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domingo, 3 de marzo de 2019

Vive la Différence!

Carnaval y Día de la Mujer. Muchos acontecimientos en el principio de este mes de marzo primaveral y lúdico. Y todos ellos nos hablan de igualdad, de igualarnos. ¿Igualdad...? Me pongo a reflexionar sobre dos eventos tan diferentes, pero con tantas concomitancias. 
 
En el Carnaval se trata de que todos nos disfracemos de lo que más nos gusta, es decir, de lo que quisiéramos ser -al menos, en ese momento; no creo que a la gente le apetezca ser una caja de galletas, pongo por caso-. (De esto ya hablé en otra entrada de 2015...) Se nos da, por tanto, la oportunidad de ser "iguales a otros" que no somos nosotros: de ser "distintos" de lo que somos e iguales a aquello que deseamos. Es decir, el pobre puede disfrazarse de millonario y el rico puede disfrazarse de torero o de prostituta o de pirata. El Carnaval nos iguala porque nos da la "oportunidad" de ser lo que queramos. Todos somos iguales en la posibilidad de cambiar de rol, de apariencia, de sexo y de todo. El disfraz, como en el teatro, nos ayuda a jugar un papel que de otro modo quizá nunca hubiéramos representado. Por un momento todos hemos sido iguales, hermanos casi, bajo la máscara; nadie ha preguntado por qué, con quién ni a dónde. En la marea humana del Carnaval sólo existe el cambio, el truco, la incógnita. Da igual si se es rico o pobre, si se es buena persona o un malvado. La máscara nos hace iguales, todos culpables o inocentes. Pero eso sí, es un juego breve; cuando acaba, como Cenicientas, todos debemos volver a nuestra cocina aunque hayamos dejado el zapato atrás. Se acabó la ilusión de que se puede alcanzar lo inalcanzable. De que todos somos iguales.
 
El Día de la Mujer, a diferencia del Carnaval, que varía su fecha según la luna llena de marzo, que rige toda la parafernalia de la Pasión de Cristo y de la resurrección de la Naturaleza y la Primavera, se celebra siempre el ocho de marzo, aunque el primer Día de la Mujer trabajadora se proclamó el 28 de febrero de 1909 (hay que ver lo que se aprende con la Wikipedia), dos años antes del espantoso incendio en que murieron las camiseras en huelga y que siempre se ha señalado como el origen de esta celebración. Aquí no hay máscaras que valgan. Se reivindica la igualdad y punto. Una igualdad que aún está lejos de conseguirse, a pesar de las desenfrenadas y radicales arremetidas de las feministas de última generación. Igualdad en todo. "La igualdad de la mujer". Mujeres iguales a hombres. ¿En serio? Esto me recuerda a aquel viejo chiste que decía, "pues aquí hay de todos y nos lo pasamos de bien..." (perdonadme la tontería).

Las declaraciones de Derechos Humanos, las Constituciones, la política; en todas estas instancias tan serias se asevera que "todos somos iguales". Iguales ante la ley, ante el Estado, ante los demás, ante la oferta y la demanda, ante las leyes del mercado...

Últimamente he visto un anuncio (no me acuerdo de qué era, ropa o perfume o champú) en el que se resaltaba la diferencia: cada mujer es única, decía. También hace unos años Dove hizo una campaña en la que mostraba cómo las diferentes formas de cuerpos femeninos podían ser hermosas todas, siendo distintas unas de otras. ¿No estamos hartas, pues, de quejarnos de esa uniformidad que nos imponen los cánones de belleza y de moda? ¿No estamos hartas de que la moda maneje nuestros gustos y que Zara nos obligue a comprarnos un pantalón rojo cuando lo queremos verde? La tendencia, en cualquier aspecto de la vida, marca, iguala, pasa un rasero y deja fuera lo que sobresale o lo que no llega a él. Pretende que todas seamos iguales. Si se lleva depilarse, todo el mundo a depilarse y a sufrir para parecer un bebé; si ahora lo guay es ir con los pelos puestos, depilarse está out, es pijo, antiguo y lo que es peor, poco reivindicativo. ¿No sería mejor que cada uno hiciera lo que le diera la gana, sin tener que sufrir estigmas por ser consecuente con sus gustos o ideas? ¿No sería mejor que en vez de pretender parecer todos iguales fuéramos iguales en nuestra capacidad de decidir? ¿Qué nadie tuviera que criticar a nadie por lo que haga o deje de hacer? (Benditos años ochenta en los que podía uno ponerse el rabo de un borrico sin que a nadie le pareciera mal...)

Parémonos a pensar un momento, por favor. ¿Realmente queremos ser iguales? ¿O lo que queremos es "tener los mismos derechos, las mismas oportunidades"? Porque lo segundo sí nos da la capacidad de ser quienes queramos, mientras que lo primero nos obliga a ser como "alguien" (llamémosle los grupos de poder, lobbies, etc) quiere que seamos. Por naturaleza, el hombre quiere ser distinto de sus vecinos, destacar, hacer cosas diferentes, que lo identifiquen, que le den carácter propio, unicidad, algo en lo que poder reconocerse. "Todos los hombres iguales" no debe equivaler a "todos los hombres idénticos". Debe equivaler a todos los hombres con la misma capacidad de ser quienes quieran ser. Debe equivaler a todos los hombres con el mismo derecho a expresar sus ideas, gustos e intereses por muy distintos que sean de los del vecino. No me interesa vivir en una sociedad que pretende igualarnos. ¿Igualarnos por dónde, dónde van a poner el rasero, el listón? ¿Cómo sabemos que al pasar la criba no vamos a quedarnos fuera, y consecuentemente, vamos a estar proscritos?  Y todo este párrafo lo escribo refiriéndome a "los hombres" como al género humano, no a los individuos masculinos. Sigo empeñada en utilizar la lengua castellana como la aprendí, y para mí "los hombres" representan la Humanidad.

En este sentido, no me interesa personalmente para nada ser igual que los hombres. Prefiero ser muy distinta, (por favor no me recordéis el chiste tonto de antes) en mi forma de sentir, en mi forma de relacionarme con el mundo, en la forma de ver las cosas, en los gustos...ni creo que hombres y mujeres seamos iguales ni lo deseo. Prefiero poder intercambiar pareceres, me parece mucho más enriquecedor. Pero, y eso sí, defiendo a ultranza que tanto unos como otras tengamos las mismas obligaciones y derechos hacia y para los demás y recíprocamente: que compartamos tareas, que colaboremos en los cuidados y en el hogar, que en el trabajo se nos reconozca igualmente nuestra valía (si la tenemos), que las mujeres podamos ocupar puestos de primera fila igual que los hombres, unas y otros si lo merecemos y no por nuestro sexo; que no haya profesiones masculinas o femeninas. (Hace poco le recordé a mi hija que uno de sus primeros regalos de Reyes fue un camión. Era tan grande que se metía ella dentro. Nunca intenté que fuera una princesa Disney. Así que no creo que se me pueda tildar de machista...)
Pero ojo, tampoco quiero ser igual que las demás mujeres. Quiero poder ser distinta. Quiero poder tener mis propias opiniones sobre el feminismo. Quiero poder arreglarme y sentirme guapa. Quiero poder no hacer huelga sin que algunas piensen que estoy fomentando el machismo. Quiero poder no ser radical. Quiero, como dice el anuncio, ser única. Mujer, reivindicativa de mis derechos, de la igualdad de deberes y obligaciones, pero no parte del rebaño. No quiero ser masa. No quiero que me dirijan. Quiero pensar por mí misma y hacerme un hueco en el mundo con mis propias manos.

Quiero reivindicar
 
lo hermoso de la frase del título de esta entrada: "¡Viva la Diferencia!"

 

jueves, 31 de enero de 2019

...Y quitando el Belén!

Aunque las Navidades ya están lejos, y febrero asoma su carita fría a través de la ventana, todavía no me he desprendido de este mes de enero agitado y nostálgico, ni de la gripe que últimamente casi todos los años me ataca cuando terminan las Fiestas (prometo vacunarme el año próximo), y me tiene varios días encerrada en casa.
Cuando las toses y la fiebre me dejan un rato de tranquilidad, si no estoy muy atontada me pongo a hacer cosas que normalmente no puedo, (no tengo remedio, no sé estarme quieta) como por ejemplo leer de un tirón todos mis diarios. Esta mañana he sacado la colección completa del baúl, pero son tantos que sólo he podido hojear los dos primeros cuadernos. Y me he encontrado con unas páginas que escribí hace siete años, antes de crear este blog, cuando no tenía esta tribuna a la que subirme para hacerme oir, o mejor dicho para compartir con el que quisiera mis reflexiones sobre la vida. Y me ha gustado tanto volverlas a leer que las quiero transcribir aquí y ahora:
“9/01/2012. Se acabó la Navidad. En realidad, no sólo la Navidad; también un tiempo de grandes emociones e ilusiones…El caso es que por fin se han apagado las luces. Cando era pequeña y llegaban estos días de vuelta a la normalidad, y en casa se quitaban los adornos y en la calle las bombillas de colores, me parecía que todo adquiría un tono gris, triste, apagado, frío, sin el calor de la alegría de las Fiestas. Así, volver era aún más pesado. Esa sensación me sigue llegando el día de la vuelta al cole y al trabajo. No soy como esas personas que se alegran de que acabe la Navidad…me dejo llevar por la luz, que conmemora el solsticio de invierno, la huída de las tinieblas, la invocación del sol…por eso tanto brillo, tantos adornos en el árbol, el Nacimiento de Dios como aquel que nos librará de las tinieblas del pecado. La Navidad es algo más que polvorones, cenas, comidas y gastos extras, pero también algo más que esas redacciones que todos los años nos pedían en el cole sobre el verdadero sentido de la Navidad. Esta época es de renacimiento, por eso la alegría y la luz, porque los días vendrán más largos, y el oscuro equinoccio de otoño ya ha pasado. En invierno se celebra la matanza, es tiempo de podar las plantas, y la tierra comienza a despertarse bajo la corteza diaria de la escarcha. Hay que amasar bollos y matar capones del corral. Hay que reunir a la familia para celebrar que no estamos solos, que hay gente que nos apoya y nos quiere. La Navidad es la venida de la Esperanza: el Mesías, la luz del Sol que crece de nuevo. (…) Me he propuesto esta mañana, como propósito de Año Nuevo, que sea la literatura la que me salve. Por eso me he puesto a escribir sobre lo que me inspira lo que me rodea: la melancolía de la vuelta, cómo afrontar este trimestre…habrá que hacerlo con alegría y con valentía. Buscar pequeñas cosas que me ilusionen: un paseo con mi marido, una rica comida de domingo, ver que mi madre se alegra cuando la llamo, salir al cine o al teatro si se puede, comer con alguna amiga, comenzar un buen libro, y ¡por supuesto!, pedirme algún día libre para irme de rebajas o para quedar con mi marido y hacer uno de esos días especiales.
Pero quería también escribir algo que se me ocurrió hace unos días y no quería olvidar: la importancia del olor de las casas. Cada una tiene el suyo propio, que por añadidura es el de la familia que vive en ella. Aunque no nos damos cuenta, por familiar, nuestra casa posee su propio olor, como las del resto. El olor de una casa puede decir mucho sobre lo que hay dentro y cómo se vive (y no precisamente me refiero a que huela a sucio; en absoluto). Pero hay casas que huelen a tristeza y abatimiento (ese olor que desprenden algunos viejos aunque se laven mucho); otras huelen a alegría y optimismo, a confort, a niño pequeño (este es uno de los mejores). En el olor de una casa se mezclan los aromas del jabón personal y el de limpieza; los productos para la ropa; la colonia que usan sus moradores; el olor de las plantas, si las hay; el polvo de los libros; las telas de cortinas y sofás; las sábanas y toallas recién planchadas; pero sobre todo, el de la comida.
Y este último, que la mayoría de las veces nos encanta oler en la cocina cuando llega la hora de comer, es muy desagradable cuando impregna todo el espacio del hogar y se mezcla con el resto de olores. Ese tufillo que nos recibe en la escalera invitándonos a entrar y sentarnos a la mesa ya puesta se convierte en pestucio si inunda los dormitorios, el pasillo y nuestro pelo. Sólo hay una excepción a esto: y es el olor de las cenas navideñas. En Nochebuena, si entramos en la casa de nuestra familia, el olor que sale de la cocina, por mucho que nos hayamos empeñado en ventilar, nos recibe al abrir la puerta como un abrazo cariñoso y acogedor que nos invita a entrar y participar en la fiesta colectiva. El olor del asado es como la bienvenida a un ritual de abrazos y saludos, trufado de villancicos que suenan en la cocina o en el salón. Ese vaho húmedo que desprende el guiso no va a molestar a nadie, sino que es una expresión de la atención y el mimo con que la cocinera y anfitriona quiere agasajarnos. Por eso cuando se llega a una casa en Nochebuena, se dice: “¡qué bien huele!”, como diciendo: “gracias por dedicarnos tu trabajo y tu cariño, que ahora todos compartiremos en una comunión de buena voluntad”. Al olor del asado se suma el del perfume de los invitados, que también así han querido agradecer al anfitrión su amabilidad, presentando su mejor aspecto; y al de la grasilla que desprenden la manteca, el aceite de almendra y los chocolates que esperan resignados en las bandejas. Y también se suma el del ocre serrín del Belén y los adornos, que han salido de su encierro anual pero conservan algo de esa espera de meses guardados en viejas cajas de cartón.
Todo esto es el olor de la Navidad; la Navidad que ya se ha ido. ¿cómo huele el tiempo que comienza ahora…?”

 
Toda esta parrafada escribía yo hace siete años. Y a ella, ahora añado lo que se me ocurría este mes de enero, mientras retiraba las figuras del Belén, que este año ha sido por primera vez sólo el Misterio y además minimalista…
Nuestra vida, nuestras familias, cambian, evolucionan, van pasando por sucesivas fases mientras transcurren los años. Y nuestras casas y sus adornos son un buen testimonio de ello. Recuerdo la ilusión del primer año de casados, cuando fuimos a la Plaza Mayor a comprar estas mismas figuras que ahora recojo, inaugurando una Navidad como inaugurábamos el deseo de formar una nueva familia, la nuestra propia. Fueron llegando los niños y las figuritas fueron aumentando cada año: siempre el mismo ritual de ir al centro  y comprar un pastor, la lavandera, un castillo…el abuelo se encargaba de convertir el belén en una granja, llenándola de animalitos inverosímiles. El momento de sacar todos los adornos de sus cajas era un auténtico ritual, y había que comprobar si teníamos papel para el fondo, musgo, serrín…todos participábamos en esa algarabía que según fue pasando el tiempo, se convertía en un rifirrafe: que las luces no están bien puestas, papá, que no pongas ahí esa figura, que el camino está torcido… Según las circunstancias de cada año, el escenario se estiraba o se encogía: unas veces decidíamos extenderlo y otras reducirlo y ponerlo en otro sitio. Un año lo pintamos en la pared (¡qué bonito quedó…!)
Y ahora, de repente, los chicos se han hecho mayores. Aunque les sigue gustando esta parafernalia de los preparativos navideños, y hasta se enfadan si no contamos con ellos y les dejamos participar, sus actividades y sus horarios hacen difícil que puedan compartir con los mayores esta tarea anual. Así que este año decidí (un poco egoístamente) no esperar a nadie y entregarme a ella yo sola en la fecha que por tradición siempre lo he hecho. Como no estoy en mi mejor forma física, decidí no poner el árbol grande porque me implica tirarme al suelo, agacharme y levantarme una y otra vez, y acabar doblada. Así que compré un árbol simbólico y le puse unos cuantos adornos de los de siempre. Y en cuanto al belén, decidí seguir las imágenes de las revistas que guardo de otras navidades y hacer algo muy decorativo y muy sencillo. La verdad es que no quedó mal, una amiga incluso dijo que era muy bonito…es el cariño con el que ella lo miró, desde luego, porque no tenía nada de especial. Bueno, sí; una tela que encontré en casa de mi madre y que me lleva directa a mi infancia.
Así que cuando me puse a recoger de nuevo todo, pensé que la decoración de este año reflejaba claramente en qué momento de nuestras vidas estamos, de la evolución de la familia, de nuestra edad y lo que más nos importa. En mi caso, este año, no complicarme excesivamente y preparar una decoración sencilla y elegante. Adaptarme a los nuevos tiempos. Aceptar de buen grado el modo en que cada miembro de la familia quiera celebrar “su” Navidad, sin excesivas nostalgias y sin alharacas. Siendo feliz viendo felices a los míos, que es lo que más me importa.
Y pensando en un futuro más o menos lejano, en el que entre todos (quizá más de los que somos ahora) volvamos a instalar una granja en el Belén…

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