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domingo, 16 de marzo de 2014

Limpio mi casita....

Después de tres meses de locura en los que mi casa ha sido una nube de polvo y un revoltijo de muebles, cajas y ropa, todo se va colocando en su sitio, pero no gracias a un chasqueo de dedos, sino a un trabajo ímprobo consistente en limpiar todo lo que normalmente no se limpia y a lo que aprovechando la ocasión  le "damos un vuelta": rodapiés, jambas y bisagras de las puertas, espacios ocultos de los radiadores, fondos de las sillas, patas de las mesas; en fin, rincones en los que no nos fijamos normalmente y que en una situación de caos como esta rebuscamos con el afán de que todo quede como recién sacado de la tienda, como recién puesto. Y todo ello, para instalarse por fin la mayoría de los casos en un lugar que antes no era el suyo, y que ahora me parece más adecuado, más vistoso, diferente, como si lo estrenara.
Todas mis cosas, y en esto incluyo muebles, objetos, libros, menaje, han estado durante estos meses guardados en cajas de cartón, embalados con papel burbuja o envueltos en cortinas viejas, vapuleados yendo y viniendo de casa al almacén y viceversa. Entre tanto caos no los había echado de menos, puesto que cuantas menos cosas hubiera en casa, menos cosas se manchaban. (Nos íbamos apañando como podíamos en un espacio cada vez más reducido, cercados por el yeso, el olor de la pintura y el barniz y los cartones que cubrían el suelo y bajo los que se sospechaba una alfombra de ripio. Para ir de las dos habitaciones que compartíamos los cuatro a la cocina cada noche a cenar -a mediodía no había ni que pensar en comer en casa, hasta el tostador tenía restos de la pintura lijada, y cada tarde había que limpiar todo para poder poner los alimentos en los platos con alguna garantía de no estar tragando serrín o yeso- había que cambiarse de zapatillas, o limpiar varias veces la suela de las mismas...)
Pero aunque nos pareciera mentira, como todo en esta vida, la obra ha llegó a su final. Y entonces comienza el trabajo contrario: recibir todo lo que en su día había salido de casa, para como he dicho antes, ser limpiado, arreglado, ordenado, colocado y listo para recibir visitas...y ser disfrutado por los durante un largo tiempo sufridos habitantes de este espacio, ahora mucho más amplio.
De repente el salón se llena de cajas abolladas, reventadas, sucias. Buscamos afanosos en el listado que hicimos al rellenarlas cuál contiene lo que queremos rescatar, e inevitablemente está la última, bajo otras cuantas que pesan un quintal; hay que desriñonarse moviéndolas una y otra vez.
Cada día se abren unas pocas; su contenido se va instalando en su nuevo sitio, y parece que todo cuadra y se asienta como si fuera su lugar original.
El último día me tomo vacaciones para poder terminar de arreglar todo con tranquilidad. Madrugo tanto o más que si hubiera ido a la oficina, y es que aquí me espera un trabajo duro y largo, pero eso sí, muy gratificante. Y comienzo limpiando libros.
No sé si las personas que me lean realizan esta labor muy a menudo; yo tengo que reconocer que no lo hago casi nunca, solo cuando voy a rescatar uno de la librería para leerlo y me lo encuentro lleno de polvo. Así que mes a mes, año a año van acumulando una pátina entre sus hojas y sus pastas que ahora pretendo eliminar con la ayuda de un trapo blanco que acabará siendo negro y de mis manos que cimbrean cada libro como un abanico, para remover el polvo de entre sus páginas.
Cuando llevas cinco, diez, quince, no pasa nada. Pero cuando han pasado dos horas y ves que aún se amontonan pilas enteras en el suelo, comienzas a estar un poco harta de esta labor, sobre todo porque dentro de nada lo que salió de entre el papel habrá vuelto a posarse en él.
Y de repente, miro los tomos que esperan turno. Son mis libros de Historia, la mayoría forrados de plástico como si de textos de escolar se tratara, porque los he manejado con ánimo y traza de escolar. Y me detengo pensando que no recuerdo nada de lo que decían, de lo que estudié en ellos, ni siquiera de aquel tan pesado y que tanto me costó aprender de Lynch pero tampoco del que tanto me gustaba de Hobsbawm.
¡Madre mía! Y para eso, ¿tantas horas de estudio? ¿De qué me han servido todos ellos?
Pero me siento a reflexionar (y a dar descanso a mis riñones) y me doy cuenta de algo magnífico. Sí, es seguro que no recuerdo casi nada de lo que está escrito en estas páginas. Pero lo que yo soy, mejor o peor, mi mismidad como persona, está hecho trocito a trocito de todos ellos. Todos y cada uno han contribuido a formar un ser diferente, único: yo. Y entonces me apetece acariciarlos, como si en ellos latiera un trocito de mi corazón, de mi propio ser. Y siento que los quiero porque forman parte de mí.
Pero no sólo a los libros. Mis pobres muebles, que a simple vista y después de pasarles por una batería de productos de limpieza parecen nuevos, están llenos de mataduras, (como mis propias manos están quedando con el trabajo), golpecitos, arañazos, desconchones. Cada uno de estos pequeños desastres me duele en el alma como si los llevara yo en ella. Porque son parte de mi vida. Cada silla, cada mesa, cada objeto lleva en sí el recuerdo de lo que ha presenciado durante todos los años que ha compartido conmigo. Por eso en esta mudanza no he tirado prácticamente nada. Una vez que uno decide no almacenar simplemente por compromiso cosas que no le gustan, lo que queda es lo esencial, lo que uno elige, y lo esencial es lo que forma parte de nuestra vida.
 
 
Como esta lámpara. Probablemente cursi, de una calidad pésima, pero la quiero como a mi propia madre, cuyo dormitorio alumbró años y años. Los años de mi infancia, en los que cuando estaba mala, con fiebre, me metía en la cama grande y acogedora y miraba hacia el techo, y la imagen que de aquellos momentos se me quedó grabada es la de esta lámpara y sus flores colganderas, que entonces eran más y de más colores. Para mí este objeto viejo y destartalado está asociado a los cuidados de mi madre, a esas mañanas sin ir al cole porque estás con gripe, o con un cólico, y te arrebujas entre las ropas que normalmente cubren a tus padres. Y solo con eso parece que la fiebre cede, que la tristeza huye.
Así que al notar que uno de sus brazos estaba roto, me he afanado por arreglarla, yo que no entiendo ni soy buena para el bricolaje, ni menos para la electricidad; con la ayuda abnegada de mi marido, hemos desmontado sus mecanismos, cambiado los cables, pegado las partes quebradas...sin darnos por vencidos, sobre todo yo, porque sentía que si abandonaba era como estar abandonando a mi madre en una enfermedad grave, como dejarla a su suerte, sin luchar por salvarla.
Y ya me puede decir quien sea que no le gusta, o que no pega en este sitio, o que es demasiado grande...mi lámpara me acompañará siempre, aunque esté lisiada, aunque le falte un brazo, porque es como tener la compañía de mi madre que me arropa, me mima y me cuida cuando me hace falta.

 


lunes, 10 de febrero de 2014

El carrusell de Mary Poppins

No soy una persona atrevida, ni me gustan las emociones fuertes. Quizá por eso no me ha hecho nunca mucha ilusión ir a los Parques de Atracciones. La única vez que me he montado en una montaña rusa fue por puro compromiso sentimental, y no creo que lo vuelva a hacer jamás. No me gusta pasar miedo; ni viendo películas, ni leyendo libros, ni experimentando sensaciones de vértigo. Soy una persona tranquila y las emociones fuertes prefiero sentirlas en la cabeza o el corazón que en el estómago.
Así y todo, hace unos años fui con mi familia a Eurodisney. Los chicos eran pequeños y era el momento adecuado para que ellos disfrutaran con los muñecos y toda la parafernalia del parque. Aparte de que me defraudó bastante, (el castillo de la Bella Durmiente no era tan grande como yo había imaginado), no me interesaba nada subirme en los trastos mecánicos que daban bandazos y giros y te ponían boca abajo, todo ello sumido en la más profunda oscuridad, con la inevitable consecuencia de adquirir un terrible color verdoso en el rostro una vez acabado el viaje.
Sin embargo, sí había una atracción que me apetecía probar porque siempre me ha encantado: los caballitos. El típico carrusell, con su musiquita metálica y repetitiva, los espejos poliédricos que van girando a la vez que la pista da vueltas, y esos preciosos caballos con sus barras talladas que suben y bajan al compás de la música. Pero soy tan patosa que todo el mundo se me colaba, y nunca llegaba a tiempo de montarme en un caballo bonito, y solo quedaban cerditos, barcas, carrozas...total, que desistí y perdí la oportunidad de sentirme como Mary Poppins en su fantástico carrusel.
Años después tuve la suerte de hacerlo en otro lugar privilegiado: una máquina antigua y restaurada situada en Brooklyn, frente al East River, con Manhattan al fondo, y la estatua de la Libertad recortándose en el anochecer. Me sentía en el séptimo cielo, en un lugar de ensueño y jinete de un precioso caballo que daba vueltas y vueltas.
Ayer recordé esto viendo la película "Saving Mr. Banks", en la que Emma Thompson en su papel de P.L. Travers se sube a ese mismo aparato que yo no pude disfrutar en Disney (aunque ella estaba en Los Angeles, no en París). Es una de las pocas escenas en que su personaje logra sonreír. Está claro que a ella también le seducían esos mecanismos tan simples y mágicos.
¿Por qué nos atrae un aparato que lo único que hace es dar vueltas y vueltas? Eso pensaba yo mientras veía la película. Y me puse a reflexionar sobre ello.
Cuando somos pequeños, subirnos a un tiovivo es emocionante, porque de repente nuestros padres desaparecen y estamos solos, en un lugar inseguro, que se mueve, rodeados de extraños y con la sensación de que vamos a perdernos en cualquier momento. Pero, ¡oh maravilla!, resulta que al girar, nuestra montura vuelve a pasar una y otra vez frente a los mayores, que nos saludan agitando la mano con una gran sonrisa, aliviados también de ver que su pequeño sigue allí y volverá junto a ellos cuando pare la música. En este sentido, el carrusell es como la vida misma: en algún momento nos alejaremos de nuestros padres, tendremos una vida independiente, que se nos presenta (aunque luego no lo llegue a ser), seductora, llena de emoción, música, colores, brillos, oropel...y el tiovivo nos da la
oportunidad de hacer un ensayo, una prueba, sin romper el cordón que nos une a nuestros padres, que siguen allí, saludando, sonriendo, cada vez que el aparato completa una vuelta entera. Y mientras tanto, podemos disfrutar de un mundo de fantasía, que no va a ninguna parte pero que en su continuo girar parece recorrer lugares lejanos y exóticos. Y cuando pasamos de nuevo frente a lo conocido, saludamos también contentos y emocionados, como diciendo: "mirad, soy capaz de hacer algo extraordinario, monto en un corcel de las mil y una noches, siento el vértigo de la libertad, pero soy aún vuestra, aún no me voy del todo, cuando pare la música subiréis a buscarme y seré la misma niña pequeña que hace unos minutos". 
Es esa extraña y doméstica sensación de libertad lo que me seduce cada vez que monto en un carrusell. Quizá sea porque soy una romántica, como dice la seguidora más fiel de este blog, que tan bien me conoce. O porque en efecto son artilugios mágicos, como piensa Cornelia Funke, cuando lo introduce en su novela "El Príncipe de los Ladrones", en la que se convierte en una máquina del tiempo que te rejuvenece o te hace mayor según tu deseo. Es seguro que ese girar y girar es una pequeña metáfora de nuestro mundo.
Sea lo que sea, volveré a subirme a uno de esos aparatos en cuanto tenga la oportunidad.

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