendario agrícola, que a su vez condicionaba el de las fiestas populares e incluso las religiosas, que se adaptaron a aquellas. Los solsticios y equinoccios coincidían también con labores del campo y se realizaban homenajes a los astros para que fueran propicios a las cosechas. Las mareas, el sol, la luna, el viento, las nubes, el rayo, han acompañado a la Humanidad y a sus trajines a lo largo de la historia.
Hoy en día, además de que en zonas de secano se siga dependiendo del pedrisco o la sequía, seguimos interesados en el tiempo que va a hacer mañana. ¿Por qué? No sé, quizá es una rémora de viejos tiempos. O si somos más prosaicos, por la necesidad de sacar o no el coche o ponerse gabardina o sandalias, o ir a la playa o quedarse en casa en el puente de mayo o en Semana Santa. El caso es que de un modo u otro, las noticias sobre el tiempo nos apasionan.
Yo tengo que reconocer que en mi caso, y gracias a un profesor (Pilar, ¿te acuerdas de su nombre? ¡Cómo me ayudaste con esto!) insoportable y rigurosísimo que nos hizo dibujar miles de modelos de posibles acontecimientos atmosféricos de las diversas estaciones (tiempo estable de primavera, tiempo inestable de verano), pero que también nos enseñó a fondo las causas y los efectos del movimiento terrestre en las corrientes atmosféricas y oceánicas, cada vez que veo en la tele las isobaras reflejadas sobre el mapa, me quedo hipnotizada, tratando de proyectar lo poco que recuerdo para inmediatamente pontificar: mañana va a llover. Va a hacer viento. Va a hacer sol.
Pero este es mi caso, y no el de la inmensa mayoría de la población (sobre todo la de más edad) que se tragan el programa del tiempo como si fuera un culebrón. Y como las cadenas de televisión lo saben, compiten unas con otras en quién da el programa más largo, más didáctico, más divertido, más desenfadado, con la presentadora más mona, mejor vestida, o el presentador más cachas, o más formalito y aseado; en fin, todo un espectáculo.
Y después de tanto rodeo, a eso voy precisamente: el tiempo se ha convertido en un espectáculo, y además y lo que es peor, en una noticia sensacionalista de primera plana; y lo que es aún más terrible: en una noticia catastrofista.
No hay semana o mes en que no vaya a ocurrir algo tremendo: o tenemos una gigantesca ola de calor, o una ciclogénesis explosiva, o van a dispararse todas las alarmas por unos vientos huracanados, o la ola de frío va a paralizar nuestras vidas. Y la gente hace, más aún de lo normal (como si todos fuéramos británicos), del tiempo su tema principal de conversación, pero no como algo intrascendente, sino como algo que va a condicionar de forma radical su vida diaria.
Parto de la base de que soy muy friolera. Parto de la base de que soy un poco escéptica con la estadística. Pero a pesar de estas dos premisas y teniéndolas en cuenta, quiero analizar con un poco de sosiego todo este maremágnum informativo en que nos están envolviendo.
Según han dicho los "medios", este verano ha sido el más caluroso desde el momento en que se comenzaron a tomar datos científicos sobre las temperaturas. Bien; no tengo por qué no creérmelo. Objetivamente, en el mes de julio (ojo, de julio), ha hecho mucho calor. Ahora, pensemos. ¿Cuál es el mes más caluroso tradicionalmente de nuestro verano? Julio. Luego el calor sería lo normal; lo noticiable sería que hubiera hecho un frío polar. Recuerdo, hace muchos años,  un termómetro de esos que antes daban la hora y la temperatura por la calle marcando 43º C a las cuatro de la tarde en Madrid, y no estaba al sol. Recuerdo un verano en el que salía todas las noches a pasear porque hasta que se había ido el sol era imposible hacer ejercicio. (De esto hace poco). Recuerdo veraneos de mi infancia en que mi madre llevaba un paraguas de flores (qué bochorno, pero en este caso de vergüenza infantil) abierto por la calle, para que no nos achicharráramos camino de la piscina donde yo aprendí a nadar. No niego el calentamiento global; no niego que la tierra se resienta y el tiempo también. Pero, ¿de verdad hay que alarmar así a la población, o es simplemente que la gente se engancha a la tele para ver si vamos a sucumbir ya o nos van a dar una tregua y eso hace que las audiencias suban, con la consiguiente ganancia de los dueños de las emisoras?
Bien; ya estamos en septiembre. Como no podemos hablar de tremendas olas de calor, hay que inventar otro fenómeno; o mejor dicho, cambiarle el nombre por uno que suene más apocalíptico. Y así hemos pasado de nuestra vieja conocida la gota fría (cuya génesis tiene una lógica aplastante en una zona como la nuestra, precisamente por el mucho calor del verano que hace que se evapore gran cantidad de agua en nuestras costas, que al contacto con un aire frío y bajas presiones forma una ondulación en la circulación del aire que se cierra formando una "gota" y que deja caer torrencialmente todo ese vapor convertido en nuestras tremendas tormentas mediterráneas - que por previsibles, no comprendo aún cómo algún ingeniero ocurrente no ha inventado algún sistema para que todo ese caudal no sea dañino y además no se pierda, con la escasez que luego tenemos...-) al más sonoro y tremendista nombre de "ciclogénesis explosiva". Vamos, algo así como la bomba atómica de las tormentas de otoño. Y claro, todo el mundo ya asustadísimo, los ancianos sin atreverse a salir de casa, todo el mundo comprando botas de agua (mira, eso le viene bien a mi amiga la zapatera)...en fín, un despropósito.
Ahora me acaba de comentar una persona que ha oído que el otoño va a ser muy lluvioso y caluroso. Lo de la lluvia me parece lo normal. Que sea caluroso, pues supongo que significará que en vez de ponernos el abrigo gordo en noviembre nos lo pondremos en Navidades. Otoño, como primavera, son estaciones "de tránsito", en las que lo normal es "lo anormal", o sea, la inestabilidad. Tan pronto puede hacer frío, como calor, llover (más en otoño que en primavera) o hacer sol. Vamos, a ver quién ha tenido una boda en otoño y no se ha quebrado la cabeza pensando si se iba a poner abrigo o americana, y al final casi ha tenido bastante con un echarpe...

Por favor, normalidad. No tengo ganas de vivir asustada por el tiempo. Me iré adaptando a él como buenamente pueda. Si hace calor, disfrutaré de él (porque me gusta) y llevaré menos ropa. Si hace frío, intentaré disfrutarlo también (la verdad es que con el comienzo del curso casi apetece ya esa sensación de ir arrebujadito) debajo de una buena bufanda. Y sobre todo, disfrutaré de esos cambios que hacen que nuestro paisaje cotidiano sea cada día diferente: ver cómo las hojas se van poniendo amarillas, pisar la mullida alfombra que forman en el suelo de los parques, observar el color plomizo del cielo antes de la tormenta, oler el aroma de la tierra mojada, tomarme un café para entrar en calor cuando vengo de la calle. En definitiva, vivir mi tiempo. No el de los telediarios.

jueves, 30 de julio de 2015

A vueltas con la nostalgia: pasado, futuro...

Desde que comencé a crear este "Aire de Vida" (hace ya años, qué barbaridad!) tenía una idea muy clara: no quería comentar noticias de actualidad, lo que pasa por el mundo, lo que sale en las tertulias, en los periódicos...este blog debía ser un lugar aparte, un lugar para reflexionar sobre la vida, distraerse y relajarse. Y sin embargo, hoy voy a romper mi norma. Pero no del todo...seguiré mirándome al ombligo, como de costumbre...al rebufo de una noticia muy "notoria". Cierran el Café Comercial, en Madrid.
Todo el mundo ha hecho comentarios, cada día un columnista aboga en su espacio porque la nueva Alcaldesa haga algo para impedirlo. Yo sólo puedo hablar de mi experiencia. Y sorprenderme, y sentirme orgullosa, de haber compartido ese espacio con gente tan señalada de la literatura, el teatro, el cine...aunque no haya sido en el mismo tiempo.
Allá por la prehistoria, (por mi prehistoria), formé parte de una revista literaria que no duró más de tres números: Dyelta. Me enteré de su existencia, mejor dicho, de su inminente creación, por mi hermano, que a su vez escuchó la reseña en la radio (bendita radio, siempre). Así que ni corta ni perezosa, y animada por las ganas de conocer gente con mis mismas inquietudes, allá que me fui: al Café Comercial, donde se reunía el grupo gestador de la nueva publicación. Yo acudía en calidad de poetisa, porque con esos poquísimos años, el que escribe indefectiblemente lo hace en verso.
Me encontré allí con personas mayores que yo (eran muy jóvenes, aunque a mí me parecían madurísimos) de muy variada condición. Universitarios con pinta y hechuras de progre, fantasmas con poco que hacer y mucha cerveza que beber (qué tremenda halitosis...), argentinos recién llegados al Foro que hacían honor a la fama que por aquella época tenían, pedantuelos, algún senior algo más experimentado...Yo callaba, contestaba con algún tópico que otro cuando me preguntaban, y callaba más aún. (Tanto callaba que hasta uno de ellos dedicó una poesía a mis silencios). Estaba aprendiendo a escuchar.
El Café Comercial fue testigo de estas reuniones dispersas y a menudo infructuosas que no hacían progresar adecuadamente el pequeño proyecto que teníamos entre manos. Pero también lo fue de largas esperas en su puerta; alguna vez la persona que debía llegar se fue tranquilamente a una manifestación dejándome tirada sin contemplaciones más de una hora.
Sí, siento nostalgia de aquel Café. Otros han cerrado también: el Lyon, a donde nos trasladamos después y que estaba tan a mano del Retiro, buen lugar para escaparse cuando el nivel de tontería excedía lo soportable. El Sol, en la Puerta homónima, que ahora es un burguer. ¿Qué debemos hacer? Ser objetivos es muy difícil.  Más allá  de mi amiga la nostalgia, es cierto que los lugares emblemáticos de una ciudad no deberían desaparecer. El primer deber de un ciudadano es salvaguardar la Historia, sus huellas en los rincones. No debemos olvidarnos de que una ciudad está hecha de montones de sustratos y cada uno nos habla de una época y de los que la vivieron. No podemos arrancar uno de golpe y quedarnos tan tranquilos. Pero puestos a que suceda sin remedio, ¿nos rasgaremos las vestiduras? Por supuesto que me dará pena pasar por la Glorieta de Bilbao y ver un Starbucks donde antes había mesas de mármol. Pero quizá los chavales de hoy, que ya no se reunirán para crear revistas sino juegos de ordenador, o guiones de cine o de televisión, estén perfectamente a gusto allí. (Es más, yo estoy muy a gusto en los Starbucks. Tienen una tarta de zanahoria fantástica). Dejando de lado lo castizo, creo que cualquier lugar es bueno para la creación de cualquier tipo, y que las personas con inquietudes se seguirán reuniendo en los sitios más insospechados (históricos o no) para dejar volar su imaginación.
El mismo día, al lado de esta noticia, me encuentro otra: uno de los creativos de Pixar está inventando un artilugio para que los muñecos hablen con los niños. No es que digan "mamá" cuando se apriete un botón; no. Se trata de que mantengan una conversación, de que interactúen, e incluso se comentaba que podría ser de ayuda para el aprendizaje de la propia estructura del lenguaje.
Tengo que reconocer que me horroriza en un primer momento la idea de que los niños del "futuro" hablen más con sus juguetes que con sus amigos, hermanos y padres. Un muro más que le ponemos a la comunicación. (Aparte del "yuyu" que me da pensar en una Barbi hablando de sus cosas con la niña que la viste y la peina). Pero, párate a pensar y reflexiona. ¿Cuántas veces no he deseado tener un robot que me hiciera las tareas domésticas? Un ser aséptico que obedeciera estrictamente mis instrucciones: todo tal como yo lo programara. Y por otro lado, si lo estamos viendo continuamente en las películas y nos parece gracioso y hasta entrañable (pensemos en C3PO), ¿ cómo vamos a sorprendernos de que algún día no muy lejano esto llegue a ser real? Sería absurdo que lo que estamos previendo y deseando, cuando se convierte en realidad, nos apabulle y asuste. También es verdad que hay ejemplos terribles, como el de Hall, el robot de 2001, que con su serenidad imperturbable es capaz de cargarse a los tripulantes de la nave. Pero en ambos casos, tanto en el del robot adorable como en el del terrorífico, el hombre dirige a la máquina y puede interferir en su programación, que es al fin y al cabo su conciencia. Gracias a ello se salva el prota de 2001...( y no hago spoiler; todo el mundo la ha visto).
Choque de trenes. El vetusto Café arrollado por Star Wars. La Historia de Madrid y la Ciencia-Ficción. El pasado y el futuro. ¿Con qué me quedo? ¿Con el Café Comercial y mi Nancy? ¿Con los cafés franquicia y los robots domésticos? ¿Podemos mezclar la historia con las nuevas tecnologías? Creo que la última es la mejor opción: conservar lo que fuimos y prepararnos para lo que seremos. De momento, lo único que tenemos, como siempre, es el presente: en Cafés literarios o en recintos con identidad prestada seguiremos pensando (espero) ante una taza humeante, y a lo mejor de esas cavilaciones surge el mundo de mañana. Con robots o con vaya usted a saber qué.

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