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jueves, 30 de julio de 2015

A vueltas con la nostalgia: pasado, futuro...

Desde que comencé a crear este "Aire de Vida" (hace ya años, qué barbaridad!) tenía una idea muy clara: no quería comentar noticias de actualidad, lo que pasa por el mundo, lo que sale en las tertulias, en los periódicos...este blog debía ser un lugar aparte, un lugar para reflexionar sobre la vida, distraerse y relajarse. Y sin embargo, hoy voy a romper mi norma. Pero no del todo...seguiré mirándome al ombligo, como de costumbre...al rebufo de una noticia muy "notoria". Cierran el Café Comercial, en Madrid.
Todo el mundo ha hecho comentarios, cada día un columnista aboga en su espacio porque la nueva Alcaldesa haga algo para impedirlo. Yo sólo puedo hablar de mi experiencia. Y sorprenderme, y sentirme orgullosa, de haber compartido ese espacio con gente tan señalada de la literatura, el teatro, el cine...aunque no haya sido en el mismo tiempo.
Allá por la prehistoria, (por mi prehistoria), formé parte de una revista literaria que no duró más de tres números: Dyelta. Me enteré de su existencia, mejor dicho, de su inminente creación, por mi hermano, que a su vez escuchó la reseña en la radio (bendita radio, siempre). Así que ni corta ni perezosa, y animada por las ganas de conocer gente con mis mismas inquietudes, allá que me fui: al Café Comercial, donde se reunía el grupo gestador de la nueva publicación. Yo acudía en calidad de poetisa, porque con esos poquísimos años, el que escribe indefectiblemente lo hace en verso.
Me encontré allí con personas mayores que yo (eran muy jóvenes, aunque a mí me parecían madurísimos) de muy variada condición. Universitarios con pinta y hechuras de progre, fantasmas con poco que hacer y mucha cerveza que beber (qué tremenda halitosis...), argentinos recién llegados al Foro que hacían honor a la fama que por aquella época tenían, pedantuelos, algún senior algo más experimentado...Yo callaba, contestaba con algún tópico que otro cuando me preguntaban, y callaba más aún. (Tanto callaba que hasta uno de ellos dedicó una poesía a mis silencios). Estaba aprendiendo a escuchar.
El Café Comercial fue testigo de estas reuniones dispersas y a menudo infructuosas que no hacían progresar adecuadamente el pequeño proyecto que teníamos entre manos. Pero también lo fue de largas esperas en su puerta; alguna vez la persona que debía llegar se fue tranquilamente a una manifestación dejándome tirada sin contemplaciones más de una hora.
Sí, siento nostalgia de aquel Café. Otros han cerrado también: el Lyon, a donde nos trasladamos después y que estaba tan a mano del Retiro, buen lugar para escaparse cuando el nivel de tontería excedía lo soportable. El Sol, en la Puerta homónima, que ahora es un burguer. ¿Qué debemos hacer? Ser objetivos es muy difícil.  Más allá  de mi amiga la nostalgia, es cierto que los lugares emblemáticos de una ciudad no deberían desaparecer. El primer deber de un ciudadano es salvaguardar la Historia, sus huellas en los rincones. No debemos olvidarnos de que una ciudad está hecha de montones de sustratos y cada uno nos habla de una época y de los que la vivieron. No podemos arrancar uno de golpe y quedarnos tan tranquilos. Pero puestos a que suceda sin remedio, ¿nos rasgaremos las vestiduras? Por supuesto que me dará pena pasar por la Glorieta de Bilbao y ver un Starbucks donde antes había mesas de mármol. Pero quizá los chavales de hoy, que ya no se reunirán para crear revistas sino juegos de ordenador, o guiones de cine o de televisión, estén perfectamente a gusto allí. (Es más, yo estoy muy a gusto en los Starbucks. Tienen una tarta de zanahoria fantástica). Dejando de lado lo castizo, creo que cualquier lugar es bueno para la creación de cualquier tipo, y que las personas con inquietudes se seguirán reuniendo en los sitios más insospechados (históricos o no) para dejar volar su imaginación.
El mismo día, al lado de esta noticia, me encuentro otra: uno de los creativos de Pixar está inventando un artilugio para que los muñecos hablen con los niños. No es que digan "mamá" cuando se apriete un botón; no. Se trata de que mantengan una conversación, de que interactúen, e incluso se comentaba que podría ser de ayuda para el aprendizaje de la propia estructura del lenguaje.
Tengo que reconocer que me horroriza en un primer momento la idea de que los niños del "futuro" hablen más con sus juguetes que con sus amigos, hermanos y padres. Un muro más que le ponemos a la comunicación. (Aparte del "yuyu" que me da pensar en una Barbi hablando de sus cosas con la niña que la viste y la peina). Pero, párate a pensar y reflexiona. ¿Cuántas veces no he deseado tener un robot que me hiciera las tareas domésticas? Un ser aséptico que obedeciera estrictamente mis instrucciones: todo tal como yo lo programara. Y por otro lado, si lo estamos viendo continuamente en las películas y nos parece gracioso y hasta entrañable (pensemos en C3PO), ¿ cómo vamos a sorprendernos de que algún día no muy lejano esto llegue a ser real? Sería absurdo que lo que estamos previendo y deseando, cuando se convierte en realidad, nos apabulle y asuste. También es verdad que hay ejemplos terribles, como el de Hall, el robot de 2001, que con su serenidad imperturbable es capaz de cargarse a los tripulantes de la nave. Pero en ambos casos, tanto en el del robot adorable como en el del terrorífico, el hombre dirige a la máquina y puede interferir en su programación, que es al fin y al cabo su conciencia. Gracias a ello se salva el prota de 2001...( y no hago spoiler; todo el mundo la ha visto).
Choque de trenes. El vetusto Café arrollado por Star Wars. La Historia de Madrid y la Ciencia-Ficción. El pasado y el futuro. ¿Con qué me quedo? ¿Con el Café Comercial y mi Nancy? ¿Con los cafés franquicia y los robots domésticos? ¿Podemos mezclar la historia con las nuevas tecnologías? Creo que la última es la mejor opción: conservar lo que fuimos y prepararnos para lo que seremos. De momento, lo único que tenemos, como siempre, es el presente: en Cafés literarios o en recintos con identidad prestada seguiremos pensando (espero) ante una taza humeante, y a lo mejor de esas cavilaciones surge el mundo de mañana. Con robots o con vaya usted a saber qué.

miércoles, 1 de julio de 2015

Emoción, nostalgia y goteras


Los niños pequeños amasan las notas con sus manitas como si fueran trozos de miga sin cocer. Las trabajan, las moldean, y surgen del piano como panecillos tiernos y blancos. Los chicos mayores, con las espaldas erguidas, hacen volar sus manos sobre el teclado y convierten la música en un suave pañuelo que nos envuelve y nos acaricia. La carita de expectación de los pequeños es contenida y resguardada por el aplomo de los mayores que los acompañan.  El alma brota del instrumento mientras en el aire se mezclan los sonidos haciéndonos soñar. Y yo me emociono, una vez tras otra, una vez tras otra.

¿Por qué cuando nos vamos haciendo mayores nos asalta la emoción y la lágrima tan fácilmente? De pequeña me sorprendía que a mi padre se le quebrara la voz recordando sucesos pasados, historias de la familia o sentimientos propios. Casi me daba un poco de vergüenza ajena. Luego, en las innumerables funciones escolares, fui yo la que necesitaba del pañuelo para esconder mi sentimiento desbordado. Pero esa era otra emoción, más visceral, más pura, más inmediata, la llamada de la propia vida. Ahora me emocionan muchas más cosas, que no me atañen personalmente, que me son ajenas en un principio, pero que me conmueven profundamente. Como la belleza, la ternura, la ilusión. Pienso que quizá se deba al recuerdo de otras emociones anteriores, al sentimiento de algo ya vivido, de algo ya sentido con intensidad, que ya ha vibrado antes en mi alma. La emoción de hoy me trae la de ayer y la revive, y por eso se me sube a la cara como un sofoco y me hace esconderme avergonzada de las miradas de los demás. Es un sentimiento teñido de nostalgia, la alegría de revivir lo que ya me hizo feliz una vez.

Nostalgia… Ese sentimiento delata casi siempre la edad de la persona que lo experimenta.  Ignacio Elguero, director del programa La Estación Azul de RNE, poeta y ensayista, debe tener exactamente mi edad (por los comentarios que ha hecho en alguna ocasión). Y últimamente escribe sobre pequeñas cosas del pasado, del suyo que, obviando las diferencias, también en gran medida es el mío. En 2014 publicó una novela sobre una mujer que vuelve a su hogar de juventud y encuentra en su cuarto lo que fueron “sus” años ochenta, porque los ochenta resultaron para cada uno de nosotros muy diferentes y tuvieron muy distintas connotaciones. Ahora ha escrito un ensayo sobre las “Cosas que ya no” hacemos, decimos, existen…¡Ay, Ignacio! Te declaras mayor recordando, te puede la nostalgia... Como a mí y a los de nuestra generación, cuando nos quedamos embobados recordando aquellos objetos, sabores, olores…y sobre todo, costumbres, de un mundo que fue el nuestro pero que ahora ya no lo es, porque nuestro mundo debe ser el que habitamos hoy, si es que queremos sentirnos vivos. Sí, ya sé que la anterior entrada de este blog abogaba por los libros de papel, y que según parece ese es un objeto en vías de extinción…bueno, aún está muy presente por todas partes, aún es “de hoy”. Lo mismo desaparece primero el ebook, quién sabe…Así que debemos guardarnos para nosotros esos recuerdos, esas ilusiones vividas hace tanto tiempo, como dulces en una pequeña bombonera que sólo se abre en muy contadas ocasiones y en presencia de personas muy especiales.

La otra prueba irrefutable de que estamos en el Ecuador de la existencia son las “goteras”. La nuestra es la “Edad de la Gotera”. Todos llenos de achaques: problemas pequeños, afortunadamente, pero latosos, que nos tienen emparchados de cuando en cuando yendo al médico y haciéndonos montones de pruebas que (oh, nostalgia) hace años hubieran sido innecesarias: después de escucharnos y a simple vista, el médico habría dictado un diagnóstico, nos habría mandado unas cuantas pastillas y andando. Ahora todos estamos enredados en las consultas y los Hospitales, cada cual llevando su espinita con mejor o peor talante. Eso sí; afortunadamente, aún no hemos llegado a esa edad en la que los “males” suponen el tema principal de la conversación. De momento preferimos no estar contándonos nuestras pequeñas miserias, y así mejor hablamos de los hijos, del trabajo, de cualquier cosa que nos ataña y nos distraiga.

Tres circunstancias, tres identificadores de un momento de la vida. Emoción, nostalgia y goteras. Los guardamos en el bolsillo interior del alma, pero sin que podamos evitarlo asoman un poquito de vez en cuando, como el pico del pañuelo en el bolsillo de la americana, y como este, nos hacen decadentemente elegantes…

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