Desde que comencé a crear este "Aire de Vida" (hace ya años, qué barbaridad!) tenía una idea muy clara: no quería comentar noticias de actualidad, lo que pasa por el mundo, lo que sale en las tertulias, en los periódicos...este blog debía ser un lugar aparte, un lugar para reflexionar sobre la vida, distraerse y relajarse. Y sin embargo, hoy voy a romper mi norma. Pero no del todo...seguiré mirándome al ombligo, como de costumbre...al rebufo de una noticia muy "notoria". Cierran el Café Comercial, en Madrid.
Todo el mundo ha hecho comentarios, cada día un columnista aboga en su espacio porque la nueva Alcaldesa haga algo para impedirlo. Yo sólo puedo hablar de mi experiencia. Y sorprenderme, y sentirme orgullosa, de haber compartido ese espacio con gente tan señalada de la literatura, el teatro, el cine...aunque no haya sido en el mismo tiempo.
Allá por la prehistoria, (por mi prehistoria), formé parte de una revista literaria que no duró más de tres números: Dyelta. Me enteré de su existencia, mejor dicho, de su inminente creación, por mi hermano, que a su vez escuchó la reseña en la radio (bendita radio, siempre). Así que ni corta ni perezosa, y animada por las ganas de conocer gente con mis mismas inquietudes, allá que me fui: al Café Comercial, donde se reunía el grupo gestador de la nueva publicación. Yo acudía en calidad de poetisa, porque con esos poquísimos años, el que escribe indefectiblemente lo hace en verso.
Me encontré allí con personas mayores que yo (eran muy jóvenes, aunque a mí me parecían madurísimos) de muy variada condición. Universitarios con pinta y hechuras de progre, fantasmas con poco que hacer y mucha cerveza que beber (qué tremenda halitosis...), argentinos recién llegados al Foro que hacían honor a la fama que por aquella época tenían, pedantuelos, algún senior algo más experimentado...Yo callaba, contestaba con algún tópico que otro cuando me preguntaban, y callaba más aún. (Tanto callaba que hasta uno de ellos dedicó una poesía a mis silencios). Estaba aprendiendo a escuchar.
El Café Comercial fue testigo de estas reuniones dispersas y a menudo infructuosas que no hacían progresar adecuadamente el pequeño proyecto que teníamos entre manos. Pero también lo fue de largas esperas en su puerta; alguna vez la persona que debía llegar se fue tranquilamente a una manifestación dejándome tirada sin contemplaciones más de una hora.
Sí, siento nostalgia de aquel Café. Otros han cerrado también: el Lyon, a donde nos trasladamos después y que estaba tan a mano del Retiro, buen lugar para escaparse cuando el nivel de tontería excedía lo soportable. El Sol, en la Puerta homónima, que ahora es un burguer. ¿Qué debemos hacer? Ser objetivos es muy difícil. Más allá de mi amiga la nostalgia, es cierto que los lugares emblemáticos de una ciudad no deberían desaparecer. El primer deber de un ciudadano es salvaguardar la Historia, sus huellas en los rincones. No debemos olvidarnos de que una ciudad está hecha de montones de sustratos y cada uno nos habla de una época y de los que la vivieron. No podemos arrancar uno de golpe y quedarnos tan tranquilos. Pero puestos a que suceda sin remedio, ¿nos rasgaremos las vestiduras? Por supuesto que me dará pena pasar por la Glorieta de Bilbao y ver un Starbucks donde antes había mesas de mármol. Pero quizá los chavales de hoy, que ya no se reunirán para crear revistas sino juegos de ordenador, o guiones de cine o de televisión, estén perfectamente a gusto allí. (Es más, yo estoy muy a gusto en los Starbucks. Tienen una tarta de zanahoria fantástica). Dejando de lado lo castizo, creo que cualquier lugar es bueno para la creación de cualquier tipo, y que las personas con inquietudes se seguirán reuniendo en los sitios más insospechados (históricos o no) para dejar volar su imaginación.
El mismo día, al lado de esta noticia, me encuentro otra: uno de los creativos de Pixar está inventando un artilugio para que los muñecos hablen con los niños. No es que digan "mamá" cuando se apriete un botón; no. Se trata de que mantengan una conversación, de que interactúen, e incluso se comentaba que podría ser de ayuda para el aprendizaje de la propia estructura del lenguaje.
Tengo que reconocer que me horroriza en un primer momento la idea de que los niños del "futuro" hablen más con sus juguetes que con sus amigos, hermanos y padres. Un muro más que le ponemos a la comunicación. (Aparte del "yuyu" que me da pensar en una Barbi hablando de sus cosas con la niña que la viste y la peina). Pero, párate a pensar y reflexiona. ¿Cuántas veces no he deseado tener un robot que me hiciera las tareas domésticas? Un ser aséptico que obedeciera estrictamente mis instrucciones: todo tal como yo lo programara. Y por otro lado, si lo estamos viendo continuamente en las películas y nos parece gracioso y hasta entrañable (pensemos en C3PO), ¿ cómo vamos a sorprendernos de que algún día no muy lejano esto llegue a ser real? Sería absurdo que lo que estamos previendo y deseando, cuando se convierte en realidad, nos apabulle y asuste. También es verdad que hay ejemplos terribles, como el de Hall, el robot de 2001, que con su serenidad imperturbable es capaz de cargarse a los tripulantes de la nave. Pero en ambos casos, tanto en el del robot adorable como en el del terrorífico, el hombre dirige a la máquina y puede interferir en su programación, que es al fin y al cabo su conciencia. Gracias a ello se salva el prota de 2001...( y no hago spoiler; todo el mundo la ha visto).
Choque de trenes. El vetusto Café arrollado por Star Wars. La Historia de Madrid y la Ciencia-Ficción. El pasado y el futuro. ¿Con qué me quedo? ¿Con el Café Comercial y mi Nancy? ¿Con los cafés franquicia y los robots domésticos? ¿Podemos mezclar la historia con las nuevas tecnologías? Creo que la última es la mejor opción: conservar lo que fuimos y prepararnos para lo que seremos. De momento, lo único que tenemos, como siempre, es el presente: en Cafés literarios o en recintos con identidad prestada seguiremos pensando (espero) ante una taza humeante, y a lo mejor de esas cavilaciones surge el mundo de mañana. Con robots o con vaya usted a saber qué.