Buscar este blog

sábado, 19 de enero de 2013

Recogiendo los bártulos

Se acabó la Navidad. Estoy saturada de roscón con nata y con cierto cargo de conciencia y bastante fastidio por haber recuperado casi todos los kilos que milagrosamente había ido perdiendo durante el otoño. Pero también contenta, pues las fiestas han sido tranquilas y familiares y los Reyes como siempre han acertado.
Y llega el día ocho, y hay que volver al trabajo. (El siete ha sido fiesta para todos, no solo para los niños; pero no he ido de rebajas como acostumbro...¿cuándo sacaré un rato para ir de compras, este año que no tenemos apenas días libres para emplear en nosotros mismos?) Parece que con los tiempos que corren fuera un delito o un agravio hacia aquellos que tienen la desgracia de estar en su casa a la fuerza; pero qué caramba, da una pereza tremenda volver a madrugar, llegar a la mesa y pensar "tengo que estar aquí sentada hasta las tres y media, organizando la documentación que entra, la que sale, revisando papeles e informes, colocando expedientes, pensando en cómo compaginar el trabajo que hay pendiente con el nuevo y si podrá estar todo a su tiempo según el calendario previsto". ¡Uf! Con lo agusto que he estado yo en mi casa, sin hacer nada especial, pero con el pequeño regocijo de estar a mi aire, entrando y saliendo cuando quiero, disfrutando de mi gente, viendo pelis, leyendo, escribiendo... y sin que suene la odiosa alarma del móvil a las seis y media de la mañana. Vagueando un poco después de comer o a primera hora, acostándome tarde, y también disfrutando de la ciudad como si fuera una turista más, mientras otros están atareados en sus quehaceres cotidianos, y las calles y los edificios aparecen a la vista como si fueran nuevos, recién descubiertos, fijándonos en los detalles que normalmente pasan desapercibidos por la prisa: una placa conmemorativa, un letrero con información interesante, o una tienda antigua de libros, o un bar con buena pinta...caminar mirando al cielo radiante o a la noche iluminada por las luces navideñas, mirar con susto la  multitud que nos aguarda cuesta abajo y perderse luego en ella y dejarse llevar por ella hacia donde todos vamos.
Pero pasa la primera mañana, y ya es la hora de irse; y así una y otra hasta que de repente ya es viernes, y al final no ha sido tan tremendo, tan gris y tan triste como parecía el primer día: esta rutina forma parte de mi vida, de la normalidad cotidiana.
Y así empieza también la temporada en la que el fin de semana se convierte en un auténtico acontecimiento, los únicos días de asueto en los largos meses del invierno sin ninguna fiesta que haga más llevaderas las jornadas de trabajo.
Cuando llego a casa el viernes, ¡no quiero ni pienso hacer nada! Qué maravillosa sensación la de poder sentarse en un sillón a leer, a dejar que la tarde transcurra lentamente mientras se va haciendo de noche (cada vez más tarde a partir de ahora) con una taza de café al lado, contemplando las idas y venidas de los chicos que andan atareados o distraídos con sus cosas, hasta que llega la hora de la cena y de reunirse todos para charlar, para contarnos nuestras anécdotas o los pésimos chistes de mi hijo, que de tan malos hay que reírse. Estrenamos la noche como si fuera la primera o la única, y miramos el despertador con una pícara sonrisa de venganza: ah, mañana tú no sonarás!
Y resulta que al día siguiente el cielo es azul, y la ciudad está limpia, y cuando sales a la calle para dar un paseo el aire te acaricia la cara y aunque hace frío es como si una gasa limpia y fresca borrara de nuestra mente los problemas y la pereza.
Y parece que un simple sábado es un día especial, un día como los primeros días en que no trabajaste cuado empezaste a trabajar, un día que duraba como tres y que sabía como cien.
No obstante, hay que ocuparse también de una tarea pendiente, que nunca debe retrasarse mucho tiempo o cada día que pase dará más pereza: guardar los trastos de Navidad. Desmontar el Belén envolviendo cada figurita de barro en el papel de periódico  que después de tantos años ya está suave y maleable, y en el que se leen noticias ya olvidadas como un libro de Historia; desprender las bolas doradas del árbol que al final va a acabar en la basura, pues cada temporada se desprende una de las ramas y ya no tiene remedio (habrá que acordarse el año que viene de comprar uno nuevo); descolgar el calcetín de Papá Noel y guardar las velas especiales rodeadas de adornos brillantes.
Y mientras envuelvo una de las figuras cuidadosamente, de pronto me asalta un pensamiento que me ronda ya todas las Navidades: cuando el diciembre próximo volvamos a sacar estos bártulos de sus cajas, ¿qué habrá sido de nosotros? ¿faltará alguien? ¿qué nos depara el destino en estos doce larguísimos meses? Los adornos siempre nos reciben igual, no han cambiado de un año a otro, permanecen intactos e imperturbables. Pero nosotros somos mudables, nos salen arrugas, engordamos, adelgazamos, cambiamos de peinado y de gafas, enfermamos, nos deslizamos por las pendientes del desastre o recibimos novedades sorprendentes y gratas que dan un giro a nuestra vida.
Pero no quiero saberlo, no quiero adelantarme a lo que tenga que vivir. Las próximas Navidades llegarán pase lo que pase, y nosotros las recibiremos tal como nos encontremos entonces.
Después de este pequeño ataque de melancolía, me atrapa un furor de renovación. Recoloco los adornos habituales del salón para darle otro aire, y encuentro que tengo más sitio del que pensaba; me meto a saco en el cuarto de mi hijo y entre los dos hacemos una tremenda batida ayudados por una enorme bolsa de basura y un clásico trapo del polvo: los libros que parecían no tener acomodo en la estantería han quedado perfectos, y la habitación está preciosa, acogedora, risueña, lista para que su dueño viva en ella y la disfrute.
Entonces miro mi casa de arriba abajo y me parece también que la estreno: aunque es la misma, aunque los objetos no han cambiado, es nueva, como el fín de semana; y me parece adecuada, suficiente, agradable; me reconcilio con sus paredes de goma que se adaptan a múltiples usos (escritorio, comedor, sala para recibir visitas, salón para recibir múltiples celebraciones familiares) sólo con mover un sillón y un par de trastos; y me dispongo así a comenzar un nuevo año, con la esperanza de que sea propicio, y en la alegría de disfrutar de lo cotidiano.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El espíritu de la Navidad

En el colegio, todos los años, unas semanas antes de que llegaran estas fechas, se nos ponía a los chavales el mismo ejercicio, ya fuera para clase de Religión o de Lengua: una redacción sobre el "auténtico sentido de la Navidad". Todos intentábamos ser muy originales, no hablar para nada de los regalos de Reyes (entonces Papá Noel no tenía a España en su ruta), de los polvorones, de las luces de colores y de los villancicos. Nos poníamos muy serios y devotos y centrábamos nuestros trabajos en la venida de Jesús y su mensaje de Paz y Amor. Luego, a cada uno le salía como podía: unos más acertados y otros insoportablemente ñoños y cursis.
 
Con el paso del tiempo y de las circunstancias personales, mi redacción sobre la Navidad ha ido transformándose, pero no por eso ha perdido profundidad ni ha restado importancia al asunto; al contrario, creo que al final he podido encontrar la clave oculta que los compañeros de clase intentábamos descubrir.
 
Son muchas ya las Navidades que he vivido. Y ha habido de todo: algunas muy felices, otras contrariadas, y una en concreto que reunió lo mejor y lo peor: la pérdida de un familiar muy querido y la entrada en mi vida del que desde entonces es mi compañero para siempre. Pero todas ellas tuvieron algo en común, la identidad que las hacía auténticas y especiales, un tiempo que no se parece a ningún otro.
 
Desde hace algunos años está muy de moda decir que se aborrece la Navidad; da casi un poco de apuro reconocer que nos gusta. Preguntan, ¿Cómo la pasas, "bien o en familia"? Vaya chiste barato. Vaya manera de desprestigiar una de las mejores cosas que ha construido el ser humano: un núcleo que nos protege incondicionalmente. Sí, es verdad que también las mayores broncas y disgustos proceden de los que más queremos, pero cuando hay problemas, ¿quién está ahí, sino nuestros seres queridos? Creo que a aquellos que no soportan estas fechas, no es la propia Navidad lo que les disgusta, sino una alegría que ellos consideran impuesta, los adornos, los brillos que se les hacen horteras, las canciones que les empalagan, el gasto extra en regalos o en comidas especiales...algo de lo que sin duda habrán participado en muchos momentos de sus vidas y que habrá llegado a empacharles o que rechazarán por asociación con alguna experiencia triste o negativa; quizá no son capaces de dejarse llevar y sentir por unos días como lo hacían cuando eran niños, no porque alguien nos lo mande, sino porque nos apetece volver a disfrutar de aquel modo. En estos días raro es quien no echa en falta a alguien; los puestos en las mesas van siendo menos con el paso del tiempo. Pero eso no debe hacernos estar tristes, sino al contrario, debemos alegrarnos recordando los buenos momentos vividos juntos.

Si quiero describir lo que para mí significan estas Fiestas tengo que echar mano de muchos y pequeños recuerdos.
Quizá el primero sea una habitación casi vacía, con un Belén lleno de personajes, que yo me encargué de romper uno a uno pensando que eran muñequitos con que jugar. Y años después, una tarde helada, ya oscurecido, subiendo la cuesta de mi calle hacia otra principal que la cruza, en la que se ve como  telón de fondo un montón de bombillas blancas adornando los árboles desnudos en las aceras. Luego está la excursión que junto a mi madre y mi hermana hacíamos al "Economato"; entonces que no existían  los supermercados aquella nave inmensa llena de alimentos festivos era el paraíso de los golosos. Más allá, recuerdo un Belén de plastilina para clase de religión que de camino al colegio se empeñó en cobrar vida propia y movimiento (o sea, que se me cayó entero)  y llegó en un estado tan lamentable que el cura de sotana negra me miró con una cara aún más adusta que la de costumbre. Puedo oír el timbre que anunciaba la visita del cartero o el repartidor del gas, pidiendo el aguinaldo. Veo a mi hermana pintando de purpurina plateada unas inmensas hojas de plátano que había recogido por la calle alfombrada del otoño siguiendo las instrucciones de una revista de decoración que daba ideas para adornar la casa. (Le quedaron fantásticas...) Y me veo con ella también, una tarde muy lluviosa, cogiendo el autobús para ir al centro a comprar figuritas del Belén y reponer las que yo rompí. (Poner los adornos era siempre tarea suya. Cuando tuvo su propia casa pasó a ser mi responsabilidad). Ante ese Belén rezaba y cantaba yo cuando estaba sola y no me veía nadie, muy recogida y emocionada. Recuerdo a mi abuela, siempre mi abuela, con sus adoradas manos como sarmientos, pero suaves como la seda, haciendo "turrón de pobre" y asomándose al salón donde mi hermano y yo veíamos en la tele el Torneo de Baloncesto de Navidad, en el que actuaba de árbitro mi profesor de matemáticas. Y recuerdo a mi padre, partiendo el turrón obedientemente mientras mi madre le daba instrucciones: "no tan pequeño, no tan grande, cuidado que se te desmiga todo...", y ella misma se afanaba del horno al fregadero. Pero en Nochevieja no se cocinaba, porque mis padres salían, y yo me conformaba con vestir mis Nancys de gala mientras veía a mi madre con los rulos puestos y a mi hermana probándose el traje de fiesta que iba a llevar. ¡Qué envidia, lo que hubiera dado por tener quince años más...! En casa no se hacían grandes reuniones, pero sí bajábamos a ver a mi abuelo que juntaba a sus hijos y nietos aunque fuera solo un rato para cantar algún villancico y comer un dulce. Otras veces nos visitaban tíos que en esa ocasión se sumaban a la Fiesta. ¡Y qué decir de la noche de Reyes...! No se dormía nada, anhelando que se hiciera una hora prudencial para levantarse y ver qué habían dejado...en una ocasión, al lado de mis zapatos había un paquete enorme, que no abrí pues lo consideraba excesivo para ser mío. Mi hermana me animó, ¿no lo abres? ¡Era un perchero con cabeza de león de peluche - un león inofensivo, gracioso, con un sombrerito-! Me encantó. Por cierto, nunca me echaron una bañera para las muñecas que yo pedía insistentemente todos los años aduciendo que los Reyes, que eran mágicos, seguro que me la traían...aunque mi hermana me miraba escéptica y aseguraba que ese regalo no iba a llegar.

Después de muchos años en los que la familia y también las Fiestas fueron transformándose, tuve una hija con la que compartir la ilusión de un tiempo de luz y de vida. Pues en su origen, y en la esencia misma de estas fechas,  eso es la Navidad: el solsticio de invierno, el momento en que las noches que se han ido alargando comienzan su retirada y el sol aparece débil como una promesa: por eso hay que atraerlo con luces, brillos y adornos que ya los antiguos druidas colgaban de los árboles...hay que conjurar la luz para que llegue y nos lleve poco a poco hasta el momento de la fecundidad de los campos y del retorno de la vida; esa es también la promesa de Jesús en el Pesebre: un Niño que nace con la misión de vencer a la muerte.
Luz, cambio, renovación, niños, vida: ese es el quid de la cuestión, es la esencia que cada uno vive a su manera en estas Fiestas. Y ya que es un Niño el que viene cada año a recordárnoslo, nuestro deber y nuestra alegría es convertirnos también en niños; si estamos rodeados de ellos es más fácil, pues su ilusión es contagiosa, pero aunque ya seamos adultos y parezca que toda esta algarabía no va con nosotros, si somos capaces de recordar cómo nos sentíamos años atrás, veremos que aún nos queda un rescoldo de ingenuidad, que aún podemos disfrutar escribiendo una felicitación a un amigo o a un familiar del que hace tiempo no sabemos, que los villancicos de toda la vida nos siguen alegrando el alma y que las calles iluminadas nos invitan a pasear por ellas con una sonrisa en la cara, quizá melancólica, pero muy emocionada.
Sí, es cierto que hay muchos anuncios, que todo nos incita a gastar y derrochar lo que no tenemos, que Papá Noel es un producto de la Coca Cola, que los grandes almacenes hacen su agosto y los chavales buscan desesperadamente un traje de fiesta que cueste dos duros. Que en la comida de trabajo a veces tenemos que aguantar a más de un plasta, pero ¿no habéis sentido a veces en estos ambientes tan difíciles la necesidad de pedir perdón a un compañero, de charlar con el que casi ni os saluda por la mañana? ¿No es relajante poder compartir risas con los que a diario compartimos problemas y ansiedades? Además, para aquellos que ven en la Navidad una época de consumo exacerbado, diré que desde los tiempos de mis redacciones escolares, y ya ha llovido mucho, se viene criticando lo mismo. Y que hacer regalos y sentirse por unos días más generosos tampoco es tan malo. Se trata de festejar, y la fiesta siempre es algo excesiva, algo fuera de lo común.

Por eso, creo que debemos mantener el espíritu de la Navidad: los más creyentes, con la alegría inmensa de la noticia del Nacimiento del Salvador; aquellos que estén alejados de sus convicciones de niños, con la buena voluntad de dar y recibir amor de sus semejantes; y todos, en la esperanza de  la renovación que nos trae el solsticio de invierno, adornando  nuestras casas con los destellos de plata y luz de las guirnaldas y festejando que un año más hemos vuelto por unos días a ser niños.

 

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...