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martes, 13 de noviembre de 2012

"lo bien hecho..."

"Lo bien hecho, bien parece". Ese era uno de los muchísimos dichos que mi abuela, mi madre y otras mujeres que me rodearon en la infancia relataban de vez en cuando, si la ocasión lo requería o lo propiciaba, y que a fuerza de oirlos han pasado a formar parte de mi memoria inconsciente, de manera que yo también los utilizo, algunos habitualmente y otros rarísima vez. (Siempre hay alguno que mis hijos nunca habían escuchado antes de mi boca, ni de otra, y cuando me lo advierten yo me sorprendo mucho, ya que para mí es tan familiar como los demás; quizá no había surgido antes la ocasión). Me encanta apostillar cualquier hecho o conversación con estos ripios que me vienen de tan lejos y que me traen un olor añejo y casero a tradiciones antiguas de hogar. Me hace cierta gracia escucharme diciendo cosas que podría haber dicho mi abuela; de algún modo me acerca a ella a través del tiempo y el espacio.
El que quiero rescatar hoy se puede aplicar perfectamente a nuestro quehacer cotidiano, y sobre todo a las actividades que llevan a cabo muchas personas que nos rodean día a día. Cuando pienso en aquellas mujeres sentenciosas poniendo en sus labios ese refrán, mi mente le asocia enseguida un adjetivo que me encanta: "primoroso". Un bordado primoroso,  una letra primorosa,  un balcón  lleno de macetas primorosas. Siempre referido a una actividad manual hecha con cariño, con cuidado y dedicación, con limpieza y con afán, procurando que el resultado sea excelente, pero que además transmita el amor con el que se ha realizado. Aunque debo reconocer que todo esto suena algo antiguo (yo misma a veces me parezco muy antigua - y no es cuestión de edad-) e incluso cursi, la verdad es que echo en falta desde hace bastante tiempo ese "primor" y ese gusto por las cosas bien hechas en muchas de las que yo o los demás realizamos cada día.
Por ejemplo, me molesta sobremanera (quizá esto sea un poco injusto) que la persona que ayuda en las tareas de la casa no ponga cuidado o esmero en terminarlas, y queden cumplidas, pero no rematadas, o al menos no como yo querría, sino un poco al desgaire, como esperando que otra mano más atenta dé un tironcito a la colcha o gire un cenicero o ahueque un cojín. Otra mano que ponga amor a las cosas inanimadas para que ellas a su vez lo transmitan a quien las utilice. Ya comenté en otra entrada que me gusta que cada objeto esté en su sitio: hay que poner orden en las alacenas, en los cuberteros, en los armarios roperos, para que todo luzca con "primor". Evidentemente, las prisas con las que va esta mujer no son compatibles con la dedicación que precisa una labor bien hecha. Demasiado hace con acabar todos los cometidos que se le encomiendan, que son muchos y en un tiempo escaso. En otras épocas, en las que se iba más despacio y las mujeres que trabajaban en casa ajena eran poco más que esclavas, sí se exigía la perfección, so pena de repetir las veces que hiciera falta lo que la tirana "señora" de turno creía inacabado o mal hecho. (Eso tuvo no obstante una consecuencia positiva, entreverada en el cúmulo de sinsabores y desmayos: las chicas aprendían dentro de estas familias acomodadas un oficio, el de amas de casa, que en su mayoría iban a desempeñar cuando salieran de allí. Y así, en su vida personal aplicarían después el mismo ahínco que antes pusieron en tener un hogar ordenado y pulcro. También, pero este es otro tema, pudo contribuir esta experiencia doméstica del primer franquismo a crear una amplia clase media que repetiría en la medida de sus posibilidades los patrones aprendidos en las casas de la clase alta dirigente).

En esta falta de tiempo y en la premura con la que todos andamos trajinando veo yo la causa de la mediocridad que me repele: vamos todos azogados, queriendo acabar antes de haber empezado. Y así, el electricista anda rezongando mientras desatornilla las clemas porque piensa en el próximo trabajo que le espera y en las horas que se le harán; el albañil se marcha de casa dejando las baldosas renqueantes y la lechada desigual; el oficial de Correos pone el matasellos de cualquier modo y como caiga, aunque el sello sea de colección y el envío tenga un valor estético; la cajera del supermercado coloca los alimentos en las bolsas al buen tun tun, según van llegando en la cinta rodante, sin pensar si está mezclando la lejía con el pan; el estudiante amontona sus apuntes, o lo que es peor, los ajenos, arrugando y descolocando las  hojas en las que después tendrá que afanarse y estudiar; en los almacenes de ropa, las prendas que otros clientes seleccionaron en un principio y después desecharon se amontonan unas sobre otras en los parabanes como trapos viejos sin que nadie tenga cuidado de colocar donde estaba aquello que escogió para probarse; el camarero que nos atiende no limpia las migas que ha dejado el cliente anterior y trae la consumición confundida o  mal preparada; no se provee al cliente de aquello que con seguridad va a necesitar, sino que se espera a que éste lo reclame de malos modos, "porque le están haciendo perder tiempo".
Y así, mil y un ejemplos de lo que las prisas provocan a nuestro alrededor: una algarabía de desorden y manquedades que ensombrecen nuestra vida, le quitan color, virtud y bondad.

Tampoco es que yo ande sobrada de buenas hechuras, porque tampoco lo voy de tiempo. Pero últimamente tengo una manía: en mi trabajo, cuando me enfrento a un expediente algo complicado y no sé por dónde empezar, lo primero que hago es desgraparlo. Me tiro un buen rato desliando ese amasijo de alambre en que se convierten las grapas cuando caen unas sobre otras hoja tras hoja, a pique de pincharme y tener que inyectarme la vacuna del tétanos. Luego, a medida que los leo, ordeno los informes, los documentos, que van adquiriendo sentido al ocupar su sitio. Y así, cuando llego al final, ya tengo una visión clara de lo que habrá que resolver. Puede parecer una pérdida de tiempo o una tontería, pero me ayuda a ordenar mis ideas y a ponerme al tajo, que a veces se me hace tan cuesta arriba. Y es una forma de convertir un aburrido montón de papeles en un documento digno de representar, dentro de muchísimos años, parte de nuestra Historia.

El caso es introducir un poco de ese "primor" que tanto se echa en falta en lo que nos rodea. Pienso que si cada uno pusiéramos un granito de interés en lo que hacemos a diario la vida se nos haría más fácil a todos. No cuesta tanto y seguro que los demás nos lo agradecen con una sonrisa.

sábado, 27 de octubre de 2012

Lo auténtico

Hace muchos años, caminaba un día cuesta arriba hacia la Laguna Negra. Acababa de dejar Covarrubias, era verano y llevaba puesto un vestidito de flores, un jersey de algodón y unas merceditas marrones, bastante machacadas porque me resultaban comódísimas para caminar y no me había calzado otra cosa desde que las compré a principio de temporada.
La mañana estaba tranquila y fresca. Los pinos altísimos parecían las columnas de una inmensa antesala, se oía cantar a los pájaros y el aire era limpio y quieto. Caminando por el sendero, parecía comulgar con una religión antiquísima y solemne, participar del misterio de un rito sagrado: la vida del bosque, que me acogía silencioso y secreto.
Y de repente...
De repente, una horda de excursionistas nos alcanzan a mi marido y a mí, perturbando la magia del momento, embutidos en sus chándales de colores y sus deportivas de última generación, corriendo más que andando por la empinada cuesta, a ver quién llega antes, sin detenerse a mirar a lo lejos el horizonte, o de cerca las cortezas, blancuzcas de liquen, de los árboles.
En ese instante pensé que toda esa gente estaba profanando un lugar único y auténtico con sus disfraces de domingueros. Yo no iba vestida para la ocasión; iba vestida de mí. Cómoda, integrada con todo lo que me rodeaba, porque me sentía tan única como las piedras, el cielo y los guijarros del suelo, sin pensar en más que en mi naturaleza de mujer adentrándose en un bosque.

Durante mucho tiempo guardé en el cajón de recuerdos esta imagen que tan gran impacto me causó. Y al cabo de los años la rescato, al hilo del último viaje familiar por Francia, porque me vuelve a asaltar el pensamiento de que no somos capaces de disfrutar de lo auténtico.
Visitando la Conciergerie en París, mi hija Paula se encuentra incómoda: le molesta la presencia de los turistas impertinentes en aquellas salas que contemplaron una vez el terror, la desesperanza y la desolación. ¿Cómo imaginar, recordar todo lo que estas paredes han vivido, rodeados de personas interesadas únicamente en recoger con su aparato de última generación una imagen para enviarla en tiempo real a montones de conocidos? Es necesario el silencio para que las piedras hablen. No pueden hacerlo entre gritos, carreras, sudor y empujones. Casi se las ve sufrir si uno se fija bien, porque su mensaje, lo que tienen que decirnos, no se escucha bajo el tremendo fragor del turista. No pueden expresar todo lo que llevan dentro, lo que ha estado calando su existencia, los olores antiguos y las palabras pronunciadas con amor o con odio o con ira o con miedo, los pasos resonantes en las losas y los roces de los vestidos en las esquinas. El vértigo del tiempo, de la Historia, no puede atravesar una fila de resignados visitantes que leen obedientemente el folleto editado por la Oficina de Turismo. En el calabozo de María Antonieta, siento que estamos profanando un lugar que debía haber sido conservado con sumo respeto para que todo el dolor que se vivió en él impregnara al que volviera a atravesar sus puertas.
Pienso en las pirámides de Egipto, que no he visitado, o en la Acrópolis de Atenas. Y casi me alegro de no haber estado allí, si para ello tenía que compartir el momento con cientos de personas que gritan y corretean entre las ruinas toqueteando las piedras como si visitaran un parque temático. Todo el misterio, toda la liturgia se habrá perdido. Y por mucho que se intente, ¡qué difícil resulta abstraerse de esa agitación desinhibida e ingenua que se apodera de los turistas cuando llegan a su destino!
¿Habrá que concluir entonces que es mejor mantener en secreto las maravillas que nos aguardan en cada rincón del mundo? Difundirlas equivaldría a mancillarlas, a ponerlas a los pies de los caballos...y perder así la ocasión de encontrarlas íntegras, puras, en su autenticidad; de poder pasear entre los bosques sin la incómoda presencia de los clientes de Decathlon que atraviesan los senderos sin mirar donde pisan ni qué sombra los refresca, y de escuchar lo que las paredes, las piedras, las telas o las ventanas nos cuentan sobre quién las construyó, las vivió, las tocó o miró a su través.
Pero seamos sinceros; si otros no nos hubieran advertido sobre la belleza de aquellos parajes o estancias, posiblemente nunca hubiéramos llegado a visitarlos, y quizá, con los tiempos que corren, si no dispusieran del importe que supone el pago de una entrada para su mantenimiento, estarían arruinados, rotos, olvidados y llenos de la pátina del abandono. Eso, ahora lo recuerdo, lo pude comprobar en Ribadeo, donde un bellísimo palacio modernista se desmoronaba triste y vencido por los años, sin que nadie lo habitara y le diera un hálito de vida.
 
¿Cómo compaginar entonces el ansia y la emoción de conocer, la generosidad de entregar un tesoro para su admiración por los que vendrán, con la vulgarización de lo más bello, de lo más trascendente? Creo que como siempre hay que buscar la clave en nosotros mismos. Debemos ser los visitantes los que con nuestra actitud respetuosa preservemos aquello que queremos, que admiramos. Con un silencio humilde y sobrecogido, que haga resaltar la importancia del lugar en el que estamos, ya sea una montaña, un río, un desierto o un palacio. 
 


Y sobre todo, como diría José Luis, "madrugando muchísimo..."

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