Buscar este blog

martes, 16 de diciembre de 2014

Leer

Hace unos días escuché en la radio que iban a celebrarse en Madrid unos conciertos en los que se mezclarían lecturas de varias obras de Thomas Mann con música que a él le gustaba especialmente, ya que por lo visto era un gran melómano. Como llevo desde el verano leyendo La Montaña Mágica, me interesó la noticia y presté atención. El primero de ellos consistía en una lectura dramatizada (la iba a interpretar José Luis Gómez, que me encanta) de la declaración de amor que hace Hans Castorp a Madame Chauchat, justamente en esta novela. Precisamente acababa de terminar ese pasaje, que en mi edición afortunadamente viene tal cual en el original, o sea en francés, por lo que tuve que leerlo varias veces: la primera, entendiendo el sentido y la intención del texto; las siguientes, arrebatada por su hermosura y su poética pasión, ayudada por el diccionario. Hubiera dado cualquier cosa por poder acudir y escucharlo en boca de uno de mis actores preferidos. Pero cuando estaba imaginando lo maravilloso que resultaría ese concierto, de repente el locutor del programa siguió hablando de la novela en cuestión y comentó que alguna de las músicas que se incluirían sería la canción que el protagonista va cantando camino del frente, ¡de la batalla en la que morirá! Ya me ha destrozado el final, pensé.
Pero inmediatamente, me di cuenta de que no. Precisamente por mi forma de leer.  
 
Me encanta leer desde que era muy pequeña. Recuerdo perfectamente el primer texto que fui capaz de leer yo sola: un comic de 101 Dálmatas de Disney, en esos libros gruesos de "Películas" que algunos recordarán. Cuando me di cuenta de que encontraba sentido en esas letras organizadas en grupos, salí corriendo tan contenta para contárselo a mi hermana. Después seguí con los siguientes tomos (aún los conservo), y con mi querido libro de párvulos, "Piñón", que años después leí yo a mis hijos. A partir de ahí siguió una carrera imparable con los clásicos de la época y con lo que me iban regalando o yo iba eligiendo entre los libros de mis hermanos. Era auténticamente voraz; caían uno tras otro a una velocidad de vértigo, siempre ansiosa por comenzar el siguiente.
Este modo de leer me ha durado muchos años, y he disfrutado enormemente de todas mis lecturas durante este tiempo. Generalmente leía durante la siesta, una costumbre que arrastro desde que tenía que sustituir el obligatorio sueño que me horrorizaba por algo igual de tranquilo pero más gratificante. En vacaciones, también durante la mañana, horas y horas, hasta que sentía que el dolor de cabeza estaba al acecho. Y en ese momento en que ya no podía más, pero me picaba enormemente la curiosidad por saber cómo seguía la historia, solía mirar páginas adelante, e incluso a veces el final. Todo el mundo me criticaba esta costumbre. Pero yo seguía haciéndolo. Y después de muchos años he comprendido por qué.
Para disfrutar de verdad de un buen libro es necesario invertir un tiempo, y saborearlo con tranquilidad. Si se navega a su través con la ansiedad de conocer el final, se pierde la magia, el sentido y el ritmo de la literatura, todas las horas de lucha que su autor ha invertido en ponerlo de pié. Nos quedaremos con una idea general, con el "retrogusto", pero no saborearemos cada línea como se merece. Muchas veces yo he sido una "alcohólica" de la lectura, tragando hojas y hojas como Gargantúa para avanzar más rápido. Ahora he aprendido a ser una gourmet y detenerme en cada detalle como en las notas de un buen vino.
Y en realidad, todo esto se debe a que los años...no perdonan! Cuando uno se hace mayor, el momento de la siesta es terrible, y muy probablemente la cabeza se caerá sobre las páginas si tratamos de leer a esa hora. Por la noche, más de lo mismo. Estamos tan cansados que la tranquilidad que aporta un buen libro hace que caigamos en el letargo...Así que yo leo una y otra vez, una y otra vez, cada capítulo, hasta extraer el último filón de magia, de poesía, de emoción...Por supuesto, ahora tardo mucho más que cuando era adolescente. Disfruto el doble, pero para eso necesito tener la "tranquilidad" que me aporta saber hacia dónde voy!
De todos modos, quien tuvo retuvo, y si se presenta uno de esos novelones llenos de interés y con una trama absorbente, tengo que hacer verdaderos esfuerzos para ir despacio...y a veces no lo consigo...¡y corro hacia el final! Pero luego vuelvo sobre mis pasos, a las páginas que me han parecido más llenas de carácter, y las releo para apreciar lo que de verdad ha querido regalarme el autor.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Quedarse o partir

Nunca he sido ecologista, o por lo menos no lo que se entiende por un ecologista al uso. Me encanta disfrutar de la Naturaleza, por supuesto sin dañarla; no me gusta ver los animales encerrados en zoológicos fuera de su hábitat por mucho que lo vistan de conservacionismo; no soporto encontrarme basura tirada en la montaña o en la playa y me entristecen los accidentes que ensucian nuestras costas y envenenan a los habitantes marinos. Pero no soy, ni he sido nunca ecologista.
Hace muchos años, mucho antes de que se viniera hablando del cambio climático que es hoy una realidad quieran o no verlo los científicos y los políticos, en los albores del movimiento ecologista, yo, con mi eterno espíritu crítico, hice mi propio análisis de la cuestión y llegué a una conclusión que he mantenido siempre ante quien quisiera escucharme. Desde que comencé a escribir este blog venía pensando exponer mis ideas sobre este tema, pero no encontraba el momento de abordarlo. Ahora tengo una razón que me impele a ello. He visto la película Interstellar. Pero no adelantemos acontecimientos.
 
Cuando comencé a escuchar a los que hablaban de conservar la Tierra tal como está ahora e impedir que la mano humana infligiera cambios irreparables a nuestro planeta me parecieron de una ingenuidad y a la vez una prepotencia infantiles. Me explico:
 
La Tierra es muy vieja, mucho más que la raza humana. A lo largo de millones de años se ha ido transformando, de modo que ha tenido muchos aspectos distintos: congelada o erupcionando fuego y lava desde sus entrañas conmovidas; con una única balsa de roca flotando sobre los océanos o quebrándose y produciendo magníficos choques entre placas que se elevaban formando cordilleras. Y todo lo hizo ella solita. Nosotros no estábamos allí. Es más, no hubiéramos podido vivir en esas condiciones inhóspitas. Sin embargo, seguía siendo el mismo planeta: nuestro planeta Tierra.
Cuando su furor uterino se calmó por fin surgió la vida. Pero no la nuestra, aún. Se sucedieron especies que habitaron como huéspedes más o menos fijos, más o menos fugaces este lugar en transformación. Todas ellas contribuyeron, dejando algo de sí, a los cambios futuros. Algunas, como los dinosaurios, fueron unos inquilinos muy estables: se quedaron aquí cientos de millones de años. Ellos vivían en un medio muy distinto al que nosotros ahora conocemos. Hasta que desaparecieron, no se sabe a ciencia cierta por qué.
Y de un modo u otro, por casualidades y evoluciones genéticas, en un momento no muy lejano llegamos nosotros. Que somos, querámoslo o no, un producto más de la constante transformación planetaria. Que somos, querámoslo llamar así o no, un producto de la Naturaleza (por cierto, nunca he entendido la diferencia que en el cole hacen de lo "natural" y lo "artificial". ¿es que un nuevo material creado por una reacción química provocada en un laboratorio construido por la mano del hombre -un ser natural, o sea, creado por la misma Naturaleza- es algo ajeno a los elementos de la tabla periódica, sustancias puras que forman parte de todo lo que nos rodea? En fin...). Y comenzamos a vivir aquí, adaptándonos al medio, pero también transformándolo para hacerlo más cómodo, más dócil. Intentamos domesticar las fuerzas telúricas: el fuego, el viento, el poder de las mareas, la fuerza de las corrientes, el temblor de las entrañas terrestres. Y en cierto modo lo conseguimos, al menos en parte. Pero esta adaptación conlleva una transformación. Desde el minuto uno. Nuestras acciones, nuestra cultura, abren surcos, erizan la superficie con construcciones, graban piedras, modifican la vegetación. La Tierra ha ido cambiando con nosotros pero incluso a pesar de nosotros: a épocas de grandes fríos se han sucedido otras de grandes lluvias (como la del Diluvio Universal, narrado por todas las culturas y religiones); ella también sigue su propia inercia evolutiva.
De ahí que tilde al ecologismo de ingenuo y de prepotente: porque olvida e ignora que el planeta ha cambiado y cambiará pese a nosotros o a quien sea que lo habite en cada momento.  
No es ahora, en los últimos siglos, cuando se ha producido la transformación que los ecologistas denuncian. Lo que ha ocurrido ahora, (y por eso no soy ecologista, porque me parece que esta palabra que alude a la generosidad lo que está es imbuída de un tremendo -y humano- egoísmo), es que empezamos a comprender que las mudanzas producidas para nuestra adaptación se nos han escapado de las manos, y que este lugar, este planeta, pronto va a dejar de ser habitable para nosotros. "Para nosotros". Lo cual no significa que la Tierra vaya a desaparecer, a dejar de existir, y que no surjan otras especies, otros inquilinos nuevos que la encuentren perfecta para desarrollarse. Ah, pero eso a nosotros nos da igual. Queremos conservar el planeta tal como está, pero no por amor a la Tierra, gran roca navegando el espacio infinito, sino a nuestra propia raza humana, que necesita que permanezca igual a los últimos cientos o miles de años (una anécdota en su larga vida) para poder sobrevivir.
 
Sobrevivir. Esa es la idea. La necesidad. La urgencia. Pero ¿aquí o en otro lugar? ¿Quedarse o partir? He ahí el gran dilema, la gran responsabilidad.
 
En Interstellar, película que recomiendo fervientemente, los humanos prácticamente hemos agostado el planeta. (Algo parecido a lo que ocurría en Wallee). Nos hemos convertido en granjeros. No interesa la inteligencia, la intuición, la chispa del cerebro humano. Se promocionan las personas adaptables que proporcionen alimento al resto. Pero unos pocos saben que no se puede continuar así por mucho tiempo. Hay que buscar una solución, fuera, en otra galaxia. Buscar un nuevo hogar.
No voy a hacer spoiler de la peli. Sólo quiero decir que ante nosotros se abre ahora, ya, una disyuntiva definitiva: cuidar lo que tenemos, es decir, ser ecologistas, ser egoístas, para quedarnos aquí durante algún tiempo más; o seguir expoliando lo que nos alimenta, y una vez que ya no quede nada, partir, huír. ¿A dónde? Esa es la más tremenda incógnita. La "X" definitiva de la ecuación. Y no sé si seremos capaces de hallarla. Probablemente sí, no sé cuándo ni con qué consecuencias.
 
Pero sinceramente, aunque confío ciegamente en la inteligencia humana y creo en los viajes en el tiempo y en la física cuántica, no tengo ningunas ganas de meterme en una nave espacial. Estoy muy agusto aquí, bajo el maravilloso cielo azul que nos cubre y tras el cual se adivinan estrellas demasiado lejanas. Así que, siendo doblemente egoísta, procuraré por mi parte hacer todo lo posible para que mi hogar planetario siga siendo confortable y placentero. Prefiero quedarme a partir.

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...