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jueves, 6 de diciembre de 2012

"Elogia, que algo queda..."

Una boda. Cuando termina la cena, todas las chicas salimos escopetadas al baño, aunque sólo sea para estirar un poco las piernas, que se han quedado entumecidas después de casi dos horas de estar esperando el próximo plato. Y también a repasar el carmín...
En los lavabos somos multitud. Allí encuentro a gente de la familia, a mujeres que me suenan  de vista y a perfectas desconocidas. (¿Eres del novio o de la novia...?) Una de las últimas me ha llamado la atención ya en la ceremonia. Va preciosa: un vestido negro años cincuenta, moño estilo Audrey Hepburn, collar y pendientes de perlas que aunque siempre quedan serios no pueden ocultar lo jovencísima que es. Ahora que estoy frente a ella me fijo en otros detalles: pequeñas flores amarillas que adornan su pulsera y sus zapatos, a juego con un bolsito de fiesta estilo bombonera totalmente amarillo canario. (Qué mezcla tan atrevida, y tan alegre...) Una amiga la está admirando y le echa piropos, quizá esperando un elogio recíproco. Y yo no puedo evitarlo; me vuelvo y le digo: "No te conozco de nada, pero vas de diez; ya me he fijado en tí en la Boda y ahora te lo tengo que decir: estás genial; me encanta tu vestido, el bolso y las flores amarillas, y el fantástico moño con diadema."
La chica me mira atónita, y cuando reacciona me da efusivamente las gracias, muy contenta, y me pide que le permita darme un abrazo, a lo que por supuesto accedo de buena gana. "Usted también va muy elegante", me dice sin mucha convicción; más bien para agradecerme el detalle de haber ensalzado su look de fiesta.
A todos nos gusta que nos regalen de vez en cuando el oído, sobre todo si hay razones objetivas para ello: ropa nueva, unos kilos de menos, un cambio de peinado...llegamos al trabajo o a una reunión esperando que los que nos rodean (y suponemos que nos estiman) hagan grandes alharacas al comprobar un cambio a mejor en nuestra apariencia, cambio del que somos conscientes y en el que hemos puesto intención y empeño. Y la mayoría de las veces nos llevamos un buen chasco: sólo encontramos un silencio indiferente, y en ocasiones alguna tímida constatación de los hechos: "ah, te has dado mechas..."
Sin embargo, cuando uno sabe que ese cambio a mejor existe, porque todos tenemos ojos en la cara y espejos en las paredes que nos dicen si ese día estamos fantásticos o penosos, resulta chocante cuando no enojoso que nadie se fije (o parezca fijarse) en eso de positivo que nuestro aspecto presenta hoy. Y nos preguntamos, "¿pero cómo es posible que no se den cuenta de que los pantalones me quedan más sueltos?"  "¿Es que no ven que llevo una blusa nueva?"  "¿Será que mis zapatos son tan vulgares que pasan inadvertidos?" Por el contrario, en alguna ocasión califican como atractivo y novedoso  algo que de tan antiguo y usado ya ni uno mismo toma en cuenta.

Esta actitud tan generalizada (aunque a todo hay excepciones y en este caso siempre muy gratas) hace que uno intente explicarse cuál es la razón de un comportamiento tan caprichoso y aleatorio. En primer lugar, se piensa  en la envidia. Hay muchas personas que aun siendo fantásticas tienen tan baja estima de sí mismos que cualquier detalle significativo en los demás les sumen en la tristeza del bien ajeno. Y aunque estén viendo algo que les parece estupendo, como creen carecer de ello, prefieren no ponerlo de manifiesto para que su falta no sea evidente. Pero ese tipo de gente no es mayoritario, afortunadamente; aunque alguno siempre encontramos en todo grupo humano, no solemos vivir rodeados de envidiosos... En segundo lugar, están aquellos que aunque se dan cuenta del detalle novedoso se callan con intención de fastidiar. Esta actitud podría  ser  asimilable a la del anterior,  porque no produce beneficio al que se calla más que el de no dar una alegría al otro. Por otra parte está  la falta de atención. Hay personas muy poco observadoras que sin tener intención de hacer daño simplemente no reparan en lo nuestro. Esto sienta bastante mal a los que sí se fijan en lo bueno que tienen los demás. Y por último, hay a quienes les da pudor hacer comentarios elogiosos del resto, porque piensan que si lo hacen van a crear una situación embarazosa de la cual no sabrán salir airosos.

Todos estos motivos para el silencio son frecuentes, pero debería hacerse todo lo posible para no caer en ellos. ¿Qué trabajo cuesta decir lo que pensamos? (Siempre que sea algo bueno, claro está, no se trata aquí de denostar a nadie: lo que no nos gusta, mejor callarlo). Al que escucha le haremos sentir bien, y  nosotros también recibiremos de vuelta parte de ese bienestar. Si nos gusta que nos halaguen, ¿por qué no empezamos por dedicar alguna palabra bonita a los que tenemos más cerca, si realmente lo merecen? Perdamos el miedo a ser agradables; eso no nos va a hacer más vulnerables, ni menos respetables ni peores personas; todo lo contrario. Los que reciban el elogio que yo ahora aquí reivindico reaccionarán como la chica de la boda: al principio con cierta sorpresa, pero enseguida con gratitud y cordialidad recíproca.

Hagamos el mundo un poco más amable, un lugar en el que sentirse apreciado y valorado. Hagamos todo lo contrario de lo que aconseja el refrán, y siempre que surja la oportunidad cambiémoslo por este: "Elogia, que algo queda".





martes, 13 de noviembre de 2012

"lo bien hecho..."

"Lo bien hecho, bien parece". Ese era uno de los muchísimos dichos que mi abuela, mi madre y otras mujeres que me rodearon en la infancia relataban de vez en cuando, si la ocasión lo requería o lo propiciaba, y que a fuerza de oirlos han pasado a formar parte de mi memoria inconsciente, de manera que yo también los utilizo, algunos habitualmente y otros rarísima vez. (Siempre hay alguno que mis hijos nunca habían escuchado antes de mi boca, ni de otra, y cuando me lo advierten yo me sorprendo mucho, ya que para mí es tan familiar como los demás; quizá no había surgido antes la ocasión). Me encanta apostillar cualquier hecho o conversación con estos ripios que me vienen de tan lejos y que me traen un olor añejo y casero a tradiciones antiguas de hogar. Me hace cierta gracia escucharme diciendo cosas que podría haber dicho mi abuela; de algún modo me acerca a ella a través del tiempo y el espacio.
El que quiero rescatar hoy se puede aplicar perfectamente a nuestro quehacer cotidiano, y sobre todo a las actividades que llevan a cabo muchas personas que nos rodean día a día. Cuando pienso en aquellas mujeres sentenciosas poniendo en sus labios ese refrán, mi mente le asocia enseguida un adjetivo que me encanta: "primoroso". Un bordado primoroso,  una letra primorosa,  un balcón  lleno de macetas primorosas. Siempre referido a una actividad manual hecha con cariño, con cuidado y dedicación, con limpieza y con afán, procurando que el resultado sea excelente, pero que además transmita el amor con el que se ha realizado. Aunque debo reconocer que todo esto suena algo antiguo (yo misma a veces me parezco muy antigua - y no es cuestión de edad-) e incluso cursi, la verdad es que echo en falta desde hace bastante tiempo ese "primor" y ese gusto por las cosas bien hechas en muchas de las que yo o los demás realizamos cada día.
Por ejemplo, me molesta sobremanera (quizá esto sea un poco injusto) que la persona que ayuda en las tareas de la casa no ponga cuidado o esmero en terminarlas, y queden cumplidas, pero no rematadas, o al menos no como yo querría, sino un poco al desgaire, como esperando que otra mano más atenta dé un tironcito a la colcha o gire un cenicero o ahueque un cojín. Otra mano que ponga amor a las cosas inanimadas para que ellas a su vez lo transmitan a quien las utilice. Ya comenté en otra entrada que me gusta que cada objeto esté en su sitio: hay que poner orden en las alacenas, en los cuberteros, en los armarios roperos, para que todo luzca con "primor". Evidentemente, las prisas con las que va esta mujer no son compatibles con la dedicación que precisa una labor bien hecha. Demasiado hace con acabar todos los cometidos que se le encomiendan, que son muchos y en un tiempo escaso. En otras épocas, en las que se iba más despacio y las mujeres que trabajaban en casa ajena eran poco más que esclavas, sí se exigía la perfección, so pena de repetir las veces que hiciera falta lo que la tirana "señora" de turno creía inacabado o mal hecho. (Eso tuvo no obstante una consecuencia positiva, entreverada en el cúmulo de sinsabores y desmayos: las chicas aprendían dentro de estas familias acomodadas un oficio, el de amas de casa, que en su mayoría iban a desempeñar cuando salieran de allí. Y así, en su vida personal aplicarían después el mismo ahínco que antes pusieron en tener un hogar ordenado y pulcro. También, pero este es otro tema, pudo contribuir esta experiencia doméstica del primer franquismo a crear una amplia clase media que repetiría en la medida de sus posibilidades los patrones aprendidos en las casas de la clase alta dirigente).

En esta falta de tiempo y en la premura con la que todos andamos trajinando veo yo la causa de la mediocridad que me repele: vamos todos azogados, queriendo acabar antes de haber empezado. Y así, el electricista anda rezongando mientras desatornilla las clemas porque piensa en el próximo trabajo que le espera y en las horas que se le harán; el albañil se marcha de casa dejando las baldosas renqueantes y la lechada desigual; el oficial de Correos pone el matasellos de cualquier modo y como caiga, aunque el sello sea de colección y el envío tenga un valor estético; la cajera del supermercado coloca los alimentos en las bolsas al buen tun tun, según van llegando en la cinta rodante, sin pensar si está mezclando la lejía con el pan; el estudiante amontona sus apuntes, o lo que es peor, los ajenos, arrugando y descolocando las  hojas en las que después tendrá que afanarse y estudiar; en los almacenes de ropa, las prendas que otros clientes seleccionaron en un principio y después desecharon se amontonan unas sobre otras en los parabanes como trapos viejos sin que nadie tenga cuidado de colocar donde estaba aquello que escogió para probarse; el camarero que nos atiende no limpia las migas que ha dejado el cliente anterior y trae la consumición confundida o  mal preparada; no se provee al cliente de aquello que con seguridad va a necesitar, sino que se espera a que éste lo reclame de malos modos, "porque le están haciendo perder tiempo".
Y así, mil y un ejemplos de lo que las prisas provocan a nuestro alrededor: una algarabía de desorden y manquedades que ensombrecen nuestra vida, le quitan color, virtud y bondad.

Tampoco es que yo ande sobrada de buenas hechuras, porque tampoco lo voy de tiempo. Pero últimamente tengo una manía: en mi trabajo, cuando me enfrento a un expediente algo complicado y no sé por dónde empezar, lo primero que hago es desgraparlo. Me tiro un buen rato desliando ese amasijo de alambre en que se convierten las grapas cuando caen unas sobre otras hoja tras hoja, a pique de pincharme y tener que inyectarme la vacuna del tétanos. Luego, a medida que los leo, ordeno los informes, los documentos, que van adquiriendo sentido al ocupar su sitio. Y así, cuando llego al final, ya tengo una visión clara de lo que habrá que resolver. Puede parecer una pérdida de tiempo o una tontería, pero me ayuda a ordenar mis ideas y a ponerme al tajo, que a veces se me hace tan cuesta arriba. Y es una forma de convertir un aburrido montón de papeles en un documento digno de representar, dentro de muchísimos años, parte de nuestra Historia.

El caso es introducir un poco de ese "primor" que tanto se echa en falta en lo que nos rodea. Pienso que si cada uno pusiéramos un granito de interés en lo que hacemos a diario la vida se nos haría más fácil a todos. No cuesta tanto y seguro que los demás nos lo agradecen con una sonrisa.

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