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domingo, 16 de noviembre de 2014

Quedarse o partir

Nunca he sido ecologista, o por lo menos no lo que se entiende por un ecologista al uso. Me encanta disfrutar de la Naturaleza, por supuesto sin dañarla; no me gusta ver los animales encerrados en zoológicos fuera de su hábitat por mucho que lo vistan de conservacionismo; no soporto encontrarme basura tirada en la montaña o en la playa y me entristecen los accidentes que ensucian nuestras costas y envenenan a los habitantes marinos. Pero no soy, ni he sido nunca ecologista.
Hace muchos años, mucho antes de que se viniera hablando del cambio climático que es hoy una realidad quieran o no verlo los científicos y los políticos, en los albores del movimiento ecologista, yo, con mi eterno espíritu crítico, hice mi propio análisis de la cuestión y llegué a una conclusión que he mantenido siempre ante quien quisiera escucharme. Desde que comencé a escribir este blog venía pensando exponer mis ideas sobre este tema, pero no encontraba el momento de abordarlo. Ahora tengo una razón que me impele a ello. He visto la película Interstellar. Pero no adelantemos acontecimientos.
 
Cuando comencé a escuchar a los que hablaban de conservar la Tierra tal como está ahora e impedir que la mano humana infligiera cambios irreparables a nuestro planeta me parecieron de una ingenuidad y a la vez una prepotencia infantiles. Me explico:
 
La Tierra es muy vieja, mucho más que la raza humana. A lo largo de millones de años se ha ido transformando, de modo que ha tenido muchos aspectos distintos: congelada o erupcionando fuego y lava desde sus entrañas conmovidas; con una única balsa de roca flotando sobre los océanos o quebrándose y produciendo magníficos choques entre placas que se elevaban formando cordilleras. Y todo lo hizo ella solita. Nosotros no estábamos allí. Es más, no hubiéramos podido vivir en esas condiciones inhóspitas. Sin embargo, seguía siendo el mismo planeta: nuestro planeta Tierra.
Cuando su furor uterino se calmó por fin surgió la vida. Pero no la nuestra, aún. Se sucedieron especies que habitaron como huéspedes más o menos fijos, más o menos fugaces este lugar en transformación. Todas ellas contribuyeron, dejando algo de sí, a los cambios futuros. Algunas, como los dinosaurios, fueron unos inquilinos muy estables: se quedaron aquí cientos de millones de años. Ellos vivían en un medio muy distinto al que nosotros ahora conocemos. Hasta que desaparecieron, no se sabe a ciencia cierta por qué.
Y de un modo u otro, por casualidades y evoluciones genéticas, en un momento no muy lejano llegamos nosotros. Que somos, querámoslo o no, un producto más de la constante transformación planetaria. Que somos, querámoslo llamar así o no, un producto de la Naturaleza (por cierto, nunca he entendido la diferencia que en el cole hacen de lo "natural" y lo "artificial". ¿es que un nuevo material creado por una reacción química provocada en un laboratorio construido por la mano del hombre -un ser natural, o sea, creado por la misma Naturaleza- es algo ajeno a los elementos de la tabla periódica, sustancias puras que forman parte de todo lo que nos rodea? En fin...). Y comenzamos a vivir aquí, adaptándonos al medio, pero también transformándolo para hacerlo más cómodo, más dócil. Intentamos domesticar las fuerzas telúricas: el fuego, el viento, el poder de las mareas, la fuerza de las corrientes, el temblor de las entrañas terrestres. Y en cierto modo lo conseguimos, al menos en parte. Pero esta adaptación conlleva una transformación. Desde el minuto uno. Nuestras acciones, nuestra cultura, abren surcos, erizan la superficie con construcciones, graban piedras, modifican la vegetación. La Tierra ha ido cambiando con nosotros pero incluso a pesar de nosotros: a épocas de grandes fríos se han sucedido otras de grandes lluvias (como la del Diluvio Universal, narrado por todas las culturas y religiones); ella también sigue su propia inercia evolutiva.
De ahí que tilde al ecologismo de ingenuo y de prepotente: porque olvida e ignora que el planeta ha cambiado y cambiará pese a nosotros o a quien sea que lo habite en cada momento.  
No es ahora, en los últimos siglos, cuando se ha producido la transformación que los ecologistas denuncian. Lo que ha ocurrido ahora, (y por eso no soy ecologista, porque me parece que esta palabra que alude a la generosidad lo que está es imbuída de un tremendo -y humano- egoísmo), es que empezamos a comprender que las mudanzas producidas para nuestra adaptación se nos han escapado de las manos, y que este lugar, este planeta, pronto va a dejar de ser habitable para nosotros. "Para nosotros". Lo cual no significa que la Tierra vaya a desaparecer, a dejar de existir, y que no surjan otras especies, otros inquilinos nuevos que la encuentren perfecta para desarrollarse. Ah, pero eso a nosotros nos da igual. Queremos conservar el planeta tal como está, pero no por amor a la Tierra, gran roca navegando el espacio infinito, sino a nuestra propia raza humana, que necesita que permanezca igual a los últimos cientos o miles de años (una anécdota en su larga vida) para poder sobrevivir.
 
Sobrevivir. Esa es la idea. La necesidad. La urgencia. Pero ¿aquí o en otro lugar? ¿Quedarse o partir? He ahí el gran dilema, la gran responsabilidad.
 
En Interstellar, película que recomiendo fervientemente, los humanos prácticamente hemos agostado el planeta. (Algo parecido a lo que ocurría en Wallee). Nos hemos convertido en granjeros. No interesa la inteligencia, la intuición, la chispa del cerebro humano. Se promocionan las personas adaptables que proporcionen alimento al resto. Pero unos pocos saben que no se puede continuar así por mucho tiempo. Hay que buscar una solución, fuera, en otra galaxia. Buscar un nuevo hogar.
No voy a hacer spoiler de la peli. Sólo quiero decir que ante nosotros se abre ahora, ya, una disyuntiva definitiva: cuidar lo que tenemos, es decir, ser ecologistas, ser egoístas, para quedarnos aquí durante algún tiempo más; o seguir expoliando lo que nos alimenta, y una vez que ya no quede nada, partir, huír. ¿A dónde? Esa es la más tremenda incógnita. La "X" definitiva de la ecuación. Y no sé si seremos capaces de hallarla. Probablemente sí, no sé cuándo ni con qué consecuencias.
 
Pero sinceramente, aunque confío ciegamente en la inteligencia humana y creo en los viajes en el tiempo y en la física cuántica, no tengo ningunas ganas de meterme en una nave espacial. Estoy muy agusto aquí, bajo el maravilloso cielo azul que nos cubre y tras el cual se adivinan estrellas demasiado lejanas. Así que, siendo doblemente egoísta, procuraré por mi parte hacer todo lo posible para que mi hogar planetario siga siendo confortable y placentero. Prefiero quedarme a partir.

jueves, 30 de octubre de 2014

Invasión Zombi

Llega el puente del 1 de noviembre. Todos los Santos, Difuntos, ¿Halloween? La polémica está servida. Para todos, menos para los padres que disfrazan entusiasmados a sus hijos y que enseñan sus fotos tan contentos de ver lo bien que se lo están pasando en el cole: para ellos es un día de fiesta.
 
Hace muchos años, en España, estas fechas eran tristísimas. Y sobrecogedoras. Pero con miedo de verdad, no con este de pacotilla que se esconde en los disfraces. Los niños pequeños (a poco que fuéramos un poco miedosos) nos asustábamos con pensar en algo tan lúgubre: la muerte, pero además concretada en nuestros antepasados, a los que se iba a visitar al cementerio, previa compra de flores, siempre las mismas (no sé si es que son propias de esta época o simplemente que por tradición se han utilizado para este fín): crisantemos, pálidos como sus destinatarios; y crestas de gallo, de un intenso rojo sangre y un tacto aterciopelado y mórbido. Y por si fuera poco, la víspera nos ponían en la única cadena de televisión el Tenorio de Zorrilla, auténtica obra maestra en la que los elementos teatrales van incrementando la tensión y el escalofrío hasta llegar al final y que a mi juicio deja a Psicosis en pañales. Vamos, que te acostabas encogido con los fantasmas dando vueltas en la cabeza.
Así que la "fiesta" no tenía nada de tal. La única cosa buena para los golosos era comer buñuelos y huesos de santo, tan dulces y tentadores. Por lo demás, cuanto antes se pasaran estos días, mejor.
 
La primera vez que mi hija se tuvo que disfrazar en el cole para celebrar Halloween se me ocurrió buscar el origen de esa fiesta extranjera que aún no era muy común en nuestro país y que la mayoría de la gente veía con escepticismo y bastante rechazo. Y encontré que proviene de Europa, de los celtas que también poblaron nuestra tierra, y que se celebraba mucho antes de que existiera la Iglesia Católica, como una transición del verano al invierno, en la que los espíritus, las hadas y las brujas pueden ir y venir de su mundo al nuestro y en que se festeja el final de una cosecha y el principio de otra: la de manzanas y castañas, muy presentes también en estas fechas (el magosto que se celebra en el Norte de España) junto con el resto de dulces. (Aún recuerdo las castañas cocidas en anís que hacía por los Santos mi tía Isabel).
Con toda esta información, (hay que ver lo útil que es la Wikipedia), decidí disfrutar de los nuevos tiempos, y ya que esta celebración "importada" procura tanta alegría y diversión entre los críos, (hoy en día también entre los mayores), la acepté de buenísima gana, porque para mi suponía cambiar los malos ratos que pasé en mi infancia por un auténtico festival de color y de risas que vivirían mis hijos.
Si pensamos que casi todas nuestras fiestas, alrededor del mundo y de la Historia, marcan el paso de las estaciones o las labores agrícolas, y que cada civilización ha querido solemnizar estos momentos de una manera distinta pero siempre con una connotación parecida, según lo que viniera fuera la luz o las tinieblas, la cosecha o el barbecho, ¿por qué aborrecer esta nueva forma de dar la bienvenida al invierno, tan pícaramente alegre? Sí, seguimos viviendo unas fechas fantasmagóricas, pero con un tinte made in USA que las dulcifica y las convierte en un juego de niños.
Bendito juego de niños que nos tiene  a los padres tan contentos de verlos felices entre calabazas y colmillos de vampiro.
Eso sí; no renuncio a los buñuelos, a los huesos de santo, ni siquiera a estas alturas al gran Tenorio, que con el paso del tiempo he aprendido a apreciar.
¿por qué no quedarnos con lo mejor de cada cultura? Vivamos lo mejor de cada tradición, y hagámosla nuestra adaptándola a nuestra forma de ser.

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