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sábado, 3 de junio de 2017

Alimentarse, comer y "la tontería"

Los pocos seguidores que tengo habréis comprobando a lo largo de estos años (y ya son unos cuantos...parece mentira) que hay algunos temas que he tocado en más de una ocasión, aunque desde prismas distintos o con diferentes orientaciones. Uno de ellos es la comida, de la que he hablado cuando me quejo del "peso de la vuelta" y cuando critico a los que utilizan la termomix y se tragan MasterChef. Pues preparaos para otra sesión gastronómica! Pero esta vez teñida de otras ideas que se pueden extrapolar a todos los ámbitos de la vida.
 
Alimentarse. Eso es lo que hace cualquier ser vivo. El ser humano, en los primeros albores de su existencia, convirtió esta necesidad en su razón de ser: para ello cazaba, y para cazar pintaba las cuevas, y para pintar utilizaba la sangre de los animales que había comido. Se movía por el mundo recién nacido detrás de sus presas, y así ocupaba nuevas tierras, e iba dejando su huella. Descubrió un día que las plantas que arrancaba se podían producir adrede, y así se convirtió en agricultor, y construyó poblados junto a los ríos que regaban sus sembrados, y desarrolló civilizaciones y culturas maravillosas que aún nos asombran en su grandeza. Y convirtió el medio para conservar los alimentos en moneda de pago para sus trabajadores. Y distinguía a los poderosos de los siervos por lo que se presentaba en sus mesas. Y se alzó en armas contra aquellos cuando no tenía pan. Y emigró a otros países cuando su principal sustento escaseó. Y se lucró del hambre de las gentes cuando no había qué comer. Y durante veintiún siglos, el ser humano ha estado alimentándose del modo que le ha parecido más conveniente, apropiado o simplemente con lo que ha tenido más a mano.
Hoy día, en este mundo que vivimos tan informado y tan políticamente correcto, alimentarse se ha convertido en toda una aventura; alimentarse bien, quiero decir. (Y no me voy a extender sobre los países que padecen hambrunas porque eso me llevaría a otros temas tan interesantes o más que el de hoy pero que ahora no son los que me ocupan). En el ámbito internacional existen organismos oficiales que continuamente nos alertan sobre la conveniencia de comer esto o aquello; alimentos que han sido corrientes en nuestras dietas diarias pasan a ser demonizados y a engrosar una lista de actividades de riesgo que no debemos practicar si no queremos caer fulminados por la peste de nuestros días: el cáncer, el infarto...lo que hace pocos años era saludable ahora es puro veneno, y lo que en la época de nuestros padres era poco menos que comida para los cerdos, ahora es lo más "in" y su precio sube como la espuma porque todo el mundo lo busca, en herbolarios, tiendas de dietética... (qué nombres exóticos: trigo sarraceno, espelta...suenan tan bien que seguro que son maravillosos!) Reconozco que yo también me dejo llevar muchas veces por este tsunami dietético: como todos, procuro organizar menús lo más equilibrados que puedo; ya tengo asumido que el zumo de fruta no es saludable y que el pan blanco, el azúcar y la sal son dañinos. Casi he desterrado de mi casa la carne roja. Pero de ahí a convertirme en vegana va mucho trecho. En mi casa bromeamos con las charlas que en radio y televisión ofrece desde hace algún tiempo un dietista, nutricionista o como se le tenga que llamar que ahora se ha puesto muy de moda, y al que llamamos "el Talibán". Si siguiera al pie de la letra la forma de alimentarse que propugna este individuo mi vida y la de mi familia sería de una tristeza insoportable. Y es que aquí entra en juego la segunda idea: comer.
Porque alimentarse lo puede hacer uno como sea, siempre que le resulte adecuado para vivir; pero comer es otra cosa. No tengo ni idea de si los animales disfrutan con lo que comen; desde luego, los hombres hemos llegado a desarrollar un auténtico arte de la cocina porque hemos convertido en un placer lo que al principio era sólo una necesidad vital. (Esa es nuestra grandeza, convertir en placer lo que necesitamos para vivir...y no sólo hablo de la comida...) Hay personas que comen lo primero que pillan (e insisto que no me estoy fijando en el Tercer Mundo, sino en el que nosotros nos movemos) y les da igual sea lo que sea. Pero otras muchas disfrutamos con un buen plato bien elaborado, un vino decente y un postre que remate la faena. Y no hay más que pensar en cómo se celebran las buenas noticias, los acontecimientos importantes, "bodas, bautizos y comuniones" e incluso los encuentros de Estado: alrededor de una mesa. Cuando se reúnen amigos, normalmente se queda para cenar o merendar y tomar una copa; cuando se tiene una cita romántica, qué modo más agradable de conectar puede haber que el mirarse de un lado al otro de una mesa bonita y bien servida; cuando se habla de Fiesta, pensamos en comer, porque cada fecha señalada tiene un plato apropiado y exclusivo de ese momento en concreto. Reconozco personalmente que a mí me encanta comer, y si es bien acompañada, muchísimo mejor.
Ahora bien: entremos en el terreno de la última idea: "la tontería". (A ella me refería cuando hablaba de algo asimilable a todo en la vida...) Soy la primera en buscar, cuando salgo a celebrar algo o simplemente a pasar un buen rato con alguien compartiendo mesa, un lugar que me resulte agradable: bien decorado, con una vajilla original, en un entorno distinto, con un menú variado y especial que esté bien preparado y presentado; hasta me fijo muchísimo en los baños. (Haced la prueba, lo dicen todo de un local). Pero sinceramente, no soporto que intenten dármela con "queso". Esos establecimientos que se ponen de moda, a los que hay que ir si se quiere estar en la onda, y que tienen la desfachatez de subir sus precios por las nubes porque así se dan más barniz de especiales, muchas veces esconden un auténtico fraude. Si cometes el error de ir,  pagas "la tontería" y no lo que te van a poner en el plato.
Estaréis pensando quizá que me refiero a sitios como El Bulli...¡qué va! Al contrario, me hubiera encantado conocer ese fenómeno mediático y gastronómico que ya no existe. Y estoy segura de que no me hubiera decepcionado (aunque redundando en la idea de los baños, en un documental que vi en la tele sobre ese restaurante salían las puertas de los aseos y tenían adheridas las típicas figuritas de señora y caballero absolutamente casposas...¡espero que por dentro fueran más especiales!) Me refiero concretamente a esos locales de "cría fama y échate a dormir", de los que seguramente pagan a los críticos de las revistas para que les hagan un artículo llamativo y la gente acuda como un solo hombre. Claro, porque si "sale" en tal o cual revista o periódico no vamos a perdérnoslo...la moda. La moda hecha aposta y a medida para que el local X destaque y salga adelante como negocio. ¡Pero es que encima hay snobs que después de salir hablan maravillas del sitio! Claro, para que no se diga que no entienden...ni se paran a pensar siquiera qué han comido. Con tal de ir contando por ahí que han estado, ya les resulta suficiente. Han cumplido con su cuota de modernidad y pueden demostrar a sus conocidos que no hay una que se les escape...
Pues a mí me da lo mismo. Si he comido mal, lo digo y punto. Y por mal entiendo que me hayan cobrado a precio de lujo un plato corriente y moliente.  Considero más honesto un pequeño bareto que me ofrezca algo sencillo a un precio modesto que un restaurante con aspiraciones de estrella Michelín y resultados de fonda cervantina. Soy moderna (creo), me gusta estar al día, me encanta conocer cosas nuevas y probar nuevos estilos, (y me encanta comer bien), pero tampoco me duelen prendas para llamar al pan, pan y al vino, vino. Y a los snobs, snobs. Y a la tontería, tontería.   

martes, 2 de mayo de 2017

Quererse

El mes pasado fui a un concierto de polifonía programado con motivo de la Semana Santa. La hora era la más bonita posible, el atardecer: esa hora mágica en la que todo parece levitar y buscar lo sublime. El lugar, apropiado: una iglesia sencilla pero recogida y arreglada para el caso. La luz iba atenuándose y el sol poniente doraba las vidrieras del ábside. El lugar donde los cantantes construían su homenaje místico estaba remarcado por una fila de velas. Allí, sentada en el banco de madera, la música de Tomás Luis de Victoria me llevaba a otro lugar, más alto, más libre y puro. Y en esos momentos de exaltación me dejé arrastrar por la emoción total de las voces que se cruzaban como los hilos de un encaje y pensé, qué suerte tener la consciencia y la suerte de poder amar. De poder entregar y recibir amor.
Unos días antes había estado reflexionando sobre las personas que continuamente hablan con desprecio de aquellos que, se supone, forman parte de su vida porque en un momento determinado así lo decidieron. Pero ha pasado tiempo y ahora son una molestia, una piedra en el zapato, un estorbo. O así lo hacen ver a quienes les escuchan. Es posible que sea una pose, cierta manía de despreciar lo que se tiene. En algunos casos será realmente así; el amor se habrá acabado, ya no quedará nada de lo primero. Pero muchas veces es simplemente una forma de quejarse, sin reflexionar sinceramente sobre lo que se siente en realidad por la persona a la que se está minusvalorando, maltratando, con esa forma de referirse a ella. Seguramente, si el que se conduce así se viera de repente privado de la compañía de ese otro a quien critica no sabría qué hacer y se daría cuenta de cuánta parte de su vida está llenando esa persona a la que trata como un guiñapo.
Pero el problema es que desgraciadamente vivimos en un mundo en el que la gente no sabe quererse. Me refiero a querer a la persona que tiene al lado. Y aunque pueda resultar repetitiva, me apetece comentar este tema; porque ya hablé del amor como fuerza para vivir, pero ahora quiero hablar de la necesidad de saber amar.
Cuando una persona determina aceptar a otra como su pareja lo hace convencida de que le conviene, en el sentido más amplio de la palabra. Sus cualidades se ajustan a lo que espera de alguien con quien compartir la vida, y sus defectos (que siempre los hay) no son tan terribles como para que no merezca la pena soportarlos. (No estoy hablando de la pasión o el enamoramiento, eso es algo que se da por añadidura). Y así se comienza a construir un lazo, una complicidad que hace felices a las dos partes, porque uno encuentra en el otro su hogar, el sitio en que sentirse seguro, protegido, comprendido, apreciado, valorado, apoyado, acompañado. Pero el devenir de la pequeña historia personal es árido a menudo, complicado, ingrato. Hay muchas circunstancias que rodean esa unión que ha comenzado con todas las garantías posibles. Y la mayoría no son precisamente propicias para que dure y se haga sólida y fuerte. Hay muchos estímulos que distraen, muchas obligaciones que agotan, muchas preocupaciones que entristecen o enojan, mil temas en que dispersarse y que nos van alejando de aquel sentimiento inicial que nos movió hacia el otro. Y también intereses individuales, no compartidos, que tiran de cada uno hacia lados distintos. Probablemente al principio no nos demos cuenta; un día detrás de otro se posponen los encuentros, las conversaciones, las risas. Pensamos, ya llegará mañana y entonces podrá ser. Pero mañana se convierte en pasado, y pasado en casi nunca. Y de repente, ambos miembros de la pareja se dan cuenta de que el otro es un extraño, que lo que se compartía ha desaparecido. Ya no importa tanto como antes la otra persona. Ahora es un elemento indeseado que se ha colado en nuestra vida y que resulta molesto. Primero se le critica, a veces con crueldad; al final se le detesta. Y acaba la relación. Y llega la soledad. Porque el lugar donde encajaba nuestra vida ya no está.
Por eso pienso que aunque a veces sea difícil y duro hay que saber quererse. Recordar cada día lo bueno e intentar mejorar lo que no resulta del todo bien. Reflexionar sobre lo que nos ofrece el otro. A todos a veces nos gustaría revivir momentos pasados, una pasión ahora algo doméstica, la emoción de encontrarse en un andén. ¿Pero porqué no plantearse hacerlo con aquel que sabe qué necesitamos de verdad? Mirar a la otra persona a los ojos y buscar allí todo lo que vimos entonces. Probablemente haya cambiado, habrá cosas nuevas y otras ya no estarán. Pero antes de tirar ese amor a la basura, mejor comprobar si sigue siendo necesario, si nos sigue dando calor. Si podemos refugiarnos en ese hogar o si las paredes han volado y no queda nada.

Esta perorata, que más bien parece un sermón de misa, es el resultado de observar a mi alrededor a tantas personas que están solas, simplemente porque no supieron hacer el esfuerzo de seguir... qué triste me parece...y aunque muchas veces pienso egoístamente que me tiene que dar igual, que si yo tengo la suerte de vivir en compañía, los demás que vivan como quieran, no me resisto a convertir este blog (cuyo eco, por poco visitado, es por lo demás mínimo) en un altavoz de mis pensamientos y en un grano de arena minúsculo para que alguien en algún lugar se pare a pensar sobre sus sentimientos antes de darse por vencido.
Porque no hay nada más maravilloso en el mundo que sentirse querido y tener a alguien a quien querer.

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