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lunes, 18 de junio de 2018

La Feria de las Vanidades

Otra vez primavera, otra vez lloviendo, otra vez llega la Feria del Libro de Madrid: tres acontecimientos que siempre suceden juntos. 
El año pasado por estas fechas acudí a la Feria con mi hijo, absoluto fan de Lorenzo Silva, en una mañana bastante calurosa. El quería que el autor le firmase los ejemplares de varias de sus novelas que ya tenía él releídos, y comprar la última para seguir los avatares del famoso Bevilacqua. Y nos presentamos en la caseta mucho antes de la hora fijada para la firma. Muy amables, los responsables nos ofrecieron un par de banquetas y nos colocaron detrás, a la sombra de los árboles, en la zona ajardinada que bordea el Paseo de Coches. Allí se fue formando una fila considerable de personas que esperaban igual que nosotros a que llegara el escritor. Por fin apareció puntual y se acomodó dentro de la caseta para ir recibiendo a sus lectores. Así que todos los que estábamos en la parte posterior dimos la vuelta y nos colocamos frente a él, ya esperando poder saludarle: mi hijo el primero. Y de repente aparece un energúmeno que a base de empujones lo retira a un lado y se dirige al autor. No pude remediarlo: monté un escándalo. (No soy yo de las que suelo protestar por estas cosas, pero me pareció tan mal educado y tan caradura el tipo...) Y al final para nada... Lorenzo Silva miraba el espectáculo con cara de resignación, mi hijo estaba abochornado y yo procuré apartarme y dejar que el pobre muchacho charlara tranquilamente con su ídolo mientras a mí se me pasaba el calentón. La consecuencia es que al final no compramos el libro allí, porque yo, que era la que manejaba el tema económico, no quería acercarme de nuevo. Lo conseguimos después en una librería del barrio.
Por fin mi hijo se despidió del escritor y vino hacia donde yo lo esperaba, un tanto mosqueado por lo sucedido pero contento con sus libros firmados. Y con la tarea cumplida, nos dimos una vuelta por el resto de la Feria, a ver qué nos encontrábamos.
Y nos encontramos con un panorama variopinto:
Muchísima gente haciendo cola para que les firmaran ejemplares de los títulos más peregrinos (por ejemplo, libros del programa "Master Chef" -si, ya sé, ya sé que le tengo mucha manía);  personas desconocidas para mi, pero presumiblemente famosas, alrededor de las que se arremolinaba una enorme afluencia de público; montones de adolescentes haciendo cola para ver a autores que escriben única y exclusivamente para consumo adolescente; casi los mismos libros en los expositores de casi todas las casetas...pocas "joyitas" de las que a mí me gusta encontrarme.
No recuerdo que compré ese día. Quizá nada. La verdad es que volví a casa con la sensación de que me habían estado tomando el pelo. Que esa Feria era un invento consumista más de los que nos rodean hoy en día. Que pocos de los que estábamos allí nos tomábamos la cultura en general, y la lectura en particular, en serio, y como algo inmanente a la persona, no como un producto de usar y tirar. Que todo aquello era un circo montado para vender lo más posible, y en consecuencia, para vender lo que se anuncia, lo que se promociona, lo que está de moda...no para sacar a la luz a los clásicos, esos libros que uno debería leer y no ha comprado aún, o de los que en algún momento ha tenido referencias y se han quedado ahí pendientes, dando vueltas en la memoria o apuntados en algún papelito amarillo dentro del bolso.
Cuando llegué a casa me propuse hacer una entrada en este blog sobre el tema. Estaba muy decepcionada y también enfadada. Pero como siempre, por falta de tiempo lo fui dejando y cuando quise retomarlo ya no venía al caso...lo hago ahora, un año después, y de nuevo indignada. Entro a ver la página web de la Feria para curiosear y me encuentro con un listado (poco intuitivo y nada manejable) de autores que van a firmar estos días. En él se indica claramente qué titulo firmará cada día el autor indicado. Además, habrá un sistema de espera por turnos (como en el supermercado)
¡Qué título! O sea, que si tu pasas por allí de casualidad y no compras o llevas ese ejemplar, mejor ni te acerques. Y si no tienes intención de que te firmen nada, solo de saludar, ya ni sueñes con esperar a que te toque tu numerito. Afortunadamente, en el listado de marras había algunos autores para los que se indicaba que firmarían tal título "y el resto de su obra", o bien "toda su obra". Menos mal. Aun queda algo de dignidad en los escritores serios. Supongo que la mayoría no tendrían inconveniente en que sus lectores se acercaran simplemente a saludarlos. Como no he ido por allí, no sé si las editoriales habrán puesto algún servicio de control para inspeccionar si la gente que se acerca lleva el ejemplar indicado o se va de rositas...
En fin, este año no iré a la Feria. Prefiero pensar qué me apetece leer y acercarme a la librería del barrio, encargar los ejemplares y llevármelos a la playa, en papel por supuesto, para comprobar cómo se abarquillan con la humedad del mar. Y luego traerlos de vuelta a casa con el recuerdo de haberlos estado leyendo tumbada en la arena.


 

domingo, 18 de febrero de 2018

..."Conunpoo-coo-deazúcar..."

Eso es lo que cantaba mi adorada Mary Poppins cuando tenía que darles el jarabe a Jane y Michael Banks. "Con un poco de azúcar, esa píldora que os dan pasará mejor". (Y era verdad...)
Toda mi vida he asociado el azúcar al bienestar y el placer. Y no sólo porque sea especialmente golosa, que lo soy además por herencia familiar; creo que es algo que llevamos impreso en nuestro inconsciente.
Como no me gusta hablar por hablar sin saber de qué lo hago, he hecho una incursión por Wikipedia, que aunque está muy denostada hay que reconocer que nos saca de muchos apuros y es una fuente de cultura general nada desdeñable. Y así me encuentro los siguientes datos:
 
La fórmula química del azúcar simple es C12H22O11 ¿Casualidades de la madre Naturaleza, o me da la impresión de que es muy parecida a la del agua, sustancia que compone el mayor porcentaje de la materia orgánica que compone nuestro cuerpo, añadiendo carbono, la otra sustancia mayoritaria de la que estamos hechos?

Si buscamos el origen del uso de la caña de azúcar, parece encontrarse, según indican unos manuscritos chinos del siglo VIII a. C., en la India. Fue allí donde se descubrieron métodos para convertir el jugo de la caña de azúcar en cristales granulados, más fáciles de almacenar y transportar. En la lengua indígena local, estos cristales se llaman khanda (supongo que de ahí la denominación comercial actual de "azúcar candi...") Los marineros indios, que llevaban mantequilla y azúcar como suministros, difundieron el conocimiento del azúcar por las diversas rutas comerciales que frecuentaban. A China llegó su uso gracias a los monjes budistas y a los enviados diplomáticos indios, que introdujeron en ese país los métodos de cultivo de la caña de azúcar en el siglo VII a.C. Así, en el sur de Asia, en Oriente Medio y en China, el azúcar se convirtió en un elemento básico de la cocina y de los postres.
 
Las tropas de Alejandro Magno, en su imparable labor de conquista, se detuvieron por fin a orillas del río Indo, negándose a ir más allá. En ese lugar pudieron ver a la población local cultivando la caña y fabricando un dulce granulado, localmente llamado sharkara (शर्करा, sarkara), pronunciado como saccharum (ζάκχαρι). En el viaje de regreso, los soldados macedonios se llevaron con ellos aquellas "cañas de miel", pero la caña de azúcar se mantuvo como un cultivo poco conocido en Europa durante más de un milenio. El azúcar era un bien escaso y los comerciantes de azúcar eran ricos. ​(Esa riqueza debe indicar que aunque escaso era muy deseado...)

Los cruzados trajeron con ellos el azúcar a Europa después de sus campañas en Tierra Santa, donde se encontraron con caravanas que transportaban esa "sal dulce". A principios del siglo XII, Venecia adquirió algunas aldeas cerca de Tiro y estableció fincas para producir azúcar para exportar a Europa, donde se complementaba con la miel, que anteriormente había sido el único edulcorante disponible. (Es decir, que el ser humano buscaba poder endulzar los alimentos, y lo primero que encontró a mano fue la miel, también compuesta por moléculas de oxígeno, hidrógeno y carbono en distinta proporción que en el azúcar). El cronista de las cruzadas Guillermo de Tiro, en un escrito de finales del siglo XII, describió el azúcar como un producto "muy necesario para el uso y la salud de la humanidad".
 
 
 
No me quiero extender más con mi copia y pega de internet. Lo que está claro es que desde los albores de la Humanidad se ha buscado dotar a los alimentos de este sabor, que forma, junto con el amargo, salado y ácido, el sentido del gusto.  
Debe ser que lo dulce efectivamente ha ido siempre muy ligado al amor y el bienestar, ya que si nos paramos a pensar encontramos mil y una expresiones que utilizan este sabor como sinónimo de lo mejor: Dulce queremos que sea una mirada, una caricia, una sonrisa; queremos que nos hablen con dulzura; en inglés, ¿quién no recuerda esa canción: "sugar, oh honey honey"?, y mil más; nos gusta que la lluvia caiga dulcemente; nos encanta la dulce luz del atardecer o de las velas en una cena romántica; los poetas nos hablan del dulce trinar del ruiseñor, el más bello de todos; el seno de la amada es dulce; hasta el propio "Nombre de María" es llamado Dulce en las oraciones católicas.
Y ¿cómo se han celebrado las fiestas de todo tipo en todas las civilizaciones antiguas y modernas, y contemporáneas? Con dulces. Los árabes utilizaban la miel, pero los católicos nos aficionamos al azúcar por contraste, y enseguida nos pusimos a inventar miles de recetas que se preparaban en las fechas señaladas: rosquillas, flores, buñuelos, mermeladas, almíbares, merengues...todos ellos golosinas que, como algo precioso y exclusivo, suponían un regalo para alguien querido, un agasajo para los allegados, un premio para los niños... Y es que como dice una amiga, el dulce "va directo al corazón".
 
Todo esto supone el azúcar en nuestras vidas. Está claro que no es solamente obra de los grandes empresarios azucareros que poseían grandes "ingenios" en Cuba el que "a nadie le amargue un dulce".  Y ahora, todos esos miles de años de Historia, toda esa tradición, todo ese placer inmenso encerrado en unos simples cristalitos de hidrógeno, oxígeno y carbono, colapsa de repente y se da la vuelta: el azúcar es veneno, es cancerígeno, es oxidante (ya sabemos que nos morimos porque nos oxidamos; pero es que desde que nacemos nos estamos oxidando por el solo hecho de respirar...) Nada de azúcar. Y tampoco edulcorantes, ¿eh?, que son productos químicos artificiales mucho peores. ¿Y la miel? Pues lo mismo; aunque la fabriquen las adorables abejas es igualmente perniciosa para la salud. Dulce = muerte. Seamos sanos, no seamos dulces. Ahora nos echan en cara algunos organismos pseudooficiales de los que se dedican a "controlar" nuestra nutrición (o sea, nuestra forma de comer) que en España desayunamos "postres". Pues sí, mire usted: churros, o pan, o bollos que antes hacían las madres y ahora compramos porque no hay tiempo, o la ahora tan vilipendiada Galleta María, (que como todo en nuestra civilización occidental contemporánea tiene por origen la corte Victoriana), que era lo que tomaban los enfermos y les dan a los internos "en los hospitales" para merendar con su descafeinado... La primera vez que yo vi a un nuevo miembro de mi familia desayunar fruta se me pusieron los ojos como platos. Hace años, ¿en qué familia se tomaba uno un melocotón con el desayuno? Eso sí que era un postre.
Reconozco que yo he adoptado la costumbre de la fruta en el desayuno porque me sienta genial, me quita la sed y la disfruto más que después de la comida o la cena. Pero sigo tomando pan, y no tomo bollos porque engordo, que si no...Sin embargo, ahora los gurús de la nutrición y la dietética nos explican que podemos desayunar legumbre (vale, los ingleses lo hacen con sus "beans"), proteína animal (no sólo huevos revueltos: se desayuna salchichas...) y cualquier otro alimento. Y que el desayuno no es la principal comida del día, y que los niños se pueden ir, como hacía uno que yo me sé, con una manzanilla bebida al colegio, que ya tomarán allí el bocadillo o la fruta o lo que les hayan puesto en casa.
 
¿Con qué nos quedamos? ¿Por qué nos tienen sometidos continuamente a este martirio de idas y venidas en torno a nuestra alimentación? ¡Qué hartura de afirmaciones científicas que a los dos días son refutadas por otras mucho más sesudas y experimentadas! Antes, el aceite de oliva era un veneno; ahora es oro. Antes, los aguacates no podían ni probarse porque eran pura grasa; ahora es una grasa, sí, pero magnífica, que untamos con devoción en las tostadas (con fruición no puede ser, ya que no sabe absolutamente a nada). El jamón ibérico es carne procesada, por lo que no se debe ni probar. Los huevos antes producían colesterol; ahora se debe tomar uno diario. El pescado azul hace años era alimento de pobres y malísimo para la salud. Ahora hay que hincharse a caballas y jureles, que tienen mucho omega 3. ¡El pan integral!, recuerdo a mi padre que cuando lo veía, se acordaba de la Guerra Civil y no quería ni olerlo; ahora lo que no queremos comer es el pan blanco, también igual a veneno. Y así podría seguir con una lista interminable...
 
Nos bombardean con las advertencias sobre la necesidad de llevar una vida saludable: ejercicio, dieta sana (o sea, la que en ese momento se crea que es sana) con poca grasa y poca cantidad de pocos tipos de alimentos. Como dice el chiste, desde luego larga vida se va a hacer, de tan aburrida. Aburrida de llevar, y harta de consejos contradictorios que nos manejan y nos adoctrinan para el mayor beneficio de los que mueven los hilos de las industrias alimentarias.
 
Yo personalmente pretendo hacer una vida lo más sana que puedo, que consiste en tomar alimentos de calidad, combinados sabiamente y con amor, adecuados a lo que en cada momento me pide mi organismo, que es muy sabio, y si es posible consumidos en una buena compañía, que es el mejor aderezo de todas las salsas.
 
Y permitidme que acabe este texto con una exclamación propia de Celia Cruz: "Assssúcarrrrr"!!!!! 
 

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