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domingo, 11 de febrero de 2018

La Codicia

“Muchas mujeres se quejan de ser vistas con codicia, lo que llaman hoy “como objeto de satisfacción”, y casi ninguna admite cuán fastidioso resulta, por no decir cuán vejatorio, y deprimente, y desalentador, no ser vista nunca así, o no serlo por quienes determinamos que tienen esa obligación.”
Esta frase de la novela “Berta Isla”, de Javier Marías, se basta por sí sola para describir algo que llevo muchos meses queriendo expresar, y no me atrevo porque es tan complejo, tan poliédrico y tan delicado… y tan subjetivo, que no sé muy bien cómo abordarlo. La verdad es que después de leerla, todo lo que yo pueda aportar será secundario. Ante una sentencia tan esclarecedora y definitiva, lo que yo pueda poner negro sobre blanco no tendrá ninguna importancia. Pero en realidad yo escribo para expresarme; si lo hiciera sólo para conseguir lectores, estaba apañada. Y esa necesidad es la que me mueve a plasmar mis ideas en este humilde blog, que a modo de estrado me sirve para alzar la voz y difundir mis opiniones, evidentemente personales y subjetivas,  y en modo alguno pretendiendo “sentar cátedra” ni pontificar.
Cuando era muy joven, y por edad me tocaba ir a la vanguardia en casi todo, creía que esa rabiosa modernidad me vacunaba para siempre de la sorpresa de lo nuevo por venir. Me veía a mí misma tan audaz, tan avanzada, que daba por sentado que cualquier conducta, cualquier tendencia, ética y estética, que trajeran los tiempos (“los tiempos”, cuando se es tan joven, siempre están muy lejos; esa expresión implica “dentro de mucho tiempo”), encajaría sin problema en mi sistema ideológico, moral, y sería por tanto capaz de hacer propios los modos futuros.

Craso error, que “los tiempos” han puesto al descubierto. Ahora me topo con una realidad que no comparto y apenas comprendo. Supongo que no hay vuelta atrás; que por mucho que otras personas piensen igual que yo, los modos ya nos son ajenos, aunque los tengamos que aceptar y asumir para sentirnos parte del mundo en que vivimos y no quedarnos anclados en el pasado regodeándonos con los buenos recuerdos y rumiando nuestro desacuerdo con la deriva de la actualidad. Acepto, por tanto, lo que viene, pero me reservo el derecho a protestar y como digo, a no compartir. Actitud nada moderna, como se puede ver, y que contradice todo lo que en “aquellos tiempos” creí que ocurriría cuando llegaran estos.  (Ultimamente me estoy contemplando a mí misma en situaciones que siempre afirmé que no protagonizaría; ya no me atrevo a decir “no haré esto” o “no pensare aquello”, aunque a veces la prudencia me falta y sigo afirmando verdades que a la postre se vuelven del revés).
1.      Siempre me he considerado feminista, al menos siempre “en aquel entonces”; hoy, y a la vista de los acontecimientos, comienzo a dudar de la “pureza” de mis ideas… Soy absolutamente partidaria de la igualdad de derechos, de oportunidades, de que hombres y mujeres compartamos tareas, trabajo, obligaciones… (ya expuse todo esto en la entrada “Un café en el ascensor”). De hecho, mi más frecuente motivo de enfado es la impresión (posiblemente sólo es mi impresión) que tengo de llevar a diario sobre mis hombros “femeninos” toda la carga de la rutina doméstica de todos los que me rodean. Soy muy reivindicativa en este tema.
2.      Por supuesto, siempre me ha parecido que un hombre que “levanta la mano” a una mujer es abominable; sólo pensar que algo así era una costumbre aceptada, e incluso bien vista en algún caso, hace no tantos años -pensemos incluso en nuestros propios abuelos; pero también las abuelas utilizaban la zapatilla con nuestros padres, vaya universos domésticos violentos- me pone la carne de gallina. Ya no digamos la violencia verbal, que tanto asusta a cualquiera y más a los niños; los insultos, las palabras sucias, agresivas y vejatorias; el desprecio, la humillación…que sume a los seres indefensos en el terror y el desamparo. Todo ello es lo más oscuro y denigrante que puede suceder en el secreto de un hogar. O a la vista de todo el mundo, si lo hace el marido con su mujer y sus hijos delante de otras personas, familiares o no, despreciándolos y destrozando su autoestima (pero también he visto a mujeres hacer lo mismo con sus maridos delante de sus amigas o sus madres…) La violencia entre personas que supuestamente se quieren y comparten su vida es algo que da asco y pena. Y mucho miedo.
3.      En la época de la transición era muy frecuente escuchar historias sobre violadores y violaciones. ¡Hasta Ana Belén tenía una canción sobre el tema…! Parecía que este tipo de delincuencia era más frecuente que años atrás. A mí, que estaba despertando al mundo, me aterraba la idea, y siempre, cuando se me hacía de noche al volver a casa, iba por medio de la calzada si la calle era estrecha y solitaria, porque me parecía que así tenía más escapatoria ante cualquier ataque; y en las calles concurridas caminaba pegada a la espalda de alguna persona con aspecto respetable,  para poder echar mano de alguien que me ayudara en caso de necesidad. Mi miedo a que pudiera ocurrirme algo así era visceral y tremendo, como el de una indefensa Caperucita que se siente amenazada por la posible presencia del lobo.
4.      En mi colegio hubo durante algunos meses un profesor suplente que a todas las chicas nos gustaba. Algunas decían que era un “sobón” y que se aprovechaba de las circunstancias. Yo me sentía muy halagada cuando me dedicaba más atención… pensaba que lo hacía por mis cualidades intelectuales… y eso me hacía sentir importante.  Hasta que un día me pareció que el “abrazo” que yo consideraba fruto de una “moderna” camaradería tenía más de rijoso que de amistoso… quizá estuviera influida por los comentarios de mis compañeras. Pero si me acuerdo todavía es porque me impresionó (me asqueó) lo suficiente como para a partir de entonces poner mucha más distancia… no volvió a suceder ni oí comentarios que fueran “más allá”. Afortunadamente, nunca hubo ningún caso de abusos en el colegio. 
5.      En la piscina donde los últimos meses he estado haciendo ejercicio hay muchos hombres mayores (casi ancianos, diría yo) que chapotean con sus bañadores playeros, nada adecuados para el ejercicio,  y se dedican únicamente a “monear” y “hacer que hacen”, mientras se fijan descaradamente en las señoras (mayoría) que intentan esforzarse para realizar los movimientos indicados por la monitora; señoras también ya de edad, con ningún interés en pegar la hebra, por no decir otra cosa, con ese tipo de babosos. Una tarde escuché a uno que le decía a otro según salían del agua algo así como: “anda, que será por mujeres…todas las que hay aquí!” Me sentí tan ofendida que he procurado no estar nunca cerca de ese tipo.
Hago estas reflexiones tan personales para “justificarme” de algún modo, y presentarme como una mujer con “principios”, antes de exponer mi opinión sobre los últimos movimientos feministas, tales como el “Me too” y  las tendencias e ideas de moda entre las chicas más jóvenes de nuestro mundo occidental.  A esto es a lo que me refería más arriba cuando hablaba de aquello que hoy por hoy no comparto ni comprendo.
No comprendo que se promueva una “caza del hombre” como en su día se llevó a cabo una “caza de brujas” en el mundo de Hollywood; no admito que simplemente porque una mujer acuse a uno (movida quizá por ánimo de venganza) se le condene en el acto en los medios de comunicación, lo que significa condenarlo a nivel global, demonizarlo universalmente, sin tener en cuenta la presunción de inocencia ni darle la posibilidad de defenderse; no comprendo que se compare la actitud insinuante de un hombre que quiere ligar con una  mujer, con la violencia, el abuso impune o la rijosidad zafia; no puedo entender que una mujer se sienta agredida porque en algún momento un hombre la mire con “codicia”, como dice Marías en su novela, si esa mirada se hace de un modo no ofensivo, invasivo ni denigrante. Tampoco comprendo a aquellas otras mujeres que se pintan como una puerta y se ponen escotazos para luego decir que de ningún modo consentirán que las miren de ese modo. ¿Cuál es la razón entonces de comportarse así? ¡Y que conste que no estoy justificando ninguna actitud violenta con esta frase!, ya lo he dicho bien claro. Simplemente, me parece una actitud hipócrita la de exhibirse pero prohibir que se las mire, como si en un escaparate un orfebre mostrara su obra, joyas maravillosas, y se ofendiera si alguien las contempla con admiración. (Por el contrario, y siguiendo a Marías de nuevo, a ciertas edades -y supongo que eso no podrán comprenderlo muchas chicas jóvenes de hoy en día, seguidoras de las “lideresas” de la nueva mujer-,  sentirse mirada así es todo un baño de autoestima…! )

Tampoco comparto la actitud de la “nueva mujer liberada” que parece no preocuparse de su aspecto, que defiende un cuerpo “natural” y sin aderezos y que desprecia aquello cuyo fin sea “ayudar a gustar”, estar más atractiva. No lo comparto porque a mí como mujer sí me gusta sentirme atractiva, me hace estar segura de mí misma y pisar más fuerte por el mundo (aunque a veces vaya hecha un desastre, que una cosa no quita la otra). A mí me ha encantado y me encanta “vestirme” para mi pareja, ponerme lo que sé que le gusta más, como parte importante del juego erótico que tiene que darse en toda relación amorosa. Una cita a la que se acude especialmente vestida es una cita especial.
No comparto que se entienda el coqueteo como un ataque o una invasión. ¿Qué hay más divertido y más estimulante que  ese tira y afloja entre un hombre y una mujer, insinuándose y poniendo freno a la vez?
Estoy de parte de Catherine Deneuve y las otras mujeres francesas que han escrito el controvertido manifiesto. Estoy de parte de Simone de Beauvoir, reconocida feminista a la cual ahora las activistas estadounidenses tachan de todo lo contrario, simplemente por defender el juego amoroso, o erótico, en el cual el hombre  y la mujer se buscan y se alejan, se ofrecen y se rechazan, para al final, si ambos lo desean, acabar encontrándose.  
Y ¿qué pasa con nuestros jóvenes, perdidos y angustiados porque piensan que en cualquier momento su actitud puede considerarse equívoca, puede atemorizar a alguna chica que llevada por un extremo de corrección feminista los considere acosadores?
En este sentido, destaco algunas frases leídas en el manifiesto francés:

“Del otro lado, se convoca a los hombres a encontrar, en lo más profundo de su conciencia retrospectiva, un "comportamiento fuera de lugar" que podrían haber tenido hace diez, veinte o treinta años, y del cual deberían arrepentirse. (…) Al borde del ridículo, un proyecto de ley en Suecia quiere imponer un consentimiento explícitamente notificado a cualquier candidato para tener relaciones sexuales…”

En la época del empoderamiento femenino, ¿por qué renunciar a uno de nuestros poderes, el poder de gustar a los hombres -y en general a todo el mundo-?
En fin; no me voy a extender más, que ya lo he hecho bastante. Supongo que algunos de mis lectores más jóvenes tendrán muchos reparos que hacerme; pero después de llevar meses pensando en escribir esta parrafada, me siento mucho más liberada como persona y como mujer. Esto es lo que yo creo. Si el mundo que viene convierte las relaciones amorosas en una simple transacción, aséptica, tasada, firmada y convenida a través del móvil, no tendré más remedio que aceptarlo como una realidad. Por suerte, yo ya tengo al lado alguien con quien puedo jugar a ser quien quiera.

P.D. Añado unas últimas líneas a esta entrada el día 8 de mayo, después de que el filósofo Slavoj Zizek, en un discurso pronunciado el día anterior en el Círculo de Bellas Artes, con motivo de la entrega de su Medalla de Oro, dijera esto: (Me halaga y reconforta ver que hay personas de altísima talla intelectual que opinan exactamente lo mismo que yo...)

"Cuando las mujeres se visten provocativas, se objetualizan para atraer al hombre, están jugando activamente. Y esto es lo que molesta a nuestro chovinismo masculino que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros. Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”.

Pues eso, juguemos!! 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Cambio de tendencia

De nuevo aquí, escribiendo una entrada más en este blog que lleva publicándose casi seis años, madre mía quién lo diría...y que de vez en cuando echo en el olvido pero no me resisto a mantener, animada sobre todo por vuestros comentarios (aunque esporádicos, alentadores y entusiastas) y también porque es una forma de reflexionar sobre lo que nos rodea, que para eso fue concebido. Reflexionar, algo siempre tan necesario y a veces tan difícil de conseguir en este mundo de locos que vivimos todos...
En este mundo complicado y caleidoscópico en el que nos tenemos que mover a diario, como peces llevados por distintas corrientes que nos arrastran y nos desorientan. Y en este frenesí de idas y venidas nos cruzamos continuamente con otros seres, atribulados como nosotros, que también llevan los ojos abiertos por el asombro o la duda o el miedo, y quizá desgarros en la piel y pérdidas en el alma. Y en el torrente del acontecer cotidiano vamos recibiendo a unos y despidiendo a otros, coincidiendo con algunos quizá un tiempo breve, en el que apenas nos de lugar a reconocernos; y compartiendo viaje con otros durante largos lapsos de nuestra vida, en los que contemplamos mutuamente cómo sufrimos, gozamos, caemos y nos levantamos.
Así, aunque nos parezca que los pensamientos y las emociones son permanentes, que nos mantenemos firmes en nuestros pareceres, la verdad es que ese devenir nos convierte en seres cambiantes, e introduce en nuestro entorno continuamente aspectos nuevos que nos mueven a ver la realidad de otro modo. Pero el filtro de colores, claros u oscuros, brillantes o apagados, está puesto en nuestra forma de mirar.
Hace muchos años me cruzaba prácticamente a diario con una mujer de mi edad, atractiva, elegante y bajo mi punto de vista displicente y soberbia. Prácticamente no nos saludábamos, aunque compartíamos motivos para hacerlo y nos conocíamos de sobra. Yo la consideraba francamente antipática. Hasta que cambió el filtro y la vi de otro modo. Por una de esas circunstancias de las que hablaba tuve que visitar su casa, y la vuelta a la mía se iba a producir en unas condiciones para mí bastante penosas. Pues bien; tanto ella como su marido me ayudaron de un modo desinteresado y sincero que no olvidaré, y a partir de ese momento se creó entre nuestras familias una relación de amistad sincera y jubilosa. Nada de antipatía ni de soberbia. Más bien prisa, o timidez, o cualquier otro motivo era el que hacía que esa persona no me saludara hasta aquel momento. Pero afortunadamente sucedió algo que cambió la tendencia.
Como este caso he vivido infinidad; muchas veces en nuestras relaciones con la gente que nos rodea surgen malentendidos, resquemores, desconfianzas...aun entre las personas a las que apreciamos sinceramente. Y al contrario, de vez en cuando algo hace que aquellos a los que no miramos con agrado nos presenten una cara distinta, más amable, más cercana, incluso afectuosa...Pero lo más importante es que casi siempre todo está condicionado por la predisposición a favor o en contra que sentimos hacia el interlocutor al que nos dirigimos.
Me explico: si en vez de considerar una estirada a esa mujer con la que me cruzaba a diario yo hubiera hecho la intención de saludarla con una sonrisa, probablemente ella hubiera reaccionado de un modo tan amigable como lo hizo después. Era mi propia actitud la que hacía que esta persona se comportara siguiendo el patrón que yo le había marcado. 
Me ha ocurrido a menudo que cuando pienso que alguien está enfadado conmigo o que he herido a alguien con mi forma de actuar, al dirigirme a esa persona voy a la defensiva; me pongo en modo agrio y agresivo y eso provoca el disgusto o el malentendido entre ambos, cuando es posible que no existiera tal enojo ni herida. Y en cambio, si frente a alguien huraño o esquivo he sido capaz de esbozar una sonrisa y decir una palabra amable, muchas veces se ha vuelto la torna y de repente he descubierto un lado risueño y cálido en quien creía lejano y displicente.
No estoy descubriendo nada nuevo, desde luego; cualquiera que haya hecho una mínima incursión en los temas de gestión emocional sabe que esto es así. Pero me quiero parar a reflexionar sobre ello aquí porque aunque la teoría nos suena a todos, lo difícil es ponerla en práctica. Pero a poco que lo intentemos, nos daremos cuenta de que es automático: lo bueno puede volverse malo con un simple gesto torcido, y lo malo puede esfumarse con una simple sonrisa. (Que por otro lado, parece que se venden muy caras; hay que ver qué poco sonreímos con lo fácil y agradable que es).
Últimamente yo misma he experimentado varios "cambios de tendencia".
Uno se ha producido en mi entorno. He dejado de encastillarme en el resquemor y la ira; he procurado ser amable, comprensiva, afectuosa incluso. He cedido y negociado. He sido sincera y reconocido mis errores. Y he recibido, de vuelta, actitudes muy positivas que ya no esperaba encontrar nunca en algunas personas. Un auténtico cambio que espero que se mantenga si de mi actitud depende...!
El otro se ha dado dentro de mí misma. Después de sufrir uno de esos terremotos emocionales (náuseas en el alma, los llamo yo) que provocan en el ánimo las malditas hormonas de la madurez, y estar varios días rumiando mi malestar, de repente, harta ya, decidí que se acabó; a partir de ese momento en que tomé conciencia de que nada iba tan mal como para sentirse así, decidí comenzar a disfrutar de lo que se me estaba brindando y reírme y gozar con la vida y con las pequeñas cosas que  tanto me alegran y me satisfacen.
Procuro hacerlo cada vez que me ocurre. Quizá no siempre lo consiga del todo, pero me siento mucho mejor si lo intento.
Así que lanzo un propósito, ahora que se acerca la época de las buenas intenciones: "¡Cambiemos la tendencia!"

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