Buscar este blog

sábado, 30 de abril de 2016

Comprar la bicicleta

En el garaje de mi casa hay dos bicicletas. Una fue un regalo de Reyes, y se ha usado razonablemente. La otra fue un premio de fin de curso, y se está usando muy poco. Pero aunque no se utilizara en absoluto, la causa por la que se compró era y es tan importante que lo doy por bien empleado.
 
Cuando un niño comienza su andadura en este mundo tiene dos opciones: hacer las cosas bien o hacerlas mal. Por una u otra razón, algunos eligen la primera de manera natural. Son personitas responsables, buenas, aplicadas, a los que ponen de modelo en su colegio y todo el mundo quiere. Durante los largos años de la infancia esto es suficiente para seguir actuando de esa manera: sentir el cariño de los que lo rodean y la aprobación de todos es un motivo válido para él, y además no ha conocido todavía la abismal diferencia entre los "chicos malos" y los buenos.  Pero cuando crece y entra en la adolescencia la cosa cambia.
Los padres se empeñan en premiar a los estudiantes malos, para ver si de ese modo consiguen que cambien su conducta; cuando ven que no es así es tarde para retroceder, y romper una promesa siempre cuesta trabajo. Los estudiantes mediocres también obtienen su recompensa, y ésta es quizá la más merecida, pues supone premiar en la mayoría de los casos un esfuerzo real y continuado por conseguir un resultado aceptable. Pero ¿qué pasa con los estudiantes brillantes? Pues que terminan el curso, y como las notas son como siempre, estupendas, y no hay nada de extraordinario en ellas, no se valoran como merecen. Entonces, ese chaval que siempre ha hecho las cosas bien se plantea porqué debe seguir haciéndolo así, cuando a sus compañeros los premian y él, a quien todos felicitan y admiran, no recibe ningún regalo. Entonces el chaval se desencanta; su trabajo no tiene un resultado positivo para él. Es demasiado pequeño para comprender que la recompensa llega de otro modo, por la satisfacción y el orgullo de lo bien hecho; necesita una motivación. Necesita aprender que nuestros actos tienen consecuencias, y si son buenos, éstas serán muy positivas.
Por eso, y para que no se rompa el fino hilo de una buena educación, hay que comprar la bicicleta. O lo que sea. En mi caso, fue lo primero que se le ocurrió. Podía haber pedido una Play o un casco de béisbol; hubieran sido objetos tan innecesarios para él como la máquina de pedales. Pero el caso es que pidió una bicicleta. Y el hecho de ir a por ella significaba mucho más que obtenerla, era el reconocimiento de su trabajo, de su valía. Por fin podía decirle a sus sorprendidos amigos que sí, que a él también le iban a dar un premio por las notas. Tuvo su bicicleta y se quedó satisfecho. Ahí está, cogiendo polvo, y alguna vez (cuando el padre se pone ya muy muy pesado) la saca a pasear un ratito.
Después de este episodio no ha habido más regalos. Pero la enseñanza ha calado. Lo que un niño no entendía por mucho que yo intentaba enseñárselo lo ha comprendido perfectamente el adolescente. Ahora no le hace falta ningún regalo, porque advierte que es casi un acto reflejo de su trabajo y su tesón  la consecuencia fantástica del reconocimiento, la admiración y el cariño de todos. El éxito no reside en un objeto, sino en ver cómo su esfuerzo alcanza los mejores resultados. Ya está situado en el carril adecuado. Ahora todo va rodado y no necesita una cosa, porque ya ha llegado la verdadera motivación.
 
A lo largo del duro camino de la vida aprendemos todo esto a trancas y barrancas. Pero a veces la recompensa no llega. La auténtica recompensa. Nos esforzamos, trabajamos duro, ponemos toda nuestra intención y nuestras esperanzas en hacer bien lo que tenemos entre manos. Y los resultados no son los esperados. Lo que debía venir no viene. Muchas veces, es el silencio, la indiferencia, la invisibilidad lo que se nos devuelve. Y nos desesperamos, porque algo está rompiendo la lógica aplastante que nuestros mayores nos inculcaron y que hemos vivido años antes, en el colegio, la Universidad...somos adultos que nos enfrentamos a un trabajo en la mayoría de los casos puramente alimenticio; a relaciones personales, unas veces buscadas y elegidas y otras impuestas. Y en este mundo de personas mayores la motivación brilla muchas veces por su ausencia. Somos nosotros mismos los que haciendo de tripas corazón volvemos a actuar como pensamos que es nuestro deber, como creemos que es correcto. Aunque todo caiga en saco roto, ante nuestro pasmo y nuestra desolación. Pero estamos en el carril adecuado. Y seguimos circulando por él. Hasta que algún día nos entran unas ganas irrefrenables de pisar línea continua y cambiar de sentido. Yo he sentido muchas veces (y lo he proclamado a voz en grito) la necesidad, el deseo imperioso de portarme mal. De ser ingrata, egoísta y mirar sólo por mi en vez de pensar en los demás. Mis hijos me han desengañado; mamá, no puedes ni debes. Pero yo en esos momentos me quedaba pensando que sí, que ir por el otro carril me traería más beneficios. Con ganas de pegar el volantazo.
Menos mal que en estos casos casi siempre llega, tarde o temprano (a veces muy tarde, pero afortunadamente no demasiado), la bicicleta. Adoptando formas muy diversas. En cada caso, la forma adecuada para cada uno. Puede ser un trabajo, una pareja, un ascenso; el reconocimiento, al fin, de los jefes y los compañeros. Pero sí llega.
 
Hace pocos días he participado en una ceremonia inigualable en la que varias personas que conocimos a otra, recién fallecida, recordábamos cómo era. Las palabras que lo definían eran compromiso, honestidad, pero sobre todo Amor. Era un hombre que vivía en el Amor auténtico y  que no tenía otro objetivo en la vida que amar apasionadamente. Y todos los que le conocieron hallaron en él algo especial, valiosísimo, que les hizo quererlo con intensidad y sin condiciones. Ese fue su premio, su motivación. Seguramente muchas veces sus palabras resonaron en el vacío. Seguramente muchas veces se desesperó y luchó contra la adversidad sin garantías de obtener un resultado positivo. Pero no cejó en el empeño y siguió amando. Y la huella que ha dejado entre todos nosotros es imborrable y su ejemplo nos acompañará toda la vida.
 
Así que aunque la bicicleta no llegue, no desfallezcamos. Hemos aprendido cómo se debe actuar. Sabemos que nuestro camino es el correcto. Sigámoslo; el premio vendrá. Cuando menos lo esperemos. Y si está en nuestra mano premiar a otro, motivar a alguien a nuestro cargo, hagámoslo siempre, sin duda. Toda palabra amable, todo gesto cariñoso, todo aliento y ánimo, son siempre escasos. Derramémoslos con generosidad. Desparramar amor por el mundo no hará sino hacerlo crecer. Hay muchas formas de comprar la bicicleta...

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Tristeza del bien ajeno o pudor del propio?

Hace unos meses que, afortunadamente, en mi familia todo son buenas noticias. Y yo, que soy una persona por naturaleza expansiva y comunicativa, me lanzo a contárselas a mi círculo más íntimo, suponiendo que se van a alegrar conmigo. Así es en la mayoría de los casos, pero sin embargo he observado reacciones que me mueven a reflexionar ahora sobre cómo nos enfrentamos a las cosas o acontecimientos positivos que suceden a nuestro alrededor.
Siempre se ha dicho que España es el país de la envidia; ese es, o parece ser, nuestro pecado capital. No sé si es cierto, pero la verdad es que la he visto crecer en numerosas ocasiones y he sido testigo del mal que puede causar. La RAE define este defecto como “tristeza del bien ajeno”, y me parece una definición absolutamente precisa. Lo que produce en los envidiosos ver que los demás tienen lo que a ellos les falta es tristeza. No coraje, ni siquiera desesperación, sino una tristeza amarga que reconcome y no deja ser feliz. Muchas veces el envidioso no tendría por qué serlo; hay personas que tienen todas las condiciones para ser felices, tanto económicas como emocionales, pero no lo son porque desean justamente lo que ven en los demás (en los que a lo mejor viven más contentos precisamente porque no andan fijándose en quienes los rodean). Verdaderamente, es una pena que este sentimiento se adueñe del alma y la convierta en una ponzoña que guía los actos del contaminado, envenenando todo lo que toca.
Pero hay una actitud de la que se habla mucho menos, y es tan perjudicial como esta. Y es, en una definición paralela a la anterior, el pudor del bien propio. Algo parecido a la falsa modestia, pero más desasosegante para el que lo experimenta.
Cuando alguien peca de falsa modestia, lo hace precisamente para señalar sus virtudes, sus posesiones, lo que tiene de valioso, destacando este carácter por contraste con lo que refiere de ello. El falso modesto quiere que todos sepan lo maravilloso que es algo que le es propio, pero para no resultar vanidoso recurre a su contrario. Por eso es falsa su modestia, claro, porque le encantaría presumir de todo, pero le da apuro. (El auténtico modesto es el que no considera importante nada de lo que tiene, y así no le parece digno de comentario o de admiración). En cambio, el que tiene pudor de su propio bien sabe que este es real, que existe, pero es incapaz de compartirlo, por pensar que va a caer precisamente en la vanidad, en la presunción. Debido seguramente a la educación recibida, estas personas prefieren guardarse sus sentimientos a expresarlos; craso error, ya que tanto la alegría como la tristeza, si se comparten con la persona adecuada, se viven de un modo más satisfactorio; la primera se atenúa porque el interlocutor nos ayuda a llevar la carga, y la segunda aumenta al sumarse a ella quien nos escucha. Pero este sentimiento de pudor es algo que se vive muy interiormente, y que posiblemente no pueda evitarse una vez que ha arraigado en la forma de ser de un individuo. Lástima, porque le va a producir un sentimiento parecido (en absoluto el mismo) al del envidioso. No tristeza, sino impotencia. Las personas que actúan así se sienten molestas al escuchar a otras que no tienen inconveniente en demostrar su alegría por lo bueno que les sucede; pero no porque lo deseen, sino porque a su vez seguramente tienen un montón de cosas agradables que poder decir de sí mismas, pero no son capaces. No quieren parecer vanidosos, porque eso les parece un gravísimo defecto, o cargantes. Prefieren callar. Es una pena; no comprenden que se puede ser sincero en la alegría, o en la tristeza, sin imposturas ni afán de molestar a los demás, sino todo lo contrario: con el deseo de compartir las cosas importantes de la vida con alguien a quien queremos y deseamos hacer partícipe de la nuestra.
Por mi parte, me encanta que los demás se sinceren conmigo. Si tienen alegrías, disfruto con ellas; si tienen penas, intento consolarlos. ¿Siento envidia alguna vez? No sé, realmente no me considero una persona envidiosa…supongo que en alguna ocasión habré deseado tener algo que otro posee, pero realmente no me ha causado esa tristeza destructiva…tampoco me alegra el mal ajeno. Hay que odiar mucho para que esto suceda. Y el odio es más destructivo aún. Si se me ha pasado por la cabeza este sentimiento, he procurado desterrarlo.
Ya he dicho que soy expansiva y comunicativa. Voy a seguir siéndolo. Y Creo que disfruto mucho más de la vida así. Me apena que haya personas que no lo comprendan, o que puedan sentirse molestas u ofendidas con esta actitud. Pero, sinceramente, prefiero guardarme el pudor para otros ámbitos…

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...