Buscar este blog

domingo, 29 de diciembre de 2013

Dios iba de blanco (y no hablo de fútbol)

Otra vez Navidades. Parece mentira, pero ya hace más de un año que llevo escribiendo en este blog. Procuro hacerlo todos los meses, más que nada por no defraudar a los pocos seguidores que sé que estarán esperando una entrada nueva. Y también porque aquí puedo hacer los comentarios que normalmente haría en la cena con mi familia cuando hay algo que me preocupa o me llama la atención, pero de modo más pausado y reflexivo.
 
El caso es que un año más estamos pensando en la carta de los Reyes, esa que cuesta tanto escribir cuando se hace en nombre de los demás y hay que adivinar sus deseos; preparando la cena de Nochebuena, la que se cocina con más ilusión y ganas porque es la primera (luego ya va estando uno cansado de tanto cacharreo); sacando los discos de villancicos del maletero, y sobre todo esa cinta de casette en la que están todos las canciones de nuestra infancia con "monstruos" como Rafael antes de que le convirtieran en zombi en el anuncio de la lotería, Manolo Escobar, Victor Manuel...En fín, que ya estamos al lío.
Este año me pillan un poco a contrapié las Fiestas. En la familia ha habido una pérdida muy triste, faltará la presencia y el calor de una madre y su ausencia se hará notar entre mis seres queridos. Pero ello no impedirá (más bien al contrario) que el resto nos demostremos nuestro cariño y la voluntad tan fuerte de estar siempre unidos, felices o tristes.
 
Y precisamente ha sido estos días, volviendo del Tanatorio y aún no comenzadas las Fiestas oficialmente, cuando me encontré con Dios viajando en un coche blanco.
 
No era muy tarde, pero sí muy de noche. Iba conduciendo sola camino a casa, con Luis Miguel desgañitándose a cantar villancicos en la radio, que siempre acompaña mucho cuando no sabe una si va a encontrar el camino fácilmente. Pero en esta ocasión no me ayudó mucho...porque me perdí. Absolutamente. El caso es que sabía por dónde andaba, pero era incapaz de encontrar un desvío para coger el camino correcto. Y me asusté, porque no sabía muy bien qué hacer (cosa rara en mí, pero en ese momento estaba afectada por los sucesos vividos y bastante compungida, y no podía pensar con mucha claridad). El caso es que aparecí en una calle grande, adornada de Navidad, y al lado de lo que parecía un principio de línea de autobuses. Le hice gestos a un conductor que estaba allí parado dentro de su vehículo, pero en lugar de ayudarme se puso a insultarme. Por lo que se ve, me había metido en un carril de "sólo bus". Salí de allí como pude al centro de la vía, y ya con lágrimas en los ojos miré a mi izquierda y allí estaba: en un coche blanco, conduciendo, una mujer de mi edad, sola como yo. Bajé la ventanilla, la llamé y le pedí ayuda por favor. Y en ese momento, de verdad que sentí el Amor de Dios enjugar mis lágrimas y guiar mis pasos. Esta mujer que nunca (o nunca se sabe) llegará a leer lo que hoy escribo me indicó el camino, bajó del coche, volvió a subir porque se abría el semáforo y con su mano me fue señalando las desviaciones y las glorietas que tenía que atravesar. Le di las gracias mil veces con gestos y con palabras, y llorando pero ahora de gratitud, enfilé la calle abajo ya por terreno conocido, hasta desembocar en mi carretera de todos los días, la que conozco a ciegas, pero que en ese anochecer tan triste me parecía diferente, amenazadora, como si hasta llegar a casa no estuviera realmente a salvo.
Pero todo el camino fui pensando: tantas veces nos preguntamos dónde estará Dios, no encontramos su huella, todo nos parece sumido en la pena y la miseria...y de repente, en cualquier lugar y sin esperarlo, allí está; dentro del corazón de una persona desconocida, que nos compadece y nos ayuda sin preguntarnos nada y sin esperar nada. De alguien generoso que nos entrega su amor. Y en ese corazón, en ese amor del prójimo, es donde podemos ver a Dios; es donde esta Navidad ha nacido para recordarnos que hacer felices a los demás es muy fácil, que basta con que rompamos esa coraza negra que se nos va pegando al cuerpo día tras día a base de pequeños contratiempos, enfados, disgustos, desengaños...Está dura, durísima esa coraza, pero basta un gesto amable de una mujer conduciendo un coche blanco para que se resquebraje y nos inunde de nuevo el Amor con su luz limpia y cálida.
 
 
 
También dentro de mi casa el niño Jesús está este año "de blanco". Estamos de obras y no hay sitio para las figuritas. Me parecía muy triste no poder adornar la casa, pero a los chicos se les ocurrió que podíamos aprovechar que hay que pintar todo para dibujar el Belén en la pared. ¡Qué gusto da...! Ninguno lo habíamos hecho nunca (mis hijos y yo somos muy formales) y ha sido una experiencia estupenda, aunque muy laboriosa...eso sí, como todos los años ha habido "peleas" a la hora de "poner" las figuras; este año consistían en "quita, que yo pinto el cerdo", "no, tú vete haciendo los pastores", "retoca la cara de San José que parece japonés", "esa oveja parece la borregona del chiste", "vaya lavandera diminuta que has hecho, que ni se vé"...Solo faltó que apareciera mi marido y dijera como todos los años: "A ver, a ver, que lo primero que hay que poner son las luces..."
 
Lo que es seguro es que el lugar donde siempre nace el Niño en Navidad es en el corazón y la sonrisa tan blancos de mis hijos.

 

sábado, 7 de diciembre de 2013

El club de la lucha

Vamos  caminando por  la calle, tomamos el metro o el autobús, entramos en un comercio o en un edificio oficial...cruzándonos constantemente con personas que suponemos sanas, felices y sin problemas, simplemente por el hecho de que no las conocemos. Salvo raras ocasiones en que alguien nos llama poderosamente la atención por su gesto o su apariencia, no nos fijamos en la expresión de sus caras ni en sus movimientos, y aunque lo hiciéramos, la mayor parte de las veces no nos dirían nada. (He de reconocer que alguna vez que me aburría en un viaje o que escuchaba claramente una conversación de móvil sí me he metido un poco en el mundo de algún extraño, pero mis manías o mis rarezas no tienen porqué ser las de la mayoría).
Y sin embargo, todas esas personas anónimas para nosotros tienen su propia vida, con sus alegrías y sus penas, con su sufrimiento y su felicidad. Pero no llevan un cartel colgado en el que ponga "tengo jaqueca", "el hígado me mata" o "me he roto el coxis". Por eso damos por sentado que todo para ellas es normal, o sea, que no tiene alteraciones para bien ni para mal.
Y sin embargo, qué lejos esto de la realidad.
Hay en mi mundo un par de lugares en los que se reúne gente de esa que aparentemente tiene una vida plácida y sin vaivenes y que en realidad sufre y padece.
Uno de ellos es la clínica de rehabilitación. Si miras alrededor en la sala de espera, nada te parece fuera de lo normal, nadie lleva los huesos por fuera de la carne ni un brazo colgando. Y sin embargo, cuando estás en la cabina y escuchas a través de los cristales las conversaciones de otros, te das cuenta de cómo la gente lleva sus dolores en silencio y convive con ellos sin darles mayor importancia, aunque a veces sea difícil y penoso. Hay gente mayor y chavales de instituto, cada cual con su patología y su tratamiento. Y en vez de estar todos quejándose de lo mal que se encuentran, y ser esta consulta un lugar triste y deprimente, por el contrario hay un ambiente risueño, alegre, y cada uno procura contar anécdotas chuscas, y las terapeutas ríen las gracias de los pacientes y cuentan a su vez chistes y hacen chascarrillos, y se habla de todo menos de penas. Así que cuando sales de allí no lo haces cabizbajo, sino con una sonrisa en los labios.
Otro es la clase de gimnasia. En ella estoy rodeada de personas bastante mayores que yo. Se supone que son ejercicios que ayudan a mantener el cuerpo saludable, nada violento ni demasiado aeróbico, sólo estiramientos y movimientos controlados para que los músculos se distiendan. Pues bien, yo que voy un poco "tullida" con mi lumbago y mis dolores de piernas, compruebo que todas estas personas que se mueven junto a mí tienen muchos más achaques que yo, y sin embargo allí están, doblándose como pueden y retorciendo sus cinturas hasta donde llegan. Hay algunas que, por sus conversaciones, averiguo que han pasado o están padeciendo aún enfermedades muy duras, y si no fuera porque las escucho comentarlo, nadie diría lo que llevan por dentro.
Por eso cuando pienso en esos dos lugares me acuerdo de una peli que no he visto, y que nada tiene que ver con ellos salvo su título: "El club de la lucha". Sí, ambos son clubs de lucha. De la lucha por vivir, por estar mejor, por salir adelante a pesar de todo lo que nos oprime y nos aplasta, del dolor, de la tristeza, del sufrimiento. Y de hacerlo con una sonrisa, con normalidad, con esperanza, poniendo buena cara al mal tiempo. A través de las ventanas de la clase de gimnasia casi se tocan las ramas de un plátano, esos árboles tan corrientes en las ciudades y que van marcando las estaciones. Cuando comenzamos el curso las hojas amarilleaban, y ahora han comenzado a caerse y la desnudez del árbol muestra a lo lejos el cielo púrpura del atardecer. Esa imagen, unida a la música suave que pone la profesora, me ayuda a relajarme y olvidar todo lo que me ha ido ensuciando el alma a lo largo del día. A encontrarme conmigo misma concentrándome en mis movimientos y en estirar mis músculos entumecidos. Y a pensar que todavía estoy viva, muy viva, y a desear con todas mis fuerzas pertenecer a ese club de la lucha en que se mueve tanta gente, personas que no conocemos y que se cruzan con nosotros a diario y que llevan en silencio sus penas y sus dolores sin irlos pregonando, porque así son más capaces de hacerlos pequeños y olvidarse de ellos.
Y porque la vida es lucha constante, y sentirnos inmersos en esa contienda nos hace también sentirnos  día a día vivos.

Entrada destacada

Mujeres que escriben

Hoy es el día de la mujer escritora. La Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE) y la Aso...